domingo, 10 de febrero de 2019

YO ESTUVE CURRANDO EN LOS GOYA Y VOSOTROS NO… o puede que sí, en cuyo caso no sé qué hacéis leyendo esto.


El autor del artículo, posando con su tocayo

Lo leí con incredulidad, pensando que a lo mejor no me tocaba a mí, que la losa que sentía en la espalda cuando se anunció que la entrega de Premios de la Academia de Cine Espppppañola era tan sólo otro síntoma de los múltiples problemas de espalda que desarrollamos los cámaras a lo largo de nuestra vida. Pero no, la misma semana de los Goya me llegó el terrible mensaje de mi coordinadora: “¿Puedes trabajar el sábado por la tarde-noche?” Como si sobrentender el destino suavizara el golpe.

Ya sé que de cara al público, los cámaras parecemos unos refunfuñones que siempre buscan una excusa para no trabajar, en claro contraste con los redactores/as (“reporteros/as” para el resto de la humanidad) que, gracias sobre todo a cómo se les retrata en el propio cine, parece que siempre van detrás de esa noticia que les catapulte al estrellato, que los/as ponga a la altura de… bueno, de una estrella de cine. O de serie de Netflix.

Muy codiciadas estas cosas ¿A cuánto las podrá vender en eBay?


Pero de lo que se trata es que uno intuye (sabe) lo que se le viene encima, muchas horas de curro intercaladas con ratos de tedio, comida de Variado Origen, y la sensación de que toda la Gente Famosa de la que va a estar cerca, en realidad la estás viendo por un visor (o pantalla LCD), por lo que tampoco hay mucha diferencia con respecto a verla en la comodidad de tu casa. Pero por lo menos cobras, a diferencia de esa pobre gente que se apiñó en las inmediaciones del Palacio de Congresos de Sevilla – aka FIBES -, con la vana esperanza de ver, aunque fuese, a una Cristina Castaño de perfil saludando al respetable. 

Digo “vana esperanza” porque, tal y como se montó el tinglado, con los vehículos entrando por el patio interior, bien alejados de las vallas, los rostros más conocidos – o los menos conocidos, que también existen los sonidistas, los montadores y los maquilladores, los cuales ¡Oh sorpresa! También se llevan premios -, del cine nacional no tuvieron que estar cerca de los meros mortales desocupados (que diría Ramoncín) para firmar en algún cuaderno, hacerse fotos o grabar saludos en vídeo. Por lo visto Paz Vega se quejó de esa “falta de calor” por parte del público normal al llegar a la Alfombra Roja. No pasa nada, ya íbamos a estar los de la prensa, o al menos algunos, para “dar calor”. 

Mi redactora me dijo que ella habría trabajado gratis para cubrir los Goya – teniendo en cuenta que no vive en Sevilla y que tanto el desplazamiento como el hotel se los pagó de su bolsillo, me atrevo a insinuar que prácticamente así fue -, en un reflejo de una actitud que muchos en la profesión criticamos, esto es: la gente que se acerca a un evento “para ver qué hay”. Esto lo vivimos los cámaras con una carga ecuánime de irritación y condescendencia, no nos queda otra. Uno de los ejemplos más vergonzosos se vivió con la entrada en prisión de Isabel Pantoja. La cárcel de Alcalá de Guadaíra no tiene ningún núcleo urbano cerca, pero aún así, no pocas mujeres (“marujas atormentadas” en el argot profesional, lo siento mucho) seacercaron a sus inmediaciones MUY TEMPRANO para prestar su apoyo a I.P., censurar a la tonadillera, poner a caldo a los medios o las tres cosas dependiendo de cómo diese la brisa matutina.



Ya sé lo que algunos vais a decir, “Fran, tu prácticamente pierdes dinero entrevistando a rocosos Rockeros que no conoce ni su puta madre”. Vale, y hasta cierto punto entiendo que alguien pueda decir que curraría de gratis en los Goya, ya que, tal y como dijo mi redactora “para un evento guay que tenemos en Sevilla” (¡que no se entere nadie del We love Flamenco, el SIMOF, el SICAB, la Feria de Abril o la Semana Santa!), aunque creo que nadie la ha informado de que, de un tiempo a esta parte, el 50% del atractivo de los Goya es leer en Tuister cómo se despelleja la gala.

Antes de entrar en harina, sólo diré una cosa en mi defensa sobre mis entrevistas con prebostes del Progresivo: las más de las veces son un asunto relajado que realizo en mis ratos libres o los he conseguido cuadrar haciendo auténticos encajes de ovillo con el tiempo: os recuerdo que la entrevista con el teclista de Nightwish la hice un domingo por la mañana temprano. Puede que la música me haya trastocado los valores, pero estoy seguro de que la Humanidad necesitaba saber de su disco conceptual sobre Tío Gilito.

Seguridad

Me imagino que a la gente que coordina los medios que van a cubrir la gala le encantaría que un mes antes, todas las agencias, revistas, webs, periódicos o televisiones del Universo confirmaran asistencia, con las respectivas matrículas de coches o Unidades Móviles, así como nombres, apellidos y números de DNI de cada persona que acude a la cita. Pero también estoy bastante seguro de que viven en el mundo real, por lo que están mentalizados de que va a haber tantos cambios de última hora como milésimas de segundo tiene el día. Curiosamente, mi agencia, que me pide los datos CADA VEZ que toca un evento en el que hay que acreditarse escrupulosamente, esta vez no hizo ni el amago de respetar mi privacidad, por lo que cuando llegué al Palacio de Congresos – con un nivel entero del Parking subterráneo para la Prensa, un detalle a tener en cuenta si no fuéramos el ciento y la madre – me esperaba un brazalete y una identificación con mis datos básicos impresos.



Eso no quiere decir, por supuesto, que no hubiese que hacer confirmaciones y reconfirmaciones. Hombre, si en la misma semana de la Gala me preguntan si puedo ir yo, cómo no van a preguntarme la matricula del vehículo que vamos a llevar apenas 8 horas antes de la convocatoria y una vez en la puerta del aparcamiento, cómo no van a pedirme OTRA VEZ mis datos, incluyendo mi teléfono, para dejarlo en un papelito que tendrá que estar “bien visible” - cual ticket de zona azul – desde dentro del coche, por si la policía se tiene que “poner en contacto conmigo”. Mal día para llevar juguetes sexuales con fundas sospechosas en el maletero, supongo.

Lo bueno, a diferencia de otras convocatorias en las que nadie tiene la menor idea de dónde se dan las acreditaciones, en los Goya todo el mundo tiene pinta de saber dónde está todo. Uno podía recoger sus pases a partir de las cuatro de la tarde. Como la convocatoria para el inicio de la Alfombra Roja – esto es, que empezara a llegar gente “entrevistable” - había sido marcada para eso de las siete y cuarto, da la impresión de que un contingente importante de los medios decidió un “ni pa ti ni pa mí”, con lo que llegamos en una curiosa tromba a eso de las cinco y media. Tiempo de sobra para pasar por el control de seguridad – mucho más amable que el de un aeropuerto, todo sea dicho -, aclarar qué tipo de cobertura vamos a hacer y encontrar nuestro sitio.

¿”Tipo de cobertura”, os oigo preguntar? Veamos, los de La Española – esto es, todo el que trabaja para TVE -, se encargaban del directo oficial. Ergo, sus unidades móviles estaban aparcadas fuera, sus presentadores ensayaban entradillas con ropa de calle y tenían otra zona para hacer un pequeño clip. A los fotógrafos los dispusieron en unas tarimas niveladas. Nosotros íbamos a “canutazo”, o sea, 3 o 4 preguntas (como mucho) de pie en modo “aquí te pillo, aquí te mato” al actor/actriz/Personaje en general que se nos pusiera a tiro según iba pasando por nuestra zona.



Eso, indudablemente, fue lo mejor. Aunque el avezado lector no sea periodista, habrá reparado en alguna ocasión que en cualquier mogollón que se monta durante algún acto importante siempre hay alguien que dice (o más bien grita) “¡Dejad de aplastarme!”. Porque claro, cuando un futbolista que evade impuestos , un deportista de élite tiene que acudir a los juzgados para aclarar un malentendido fiscal, hay que saltar encima del compañero para tener un plano mejor o acercar el micro sólo UN POCO MÁS. En este caso, un folio con el logotipo de cada medio, delimitaba nuestro radio de acción. No sé cuánto habrán cobrado los múltiples diseñadores gráficos que han parido los logos, pero seguramente no esperaban que fuesen pisoteados por trípodes, monopies y zapatos de diseño vestidos por las estrellas más rutilantes de nuestro cine.

Alfombra Roja

Aún así, eso no quiere decir que no hubiera sitio para el pifostio. Después de que la redactora recogiese su bolsita con perfume de regalo – confirmando que todos los que trabajamos en estas cosas tenemos alma de tiesos, la gente parece que se siente timada si no sale de una convocatoria con un regalito, por cierto, las bebidas espirituosas suelen triunfar mucho, ahí os lo dejo, Relaciones Públicas de España -, nos pusimos en nuestra zona designada… sólo para vernos invadidos por la joven redactora de la sección de “Redes Sociales” de una revista. 

Armada con su móvil, a la pobre le habían asignado la misión de pedirle a los Personajes que fueran pasando cosas como saludos, “boomerangs” de Instagram y otras viñetas gráficas para darle vida a las RRSS de la publicación. La pusieron a nuestro lado porque nosotros íbamos sin trípode e imagino que los responsables de prensa pensaron que como íbamos, invariablemente, a traspasar las barreras invisibles entre las catenarias, tampoco nos iba a molestar mucho. Todo cierto, debo añadir.



Ahora bien, en una demostración de que en periodismo es mejor pedir perdón que pedir permiso, cuando la chica comunicó a una de las responsables de prensa que andaban por allí que su misión era, básicamente, grabar saludos con el móvil, la mujer le dijo que ni de coña.

¿Qué ocurrió? Pues lo más normal, que con el caos de personajes que empezaron a acumularse a partir de las siete y media, los que estábamos en la zona de medios teníamos barra libre para pedirle a los famosos hasta un saludo para nuestra tía Enriqueta que nos está viendo por la tele, sentada cerquita de la mesa camilla en su casa del pueblo.

Para colmo, como en nuestra profesión la tontería se pega con más facilidad que una ETS en un puticlub de carretera, en cuanto la redactora de la agencia que teníamos al lado grabó otro par de saludos para las Redes Sociales de su medio, le llegó el fatídico mensaje por parte de su coordinadora “está muy chulo, haz todos los que puedas”. Porque en periodismo, del “favor” a la “orden” hay muy poca distancia. Huelga decir que hubo televisiones que llegaron a última hora, por aquello de que al redactor le pusieron el AVE más barato para arribar a la ciudad, así que cualquier poco espacio en el que nos hubiésemos expandido se redujo según se acercaba el rato crítico. Menos mal que la Alfombra gozaba de una muy buena iluminación, así que no hubo que sumar focos a la hora de pelear por espacio.



