La primera en la frente.
¿Alguna vez habéis deseado que os llegase alguna cosa con muchas muchas ganas y cuando por fin lo tenéis en vuestras manos, la primera reacción ha sido “mmm, pues tampoco es tan genial como me esperaba”? Pues hasta cierto punto eso es lo que he sentido con el concierto de BEAT, o dicho de otra manera, la unión de Adrian Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey para tocar el repertorio del King Crimson de los 80.
¿Este blog no estaba muerto?
Vale, vale, antes que nada, confieso que no planeaba escribir una reseña especialmente larga sobre el concierto de BEAT dentro del marco del festival BARTS - que se celebra en esa trampa para turistas que el Poble Espanyol -, más que nada porque desde que ya no escribo en la This is Rock, y mi realidad laboral/personal, ha cambiado, suelo concentrarme en escribir cosas “cortas” (sobre todo de cine) que pongo en Facebook. Sí, Facebook, ESA RED TAN MODERNA. Más que nada porque aunque tengo cuenta en Substack, lo cierto es que me parece más digerible escribir a sabiendas que puedo poner unas fotitos o el consabido resumen en vídeo al final del texto. Que sí, que también lo puedo hacer en Substack, pero qué les digo, me he acostumbrado a esto de escribir para el blog, aunque después de tanto tiempo haya perdido la práctica.
| De cuando Carey hablaba de lo guay que era tocar con King Crimson |
Otra cosa a tener en cuenta es que, desde hace un tiempo, a través del ensayo y error, o más bien, a base de compartir viejos posts del bitácora en las redes de Meta, he podido ver que ya no está en la cárcel en lo que lo metieron por aquello de no censurar las fotos con tetas. Cosa que tuve que terminar haciendo.
Y aparte, este caso es diferente, BEAT se me apareció como un pequeño rayo de esperanza dentro del habitualmente desolador paisaje de conciertos que puedo ir a ver y disfrutar cual cochino en una charca. Y soy consciente de que cada vez los hay menos, al mismo tiempo que parece que hay más (¿?¿? No, yo a veces tampoco me entiendo). Así pues expliquemos:
QUÉ ES “BEAT” Y QUÉ ERA KING CRIMSON
BEAT es un proyecto que, a tenor de lo que cuenta Adrian Belew (voz solista y guitarra) en las entrevistas promocionales, el músico llevaba acariciando desde hace tiempo, esto es, tocar el repertorio que la banda de Rock Progresivo llamada King Crimson parió durante los 80, lo cual implica 3 álbumes: “Discipline” (1981), “Beat” (1982) y “Three of a perfect pair” (1984). Una trilogía que, si uno suma las duraciones de cada vinilo nos salen unos 115 minutos de concierto, si se tocaran escrupulosamente los temas calcándolos a su versión de estudio en su totalidad. Ya os digo yo que eso no sucede, y que conste que no lo digo como algo negativo.
El repertorio de estos tres discos del Rey Carmesí es muy diferente al que los fans de la banda se podrían haber aficionado durante los 70: atrás quedaban los saxofones, las flautas o los violines, los temas de largos desarrollos con 20 minutos de duración o las letras de contenido y simbología eminentemente británica. También quedarían atrás los cambios de formación de un disco para otros, toda la música sería creada por los mismos 4 músicos, con el respaldo de la tecnología más puntera del momento. Después de grabar “Discipline”, Belew se había hecho con una nueva guitarra de la que podía extraer sonidos de sintetizador, algo que ya había hecho Robert Fripp (alma y “jefe” de King Crimson por mucho que lleve años intentando decir lo contrario) para la grabación del mismo, mientras que el batería Bill Bruford estaba equipado con una batería electrónica y el bajista Tony Levin se centraría en usar el Stick, básicamente un instrumento que parece un mástil de guitarra más ancho de lo normal pero cuyas sonoridades a más de uno nos ha volado la cabeza.
Injustamente, esta encarnación de los Crimson se ha visto comparada con los Talking Heads, sobre todo por la forma de cantar de Belew. Digo que de forma injusta porque, para empezar, el timbre de la voz de Adrian se parece al de David Byrne (vocalista de las Cabezas Parlantes) de forma natural. Cierto que la forma de entonar es parecida, pero, leñe, el propio Belew colaboraría con Talking Heads en el celebrado “Remain in light” (1980) y para entonces el músico ya había colaborado con Frank Zappa y David Bowie, que digo yo que su identidad sonora estaría ya más que formada. Por cierto, carambolas del destino: en una entrevista por email, Adrian me confirmó que le pagaron su salario completo por tocar en el “Scary Monsters” (1980) de Bowie pero que al final, el músico que interpretó todas las pistas de guitarra fue quien sería su próximo colega, Robert Fripp.
Aparte, por mucho que me guste David Byrne, cuando Belew se pone en plan crooner en “Matte Kudasai” (de “Discipline”), me temo que es un registro al que el líder de Byrne nunca aspira, por no hablar de que Adrian es un guitarrista a otro nivel, al que sospecho que David ni quiere ni está interesado en llegar.
En todo caso, se podría decir que el Crimson de los 80 grabó 3 álbumes por el precio de uno, queriendo esto decir que firmaron una trilogía que se movía en unos parámetros sonoros muy parecidos. Lo que parecía una “Luna de Miel” de creatividad - parafraseando a Fripp -, se tornó rápidamente en una suerte de rutina. Las letras deudoras de los escritores de la “Generación Beat” - Kerouac, Ginsberg -, las notas circulares a la guitarra o incluso el tono a gamelán de los arreglos percusivos, se transformaron en el toque diferencial de esta formación de pop vanguardista creado por músicos ya adultos. En otras palabras, no eran unos jóvenes locos como Devo o sí, los Talking Heads, pero al menos no estaban tomando el camino fácil de tocar el repertorio anterior. Aunque sí que es cierto que recuperarían el instrumental “Red” (de “Red”, 1974), algo que generó las más diversas reacciones en los que fueron a ver a esta nueva encarnación del Rey Carmesí, algunos gritaron para sí mismos “¡Bienvenidos de nuevo!” y otros pensaron “toda la credibilidad que se había formado esta banda a base de tocar canciones nuevas, saltó por la ventana en cuanto tocaron ese instrumental”.
Siendo justos, cuando los Crimson de los 80 empezaron a actuar en locales muy por debajo de la categoría de los músicos que integraban la banda, no se hacían llamar King Crimson, sino “Discipline”, un nombre que, aparentemente le hacía mucha gracia a Bruford, por las muy británicas (¿La cultura de recibir azotes?) connotaciones de la palabra. Pero claro, en cuanto el combo cambió a King Crimson, las ofertas de los promotores y agentes se volvieron mucho más sustanciosas. No dudo de las justificaciones artísticas de Robert Fripp para nombrar al cuarteto como a la (ya a esas alturas) mítica banda, porque yo también coincido con la frase “da igual lo que haga este grupo, ES King Crimson”. Debo apuntar que, si uno los compara con otra banda nacida en los 80 con músicos veteranos como fue Asia (dónde de hecho militaba John Wetton, cantante y bajista de KC durante varios años en los 70), se podría pensar que, a pesar de los inevitables parecidos, ambos grupos estaban operando en dimensiones paralelas. Por muy complicada o por muy refinados que fuesen los arreglos del cuarteto con nombre de continente, estaban siempre a la búsqueda del estribillo con gancho, mientras que Belew y compañía parecían más interesados en hacer una declaración artística sin la aparente esperanza de que enganchase al público.