En la Alfombra Roja también empezó el forcejeo con mi compañera: la historia de siempre, ella quiere que lo grabemos todo, incluyendo lo que haga nuestra más directa competencia – los teníamos al lado, así que difícilmente se nos iba a escapar alguna cosa -, o incluso lo que haga la no tan directa. Eso incluía la pequeña celebración alrededor de una pelota de basket que se formó con la redactora del programa de AR por parte del reparto de “Campeones” (Javier Fesser, 2018), pero tal y como le tuve que responder, no puedo predecir el futuro inmediato. Aparte – y esto es un debate para otro artículo – no tengo muy claro lo ético (lo legal en este mundillo, ya tal) de grabar un tema que, realmente se ha currado la compañera a base de su propio carisma. Que sí, que es una tontería lo que estoy diciendo y que tendríamos que haber chupado del bote, pero también estaba pendiente de que no se nos agotara la batería.

Porque ese fue otro detalle que le tuve que explicar a mi redactora: ya teníamos a otros dos cámaras grabando en otras zonas de la Alfombra, grabando posados y totales (canutazos) a la gente menos conocida, también había un fotógrafo en nuestro equipo, parapetado en su propia sección, así que lo nuestro eran básicamente los peces más gordos, las celebrities (¡Ay va qué chorrazo!) y gente de similar calado. Teníamos dos tarjetas de memoria y dos baterías, una de las tarjetas se las iba a llevar el otro cámara para ir adelantando material de modo que se minutara en la central de Madrid y las baterías… Digamos que mi corazón me dio un pequeño vuelco cuando me di cuenta de que la primera que puse estaba a medio cargar.

No daba tiempo para maldecir el nombre del cámara que había decidido no poner a cargar las dos baterías, afortunadamente, mi compañero había metido el cargador en la mochila. No sé el nombre de la colega de producción de La Española que accedió a buscarme una regleta para conectarlo entre el caos de focos y enchufes que teníamos detrás, pero gracias compañera: te pongo un piso, te como entera, te retiro de la calle o cualquier otra frase que exprese agradecimiento eterno y no parezca llevar implícito un mensaje heteropatriarcal/paternalista/manexplaining/manspreading/machirulo/manflu/dafuck.

Así quedó la Alfombra...


Y no se crean que esto fue una problemática que sólo me afecto a mí, vi a un cámara sufrir porque el micrófono inalámbrico devoraba los packs de pilas que iba reponiendo con estoica paciencia y otro me detalló su odisea para poder pedir prestada la tarjeta de memoria de otro compi para poder seguir grabando, porque no, aunque les parezca increíble, no todos usamos el formato SD.

¿Quienes me parecieron los más simpáticos, los más guapos y los más elegantes de la Alfombra? Pues, sinceramente, ni idea. Estaba concentrado en que el audio entrara bien, que mis imágenes estuvieran mínimamente encuadradas de modo que reflejasen que tengo algo de idea de grabar o en que, al llegar Penélope Cruz o Pedro Almodovar, no me taparan sus rostros el cogote de otro compañero. Estoy bastante seguro de que en mi grabación de las declaraciones de Andreu Buenafuente, hay una generosa melena rubia en lugar del rostro de Silvia Abril, que estaba a su lado.

Porque, admitámoslo, uno puede ser el favorito de la noche – como Antonio de la Torre -, o uno de los interpretes mejor considerados del momento – como Javier Gutierrez, que decidió ir de barman de “El Resplandor” (Stanley Kubrick, 1983) por motivos que sólo él sabrá -, pero te toca atender a los medios uno a uno. Si eres nuestra Penélope o nuestro ¡Pedroooooooooo! (all about my mother), nos juntamos más cámaras y micrófonos de lo que sería aconsejable para escuchar tus sabias palabras, Gran Maestro Jedi.

Sala de Prensa


Obviamente, después he sabido que en nuestra sección (o puede que en otra) le preguntaron al director manchego por Ese Partido del que Uxted Me Habla, lo cual iba a ser siempre una pregunta trampa. Porque claro, si el director dice que no reconoce su existencia, mal, porque les da munición para una pataleta (que es lo que querría cualquier ser u entidad, dar una pataleta patrocinada por nuestro director más prestigioso) y si la reconoce, peor, porque les da aún más balas para disparar.

De Penélope sólo escuché que venía sin YabierBardem porque su marido estaba grabando una peli. Estoy seguro de que a alguien le habría hecho mucho gracia que mi redactora le preguntase a la actriz si a su esposo le seguían sabiendo sus tetas a tortilla de patatas. Pero ya saben cómo son los redactores, no les gusta suicidarse profesionalmente sólo para que se ría tu colega, el que todavía pasa hachís en los institutos y vive con su madre. No obstante, en un arranque de friquismo, me imaginé preguntándole si Javier no venía por estar grabando el Frankestein del Dark Universe de Universal, pero en el fondo sabía que eso era del todo imposible, así que creo que todos ganamos con que lo dejase estar.

Va a ser que no...


Servidor hizo las fotos que jalonan este artículo en los pocos momentos de relajación que hubo entre Personaje y Personaje, las reacciones que han producido las mismas cuando las he ido colgando en las redes sociales me han dejado muy claro cómo funcionan algunas cosas.

Para empezar, la que ha cosechado más “Me gusta” en Instagram ha sido, de lejos, la de Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes – demostrando dónde se mueven sus fans – mientras que otras como la de Tamara Falcó han suscitado que la gente me comentara “¿Qué hace ella en las Goya?” Lo cual no deja de ser una muy buena pregunta. Casi tan buena como cuando vi a Kiko Rivera acudir a los Premios Onda cuando también se celebraron en Sevilla ¿En calidad de qué vino? Aunque Tamara es conocida por ser un Personaje tremendamente aburrido por los paparazzi – hacerle guardia implica terminar en las inmediaciones de una Iglesia, por aquello de que ella sigue siendo de misa dominical, cuando no diaria -, a mí me regaló una de mis anécdotas favoritas cuando vino con su hermano a inaugurar una tienda de Porcelanosa en las poco glamurosas inmediaciones del Polígono Industrial de La Negrilla. Se acercaba la Navidad y un periodista le preguntó a Tamara si en su familia eran de cantar villancicos, a lo cual ella respondió “Oh no ¡Tenemos CDs!” Con su voz llena de pija inocencia ¿No es para darle un abrazo?



Demostrando que me rodeo de gente poco dada a seguir influencers, no pocos me preguntaron quién era Dulceida, de la cual me contaron otra historia lo bastante estúpida como para que me hiciese tanta gracia como para reproducirla aquí: Le preguntaron cuál era su grupo de música nacional favorito y ella respondió “U2”. Con un par. Ante semejante respuesta, la redactora insistió “no, digo de España”, ante lo cual Aida se giró a su novia, “U2 ¿No cari?” a lo que su pareja asintió. Sí, esta es la gente que marca tendencia. En todo caso, eso explicaba el resquemor del cámara que tenía al lado cuando su redactora anunció que iban a hacerle un total a la Domenech “no la grabamos en Madrid ¿Vamos a grabarla aquí?” Pues se ve que sí.

Dos días después de colgar la foto de Macarena Gómez y su marido, la actriz le dio un “me gusta” en Tuiti ¿Mi reacción? Que debería haberle dicho a grito pelado que “Dagon, la secta del mar” (Stuart Gordon, 2001) me parecía una obra maestra para a renglón seguido ponerme a cantar salmos de nuestro futuro Amo y Señor Cthulhu del tipo “Ph’nglui mglw nafh” pero usted no acaba de entender nada de las últimas líneas y aparte comprenderán que no quiera suicidarme profesionalmente por alegrarle la tarde al fan medio de Lovecraft que está viendo la gala y sus previos desde la tranquilidad de su hogar.

En todo caso, mi reacción ante el cúmulo de súper estrellas se redujo en su mayoría a un decepcionante “pues tampoco son tan espectaculares en persona”, salvo por Manuela Velasco y Silvia Abascal, pero también es cierto que no las tuve demasiado cerca, así que lo mismo ganaron en belleza por la distancia. 

Por supuesto, a estas alturas los presentadores de La Española ya se habían cambiado a sus vestidos y traje de gala, con los que hicieron entrevistas, entradillas o dieron paso a la zona final de la pasarela en la que algunos de los asistentes grababan el pequeño clip bajo una lluvia de confeti. 



He de confesar que tuve un momento de risa cruel cuando las coordinadoras de Madrid le mandaron una captura de pantalla a mi redactora con el mensaje “¿Quién es el que está al lado de Berto Romero?” Se referían, obviamente, a David Broncano, se ve que no a todo el mundo su Facebook le recomienda un vídeo de “La Resistencia” aunque lo que acabes de ver sea un clip del directo de King Crimson.

También me vi tentado de decirle al bueno de David que cuando entrevisté a Dream Theater me pude permitir el lujo de hablar de música, pero para que me mirara con expresión de “¿Y tú quién coño eres?” Pues mira, otra cosa que era mejor dejarla estar.

Cuando llegó Rosalía también se desató un poco de locura, conseguimos no aplastar a nadie e incluso mi redactora logró que la cantante se arrancara a cantar un poco, a pesar de que la instrucción tan poco explicativa de “cántanos un poco de la guay”. Estoy seguro de que, con los nervios, “Malamente”, “Pienso en tu mirá” o “Dí mi nombre” se habían borrado totalmente del cerebro de mi compañera, así que no sean muy duros con esa exigencia. Por cierto, aún no sé con qué se arrancó, (nota: ya habrán podido comprobar que fue “Malamente”) de nuevo, la preocupación de tener un buen plano se impuso a prestar atención a lo que dice (o canta) el entrevistado. Algo que me hizo gracia fue el comentario de una de las periodistas “¡Qué guapa es en persona!” Hombre, vale que los vídeos musicales hechos a medida pueden engañar, yo mismo he comprobado el cambio de una famosa tras el antes y el después de una buena sesión de maquillaje con el adecuado estilismo (pura magia negra) pero hablamos de una mujer en la plenitud de sus 24 años a la que los primeros planos no le hacen ningún mal. Como para no ser guapa en persona.



La melodía de “Encuentros en la tercera fase” (Steven Spielberg, 1977) anunciaba que se acercaba la hora de empezar la ceremonia, y si eso no era suficiente pista, por los altavoces se podía escuchar una locución con un sucinto “señoras y señores, va a dar inicio la 33ª gala de los Goya”. O algo a tal efecto.

Lo curioso es que justo cuando estábamos recogiendo nuestros equipos para pasar a la Sala de Prensa, vimos pasar a Jorge Sanz.Lo que sucedió a continuación nos hubiera sorprendido, de haber estado presentes, pero ciertamente nos extrañó no percatarnos de su presencia antes. Aquellos fotógrafos que no tenían antena de Datos (o como se llame la cosa que sube las fotos a un servidor nada más hacerlas) instalada en la cámara o que no tuviesen que cubrir a los galardonados, adelantaron desde una pasarela que se vaciaba, para enviar imágenes desde sus portátiles. Otros se encaminaron a la sala de Prensa para hacer lo mismo mientras daba inicio la…

¿Gala? ¿Qué gala?

Me gustaría destripar la ceremonia como hicieron algunos de mis amigos vía Twitter o incluso vía Estados de Whatsapp, pero lo cierto es que pasé de la Alfombra Roja a la Sala de Prensa de forma casi seguida. Dicha Sala se dividía en, digamos, cuatro zonas; Una para los fotógrafos, una para los canutazos, una para las mesas en las que se iban a poner los portátiles dispuestos a editar/enviar imágenes y las mesitas del catering.

Lo del catering, de primeras, se acercó mucho a un grupo de zombies peleándose por el único cerebro fresco que quedaba en la zona. Rara vez he visto a la gente tirarse tan de cabeza por una serie de montaditos sin saber sus ingredientes. Sólo lo puedo comparar a la recena en la boda de unos amigos que se casaron hace poco. Aunque conviene aclarar que era una unión civil que se celebró a las dos de la tarde, ergo, la recena que llegó a las nueve de la noche era más bien “cena”, casi al final de la barra libre, lo cual explica que todos estuviéramos esmayaos de hambre.



Ni siquiera mi inteligente broma de “¡No los comáis, están envenenados!” consiguió ralentizar los avances de los compañeros. Puede que no tuviese gracia o que el hambre les superara, pero tampoco logró arrancar risa alguna.

Llegados a este punto, nos tocó calcular mentalmente el tiempo que íbamos a tener entre que a alguien le daban un Goya y lo que iba a tardar en aparecer en el photocall (acabó siendo unos 20 minutos). De mientras, se podía a escuchar claramente a uno de los responsables de tratar con los medios decir por su pinganillo “Que repongan el catering de la Sala de Prensa ¡Inmediatamente!” Porque nadie desea una sala repleta de periodistas, cámaras y fotógrafos hambrientos cual horda vikinga en el último mes de un frío invierno.

Tal y como he dicho antes, de la gala en sí pude ver más bien poco, así que no puedo juzgar si fue divertida o no, posteriormente me ha dado por examinar con algo más de calma – vía YouTube - los momentos que me llamaron más la atención, pero no se fíen mucho de mi criterio: a mí me habían hecho gracia Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla el año anterior, así que … ¿Qué se yo?

Como cualquier hijo de vecino, me quedé ojiplático con lo de La Tuna, más que nada porque al principio pensaba que iba a ser una cosa como irónica, no una reivindicación en toda regla de esos señores que no están en absoluto en edad estudiantil a los que les da por vestirse de Góngora (¿O es Quevedo?) con coloridos pinreles. No lo pude evitar, pero ver a la tuna en los Goya me recordó a una cena que hicimos hace años cuando un amigo se nos doctoró y su novia decidió traer a estas personas que cantan “clavelitos” a poco que te despistes. Como era una sorpresa, esperaban agazapados fuera del bar, mi novia de entonces salió a fumar, los vio y cuando entró de nuevo me dijo sotto voce “es lo puto peor”.




No voy a hacer el chiste de “el tuno bueno”… porque para eso ya estaban Def Con Dos, y sinceramente, La Tuna como concepto no me parece mal, pero aún no acabo de entender su relevancia en una ceremonia de este tipo. En retrospectiva, mis sentimientos sobre mi reacción han ido mutando: al principio, cuando me di cuenta de que estaba boquiabierto en una sala llena de cámaras, pensé que ojalá nadie me hubiera grabado mientras miraba el monitor, después he recapacitado y me parece que de haber sido así, se podría haber montado un buen “reaction video” que sobrepasara a los de la Boda Roja de Juego de Tronos o el primer Trailer de “Infinity War” (Anthony y Joe Russo, 2018). Nota malvada: que una mujer apareciese haciendo la tarantella me hizo pensar en la expresión “cuota feminista”.

Pude ver que Rosalía cantaba algo pero con el barullo que teníamos en la sala, no logré identificar la canción. Más tranquilo, en casa, he podido escuchar con detenimiento su “Me quedo contigo” de Los Chunguitos acompañada del Guincho y el Cor Jove de l’Orfeó Catalá. ¿Si lo traduzco como “El Coro Joven del Orfeón Catalán" quedo como un facha, un andaluz paternalista o, teniendo en cuenta que todavía pongo los directores y la fecha de estreno de cada película que nombro en el artículo es que simplemente soy muy tiquismiquis?

No voy a decir mi opinión sobre Rosalía porque yo con esta mujer no tengo problema ninguno, me pasa como con “El principito”, lo que me pone tenso son la gente que comparte frases suyas en las Redes Sociales como si no hubiera un mañana. En lo que a mí respecta, considero un golpe de genialidad el que comparta cartel con King Crimson en el resucitado Doctor Music Festival, mi única reclamación es que sea un evento al que resulta tan jodidamente complicado (y caro) llegar desde Sevilla.



La cosa es que he escuchado a más de uno decir que Rosalía ha “dignificado” una “mierda de canción”. La joven Vila Tobella lo que ha hecho – ella y/o su equipo -, es coger una canción que siempre, SIEMPRE, estuvo de puta madre, le ha bajado las revoluciones y ha sustituido los acordes por las notas individuales que producen las angelicales gargantas del Orfeón.

Muy bien Fran, pues que se te ocurra a ti”. Ok, encajo la crítica, conceptualmente es un toque magistral, pero lo que me jode es que el público considere que con esta interpretación, al tema se le da una pátina de respetabilidad o de ambición artística que “Si me das a elegir” (el nombre con el que la mayoría la habéis buscado en Google, no mintáis), nunca había requerido ni necesitado.

Como a Camilo Sesto y a otro buen número de cantantes cuyos temas cantáis en saraos sociales sin rechistar, hay una serie de artistas a los que nombrar de seguido en un texto parecen producir vergüenza ajena, vamos a comprobarlo: Parrita,JuncoLos ChichosCamela, La Húngara… Cierto es que yo tampoco tengo ningún disco de estos artistas, pero si conectan con un público que se siente identificado con sus canciones ¿Cuál es el puto problema? ¿Por qué tiene que venir Rosalía para “dignificar” nada de cara al público que mira con condescendencia? Y lo de nombrar el llamado “Cine Quinqui”, que usaba esta música para sus films, pues ya para otro día... Por cierto, que aplaudo abiertamente que los Chunguitos se hayan querido sumar vía Twitter al tren de Rosalía ofreciéndose para una colaboración, qué menos.



Yo soy el primero que bromea con que Peter Gabriel (o más bien Robert Lepage) le robó la escenografía a Ricardo Gabarre para su “Come talk to me”, como si “Hola mi amor” no fuese un TEMAZO. Pero por mucho que me gusten más los gorgoritos del ex-cantante de Genesis, no tengo por qué defenestrar a Junco. Todo esto me lleva – como no podría ser de otra manera – a David Bowie, a quien le horrorizaba los premios para la música, aduciendo que los músicos no son atletas olímpicos, por mucho que haya gente empeñada en decir lo contrario. Los artistas trafican con emociones, eso no se puede cuantificar.

No obstante, eso entronca con uno de los galardones más celebrados de la velada. Jesús Vidal se llevó el Goya al Mejor Actor Revelación por su participación en “Campeones”, dando un discurso que recogió aplausos en la ceremonia e incluso en la Sala de Prensa. Digo “incluso” porque ya saben que los periodistas estamos curtidos con una piel de hierro a base de ver noticias chungas día sí, día también, como la mayor parte de la humanidad, claro.

Como no podía ser de otra forma, el galardón tuvo que generar su propia oleada de reacciones: que si el premio se le daba más a un mensaje de superación que al buen hacer en sí del actor, que si era una demostración del rollo “buenista” que a todos nos invade para evitar la ofensa generalizada, por no olvidar a los cronistas que, con mejor o peor gusto, se han hecho con frases de la película para argumentar que tampoco se debe poner en un pedestal a personas que, en la vida diaria, lo tiene bien jodido.

Internet no es más que una serie de selfies


Para mi vergüenza, he de decir que no he visto ni “Campeones” ni la mayoría de los films que se premiaban en esta edición, pero me imagino de dónde viene todo esto, de que tenemos que rellenar páginas y espacios en nuestros medios y del hecho de que nos sabemos conscientes de que, en el fondo, a todo futuro padre (o madre) se le encoge el corazón cuando piensa que su hijo no se pueda valer por sí solo en el futuro por culpa de una minusvalía (¿Carencia? ¿Habilidad alternativa? ¿Está bien dicho así?) física y/o mental. Dicho de otra forma, por cada historia de superación como la de Jesús Vidal, hay unas cien mil que lo tienen mucho más complicado, que nunca ocuparán minutos en televisión.

No pude escuchar claramente el discurso del actor, soy consciente de que dijo cosas como “inclusión” y “diversidad”. Palabras de las que no pocos colectivos podrían hacer causa común o directamente apropiarse – sí, como Rosalía con la estética gitana, qué pesados sois -, pero que tampoco veo mal que se digan en una gala como esta. Mi única pega es la misma que con las frases de “El Principito”, sí, soy consciente de que Jesús Vidal dio un discurso emocionante, en serio no hace falta que todos mis conocidos – o incluso desconocidos – me lo compartáis por todas las Redes Sociales, en serio, no vivo debajo de una piedra, por mucho que de la impresión de lo contrario a veces.



Cuando el interprete llegó a la sala de Prensa para posar con su Goya, noté algunas reacciones de la calaña de “mira, al mongolito le han dado un premio” ¿Cómo? ¿Que en los medios trabaja gente execrable? ¡He perdido mi fe en la humanidad! Pero incluso yo, que tengo mi buena capa de rampante cinismo que me protege de los sentimentalismos baratos, no pude evitar emocionarme cuando le hicimos el total a Jesús y notaba toda la ilusión que ese hombre ponía en su parlamento.

Desde mi punto de vista, lo que mejor zanja esta cuestión es una respuesta que dio el cantante Nik Kershaw hace años en su página web cuando un fan le preguntó si era cierta que uno de sus hijos era (¿Tiene?) Síndrome de Down, a lo cual el músico respondió: “Sí, tengo la bendición y la maldición de un hijo con Síndrome de Down”. One more time, todos los padres quieren que sus hijos lo tengan lo más fácil – o lo menos difícil – que sea posible.



Me dio un poco de pena cuando me percaté de que no iba a haber lugar de ver en persona a Narciso Ibañez Serrador. No lo habíamos visto en la Alfombra Roja, y cuando se usaron imágenes grabadas en la pre-entrega de Premios en Madrid para ilustrar el momento en el que recogió su premio, mis sospechas se confirmaron: no iba a tener oportunidad de hacerme una foto – la única que me hacía auténtica ilusión y por la que habría dejado la cámara – con el hombre que siempre me llenaba de resquemor cuando aparecía en los finales de temporada del “Un, dos tres...” o el que terminó de insuflarme terror cuando, a mediados de los 90 reestrenaron “¿Quién puede matar a un niño?” (1976). Recuerdo el impacto de la cinta, recuerdo que fue en el cine “El Mirador de Santa Justa” (que ahora es un Media Markt), y digo todo esto para que no me acusen de “fan de nuevo cuño”. Es una faena que no pudiera venir a Sevilla, casi tan faena como que le diesen el Goya de Honor cuando el hombre no está para muchos trotes.