No obstante, el hecho de que existan canciones como “Heartbeat” o que se grabara un vídeo promocional para “Sleepless” dan a entender que, ya sea por las inclinaciones pop de Adrian o porque la banda en sí no perdía las esperanzas de dar con un tema de éxito, King Crimson también quería un pedazo de ese pastel que parecían estar repartiéndose bandas con un, al menos, un pasado más experimental, como las dos para las que ejercieron de teloneros, esto es: Roxy Music y Genesis.
Un problema que parecía planear sobre esta encarnación del Rey Carmesí era que Robert Fripp daba la impresión de haber planeado el fin de la banda, o el fin de ALGO, a través de algunas de sus declaraciones y escritos, en los que hablaba del “camino hacia 1984”, que nadie tenía claro a qué se refería. Lo cierto es que en la recepción de un hotel, al final de la última gira de la banda en 1984. Robert declaró que King Crimson estaba acabado, diez años después de su disolución anterior.
Cuando un grupo se disuelve puede haber muchos motivos: generalmente suelen ser económicos, ya sea por el reparto de las regalías (lo que la gente a la que no le gusta el castellano suele llamar “royalties”), por las ganancias de la taquilla en los conciertos o por los gastos que la discográfica concede a los músicos durante la gira. Por cierto, que a pesar del aura intelectual de Robert Fripp, hasta que los dos americanos (Levin y Belew) no entraron en la banda, a nadie dentro de la organización de King Crimson se le había ocurrido que los integrantes de la banda pudiera tener “sueldos” durante las giras.
En el caso de Robert, a mediados de los 70, se entiende que estaba harto de la situación, por un lado tenía que lidiar con unos compañeros de grupo con los que las relaciones personales andaban un tanto deterioradas - la historia se iba a repetir con la formación de los 80 -, y por otro estaba muy descontento con la forma en la que la industria musical le empujaba a ser una máquina creativa sin tiempo para respirar. Por no hablar de su complicada relación con su propio público, recordemos que Fripp es un guitarrista que da sus conciertos sentado en un taburete, con sus gafas y su cara de haberte descuartizado la mascota, esperando pacientemente a que abras la puerta del frigorífico para que descubras lo que ha hecho con tu gatito.
Aunque Belew haya formado BEAT, su propia relación con esta etapa fue compleja en su momento: por un lado estaba el contrato con la discográfica Island para grabar álbumes bajo su propio nombre, que fue alternando con los de KC, un poco como Phil Collins con Genesis pero con una décima parte (por decir algo) del éxito comercial. Porque, aunque Bill Bruford dijese que “King Crimson es la única banda en la que podías tocar ritmos de 13/14 y aun así hospedarte en buenos hoteles”, lo cierto es que ninguno de los discos de los 80 llegó a ser un gran éxito. Otra cosa es que sus temas se hayan transformado en míticos para algunas personas, como es mi caso, y de una curiosa promoción de estudiantes de filosofía con los que coincidí en mis años de facultad, a los que les encantaba, por ejemplo “Three of a perfect pair”.
Igualmente, a pesar de que Belew y Fripp parecen ser los principales compositores de buena parte de este material, su relación personal (y por ende musical) sufrió algunos reveses, en especial durante la grabación de “Beat”. Aparte, a Adrian siempre le ha costado llevar la carga de ser la voz de King Crimson, no sólo por el compromiso personal que implica planificar su vida alrededor de la pesada agenda que el grupo siempre ha parecido llevar - incluyendo las reencarnaciones de la banda en los 90 y a principios del siglo XXI -, sino también por sus propias dudas sobre su valía. Parafraseando a Bruford en su autobiografía, es flipante que a un músico de la categoría de Adrian Belew puede tener esas crisis de confianza, pero al menos supo transformarlas en irónicas tomas para la canción “Prozakc Blues” (“The Construkction of light”, 2000).
Según la Wikipedia, entre 2009 y 2010, el guitarrista y cantante estuvo instando e insistiendo a Fripp sobre la posibilidad de revivir el cuarteto de los 80. Para aquel entonces, ese mismo cuarteto ya había pasado por la etapa de ser expandido a una formación de 6 músicos, el “doble trio” que, como declaraba Carlos Romeo en su imprescindible tomo sobre King Crimson, tocaba mucho más material “antiguo” del repertorio crimsoniano que cualquier de sus formaciones previas. Después de que las relaciones con Bruford se hundiesen de forma inesperada y fulminante, KC pasaría al “doble duo” - un nuevo cuarteto pero con una dirección más metalera pero igualmente experimental - que realizaría una “gira conjunta” (que nadie os engañe, El Rey volvía a ejercer de telonero), con las sacrosantas bestias del Metal Alternativo que son Tool.
De nuevo, el hartazgo de Fripp con… el mundo en general, pararía la máquina para ponerla en funcionamiento de nuevo con un quinteto, para ser paralizada por la propia agenda en solitario de Belew. Para cuando llega 2013, Robert decide que va a montar una nueva formación, con tres baterías al frente (que en realidad a veces se doblan como teclistas), y con Jakko Jakszyk como voz y segunda guitarra. A esta formación el líder la llamaría “La bestia de tres cabezas”, yo la llamo “La orquesta maravillas de King Crimson” ¿Por qué?
Pues porque, como ese fan que se sintió decepcionado porque el King Crimson de los 80 tocase “Red”, a mi me pareció que con esta formación, Fripp decidió tirar la toalla con la idea de que su grupo estuviese permanentemente enfocado al futuro, tocando sólo el material más reciente. Había logrado evitar las reuniones nostálgicas con la formación que había grabado el primer álbum (“In the court of the crimson king”, obra fundacional del Progresivo, 1969), o con la formación de mediados de los 70, y como ya se ha indicado, había rechazado la idea de volver con la de los 80.
Por otro lado, es cierto que me parecía una lástima que, con la cantidad de grandes temas que el grupo había grabado en su larga carrera, la manía de enfocar la formación que fuese actual en ese momento con los temas más recientes dejara tantas canciones fuera de la ecuación cuando llegaban las giras. De hecho, recuerdo estar en la cola de La Riviera durante la gira de “The Construkction of light”, y tener que informarle a los estudiantes de filosofía de los que hablé antes de que no iban a tocar “21st century schizoid man” (del debút de la banda).
Eso cambiaría con la formación que pisaría la carretera a partir de 2014, aunque no dejase de ser irónico que Fripp confiara en Jakszyk para las labores de vocalista. Jakko había sido el cantante de la “21st century band”, o lo que es lo mismo, la banda de auto tributo que miembros anteriores de KC habían formado para tocar las canciones de los primeros años del grupo. Supongo que ahí estamos, en el momento en el que los fans de un grupo pasan a formar parte de ellos (Yes, Judas Priest, por nombrar dos nombres equidistantes) para darles un poco de vigor, y eso también hace que el Rey Carmesí pierda un poco de ese aura de banda que “no se vende”. Pero Robert parece que decidió que ya era hora de vivir en el mundo real, dejando que la música de King Crimson llegara a los servicios de streaming y que no tenía nada de malo tocar temas que iban desde 1969 hasta 2003… saltándose los de los 80 hasta cierto punto.