Otra cosa a destacar de la llegada de los galardonados a la Sala de Prensa es que no era en orden, esto es, si eres elegida la mejor actriz de reparto te retrasas – comprensiblemente, creo yo – más que Mejor Vestuario, aunque el premio se lo hayan entregado después. Lo estoy diciendo al boleo, por si alguien me viene a corregir con un “de hecho, llegaron antes los de Efectos Especiales”. Por cierto, sí que había visto “Superlópez” (Javier Ruiz Caldera, 2018) y su Goya me parece más que justificado.



Mientras llegaban más premiados, los de los medios nos entreteníamos en conversaciones la mar de normalítas. Yo me podría haber ofuscado en saber cotilleos de la industria, pero la mayor parte del tiempo estuve hablando de el fastidio que supone compartir habitación cuando el trabajo te manda a otra ciudad, las horas de los AVE para volver y de el poco ánimo que había de ir a la fiesta post-Goya (para los que estaban invitados otros periodistas, no era nuestro caso y eso desembocó en un pequeño drama después). Las charletas se veían intercaladas por discretos viajes a la zona del catering, a dónde seguían llegando montaditos con regularidad, las coca-colas desaparecían y las botellas de agua a temperatura ambiente –la calefacción a todo trapo -, seguían perennes en sus bandejas.

Como no podía ser de otra forma, hacia el final de la Gala, la zona del catering era un cuadro cuyo nombre era “y de mientras los niños de África se mueren de hambre”. Aunque lo mismo, más que las sobras de Europa o alguna canción interpretada por algún famoso sin voz, lo que el continente africano necesita es que las Grandes Potencias les condonen la brutal deuda exterior para así poder montar las infraestructuras que les permita algo de independencia. Tampoco estaría mal que ciertos países dejaran de apoyar algunos conflictos internos del continente en clara muestra de que el colonialismo puede que haya salido de África, pero no de los países colonizadores. En tu puta cara.



A cada premiado, un miembro de la Prensa – creo que era siempre el mismo – le pedía que besara el Goya. En momentos así, hecho de menos a una estrella realmente destroyer en nuestra galaxia cinematográfica, algún Keith Moon o Sid Vicious – sin el detalle de maltratar o matar a sus parejas, claro está -, que ante una petición de ese tipo respondiera pasándose el Goya por la entrepierna como si la efigie del mítico pintor le hiciera una simulada – siempre simulada – pero vigorosa felación, o una no menos placentera comedura de coño de ser mujer. Por aquello del lenguaje inclusivo. Pero entiendo que ningún actor de éxito quiera suicidarse profesionalmente por hacerle gracia a un cámara agotado.

Tuve otro momento de forcejeo con mi redactora cuando insistió en que grabara a TODOS los galardonados. Por mi parte, me habría encantado hacerle unas buenas y profundas entrevistas a los de Mejor Sonido u Efectos Especiales – la cabra tira al monte -, pero tenía muy claro que: A) Ya teníamos compañeros de la misma empresa grabando esas cosas B) No trabajamos para una publicación técnica y C) Yo estaba con sólo una batería y una tarjeta de memoria. Desde mi punto de vista, nos teníamos que concentrar en “los gordos” (de cara al Gran Público, al menos), o sea: Mejores actores, mejor película y mejor Director. Lo habría estirado hasta Mejor Canción pero extrañamente, mi compañera ni hizo el amago de entrevistar a Coque Malla.



Antonio de la Torre recogió su (creo que merecido) Goya a la mejor interpretación masculina. Uno de los responsable de prensa dijo con orgullo “esto es Sevilla” (cuyo corolario es “y aquí hay que mamar”, aunque el actor es malagueño). A estas alturas, todos estábamos cansados. Creo que hasta el propio Antonio lo estaba, porque sino, no habría contado su anécdota sobre José María Garcia de forma tan desorganizada. Eso me hizo mucha gracia porque no hace mucho me había leído la biografía del locutor, “Buenas noches y saludos cordiales”, de Vicente Ferrer Molina. Un rato antes del momento estelar para el actor de “El reino” (Rodrigo Sorogoyen, 2018), recuerdo ir al servicio, mirarme en el espejo y verme con los típicos ojos rojos que reflejan agotamiento. Nos pusimos de acuerdo en que, a los que quedaban los íbamos a entrevistar en grupo. A tomar por culo las exclusivas, hombre, que son ya casi la una de la madrugada y yo no me he sentado más de 10 minutos en total. 

Un cámara de Madrid, más experimentado en estas lides, me comentó que nos esperaba un buen rato entre el final de la Gala y que llegasen todos los Premiados para la Foto de Familia. Y de hecho, fue un rato largo, lo bastante como para que hablara con un par de fotógrafos durante la espera. Me había llegado el rumor de que el año que viene repetía la Ciudad Hispalense para los Goya y creo que uno de los compañeros resumió el sentir general cuando dijo “si los hacen aquí de nuevo, espero que no me toquen a mí”.




Hicimos la foto de familia, se sucedieron los totales a los premiados y decidimos levantar el campamento sin despedirnos de casi nadie. Coincidí con premiados en el ascensor, aguanté la tentación de pedirles el Goya para hacerme una foto con él, se abrió la puerta en la planta dónde empezaba la barra libre, previo paso a la más exclusiva fiesta que se iba a dar después en Villa Luisa, lugar dónde yo he fotografiado (o grabado) más de una boda. Y más de dos.

Yo sabía del lugar de la fiesta, a base de conversaciones intrascendentes con los compañeros. Mi redactora se enteró cuando, en un fallo táctico, se lo comenté camino de su hotel. Le entró un pequeño ataque de pánico ante la perspectiva de que “la competencia seguro que va y graban algo que nosotros no vamos a tener”. Reconozco que a estas alturas, yo estaba ya en las últimas y respondí con un hastío con el que intentaba hacerle llegar que nuestra competencia tenía un tren de vuelta temprano al día siguiente y por lo tanto, seguramente entre sus planes no entraba prolongar la jornada laboral. Vamos, que si iban a la fiesta de los cojones era para emborracharse. Es una lástima que no me invitasen, podría haber generado mucha vicisitud al explicarle a todo el que pudiera divertidas formas de suicidarse profesionalmente. Que es el chiste recurrente de este artículo, POR SI NO LO HAN NOTADO.

Yo tuve mi particular momento de desesperación cuando la carpeta que tenía que enviar con todos mis clips desapareció misteriosamente del escritorio del ordenador de la agencia. Vuelve a volcarlo todo, con lo cual, terminé derrumbándome en mi cama a eso de las 4 de la madrugada. Y no vivo precisamente lejos del curro. Sé de una amiga que estuvo con la producción de la Gala y no llegó a la suya hasta las 8 de la mañana, dolorosamente sobria, debo añadir.

¿Balance final? Pues está muy entretenido currar en los Goya, desde luego más que hacer guardias en las puertas de domicilios absurdos. O como lo expresó mi redactora en lo que podría ser un plano de una película sobre este mundillo. De noche, mirando por la ventana de nuestro vehículo espetó un lacónico “Y la semana que viene, de vuelta a casa de Kiko Rivera”. Música melancólica, fundido a negro.

Por mi parte, sólo puedo concluir que lo que realmente debe molar es ir a estas cosas de invitado, qué coño, yo quiero ir de nominado.

Los Cojones, yo quiero que me den un Goya, o una Copa de Europa, o un Óscar. No sólo por el orgullo del trabajo bien hecho, sino por restregarle a los demás nominados un “¡Perdedores!” a grito pelao desde el escenario ¿No es esa la gracia de todo esto, a fin de cuentas?



lunes, 28 de enero de 2019

CULTURA BARATA QUE SALE CARA: LA VIDA ES EL PRECIO de Amparo Muñoz y Miguel Fernández.

Lugar: Todocolección
Precio: 15,90 (eso ha dolido)

De nuevo, “Lejos de aquí”

Aparte de Jose Luis Manzano (como Eduardo Fuembuena, sigo respetando el acento llano de su nombre,) y Eloy de la Iglesia, por el libro que resume estas vidas no ejemplares pasan una cantidad de personas que también claman por un escrutinio tan cercano y la vez tan quirúrjico como el que realiza el escritor de Zaragoza: Gonzalo Goikotexea, los hermanos Antonio y Rosario Flores, Pirri, Enrique San Francisco, o la que nos ocupa hoy, Amparo Muñoz.


Esta es la pinta que tiene, sin la absenta, claro.


De buena parte de ellos ya se ha encargado la “versión oficial”, dulcificando, mitificando o redundando (innecesariamente o no) en los pasajes más oscuros de su trayectoria vital. Es la (a veces mala) suerte de ser descrito por aquellos que te quisieron o, como mínimo, por aquellos a los que la distancia les ha provisto de una visión menos dura que la que pudieran tener los que tuvieron que vivir algunos de esos momentos de claroscuros. Por supuesto, en casos como el de Quique San Francisco, uno tiene la oportunidad de contar su propia historia con el mínimo de ambages.

A mí en particular me llamó mucho la atención cómo se describe en un punto de la historia a Amparo Muñoz, mediante una comparativa con Lali Espinet: “Al igual que Amparo Muñoz, Lali era la peor enemiga de sí misma”.

¿Qué significa esto? ¿Quién fue Amparo Muñoz? ¿Qué tiene de interesante?



Memorias de un ángel caído

En el imaginario colectivo, Amparo Muñoz se resume con un “única española ganadora del certamen de Miss Universo, renunció a la corona antes de terminar su reinado, vida destrozada por las drogas, seguramente murió de SIDA”. Es triste que se pueda resumir la percepción popular de una persona de forma tan somera, sobre todo cuando buena parte de ese sumario es incierto o, cuando menos, inexacto.

Quizás precisamente por culpa de esa fama, Amparo se decidió a escribir sus memorias, firmadas a medias con el periodista Miguel Fernández y que se publicaron bajo el nombre de “La vida es el precio” en 2005, seis años antes del fallecimiento de la modelo y actriz por una enfermedad de la que habla en el libro pero que – para disgusto de Ana Rosa Villacastín – no tiene nada que ver con el Síndrome de InmunoDeficiencia Adquirido.

Antes de ponerme con la reseña del libro en sí – y con la pequeña anécdota de cómo conseguí mi copia -, resulta conveniente preguntarse por qué el interés por esta figura en particular ¿Qué tiene de especial Amparo Muñoz?



Ciertamente, hay una vertiente dramática que llama la atención a poco que se analice su trayectoria vital: una chica de provincias, una alegre muchacha malagueña a la que, cual cenicienta, se le abren las puertas del mundo por gracia de un concurso de belleza. No es que fuera la más guapa del país, o del continente, sino de El Mundo. Conviene aclarar que, aunque el título es Miss Universo, sólo un capitulo de Futurama – en el que creo que resultaba ganadora del certamen un organismo unicelular de otra galaxia– ha hecho justicia a las ínfulas del galardón.