Como ya he dicho en varias ocasiones, Belew llevaba años acariciando la idea de revivir el repertorio de los 80. Uno de esos intentos fue con “The Crimson projekct”, que también se acercaba un poco al peligroso concepto de auto-tributo. Curiosamente, se supone que el ver a este combo tocar el repertorio de la banda madre fue lo que impulsó a Fripp a volver a poner en marcha a King Crimson, ya que se cabreó porque estaba la música pero no el “espíritu” de Crimson ¡Sorpresa! Lo que no estaba era el propio Robert…
“La orquesta Maravillas de tres cabezas” llegó a tocar varias piezas del cuarteto que firmó “Discipline”, algo que no le sentaría nada bien a Adrian, y no tardó en afirmarlo en varias entrevistas de promoción para el proyecto Gizmodrome - con Stewart Copeland haciendo su habituales muecas de puta de la atención -, ya que se supone que había llegado a algún tipo de acuerdo con Fripp sobre ese repertorio. Después de unos cuantos cruces de comentarios en las Redes Sociales, parece que las aguas se calmaron y Fripp llegó a anunciar que Belew podría unirse a los actuales Crimson cuando quisiera. Ya os digo yo que eso no llegaría a ocurrir.
Llegados a 2024, Adrian por fin anuncia la formación de BEAT. No había sido un camino fácil, por lo visto cuando ya tenía a todos los miembros preparados para salir de gira, estalló la pandemia y hubo que retrasarlo con respecto a la fecha inicial - suponemos que algún punto entre 2019 y 2020 -, ahora bien ¿Quiénes son? Sí, ya sé que lo he dicho al principio del artículo, pero no está de más razonar un poco por qué estos músicos en concreto.
Para arrancar, está el propio Belew, que aún mantiene la capacidad tanto guitarrística como vocal para defender estas canciones, es el que inició la idea y más allá de los factores de ego, hay que agradecer que decidiera poner el proyecto en marcha. Después está Tony Levin, el incansable músico de sesión que siempre desea embarcarse en cualquier proyecto que desafíe sus dedos y su cabeza. No se debe pasar por alto que, con toda seguridad, durante los 80 y más allá, a Levin debieron ofrecerle ofertas de trabajo con una paga mucho más sustanciosas que ser parte de KC, del tipo que hace uno se pueda comprar uno de esos hoteles tan cómodos en los que duermes aún tocando en 13/14. Su inclusión le da una capa más de legitimidad al proyecto.
Sustituir a Fripp y a Bruford iba a ser siempre complicado, puede que haya músicos que puedan tocar estas canciones, y yo siempre digo que artistas de este calibre no se van a rodear de mindundis, pero creo que Belew apuntaba a gente que pudiera atraer a un público más general. Steve Vai, aparte de ser un “posturitas” (como lo llama mi amiga Myriam) es uno de esos DIOSES DE LA GUITARRA, del mismo modo que Satriani, Malmsteen o Petrucci, pertenece al club de “músicos para músicos” cuya carrera en solitario despierta interés por sí misma, que ha tenido a guitarristas de todo el universo conocido queriendo imitar su sonido, su virtuosismo y sospecho que también sus pintas juveniles a pesar de estar ya en la sexta década de vida. A diferencia de su inclusión en Whitesnake (“Slip of the tongue”, 1989), el salir de gira con BEAT no implica promocionar un disco en solitario, no dudo de que cobre un cuantioso cheque al final de cada jornada, pero hace falta algo más que una simple motivación económica para aprenderse este material y tocarlo con el convencimiento necesario. Aparte, Vai es un tipo que, como ya digo, sabe montar un espectáculo con su sola presencia, incluso si eso sólo implica hacer un par de giros dramáticos mientras toca, algo que siempre va a ser un cambio con respecto a Fripp.
Finalmente, Danny Carey ocupa la silla detrás de las percusiones. Mi colega y amigo David puso en duda las credenciales del batería metalero para ocuparse del trabajo, ya que Bruford es básicamente un percusionista de Jazz, y como tal, su pegada y disciplina en Crimson poco o nada tiene que ver con lo que el de Tool puede hacer. Tengo que discrepar, aunque sea por el mero hecho de que Carey es uno de los pocos músicos (famosos o no, incluyendo a Caballero Reynaldo) que ha reconocido ampliamente la influencia del King Crimson ochentero, por no hablar de que las diversas idas de olla de su banda en lo que respecta a jugar con los ritmos convencionales del Metal dejan bastante claro que Danny no tendría problema en calcar, porque es de lo que se trata, los patrones de Bruford.
En 2024, con toda la fanfarria necesaria para este tipo de casos - entrevista con Rick Beato, básicamente - los BEAT se presentaron al mundo, dispuestos a girar por Estados Unidos, poco después el tour se ampliaría a Sudamérica y cuando se anunciaron las fechas para Europa, yo tenía claro que iba a romper la hucha para ir a verlos, pero antes…
INTERLUDIO: “LA SEÑORA NO QUIERE CANTAR”
Mi trabajo por lo general implica estar pegado a una cámara y a un micrófono, cuando BEAT anunció las fechas de sus conciertos en suelo español, me di cuenta de que, lamentablemente, coincidían con la fecha en la que una cantante, a la que vamos a llamar “La señora”, folclórica - un día debería escribir un artículo sobre lo que significa ese término -, se supone iba actuar con un cuarteto de voces líricas masculinas, dentro del marco de otro “Festival boutique”, el “Icónica Santa Lucía Fest”. No sólo eso, sino que encima su hijo iba a oficiar de DJ durante el “afterparty” del concierto. Por supuesto, eso implicaba que la semana de trabajo se iba a organizar alrededor de este evento. BEAT había anunciado tres fechas: una en Madrid (“Noches del Botánico”), otra en Bilbao (“BBK Legends”) y Barcelona (“BARTS Festival como dijimos al principio). Sí, al igual que “La señora”, el cuarteto iba a actuar en festivales cuya principal moneda de cambio es la nostalgia y las estrellas con una trayectoria consagrada. Es la clase de parecido en el que no quiero indagar demasiado.
Aunque el BBK en su día me encantó, fuera ya sólo porque a mí se me cayeron dos lagrimones por andar en sudadera en Julio por las calles bilbainas - soy de Sevilla, recuerden -, y aunque el cartel era de lo más llamativo - Chris Isaak, Tom Morello -, todo apuntaba a que sería imposible acudir. “La Señora” debía ser prioritario. De igual forma, servidor ha acudido a conciertos como los de Marillion, Crowded House o Nick Mason’s Sacerful of Secrets en los jardines de la madrileña complutense, y me lo he pasado genial. Pero nada, si uno quería asegurarse los BEAT en carne y hueso, debía aprovechar el concierto en el festival BARTS. Parecía ser la única opción.
Poco a poco, lo de “La Señora” empezó a desinflarse: primero, las voces líricas se cayeron del cartel, sin muchas explicaciones y dando lugar a que los comentaristas de la prensa especularan. Lo más raro es que, se supone que “La Señora” iba a actuar acompañada de una orquesta, o esta mujer había decidido que el secretismo de los ensayos de Kate Bush para su regreso a los escenarios en 2014 iban a ser una cabalgata por la calle comparados con el suyo, o es que simplemente no se estaban produciendo ningún ensayo. E, inevitablemente, una semana antes de la fecha convenida, “La Señora” decidió unilateralmente (si debemos creernos las noticias generadas al respecto), que no iba a actuar ni con orquesta, ni con orquesto, ni tan siquiera con un archivo MIDI para cantar por encima. Que nos dejaba, eso sí, la sesión de su hijo como DJ y que lo de cantar en la Plaza de España pues que ya si eso otro día o ese señor del que usted me habla…
Como siempre hago, retrasé las reservas del hotel y la compra del billete de tren hasta última hora, con lo que no tuve más remedio que irme muy temprano a la estación y empezar mi periplo a tierras catalanas. No os tengo que explicar que, desde que ocurrió cierta cosa hace unos meses, es complicado subirse a un ferrocarril sin una sensación un poco extraña, que se compagina con el dar gracias por no llegar con excesivo retraso. En fin, el calor húmedo de Barcelona me recibió, pude comer antes de intentar echarme una siesta y fue el momento de…
MEET, GREET AND EXIT
Tengo una relación ambivalente con los “Meet and Greet”. Quiero decir, a veces tienes un día horrible y decides que lo mejor es irte a entrevistar a Mike Keneally, con la suerte de que te encuentras a parte de los Aristocrats de camino y aprovechas para hacerte un selfie con ellos. Como historia no da mucho de sí, pero es un poco interesante, ahora bien, si alguien te ve una foto con varias leyendas de la música y al verla tus amigos te dicen “¡Vaya! ¿Y este momento?”, tu respuesta de “pagué por él” lo desluce un poco. Es como si le presentaras a tu despampanante esposa a un grupo de amigos durante una cena y al preguntarte cómo os conocisteis, la única y sincera respuesta fuese “en un catálogo de mujeres con moral distraída”.
Pero por otro lado, lo encuentro comprensible. Como “periodista musical” (signifique lo que signifique eso) he tenido mis propios “Meet and greet” con varios músicos (podéis hacer una búsqueda al respecto en este mismo blog), con la excusa de entrevistarlos. Pero eso no es algo que todo el mundo ni quiera o pueda hacer, porque para estas cosas - para empezar - hay que pasarse por el recinto del concierto horas antes del mismo, o si uno sólo aspira a “hacerse un selfie”, se tiene que quedar un rato después de que termine el bolo para ver si los músicos quieren ceder a posar con otro fan pesado.
Y, por supuesto, está el detalle de que los músicos se supone que ya no cobran como antes. “Gracias” a Spotify, las regalias por la música ya grabada se han visto muy, muy pero que muy reducidas. Ya nadie compra discos y lo que ofrecen los servicios de Streaming por reproducción es irrisorio. Uno de los baterías de Crimson, Pat Mastelotto, compartió con sus seguidores una carta de Spotify en la que se resumían las ganancias del músico y lo más patético del asunto (o lo sería de no ser por lo irrisorio) es que el mero hecho de imprimir esas páginas había generado más gastos a la empresa que la propia paga por la música reproducida. Por todo esto, a muchas bandas sólo les queda encarecer las entradas de conciertos, o, como es el caso, ofrecer alguna golosina para que las buenas gentes enfermas de la música, se quieran gastar sus dineros.
Tampoco me puedo quejar demasiado porque mi entrada fue un regalo, e incluía no sólo asistir al concierto (hay veces que los “meet and greet” se ofrecen APARTE del propio show), sino “merchandising exclusivo”... A ver, que servidor el año pasado se gastó una obscena cantidad de dinero (más de 100 euros ya me parece obsceno) por tener a Robert Plant muy cerca, me regalaron una bolsa tote, un poster en papel “especial” y una acreditación que no sirve para nada, de hecho, para el concierto de Percy en Valencia no sirvió ni para que el hombre nos firmase algo después del concierto. Tampoco antes, por si os lo preguntabais.
En fin, dentro de una horquilla tan agradable como “de 17.30 a 18.30” (en Barcelona, en Julio), nos citaron a los del “Meet and Greet” por la entrada del BARTS. La primera vez que fui a este festival (de hecho, durante su primera edición), había una serie de personas jóvenes que te iban señalando cómo acceder al recinto a base de pancartas, porque a diferencia de cuando se hacía el “Be Prog my friend!” al Poble Espanyol no se accede por la puerta que te indica la señalización urbana. Pero en este caso, o tenías claro que tenías que ir a la “zona de las fuentes” o tenías que dar unas cuantas vueltas. Repito, en Barcelona, en Julio.
La cuarta, sí, las estoy contando para saber cuál estoy subiendo...
Bueno, con la camiseta más húmeda que los calzoncillos de un aficionado medio al porno, me planté con los demás voluntariosos fans - unos 30 resultamos ser -, a los que nos dejaron pasar a las 18,30. Como a mí siempre me da cosa llegar tarde a los sitios, yo había dispuesto dormir una mini siesta antes de tirar para el punto convenido, con la idea de salir a eso de las 17;00. A pie. En Barcelona. En JULIO. Bueno, ya daba igual, recibí otra bolsa tote, otra acreditación, una pulsera y un póster firmado (o supuestamente si quiere uno ser especialmente chungo o descreído) por los 4 músicos.
Hecho el peregrinaje por prácticamente todo el Poble Espanyol, llegamos a la plaza donde se sitúa el escenario, dado la que estaba cayendo de calor - recuerden, Barcelona en Julio - se habían dispuesto unas pequeñas carpas para cada músico. Nada más llegar, nos informaron de las condiciones: íbamos a ser testigos de la prueba de sonido, después los músicos se bajarían del escenario, nos haríamos una foto con cada uno de ellos (cediendo nuestro móvil a un miembro del equipo de la gira) y NO FIRMARÍAN NADA.
Este punto sembró no poca discordia entre los asistentes. Algunos ya habían pasado por otros “meet and greet” y por su experiencia previa, lo de firmar aunque fuese un triste CD era algo que se presuponía. Un chaval llevaba, voluntariosamente, los platos de su batería y creo recordar que alguien más había incluido su guitarra en el pack para asistir a este encuentro. En fin, después veríamos cambiar las condiciones iniciales…
A partir de la sexta es complicado encontrar diferencias...
No tuvimos que esperar mucho para que los miembros de BEAT aparecieran, Belew iba ataviado con su ya imprescindible sombrero, Levin con pantalones cortos y camiseta, Vai fue junto con Carey el que generó más expectación, pero al mismo tiempo ambos rezumaban sencillez. Tengo que decir algo sobre Levin: nos hemos acostumbrado a verlo con su sempiterna calva - que lleva luciendo, desde que decidiera raparse a principios de los 80 - y su bigotón tipo Linimento Sloan desde siempre, dándonos la impresión de que el bajista nunca envejece, pero este año le caen ya 80 castañas. Algo que yo no podría decir si no fuese porque le he visto las piernas gracias a sus pantalones cortos, y puedo afirmar que, efectivamente, el bueno de Tony tiene el cuerpo de un señor de esas edad, ahora bien, la vitalidad y la energía sobre las tablas sigue siendo la de un treintañero en plenas facultades.