Después de llegar a lo más alto, llega la bajada a los infiernos. El problema reside en que a la narración popular le interesa demasiado la relación entre causa y efecto. Amparo no renunció a su corona porque las drogas la corrompiesen en su periplo como Miss – como a veces se ha querido hacer ver -, la adicción vendría bastante después. Pero aún obviando ese detalle, hay aún más carnaza para el curioso ocasional: tras ser la más bella, Amparo recala en el cine del Destape, vive tórridas relaciones con hombres de la industria cinematográfica del momento, y su vida cae en una espiral autodestructiva de la que se redime cuando calla bocas gracias a su actuación en “Familia”, primer film que dirige Fernando León de Aranoa y que se estrena 1996.





Pero más allá de ese intrínseco interés dramático, más allá de la crónica de cómo La Mujer Más Guapa del Mundo es corrompida por un mundo cruel, existen las películas. La aportación de Amparo a la historia del cine no sólo se resume en mostrar cacho en desafortunados vehículos para su lucimiento físico ni tampoco se puede traducir la fascinación que produce su figura porque le fue bien en el reparto genético.

Ahora bien. Guapa lo era un rato.

Para esto habíais venido casi todos, ya podéis dejar de leer.


De hecho, una de las cosas que más me llamaron la atención mientras veía “La otra alcoba” (Eloy de la Iglesia, 1976) es que incluso con la plana y ramplona iluminación con la que Carlos Suárez fotografía a la Muñoz, ésta sigue emanando una pasmosa belleza natural. 



Pero la belleza también tiene sus trampas, como la propia actriz sugiere en su libro y como John Cleese – en una serie de documentales sobre el rostro humano que realizó para la BBC– explica, la gente atractiva tiene las cosas demasiado fáciles durante buena parte de su vida, tendiendo a severos problemas de auto estima o a la poca tolerancia a la frustración cuando las cosas no les salen bien. Sin olvidar que Amparo cree – la más de las veces, con fundamento -, que casi todos los hombres que se le acercan, quieren llevarla a la cama, o como la propia actriz argumenta, en un ramalazo de provincianismo, “al huerto”.

Casi 16 pavos es el precio

El mejor momento para comprar un libro suele ser cuando sale o cuando pasan los años y se ha vendido tan poco que en cualquier rastro te lo puedes encontrar a un precio irrisorio… a menos que haya un interés – por muy subterráneo que sea – por el volumen en cuestión. Ya comenté en mi entrevista con el Sr. VCR que la adquisición de “La vida es el precio” fue doloroso, no por el precio del opúsculo en sí, sino porque una vez pasada la página de cortesía me encontré con que alguien había apuntado otro precio – 5,90 – a lápiz. Ouch.



No voy a enfadarme con el señor que me vendió esta biografía ni lo voy a acusar de especulador, porque simplemente me vendió el libro a un precio muy cercano al de venta original, además estaba bastante bien cuidado, así que no llega al nivel de “sinvergonzonería” que he visto con volúmenes similares en Todocolección o Iberlibro (atención a las biografías sobre Mecano o Tino Casal), pero duele. Sobre todo cuando uno de los mejores libros sobre David Bowie - una figura con un interés más universal - me lo encontré tirado de precio en una Feria del Libro Antiguo de Sevilla.

Pero ya que estamos, la disonancia me permite dar nombre a la siguiente parte de la entrada:


La frase “Amparo Muñoz era su peor enemiga” fue, indudablemente, la que me impulsó a comprar “La vida es el precio”. Al igual que pasó con el libro de Jimmy Giménez-Arnau, siempre me había preguntado qué ocurrió en los huecos de la historia, aquellos de los que no se suele hablar en televisión. Hay quien diría que hay un cierto interés necrófilo en ahondar – sobre todo a estas alturas – en la vida de esta mujer, pero no, la figura de Amparo siempre me había llamado la atención, sólo es que hasta ahora me había encontrado en la situación adecuada para enmarcarla en su justo contexto.

Ahora bien, como veterano de no pocas biografías de famosos – sobre todo músicos – os puedo decir sin problema que el precio apuntado a lápiz era un poco más razonable. Pagué gustosamente por su valor como documento único e irrepetible, pero su valor literario es relativo, hay buen salseo – que es para lo que muchos de vosotros estáis aquí – y algunas reflexiones interesantes. Pero difícilmente la cambiará la vida a nadie. Tampoco creo que fuera la intención.

Para empezar, muchas “auto” biografías adolecen de ser conversaciones que el personaje a retratar ha mantenido con un periodista – por lo general, amigo -, a las que el plumilla en cuestión le toca organizar para darle un orden narrativo que resulte comprensible al lector medio, o entero.

La vida es el precio” da esa impresión durante todas sus páginas, ya sea por lo coloquial de algunas argumentaciones, o por las áreas de las que se ocupa. Porque esa es otra, si alguien esperaba un análisis pormenorizado de las películas en las que participó la malagueña, que se vaya olvidando. Del mismo modo, si algún fan del fantaterror tenía la más mínima esperanza de un comentario sobre su participación en “Licántropo, el asesino de la luna llena” (Francisco R. Gordillo, 1996) o sobre su compañero de reparto, Jacinto Molina / Paul Naschy, será mejor que pase de este libro.



Quizás esto se deba a la cacareada falta de cariño de los actores patrios hacia el cine, o a que desde Ediciones B, o puede que desde incluso el mismo Miguel Fernández llegara el consejo de “no, de las películas no hables que no interesa”. En todo caso, el libro mantiene un interés que se adivina sólo inherente por los ambientes que describe o las cosas que ocurren, pero sin ningún brío literario. Son, estrictamente, unas memorias muy poco literarias.

La vida es el precio

De unos años a esta parte se ha impuesto el siguiente molde a la hora de escribir una auto biografía: “arranque desde un punto indeterminado, si puede ser el presente, mejor. Ya después vuelve al pasado y cuentas tu vida en orden cronológico”. Esta característica suele ser común en los libros que se firman a cuatro manos, aunque también la comparten volúmenes con una mayor autoría - “Música infiel y tinta invisible” de Elvis Costello sería un buen ejemplo si no fuera por lo fragmentado de la narración durante buena parte del volumen, algo que acaba por revelarse un golpe de genialidad -, lo cierto es que es una formula que suele ser un poco molesta. No todo el mundo es capaz de mantener el interés durante el recorrido que hay desde la introducción hasta los capítulos en los que se narra “lo que interesa”. 

Este libro sigue ese modelo, pero con la salvedad de que la narración vuelve al pasado algunas veces. En el fondo es de agradecer, si bien es una forma de narrar que a veces lastra el ritmo de sus páginas. Nada más empezar vemos cómo era la vida de la modelo justo antes de presentarse a su primer concurso de belleza – Miss Costa del Sol –, acto que desencadena una serie de acontecimientos que van a marcar la vida de la Muñoz.

Amparo se retrata como una muchacha sencilla, que hasta entonces había tenido un novio formal, de los de toda la vida, un padre ultraprotector y un trabajo rutinario, de cuando en España uno podía buscarse la vida de una forma medio digna sin haber ido a la universidad – en contraste a hoy en día, cuando haber ido a la universidad te quita puntos de dignidad a la hora de buscar un curro -, una vida normal y campechana para una mujer sin grandes aspiraciones durante el tardofranquismo.



Y aquí ya empezamos mal. Como suele ser norma, las páginas centrales del libro las ocupa una galería de imágenes a todo color, impresas en papel fotográfico (o que intenta serlo) en las que, aparte de un generoso desnudo de la actriz en su punto de belleza más absoluta, se nos muestran distintas diapositivas de su niñez. En una de ellas se ve a una pequeña Amparo y a una mujer, acompañada de la leyenda “de cuando vivía con los padrinos”.

Por culpa de la dictadura de la maquetación, no descubrimos quiénes son “los padrinos” hasta páginas después de las centrales. No voy a ser de los que digan que unas memorias deben escribirse como una novela, con giros argumentales inesperados, sobre todo cuando la protagonista es un personaje tan público, pero cualquier persona que coja en libro en unos grandes almacenes, lo primero que va a hacer es irse a las páginas con imágenes. Plantar la duda de “quiénes son los padrinos” en la primera le hace un flaco favor tanto al que no sabe nada de Amparo como para el que compra el libro.

Resulta que la actriz fue la primera hija de un matrimonio por penalti – lo siento, en el libro se explica de forma más pormenorizada – y, viéndose un poco abrumados por la situación, la pequeña pasa largas temporadas con un matrimonio amigo de sus padres, un matrimonio que no puede concebir y que prácticamente adopta a Amparo durante su infancia. Por supuesto, una vez encontrada cierta estabilidad, la niña acaba volviendo al hogar a tiempo completo. “La sangre pesa más”, escribe la actriz, aunque eso no hace que la relación desaparezca de la noche a la mañana, las relaciones entre “Los padrinos”, los padres y la propia Amparo se degradarán con el tiempo.



Aún así, la relación entre la futura Miss y su familia también resulta complicada, en un punto de la narración, Amparo cuenta cómo no soporta que su padre haga su vida – de salir con los amigos, de volver al hogar a horas intempestivas -, hasta el punto de ponerle un ultimátum. En realidad, estas pequeñas anécdotas sirven para humanizar al mito, nos dejan ver que no hay vidas “normales”, que todas las familias tienen cadáveres en sus armarios o, como diría Tolstoi: “Todas las familias son infelices a su manera”.

No obstante, cuando la Muñoz empieza a acudir a los concursos de belleza, se encuentra uno con las primeras contradicciones. En el relato que nos pinta la malagueña, se diría que acepta a regañadientes participar en los eventos. Esto lo muestra en uno de los pasajes con algo de salseo, cuando describe a una de las participantes, que resulta ser Norma Duval: “No se puede decir que hiciéramos una gran amistad; desde entonces hemos coincidido en varias ocasiones y tenemos amigos comunes, pero no volvimos a hablar de Miss España. La Duval iba a por todas. Hoy habrían dicho que parecía un travestí. Nos sacaba una cabeza a todas (…) parece un tío, comentábamos”.


Norma Duval en 1973


Choca esto porque la evidencia documental existente – reportajes en televisión de la época– muestran a una Amparo Muñoz ilusionada por participar en los concursos, con una familia resistente a este mundillo (su padre, sobre todo) y a la que le gustaría que se buscase un trabajo más normal.

El diálogo interno va por otro sitio: “Al final, hubo momentos en que pensé que sí, que verdaderamente aquello eran una vacaciones. En las idas y venidas de autobús descubrí que seguía enamorada de Antonio, mi primer novio, y que en realidad me apetecía que aquel carnaval acabara cuanto antes para volver a Málaga, hablar seriamente con él, reconciliarnos y, pasados unos meses, empezar a pensar en boda”.

Los triunfos en las distintas convocatorias de Miss loquesea cambiarían eso.

Todo el párrafo choca porque si realmente a Amparo le importaba tan poco este mundillo… ¿Por qué después repara tanto en las supuestas “injusticias” de los jurados que favorecían a algunas candidatas por enchufismo? ¿Por qué muestra un cierto enfado por no poder llevar mejores vestidos a algunos de los desfiles? Da la impresión de que la Muñoz no quisiera exhibir ambición alguna… por mucho que la albergue.