Belew nos informó de que iban a tocar partes de algunos temas y que para cerrar la prueba de sonido, interpretarían al completo la primera canción del bolo, esto es “Neurotica” (de “Beat”). Si ustedes están tan enfermos como yo - e imagino que si han leído hasta aquí, es que lo están -, habrán visto el vídeo en el que Adrian repasa el equipo que lleva para esta gira, incluyendo el detalle de que su técnico ha encontrado la forma de que únicamente tenga que usar el conector de 13 pines (en teoría, sólo para acceder a las prestaciones MIDI) para todas sus necesidades guitarrísticas. Aunque el invento parece funcionar, no fueron pocas las veces, tanto en la prueba como en el concierto, en las que el sonido de su instrumento desaparecía por completo. A falta de una buena explicación técnica, yo le echaría la culpa al calor de Barcelona en Julio o a la ola de ídem que estaba asolando Europa en ese momento.
Hay que aclarar una cosa, cuando te dicen “prueba de sonido”, afortunadamente, no se refieren a esa parte en la que el batería está golpeando cada timbal o platillo por separado durante 10 minutos para la correcta ecualización. Siempre que se sortean pases para pruebas de sonido, me pregunto quién querría prestarse para semejante tortura. Pero claro, en esta ocasión era más un “linecheck” que un “soundcheck”, en otras palabras, que los músicos pudieran comprobar que todo funcionaba correctamente.
Por mucho que esto se llamase “Meet and greet”, la interacción con los músicos estaba bastante limitada por el hecho de que todos iban con sus monitores in-ear, o dicho de otra manera, los auriculares que llevan para poder escucharse y que suelen cancelar todo el ruido exterior. Aún así, un asistente le pudo recomendar a Adrian que, la próxima gira europea sería mejor realizarla en otoño, a lo que el cantante sólo pudo responder con una divertida afirmación.
Lo dejo en esta octava vertical...
Un aspecto que me pareció interesante de la poca interacción que pudimos ver entre los músicos es cuando Belew comentó que le gustaría tocar un poco de “Frame by Frame” (de “Discipline”), y Vai respondió con asertivo “Sure” (¡Claro!), como si cualquiera de estas piezas no fuesen un desafío para el músico medio. Pero claro, Steve está a otro nivel.
Otra cosa que me gustaría destacar de la prueba de sonido - por las consecuencias que tendría después - es lo alta que estaba la voz del cantante con respecto a los instrumentos. De igual forma, parte del pequeño público informó a los músicos de que los bajos también retumbaban en exceso. Belew respondió que no nos deberíamos fiar del volumen de una prueba de sonido, yo imaginaba lo mismo, pensando que la mezcla cambiaría de cara al concierto. Pero no…
Igualmente, uno tenía que imaginarse que la batería de Carey - una suerte de imitación de la que llevaba Bruford en los 80, siendo ésta un híbrido de timbales acústicos y electrónicos - sonaba con algo de potencia durante este “Meet and Greet”, porque yo básicamente no la oía, esto no se reprodujo después, afortunadamente, pero recuerdo que hubo que ajustar algunos parches, a lo mejor a Danny le sonaba celestial en sus monitores, pero los demás nos quedamos suponiendo que eso de verdad producía sonidos.
Terminada “Neurotica”, la foto con los músicos se transformó en una foto grupal de todos los asistentes con la banda al completo. No es por presumir, pero yo acababa de recibir mi flamante nuevo Aypón para grabar mis habituales trozos de concierto en alucinante 4K y no me hacía especial gracia cederlo a otra persona, aunque fuera para hacerme una foto con Steve Vai. Por qué cambió la filosofía de la foto es un misterio, puede que fuera uno de los pocos conciertos en los que se agotaran las entradas para el “Meet and Greet”, o puede que la banda se encontrase con poco tiempo para prepararse antes del bolo. La cosa es que uno ha podido ver otras fotos de este “evento” y la gente posa con toda calma e individualmente con los músicos. En todo caso, les gustará saber que pude hacerle una foto a Carey mientras intentaba huir con su camiseta de “Yessongs” (primer y mítico directo de los Yes, lanzado en 1973), con la insana intención de ponerle como pie “One of us! One uf us!”, porque en la vida, siempre está bien lanzar una referencia a “La Parada de los Monstruos” (“Freaks!” Tod Browning, 1932), y de paso a Marillion.
Cómo me gusta que mantenga la pegatina de la gira I/O
Después de que el responsable del “Meet and Greet” nos hiciese más fotos de las que uno podía desear, vino el drama de pasar dichas imágenes a los respectivos teléfonos, primero a los Aypones vía Airdrop (me inclinaría a insertar una frase del tipo “para todo hay clases” si no lo considerase una gilipollez), y después a la gente con Android. Les puedo comentar que las personas que trajeron objetos firmables recibieron sus buenas firmas, incluyendo el juego de platos de batería.
Llegados a este punto, sería fácil pensar que la buena gente de producción nos dejarían en la plaza del Poble Espanyol para ir al servicio, y posicionarnos cómodamente en la primera fila, que para algo se había pagado una entrada, además de pasar por el calor bochornoso, húmedo de Barcelona. En Julio. Pero no, si uno sabe decir “Meet and greet” parece que también tiene que saber lo que significa “Exit”, que es lo que la amable gente de camisetas negras nos enseñaron a escasos 90 minutos de que empezara el concierto. En fin…
A estas alturas, yo me había puesto hablar con Oriol Guitart, bajista, y mi nuevo mejor amigo durante el rato siguiente, básicamente porque creo que los dos éramos los únicos con una visión lo bastante cínica del negocio de la música como para soportar nuestras quejas conjuntas. No sólo por lo que acabábamos de vivir, sino a la hora de hacer un repaso de cómo estaba dicho negocio de la música y de lo complicado que era tocar en un grupo que no sonase a “Indie-Tex” (seguiré usando esta adjetivo hasta mi último día porque dudo que haya mejor definición de cierta clase de bandas), y conseguir bolos al mismo tiempo. También aprovechamos para comparar nuestras vivencias como músicos de clase media, es decir, músicos que no viven exclusivamente (y afortunadamente) de la música.
En todo caso, no puedo dejar de recomendar a su banda “Acaricia`m el morro”, cuyo “Tres gats i un peu” es un más que recomendable ejercicio de Jazz-Rock con una lectura melancólica del tema principal de “Los picapiedra” que se os quedará en la cabeza días después de escucharla.
Por lo menos nos dejaron quedarnos al lado de la puerta del recinto. Steve Vai volvió a aparecer excesivamente ufano por las mesas en las que estábamos intentando combatir el calor barcelonés a base de bebidas a precios absurdos, digo excesivamente ufano porque iba del brazo de su señora, y uno no puede dejar de preguntarse “si alguien le hubiera pedido una foto, alguien que no hubiese estado en el Meet and Greet, ¿Se la hubiera rechazado diciendo Sorry, but other people have paid for this already?”
Yo quedaría un poco hipócrita con Oriol porque le había comentado que, ya a estas alturas, no iba a correr para ponerme en primera fila, pero en cuanto se acercó el momento de la apertura de puertas, me posicioné para estar lo más cerca del escenario y… bueno, terminé no corriendo, pero sí con ese paso que tienen los que participan en maratones cuando quieren mantener el ritmo. Otros que iban detrás mía - y que llevaban bolsas que seguridad tuvo que inspeccionar, por eso para los conciertos suelo intentar llevarlo todo en los bolsillos del pantalón -, sí que se decidieron “springtar” un poco, lo que provocó una reacción un poco odiosa por parte de la gente que estaba trabajando en las barras: aplaudir. Este es un fenómeno que he observado en otros conciertos (Sting en Benidorm es el primero que se me viene a la cabeza), y lo encuentro francamente desagradable: me parece genial que te hayan cogido para currar en la barra de un festival de música que no te llama la atención, pero habrá que verte a ti, siendo un fan de cualquier otra cosa, y perdiendo un poco los papeles para que alguien decida que es buena cachondearse de tu pasión.
Como veremos más adelante, lo de ponerme en primera fila fue una decisión un poco errónea. Podría decir que “tenía” que ponerme en primera fila porque es algo que le debo a mis seguidores, que esperan pacientemente mis “Bits and pieces”, pero estaría mintiendo de mala manera. Para empezar, nunca anuncio a qué concierto voy a ir - que sería lo típico de cualquiera con ínfulas de influencer - y para seguir, con apenas 100 suscriptores, me da que el “me debo a mi público” no se sostiene de ninguna manera. La verdad es que me gusta estar en primera fila porque no sólo me gusta escuchar la música, siempre he pensado que uno de los atractivos de los conciertos es “ver cómo lo hacen”, cómo generan todos esos sonidos, de dónde salen. Aunque también es verdad que muchas veces, es mejor tener algo de distancia para tener una visión más global del sonido.
En mi punto más cercano al escenario que se podía tener se me sumó Pere Rodriguez, un amigo de Facebook al que ya había logrado desvirtualizar anteriormente y con el que me puse a comentar más cosas sobre lo complicado que debe ser en Barcelona que sobre el concierto que íbamos a ver. También le expliqué que, si la mezcla iba a sonar como en el “Meet and Greet”, lo más seguro es que después del descanso me fuera para atrás, en un intento de salvar la poca audición que me queda después de tocar con baterías enérgicos.
Puede que Pere estuviese mirando su móvil, puede que estuviese cansado de escucharme...
Mientras esperábamos a que comenzara el bolo, el sonido de lo que parecían los típicos “soundscapes” de Robert Fripp llenaban el recinto. Puede que sonase “Nuages” (de “Beat”), uno de los pocos temas de la trilogía ochentera que no interpreta el cuarteto y que es, básicamente un “Frippertronic” - las piezas instrumentales en las que el guitarrista va superponiendo capas de guitarra, predecesoras de los propios “Soundscapes”-, pero no lo puedo asegurar. Los fotógrafos se empezaron a apiñar delante de nosotros, señal siempre inequívoca de que va a empezar el espectáculo - también es señal inequívoca de que hay un fotógrafo que se flipa con tomar la mejor imagen cuando uno de ellos se sube a la barrera y bloquea la visión del público- y a los pocos minutos aparecieron los BEAT sobre las tablas. Belew sopló su silbato y… ¡Empieza el concierto!
BEAT EN CONCIERTO
A diferencia de mí, Pere no había visto el Blu-Ray que la banda había lanzado en 2025, conteniendo una grabación de la primera gira estadounidense en 2024 y que inicialmente era una retransmisión por Internet - un “webcast” que se dice - por el que algún fan pagaría un buen dinero en su día. Tengo que admirar la capacidad de mi colega de esquivar, no sólo dicho lanzamiento oficial, sino la cantidad de vídeos que pululan por Youtube que fácilmente te pueden estropear las posibles sorpresas.
Este es el mundo en el que vivimos, en el que puedes comerte todo un concierto del artista que quieres ver en carne y hueso meses (sino años) antes de que llegue a tu país o zona geográfica mínimamente aceptable para viajar hasta ella para asistir a un concierto. También es cierto que la capacidad de vender entradas de BEAT era hasta cierto punto un interrogante, creo que de no ser por el éxito de aquella primera manga, el cuarteto no habría sido tan capaz de programar las consecuentes giras dos años después. Tampoco se puede menospreciar la apretada agenda de cada músico que ha retrasado su visita a Europa, ni el hecho de que Belew tenía pendiente una operación en una de sus manos que a más de uno le hizo pensar que peligraba su carrera como músico.
Pero esas dudas se disiparon nada más atacar con “Neurotica”, la guitarra y la voz de Adrian sonaban enérgicas y… excesivamente altas(¡Ay! ¡Ese silbato!). Esto se puede notar sobre todo en el vídeo que grabé, en el que se escuchan al resto de los instrumentos extrañamente atenuados. Esto se debe, creo yo, a que los limitadores del propio teléfono, captan el sonido más alto como si fuera lo principal y tienden a enmascarar el resto. Es una forma muy chapucera de explicarlo, pero os puedo asegurar que todos los instrumentos - incluyendo la batería - sonaban altos y con cuerpo, el problema es que la voz estaba muy por encima de todo lo demás.
No llegaba a los niveles de una producción de pop/rock española de finales de los noventa, como las de Jarabe de Palo - a mí Pau Donés también me caía muy bien, si bien algunas canciones la voz parecía no sólo grabada aparte del grupo, sino en otro universo -, pero no es divertido tener que taparte uno o los dos oídos porque la capacidad vocal de uno de tus cantantes favoritos amenaza con reventarte los tímpanos.
Por lo demás, el concierto siguió los derroteros del mencionado Blu-Ray, aunque aún tengo que entender el sentido estético de la banda. Que me aspen si entiendo por qué Steve Vai enlaza tocar los temas de King Crimson de los 80 con aparecer ataviado como una especie de gangster comiquero de los años 40. Por no hablar de los zapatos castellanos de aparente gamuza y con brillantitos (pero sin calcetines, no quiero saber cómo puede oler eso después del concierto), que me llevaba Belew. Carey y Levin optaron por prendas más discretas y funcionales, sobre todo teniendo en cuenta el calor.
De hecho, el calor ya se había cobrado una víctima en Adrian Belew durante el concierto de las Noches del Botánico. Por lo visto, un golpe de calor llegó a afectarle de tal manera durante la primera parte del bolo que el propio cantante tuvo que pedirle al público que, por favor, no subiesen contenido a YouTube. En Barcelona, en Julio, las temperaturas - y los ventiladores - fueron un poco más permisivos con los músicos. Después de “Neurotica” llegaría “Neal and Jack and me” y la sentimental “Heartbeat”, un tema que en su día fue una de las semillas del descontento en King Crimson, dependiendo de a quién se le pregunte, el cantante pensaba que hubiera sido mejor dejarlo para uno de sus álbumes en solitario o más bien que no podía empujar más porque se incluyera en uno del Rey Carmesí.