Como ya es sabido, Amparo es coronada Miss Universo y su mundo cambia por completo. En realidad, había empezado a cambiar un poco antes, cuando las victorias anteriores le abren las puertas de un Madrid y de una industria del cine que anda deseosa de rostros frescos, y por qué no decirlo, de piel fresca que mostrar a un público que en breve ya no tendrá que hacer viajes por Biarritz para ver el cine que no pasa el filtro de la censura. 



Vida conyugal sana” (Roberto Bodegas, 1974) encaja a la perfección en dicho esquema, aunque el papel de Amparo es casi anecdótico, el film supone un ejemplo de grito primario por parte del españolito medio – encarnado por José Sacristán – en pos de una liberación contra las rígidas convenciones morales de la época. Y eso que básicamente se trata de poder encamarse con su propia mujer. Si bien la Muñoz reduce su comentario de texto a que su compañera de reparto, Ana Belén, “me pareció una mujer muy antipática”.

Siguiendo con el salseo, una vez instalada en Madrid, Amparo nos describe al Jesús Quintero de la época: “nos hicimos muy amigos, aquel Jesús no tenía nada que ver con el que vemos hoy en televisión. Era un hombre muy actual, muy divertido, muy puesto en los entresijos entre actrices y los galanes. Era también un seductor, alguna vez me mareó, pero no le hice mucho caso.” La postilla adecuada a este párrafo es que, en realidad, Jesús Quintero no ha cambiado mucho en el fondo pero sí en la forma.



Tampoco tarda Amparo en desterrar uno de los rumores que sobre su figura vertieron baluartes del Periodismo Moderno como Jesús Mariñas, esto es, que alguna vez se había dedicado al oficio más viejo del mundo:

Tuve muchas proposiciones para salir con unos y con otros. O, para decirlo más directamente, para entrar en la prostitución (…) los argumentos eran sencillos y directos: ganarás mucho dinero, nadie tiene por qué enterarse…La propuesta partió de una mujer muy conocida en altas esferas de la sociedad madrileña (…) le dije amablemente que no, que no me interesaba ese mundo”.

En el programa que dirigía Julián Lago, “La maquina de la verdad” - one more time, polígrafo, cuántas horas de diversión nos has proporcionado, tú que ibas para aparato serio -, las puyas de Mariñas sobre este tema por poco le valen llevarse una merecida hostia en directo– más que nada porque llamar “puta” a una mujer, aún sin decir la palabra, está feo -, aunque la cosa quedó en que uno de los contertulios, Victor Rubio, a la sazón ex-pareja de Amparo, se marchara del plató.



Mientras la actriz empieza sus tiras y aflojas con la organización de Miss Mundo, empiezan a ofrecerle papeles con más enjundia. “Tocata y fuga de Lolita” (Antonio Drove, 1974) la pone en un papel casi protagonista en el que la replica se la da un Arturo Fernandez que tiene que dar vida a una variación de su personaje clásico: el señor tradicional – en este caso, un viudo – que tiene que afrontar que su hija decida dar el paso a ser una mujer independiente… la variación se basa en que Don Arturo queda fascinado por el mundo más libre y permisivo en el que Lolita (Amparo) se mueve. Como auténtico contraste al hombre formal que compone Fernandez nos encontramos a un Francisco Algora que se hace querer con su personaje de alegre hippie.

Adiós a la corona

Si uno suma la cantidad de cosas que le pasan a Amparo Muñoz durante todo el tiempo que estuvo bajo el manto (o más bien yugo) de la organización de Miss Universo, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que no sale a cuenta ser elegida la Mujer Más Bella del Mundo. La actriz asegura que el control que se ejercía sobre su persona era tan extremo que resultaba agotador. Un ritmo de trabajo que se nos describe inhumano, que a mí me recuerda a Slurm Mackenzie – de nuevo, Futurama -, obligada a estar todo el tiempo de fiesta hasta sentirse asqueada por todo el asunto. 

El salseo vuelve a hacer acto de aparición cuando describe el tiempo que pasa en Manila: una de las noches, Muñoz se ve arrastrada por una de sus compañeras a una habitación del hotel en el que se hospedan donde se lleva a cabo una auténtica orgía. Demostrando que en aquel entonces era terriblemente inocente, Amparo huye despavorida de la “celebración”. Tampoco ayudaría a sus circunstancias sobre el certamen y la corona que una chaperona – mujeres a cargo de las misses – insistiese en darle masajes, acariciarla, estar a su lado en la cama y acompañarla en la bañera: “nunca llegó a propasarse (…) pero me pareció un lesbianismo no confesado”.

Supongo que al leer este párrafo todo el mundo se ha imaginado la misma reacción que tuve yo: ¡HOMBRE POR FAVOR! ¿¿¿NO CONFESADO?? ¿QUÉ QUERÍA, UNA PANCARTA???



Resulta chocante lo pánfila que llega a ser la actriz en algunos pasajes, algo que, tengo que decir, nunca la llegó a abandonar del todo. Un ejemplo: en el programa de “Historia de nuestro cine” que se ocupa de “Dedicatoria” (Jaime Chávarri, 1980) se pueden ver algunas entrevistas realizadas para promocionar el film en su día. Mientras que su compañera de reparto, Patricia Adriani, se muestra con gestos de profesional – su forma de coger el cigarro, su manera de hablar del personaje que ha compuesto -, Amparo habla aún con la ilusión de una niña sobre lo “romántico” de su Clara.

Esa extraña inocencia no llegó abandonar nunca del todo a la Muñoz, si bien en algunas intervenciones – como no, en Tómbola– mostraba su lado menos amable.

Se podría esgrimir que el choque de la inocencia de Amparo con el cinismo y la manipulación de la organización de Miss Mundo es el factor principal de su renuncia como reina de la Belleza Mundial. En todo caso, hay síntomas de un agotamiento psicológico que resultan muy preocupantes incluso leídos con la distancia de los años. 



En uno de los pasajes, la Miss cuenta que pudo ver al mismísimo Diablo. Puede que esto fuese consecuencia del puro cansancio, del ir y venir a distintos países que se sucedieron durante aquella época, de tener que decir que no a tantos hombres ricos y poderosos pero poco agraciados que insistían en abrirle las puertas de sus dormitorios, de echar de menos a su familia, a no tener una pareja más o menos normal. O, en una vertiente más preocupante, que fueran signos de un importante desequilibrio emocional o incluso los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría con su salud años después.

Sea como fuere, Amparo no aguanta más, de golpe y porrazo pasa de ser la primera española que gana Miss Universo a ser la primera que renuncia a dicho honor. A la actriz no le duelen prendas para contar que ni del dinero ni de los coches que se supone había ganado durante el tiempo de su (breve) reinado pude ver más de lo que se decía en la prensa. Por no hablar de las amenazas de la organización – que llegaron a insinuar consecuencias muy graves para los negocios de su padre – y otras prácticas casi mafiosas que provocaron el rechazo directo de la Miss.

Quizás con el tiempo nos hemos vuelto más cínicos con los certámenes de belleza, puede que en 1974 aún se creyera que ser Miss consistía en ser guapa, adorada y que a partir de aquel momento todo iba a ser un camino de rosas. Puede que la pánfila inocencia de Amparo Muñoz se viese desbordada por los acontecimientos, que de repente la envolviera un mundo sobre el que nadie le había avisado, o que su inadvertida pasión por el cine prevaleciese por el glamour de Miss Universo. Pero en todo caso, la organización tenía sus motivos para exigir daños y prejuicios por un acto prácticamente inaudito en su historia, obviamente, amenazar ya es otra cosa, pero no veo por qué tenía que apoquinar los (siempre supuestos) privilegios que conllevaba la corona una vez que la Miss había renunciado a la misma.

Patxi



Cuenta la actriz que una de sus mayores ilusiones en la vida fue conocer a Pepa Flores / Marisol. Subrayo esto porque al igual que la niña que cantaba “Tómbola” y después se mostró más comunista que la hoz y el martillo, Amparo hizo todo lo posible por socavar la imagen que la Sociedad Española pudiese tener de una Miss. Después de productos “al uso” del destape como “Sensualidad” (Germán Lorente, 1974, básicamente Fernando Fernán Gomez investigando un puticlub de alto standing) en cuyo rodaje la Muñoz se las tuvo que ver con el acoso del director, y tras compartir en el mismo año, escenas con su pareja de entonces, el sevillano Máximo Valverde – en “Clara es el precio”, de Vicente Aranda – se planta en un film del siempre polémico y ya nombrado Eloy de la Iglesia, “La otra alcoba”. 

Interludio: Sólo Carmen Sevilla intentó con más ganas el dinamitar la imagen que se había creado en años anteriores a base de papeles inesperados, incluyendo su participación en otro film de Eloy -“El techo de cristal”, 1971-, en la película dentro de la cual comparte escenas con Paul Naschy -“Muerte de un quinqui” (León Klimovsky, 1975) - y para rematar, su obviamente incómodo lesbianismo en “Rostros” (Juan Ignacio Galván, 1978), sólo comparable al mal disimulado incómodo homosexualismo de José Sacristán para “El diputado” (de nuevo, Eloy de la Iglesia, 1978). 

La familia – y de nuevo, en particular el padre – de Amparo Muñoz nunca vieron con buenos ojos su relación con Valverde. Sobre mi paisano he leído las cosas más variopintas: que si es un actor mediocre sólo útil para el sainete, que si era un galán como pocos… Lo cierto es que la ex-Miss lo trata en su libro como su mejor amante… hasta que decide hablarnos de otro del cual no sabemos el nombre (ya ampliaremos más adelante), pero no olvida que a Valverde lo tuvieron que doblar en no pocas películas a causa de su marcado acento sevillano, por lo que Amparo se obliga a dar clases de dicción para ocultar sus dejes malagueños.

He podido hablar con Máximo un par de veces (incluyendo aquella ocasión que entrevisté a Sara Montiel, pero esa es otro historia), también lo he visto actuar en teatro y resulta innegable que tiene las suficientes tablas como para considerarlo un actor competente, también me parece casi imposible separar su imagen de la del sempiterno galán de los años 70, con su pelo levantado, su rostro que dice “soy del Sur” y su camisa más abierta de lo que sería aconsejable para cualquier señor que no vive en una capsula del tiempo. Del mismo modo, también resulta innegable que Valverde ha invertido más tiempo del necesario en recuperar una relevancia mediática con maniobras extrañas – aquella vez que intentó entrar en el camerino de la Isabel Pantoja con el resultado de hacer las rondas televisivas – las cuales le hacen un flaco favor a su imagen. Ni el “agarrón” que tuvo con Amparo en Tómbola le evitó darle un adiós a su vieja amigaFin del interludio.

Es durante la filmación de “La otra alcoba” que Amparo coincide con Patxi Andión. No parece que la química entre los dos interpretes se produzca más allá de lo que se ve en pantalla, (Amparo hace de una mujer muy fría que busca a un hombre que la pueda dejar embarazada) pero en uno de los besos que se dan para una de las escenas, afloran los sentimientos.