“Sartori in Tangier”, “Model man” y la paranoica “Dig Me” (un tema que es al mismo tiempo una pieza vanguardista y un tema convencional que luchan por imponerse) fueron las siguientes composiciones que desgranó el grupo con una aparente y pasmosa facilidad - nadie diría que Vai ha tenido que empollarse unas tablaturas para esta gira -, y llegamos a otra cumbre pop de este repertorio con “Man with an open heart”.
Cuando fui a ver a Peter Gabriel en Manchester hace unos años - una odisea en sí misma que algún día contaré con más detalle -, Tony Levin me dio una pequeña gran alegría al sacarme en una de las fotos de su diario online. Ahí estoy, con mis gafas y mi sonrisa de oreja a oreja mientras el viejo Pedro Gabriel desgrana “Sledgehammer” (sé que es esa canción porque en la foto aparecen las letras en el teleprompter), transformado en uno de esos fans viejales que tanto me sorprendían al ir a conciertos de Rock Progresivo. Sería más triste si yo siguiera siendo el más joven de todo el público. La cosa es que, estando en primera fila en el Poble Espanyol, era prácticamente imposible que el mítico bajista y fotógrafo no me sacara en alguna instantánea. Lo que no me esperaba era el pie de foto “cuando tocamos Industry y Adrian empieza con esos sonidos de otro mundo, a veces me doy cuenta de las caras de la gente, que quizás se pregunten ¿Cómo es posible que una guitarra suene así?” Si va por mí, Tony, en realidad estoy pensando “¿Hasta qué punto estamos viendo algo perfectamente ensayado y hasta qué punto puede estar Adrian toqueteando sus efectos sin hacer que eso suene mal?” Pero agradezco la atención.
Para esas alturas, Belew ya había sacado su Twang Bar King, o lo que es lo mismo, su Fender Mustang modificada para ser también un sintetizador, gracias a una conexión que rivalizaría con uno de esos puertos paralelos de impresoras matriciales (estoy razonablemente seguro de que un alto porcentaje de los lectores no tienen ni idea de qué es nada de lo que acabo de escribir), y con sus motivos tribales en el cuerpo.
Una gracia que creo no estaba en el guión fue cuando el foquista se olvidó de iluminar a Belew durante sus solos de guitarra cósmica, provocando que el músico hiciera gestos de protesta hasta que llegó a apuntarle la luz.
Para terminar esta primera parte (y para hacer descansar un poco mis oídos aunque fuera involuntariamente), los BEAT ejecutaron “Lark’s tongue in aspic III”, o lo que es lo mismo, una de las raras ocasiones en las que el Crimson de los 80 volvió a la estética sonora de su versión setentera y que curiosamente cerró el circulo discográfico de esta versión de El Rey. Después de esto, un breve descanso para los músicos e imagino que también para parte del público.
El 27 de agosto de 1982, los Roxy Music tocaron en Fréjus (Francia), un concierto que se grabaría de cara a un álbum en directo - el “póstumo” “Heart Still beating” (1990) - y que también contaba con un pequeño equipo de filmación. Bryan Ferry, como muchos músicos de su generación, admiraba al King Crimson de los 70 y al que en aquel entonces les servía como telonero. De hecho, Ferry fue uno de los cantantes que fue a las audiciones del Rey Carmesí para reemplazar a Greg Lake - Fripp insiste en que Elton John también estuvo en la terna -, y no hubo problemas por parte de Roxy para que las cámaras y el equipo de grabación multipistas se pusiesen a disposición del cuarteto. De ahí nació primero el VHS “The noise: Live in Frejus”, y posteriormente el DVD que forma parte del recopilatorio “Neal and Jack and me” y, por supuesto, también se puede encontrar en la caja que recopila esta etapa “On and off the road”.
Aparte de ser un set bastante corto (recordemos, Fripp y los suyos tenían la misión de calentar al público), este vídeo tiene un par de momentos míticos. Uno de ellos es la apertura, Bill Bruford aparece enchaquetado y empieza a tocar unos polirritmos sobre unos pads de percusión a los que se suma Belew (conviene recordar que la batería fue el primer instrumento del cantante) para dar comienzo a “Waiting Man”.
Este es un momento que había visto replicar a Carey en el Blu-Ray y que, por supuesto, no faltó en Barcelona. Aquí es cuando uno se tiene que preguntar si BEAT, a fin de cuentas, y en cierta forma la última formación de King Crimson - sí, la Bestia Fantástica de Tres Cabezas - no son más que tributos para aplacar una nostalgia que apenas existió. O quizás existió para algunos que fuesen a aquella gira promocional del “Avalon” (1982) de Roxy Music, o para aquellos que pasaran demasiado tiempo con el vetusto VHS.
Poco importaba porque para los fans de Tool, esto implicaba tener a su batería de cuerpo entero - en lugar de pertrechado detrás de su enorme kit - a poca distancia. Y en el fondo, tampoco importaba mucho a los que estaban en el Poble, porque sospecho que no todos habían visto dicho vídeo. Lo importante era la música, y estaba sonando genial… hasta que cantaba Belew, con lo que mis oídos pedían un descanso porque la mezcla seguía igual. No así el atuendo de Steve Vai, que ya había dejado la levita y los tirantes rojos, optando por una sencilla camiseta negra que, no obstante, dejaba claro que un señor de esa edad no tiene derecho a parecer tan joven, aún con gafas de soldador puestas.
Otro momento “mítico” del concierto de Fréjus era ver a Bruford con su “Log Drum” - a mí me gusta traducirlo como “tambor melódico de mano”- paseándose por el escenario mientras tocaba el patrón de “The Sheltering Sky”. “El cielo protector” es un instrumental inspirado por la novela homónima de Paul Bowles - que conocería adaptación cinematográfica con banda sonora de Ryuichi Sakamoto, otra conexión con Bowie -, que no se puede llamar bonito, pero como sucede con buena parte de la música de Crimson, tiene algo hipnótico.
Esas brillantinas y esa falta de calcetines...
Para su ejecución en directo, Carey no llegó a ponerse ningún instrumento de percusión al hombro, prefiriendo confiar en sentarse tras sus tambores y tocando el patrón a través de sus pads electrónicos. Pero en realidad, esta pieza sirve sobre todo para el lucimiento de Steve Vai, que después de tocar las líneas melódicas originales con una fidelidad pasmosa, (y generando el aplauso del público) pasa a hacer una serie de solos marca de la casa. Como los movimientos espasmódicos y las florituras de agarrar la guitarra por la palanca de vibrato, extrayendo cada vez sonidos más extraños a su instrumento a la vez que da algo de espectáculo visual. De nuevo, otra galaxia con respecto a Fripp, aunque conviene recordar que Robert es el arquitecto de buena parte de esta música.
Llegados a este punto, cumplí la promesa que le hice a Pere, y me alejé del escenario, en parte porque era consciente de que si me quedaba en primera fila, me hubiera marchado con un mal sabor de boca, en parte porque quería ir al servicio, echarme algo de agua en la nuca (por aquello de no desfallecer, ya saben, Barcelona en Julio) y ya de paso, pagar una cantidad indecente por un bocadillo y un refresco. Con todo, tengo que decir que no encontré los precios especialmente desorbitados, dadas las características del festival (y también porque me habían chivado dónde se podía comer mejor y pagando un poco menos).
Después de eso, Tony Levin le dio buena caña a sus “Funky Fingers”, para tocar “Sleepless”, otra de las extrañas intentonas de KC para copar las listas de éxito. Los “dedos funky”, por cierto, fue una invención del propio Levin, después de tocar las líneas de bajo de “Big Time” (“So”, de Peter Gabriel, 1986) con una baqueta de batería, se animó a recrear el efecto con unos pequeños palillos que le daban la impresión de ser una suerte de Freddie Krueger musical. Durante una época, el bajista los tuvo en venta en su página web y tanto como Daniel Escortell - de Glazz, Derby Motoreta’s Burrito Cachimba, por nombrar un par de bandas en las que está involucrado -, como Oriol fueron de los primeros valientes en adquirir copias de tan preciado complemento percusivo.
Desde la lejanía pude comprobar varias cosas: que, efectivamente, la mezcla sonaba mucho más equilibrada desde un punto más cercano a la mesa de mezclas - lo cual explicaría por qué para el técnico de sonido sonaba todo más equilibrado -, y que el conector de la guitarra Parker de Belew seguía dando problemas. También comprobé que aunque el Poble estaba bastante lleno tampoco estaba a rebosar, se podía andar sin problemas por la parte de atrás de la pista, donde había gente con aspecto de ser licenciados en filosofía que han escuchado (y fumado alguna cosita de mientras) a King Crimson durante sus años de carrera.
Otra interpretación notable llegaría con “Frame by Frame”, que después daría paso a esa lánguida balada que es “Matte Kudasai” (“espérame” en japonés), durante la cual, Vai exhibiría una de las pocas Ibanez - marca de la que es imagen y codiseñador - que se asemejan a una Stratocaster normal. Pero que no se entere Fender… Podría haber aprovechado el “Meet and greet” para preguntar si está mal (que seguramente sí) que toque una versión al piano del tema a base de tres acordes, pero como ya dije antes, el ambiente no era propicio. Como persona que se ha visto demasiadas veces el directo en Japón del trio doble que grabó “Thrak”, eché de menos una larga introducción a base de Sticks y guitarras Warr - se la puse una vez a un colega y, extrañamente, se tapó los oídos porque le parecía “horrible” -, pero fue igualmente genial. Le llegó después el turno a “Three of a perfect pair”, un tema que también es muy del gusto de los estudiantes de filosofía (y del fan medio de Crimson, la verdad), aunque sea porque nos da la oportunidad de cantar un poco ese “abuyeyé” del estribillo. Si bien King Crimson nunca ha hecho un “Unplugged” (ni lo hará), uno de los puntos álgidos de los conciertos de la gira para promocionar “The Construcktion of light” fue ver a Belew tocarla con su acústica roja sin más ayuda que las dudosas palmas y coros de un público que se las veía para seguir el irregular ritmo de la pieza.
Lo que iba a terminar el segundo set fue la muestra de “caos organizado” que es “Indiscipline”. En una reseña del KC ochentero se subrayaba que Bill Bruford tocaba al principio de ésta “un sólo de batería que no tenía nada que ver con el típico sólo de batería”. Puede que nuestra percepción de un sólo de batería haya cambiado con los años, pero lo cierto es que a mí me costó encontrar una gran diferencia entre el que se marcó el bueno de Carey con respecto a los de otros percusionistas. A ver, desde luego, no tuvo nada que ver con las carreras al doble bombo que suelen hacer los metaleros, pero igualmente fue una demostración de destreza y de cómo se manipulan los ritmos.
Siempre me gusta recordar al respetable que las letras “Indiscipline” son básicamente las impresiones de la primera mujer de Belew (que era escultora) sobre una obra que acababa de terminar. Aunque Adrian se equivocó al gritar su “I LIKE IT!!” antes de tiempo, lo cierto es que funcionó a las mil maravillas, y eso que yo también me repito cuando estoy estresado, también me repito cuando estoy estresado, también me repito cuando estoy estresado…
Antes de arrancar los bises, Belew aprovechó para agradecer al equipo técnico y a “dos tipos” sin los cuales esta música no existiría, esto es, Robert fripp y Bill Bruford. Y a partir de ahí, le tocó a “Red”, aquella pieza que hizo que un fan perdiese todo respeto por la formación de los 80 de Crimson y que otro recuperara la fe en su música. De nuevo, otra piezas majestuosamente interpretada. Creo que haber leído que Vai no quería tocar nada más antiguo que este “Red”, imagino que en parte porque no forma parte del planteamiento inicial, e imagino que también en parte por no querer que alguien el acuse de pisar en territorio sagrado con sus demostraciones de loco virtuosismo al mástil.
Para terminar, ese anagrama de “Calor en la jungla”, “Thela Hun Ginjeet”, con las grabaciones que la propia voz de Belew contando sus aventuras neoyorquinas en la mezcla. Potente, enérgica y dejando a un público más que contento, los BEAT abandonaron el escenario y servidor se fue sin comprar una triste camiseta o sudadera del puesto de Merchandising.
Me informan por el pinganillo que BEAT tiene un último tramo de su gira listo para los últimos meses del 2026, pero que como los compromisos de Carey con Tool imposibilitan su participación, se ha recurrido al enorme Terry Bozzio (Zappa, UK, Missin Persons) para que acuda con su no menos enorme kit de batería (tres bombos) para apoyar a la banda, incluyendo además en el repertorio material del Crimson de los 90…
¿Valoraciones finales? Como expliqué al principio, la propuesta de BEAT me pareció genial sobre el papel, me gustó aún más cuando empecé a ver los clips que emergían por YouTube, me terminó de enamorar en Blu-Ray y… después de lo azaroso que ha sido el ir a verlos, tengo que decir que seguramente la culpa ha sido mía por querer saber demasiado antes de ver el concierto en persona. Por otro lado, el tufillo de auto tributo de la banda, o el hecho de que formen parte de un cartel como el de BARTS (que también es un poco cementerio de elefantes, por muy geniales que éstos sean) me hacen pensar que todo lo que gira alrededor de esta gira - valga la redundancia - está sobre todo destinado a engordar el ego y el plan de pensiones de Belew, algo que me parece genial. Pero yo personalmente no me creo esas intenciones del cantante y guitarrista de que este proyecto vaya más allá de lo que hemos visto hasta ahora o de su próxima manga en directo.
Pero a pesar de algunos aspectos que estropean un poco la experiencia, ver a cualquiera de estos músicos demostrar su habilidad - lo de Levin tocando casi sin aparente esfuerzo es de otro mundo -, a pocos metros de uno, es algo complicado de superar. Un disfrute de música extraña y vanguardista de los 80 que, curiosamente, hoy sigue sonando moderna y vanguardista. Quizás eso nos lo tendríamos que hacer mirar…