Andión llevaba por aquel entonces una doble carrera como cantante y actor, se posicionaba sin problema alguno a la izquierda – curiosamente, las búsquedas de Google devuelven como primer resultado una imagen del interprete caracterizado como Che Guevara para la versión española de Evita – y cabe suponer que formar parte del elenco de un film del camarada comunista Eloy de la Iglesia encajaba con su filosofía. 

A Amparo todo el tema ideológico parece importarle poco o nada, del director sólo señala que parecía disfrutar cuando ponía en aprietos a sus interpretes con las escenas más sórdidas. A esto cabría añadir que seguramente también disfrutaba poniendo en aprietos al público con dichas escenas y, siendo maliciosos, uno no puede dejar de suponer que a lo mejor Amparo sintió algún tipo de placer vengativo cuando el realizador vasco se permitió insinuar una relación zoofílica para la “antipática” Ana Belén en “La criatura” (1978).



La actriz nos relata que su romance, noviazgo y boda con Andión fue un choque de trenes frontal en toda regla. Se nos da a entender que Patxi sentía celos de todo tipo hacia Amparo: personales, profesionales (ya saben, cantantes, nos gusta ser el centro de atención aunque aseguremos lo contrario) y casi se diría que familiares a tenor de los problemas que dio el músico para la boda, que se celebró en el/la mismísimo/a Andión (Navarra), boda a la que por cierto llegó a acudir el propio Eloy. 

Del mismo modo, cuando Amparo relata los encuentros furtivos que se daban lugar en su casa entre Patxi y sus compañeros de viaje, a la actriz lo que se le queda es que a estos hombres, el progreso del país podía importarles mucho, pero que la igualdad de la mujer, ya tal. 



Sería absurdo defender a nadie a estas alturas, pero conviene señalar que los hombres que se definían como “de izquierdas” durante aquellos años eran, en su mayoría, hijos de una época muy machista, intentaban cambiar las cosas en lo social y lo político porque entendían las injusticias del franquismo, pero su visión quedaba muy limitada de puertas hacia dentro. Dicho de otra forma, los derechos de la mujer estaban sólo un poco por delante de los de los homosexuales, a los que el comunismo del momento tampoco recibía con los brazos abiertos precisamente.

En todo caso, más allá de estos detalles, la relación entre Amparo y su primer marido fue siempre tempestuosa. Aunque contaban con personas encargadas de las labores del hogar, Patxi insistía en que su esposa se ocupara de dichos menesteres. La pérdida de lo que habría sido el hijo del matrimonio fue un factor más – pero a mí se me antoja decisivo – en el divorcio de la pareja.

Andión seguiría una trayectoria irregular en la música y en el cine. Curiosidades de la vida, uno de sus discos de más éxito comparte título con un film en el que participa Amparo. “El balcón abierto”, la película (1984, Jaime Camino) era un homenaje a la obra y vida del poeta Federico García Lorca, mientras que el álbum – lanzado en 1986 – contenía la canción “Si yo fuera mujer”, adaptación al castellano del tema “Se fossi una donna” de Andrea Migardi, y que le abrió al cantante las puertas de Sudamérica. A pesar de que el nombre de la canción sugiere que Patxi se adelantó en unos cuantos años a Beyoncé Knowles, lo cierto es que la letra parece más un “si yo fuera mujer, estaría todo el día tocándome las tetas y violando hombres”, pero es lo más feminista que se despachaba en la época.



A pesar de sus dejes rockeros, Andión siempre estuvo más cerca del cantautor confesional, una figura que en los 80 de La Movida se antojaba minoritario si uno no practicaba el estilo de vida (y musical) tan crápula como Joaquín Sabina. Su producción discográfica se ha ido espaciando hasta prácticamente desaparecer, aunque no hace muchos años se le pudo ver en los conciertos de Radio 3, tocando sus nuevos temas, una actuación en la que se nota (por mucho que duela reconocerlo) que ya no posee el toque de sus años de gloria.



Quizás como demostración del axioma “los hippies de hoy son los fachas de mañana”, a Andión se le puede encontrar como Director de la Escuela Española de Caza, si bien también mantiene su plaza como profesor de Comunicación Audiovisual en la Escuela Universitaria Politécnica de Cuenca. En el resto del libro, Amparo habla desapasionadamente de su ex-marido en las pocas líneas que le dedica en el resto del libro y este ha mantenido un (supongo) respetuoso silencio sobre la Muñoz, quizás haya sido lo mejor.

Otra vida

Si se puede definir a un buen actor o actriz por su capacidad para transformarse en otra persona – o en todo caso, en potenciar las partes de su personalidad que le pueden acercar a parecer otra persona -, entonces Amparo era una buena actriz. Aunque en las líneas de “La vida es el precio” se transmite esa inocencia un poco pánfila que tampoco le abandonaba al hablar durante sus intervenciones para los medios, era muy capaz de mostrarse como toda una femme fatal para las cámaras de cine. “Como la cigarra, todavía espero mi verano. Llevo treinta años en este oficio. Soy actriz”. Como si necesitara de algún tipo de confirmación por parte de quien la lee.

Más allá de su talento personal, Amparo su fue formando como pudo. Da la impresión de que a trompicones, a fin de cuentas era una Miss Universo que era requerida para toda clase de eventos y los papeles de pequeña envergadura para la gran pantalla parecían formar parte del trato. Aunque es dudoso que la malagueña tuviese planeado utilizar el título como trampolín para una carrera cinematográfica, hizo buen uso de el mismo. 

En esta formación tuvo no poca importancia Elias Querejeta. Figura imprescindible del cine español, la relación entre el productor de películas como “La caza” (Carlos Saura, 1966) y la actriz se puede poner en paralelo al de otra belleza del cine y un intelectual: Marilyn Monroe y el dramaturgo Arthur Miller. La propia Amparo reconoce que Querejeta le abrió las puertas a nuevas lecturas, desde luego más ambiciosas que las novelas románticas que Muñoz solía devorar en la cama cuando era una adolescente.

Con Elias


A pesar de la diferencia de edad, a todas luces ambos se profesaban un cariño auténtico. Amparo no tiene más que buenas palabras sobre Querejeta, aunque se deduce que el productor a veces podía ser un poco condescendiente con ella. Como muestra, un botón: cuando Amparo le dice a Querejeta que va a escribir sus memorias, este le responde con un “sigues siendo una insensata, te engañarán”.

Puede que no le faltara razón, ya que algunos capítulos juegan muy poco a favor – por no decir totalmente en contra – de la imagen de la ex-Miss. Uno de los momentos más WTF del libro es cuando Amparo describe una de las broncas de Carlos Saura durante la filmación de “Mamá cumple cien años” (1979): “Me refugié detrás de la silla de Rafaela Aparicio mientras él gritaba como un poseso. Para no dar más rodeos, diré que, descompuesta, me cagué en las bragas”.



La relación con Querejeta, en su sentido más pasional, se fue evaporando con el paso del tiempo, si bien aún tendrían algunas idas y venidas en años posteriores. Eso, obviamente, no salvó a Amparo de tener una vida sentimental de los más tumultuosa a principios de la década de los 80 del siglo XX (sí, ya estamos en ese punto en el que hay que ser así de específico).

Amparo se enamora de otro hombre, el empresario azteca Tomas Farkas que cae rendido ante la Muñoz, su relación pasa por un bache, ella se va con un piloto del que se queda embarazada pero al que no quiere y menos aún cuando después de verla hablar con un amigo común, en un ataque de celos, la amenaza físicamente. Decide abortar, por mucho que el hombre que la quiere hacer su esposa vuelva a aparecer y esté dispuesto a criar con ella un hijo que no es suyo. Una vez que se consuma el aborto - “tuve que pasar por la consulta de ocho médicos para poder abortar. Todos pretendían acostarse conmigo antes” -, Farkas decide que no puede seguir con ella después de perder voluntariamente al bebé. 



Lo cuenta de forma tan somera porque es capitulo tan triste que prefiero no explayarme sobre el asunto. A pesar de lo “insensata” que es nuestra protagonista, hay que concederle, tal y como ella explica, que fue lo bastante decente como para no mentir y decirle a su futurible esposo que el hijo que esperaba lo había concebido con él.

Aunque en la entrada de la Wikipedia se explica “La vida es el precio” como un libro en el que la Muñoz cuenta su vida “sin reparos”. Lo cierto es que nos regala un capitulo entero hablando de uno de sus amantes que, entendemos, fue un notable político durante La Transición pero del cual, incomprensiblemente – por mucho que quede claro que el hombre no tenía compromiso alguno en aquellos años – no dice el nombre.

El toquecito amargo

En este blog hemos hablado mucho de gente que se endrojapero es una cuestión coyuntural. Tal y como expliqué en el especial sobre el “Station to Station” (David Bowie, 1976), las personas a las que consideramos como genios producen lo mejor y lo peor de su obra estando o no bajo el influjo de los estupefacientes. Puede que Andy Summers tomara LSD en su juventud y que eso le abriera las puertas de la percepción, pero fue el dolorosamente abandonado Sting el que compuso “Every breath you take” y el hecho de tocar duetos para violín de Mozart con el dolorosamente sobrio Robert Fripp lo que le inspiró un arpegio de guitarra inolvidable. Puede que la cocaína sustentara más tiempo para alcanzar la toma perfecta a las tantas de la madrugada, pero nada que no se hubiera podido lograr con unos horas de sueño decente.

En otras palabras, aquí creemos (creo) que tomar drogaína es una cuestión básicamente personal, que se toma por socializar, para aguantar más tiempo de pie durante las juergas o en un trabajo especialmente estresante. Vamos, un gilipollez importante que rara vez tiene efectos positivos.

Con Flavio Labarca


Vuelvo a soltar este rollo porque en base al libro que nos ocupa, sería muy fácil señalar al segundo esposo de Amparo Muñoz, el anticuario– aquí creo que la wiki está siendo innecesariamente amable -, Flavio Labarca como culpable de la adicción de la actriz, aunque ella misma se encargue de señalar que uno “se mete en eso porque quiere”. Tampoco ayudó, no obstante, que Labarca le ofreciese una mezcla de cocaína y heroína - ¿Speedball? Y no, no me refiero al personaje de Marvel – sobre la lona de un yate en Venecia.

Amparo puede volver la vista atrás a este oscuro momento de su vida con cierta serenidad, asumiendo que se le hizo pasar muy mal a sus padres cuando éstos se dieron cuenta del embrollo en el que se había metido su hija. De poco servían los alegres recuerdos de la boda balinesa – como ya sabemos por Lauren Postigo y Alejandro Sanz, sin validez legal en España -, como consuelo. Como de poco sirvió que Amparo montara un restaurante junto a su marido, el cual no tardó en perder el interés por el negocio, la relación termina por diluirse, pero la actriz ya se ha visto mordida por la adicción.

Lo que sigue son años oscuros. Desaparece Flavio y aparece una Muñoz que busca su postura en sitios muy desaconsejables. “Nunca compraba menos de medio gramo”, recuerda.

Lo cierto es que Amparo había aguantado con no poca entereza un entorno en el que era muy fácil acceder a la droga. Tal y como ella explica, antes de empezar a consumir, la gente le veía como una tímida provinciana o una borde por no querer sumarse al esnifar (o lo que fuera) en las fiestas sociales de su círculo. Quiero decir, hablamos de una persona que estaba en el alegre Madrid de los primeros años de la democracia y, cojones, había estado en un rodaje de Eloy de la Iglesia, persona que no paraba de consumir lo que hiciera falta para mantenerse en pie, o incluso si no era necesario para mantenerse en pie.



Quizás por eso mismo resulta especialmente extraño que la actriz se dejara atrapar por la heroína. En el mismo “Lejos de aquí” se cuenta que durante la filmación de “La mujer del ministro” (Eloy de la Iglesia, 1981) algunos miembros del equipo comentaban que Amparo, una vez que había cedido ante el influjo del “azúcar marrón”, ya no era la belleza exultante de apenas cinco años atrás, cuando había filmado “La otra alcoba”.

Falso, por supuesto, por su constitución o por una genética envidiable, Amparo seguía dando la impresión de estar esculpida por las manos del mejor artista, por mucho que ahora, en retrospectiva, uno quiera apreciar unas fosas nasales demasiado abiertas en algunas de sus apariciones televisivas.



En este tiempo oscuro, la Muñoz encontró un inesperado compañero de viaje en Antonio Flores. El hijo de La Faraona, curiosamente, se encontraba en aquellos tiempos separado de su novia, la argentina Caty, a la que Lola Flores culpaba de la adicción de su hijo. En una jugada digna de Madre Protectora al más alto nivel, La Faraona le había comprado a Caty un billete de ida y vuelta a su país para que pudiese ver a su padre enfermo… cancelando la vuelta en cuanto supo que había aterrizado en Argentina.

En otro de esos paralelismos absurdos de la vida, Caty había servido como inspiración para el personaje que compondría Lali Espinet en “El pico” y “El Pico 2” (Eloy de la Iglesia, 1983 y 1984, respectivamente). Esto es, otra mujer que era la peor enemiga de sí misma. 

De izquierda a derecha: Valentín Paredes, Eloy de la Iglesia, Jose Luis Manzano y Lali Espinet. Estreno de El Pico 2 (1984)


Según Amparo, Lola desconocía que la actriz también era consumidora habitual, puede que sea cierto o puede que la madre de Antonio pudiese ver que, al menos, la Muñoz no era tan destructiva como Caty. En todo caso, La Faraona le cogió suficiente cariño a Amparo como para espetarle, en una de las veces que la vio acompañando a su Antonio, “a ver si me traéis un niño”.

En “La vida es el precio” se juega un poco al despiste respecto a la relación entre ambos, Amparo se empeña en explicar que había mucho cariño pero nada sexual, aunque después nos deja un “nos acostamos juntos” que no sabemos si se refiere a simplemente compartir cama en una de esas angustiosas noches del compositor – imaginar algunas de las crisis por las que pasó Antonio Flores que se describen en el libro da bastante cosa – o a algo abiertamente sexual. 

Aunque una Amparo Muñoz ya limpia intentó reanudar el contacto con el cantante tras el fallecimiento de Lola, como todos sabemos, Antonio moriría apenas un par de semanas después en una trágica y absurda mezcla de sustancias. No se pudieron despedir. Caty había muerto en 1986, consecuencia de su peligrosa vida.



Un año después, en 1987, Amparo fue detenida por llevar un cuarto de heroína en el bolso. Aunque no recaló en la cárcel, como ella misma admite “desde ese momento Amparo Muñoz y drogas irían siempre de la mano en los titulares”. No fue una solución muy inteligente – si es que ésa era la intención – el ampliar el espectro de consumo hasta la cocaína, pero su siguiente pareja, Víctor Rubio, era consumidor habitual.

Frente a la relación con Antonio Flores, en la que da la impresión que dos almas perdidas intentaban darse consuelo, la de Amparo y Víctor parece marcada por los altibajos que produce una vida en común en la que el consumo es una tercera persona. No eran poco habituales las broncas a horas intempestivas, dejando habitaciones de hotel hechas un Cristo tras éstas. 

Buscando la paz

Como ella misma admite, Victor fue un hombre que la protegió de las tempestades de la prensa cuando los ataques se volvieron más hirientes, pero al ser un “empresario de la noche”, estaba claro que lo suyo no iba a acabar bien si uno de los dos (o los dos) no levantaba el pie del acelerador. De nuevo, más que un final dramático, la relación parece evaporarse, aunque en un curioso epílogo, Amparo se reencuentra (alrededor del año 2000) con Victor, casado y con una niña pequeña.

Con Victor Rubio


A la Muñoz no le ponían fácil encontrar algún atisbo de normalidad. Ella misma intenta poner la venda antes que la herida al contar lo sucedido con los rumores sobre pretendida enfermedad, pero esa inocencia vuelve a mostrarse un poco absurda con el paso del tiempo.

Me han dicho que la noticia de mi supuesta enfermedad la dio una periodista muy reconocida por la radio. Como yo no escuché esa emisión, prefiero omitir su nombre por prudencia. La llamaré R”.

Se refiere, como es fácil de suponer, a la vez que se rumoreó que Amparo había contraído SIDA. Y digo que la actriz es demasiado inocente porque nada más escribir en el navegador “Amparo Muñoz SIDA” ya aparece citada Ana Rosa Villacastín, ya saben, la menos MILF de las Dos Rosas, otras dos luces del Periodismo Moderno.

La historia surgió tal que así: en una clínica madrileña estaba ingresada una Amparo Muñoz, aquejada de la temible enfermedad. Uno de los trabajadores de dicha clínica reconoció el nombre e informó a la periodista, la cual tomó la noticia tal cual, sin cotrastarla, acto seguido la trasladó a las ondas, sin molestarse en averiguar si esa Amparo Muñoz era la Amparo Muñoz.

En los tiempos en los que la sabiduría (estupidez) popular comentaba que sólo los homosexuales y los drogadictos podían contraer el temible virus, Amparo era un blanco fácil, aunque ella misma asegura que sus camellos eran siempre gente situada entre las clases altas, si bien tampoco se le “caían los anillos” por ir a Puerta de Hierro a pillar. En todo caso, la actriz no parece ser de las de compartir jeringuillas.

No obstante, y como es lógico, la Muñoz no comenta en el libro la paliza que le propinaron unos desconocidos en 1989 – a todas luces, un ajuste de cuentas - y que le valió un ingreso hospitalario por múltiples conclusiones. Seguramente hay episodios demasiado oscuros que no merece la pena recordar.



Los últimos capítulos nos describen a una Amparo que busca una nueva luz en el budismo. Por algún extraño motivo, casi todo el mundo que ha mantenido un idilio con las drogas después se hace budista… lo que permite explicar tanto disco benéfico para apoyar a los monjes tibetanos (¿¿¿???), pero a la larga, la actriz descubre que la disciplina propia de esta religión no casa con su estilo de vida.

Quiero pensar que los últimos años de Amparo Muñoz no estuvieron tan impregnados de tristeza como dejan caer las páginas finales de estas memorias. Sueña con vivir en una casa rodeada de sus perros y otros animales domésticos.



Sé lo que están pensando: “De Miss Universo a La Loca de Los Gatos”. Es un juicio muy simplista, pero lo cierto es que de haber sido así, la culpa la tendrían las malas decisiones en lo sentimental que había tomado la actriz durante su vida. La última relación de la que tenemos constancia es con un hombre mucho más joven que ella que, cuando aparece la enfermedad, se desvanece. Al menos Elias Querejeta sí que hizo por saber de Amparo.

Los efectos del tumor cerebral que se acabaría llevando a la actriz son temibles, tal y como le dijo uno de los médicos “podrías morirte al agacharte para atarte los cordones de los zapatos”. 

Tampoco nos salva de esa tristeza el hecho de que le dedique un capitulo a la foto de Brad Pitt que tiene sobre la mesita de noche, foto que besa mientras se imagina que el actor nunca la haría daño de ser pareja. 

Inserten aquí frase sarcástica sobre Makoke.

Lo dicho, muy triste todo.

El precio es la vida

Si encuentran una edición baratísima o si por una de esas carambolas del destino, acaba en versión electrónica, pueden hacerse con él a modo de curiosidad, pero por lo demás es un abismo no muy agradable en el que echar la vista.

Hay momentos de inesperada hilaridad, como cuando la autora nos cuenta que “con Blanca Marsillach, a la que, siendo las dos mucho más jovenes, tuve que explicarle que no me sentía atraída por las mujeres y que era preferible que saliera de mi habitación, la relación no fue fácil”. A decir verdad, su relación con todo el clan Marsillach (incluyendo a Adolfo) se nos muestra como bastante problemática.

Pero esos toques de salseo no compensan el tono de oportunidades perdidas que empaña todas las páginas. Por supuesto, hay quien me podría señalar que incluso el título es un error gramatical, que sería mucho más correcto “El precio es la vida”, pero claro, la cosa era relacionarlo con uno de los títulos de la filmografía de la Muñoz.



Junto con “Mi vida con los Franco” y unos cuantos volúmenes más, - “Lejos de aquí” o como se vaya a llamar la nueva edición de la obra de Eduardo Fuembuena me parece imprescindible en este sentido y en muchos otros - “La vida es el precio” , podría conformar un conjunto de obras a la que podríamos llamar “Otras transiciones”, la letra pequeña de aquellas personas que vivieron los cambios políticos del momento desde una perspectiva única, siendo parte del cambio pero estando apartadas de las grandes decisiones. Madrid era una fiesta y Pachá aún más.

Quizás por eso mismo, sigue chocando ese tipo de excusa sobre la “desinformación” que cabalgaba rampante en todo el mundo sobre la droga. Ciertamente, a principios de los 70 no existía mucha información sobre los efectos a largo plazo de los opiáceos en el cuerpo y mente humana, menos aún de los que llegaban cortados según qué manera a la calle, por no hablar de los que se inyectaban en vena. Dicho de otra forma, si en un momento dado España dejó de ser “la botica de Europa” porque se encontraron alternativas menos agresivas (y adictivas) para ciertos medicamentos ¿Qué hacía pensar que iba a ser bueno dejarse las fosas nasales y las venas en lo que te vendía tu camello de confianza??

Pero al final, por mucho que Amparo Muñoz nos abra las puertas de su vida, por sustanciosas que sean las pruebas documentales de las cosas que dijo e hizo, al final, sólo las que la conocieron más de cerca saben la verdad, pueden saber cómo se sentía en medio de toda la locura en que se acabó transformando su vida. A nosotros nos queda el recuerdo de una carrera en el cine, cuando menos, sustanciosa, y el saber que una de las mujeres más guapas del mundo (si es que eso tiene algún valor), fue española. Quizás sea cierto el refrán sobre nuestra patria: “En este país, clavo que destaca, pide martillo”. Y pocas personas fueron más machacadas que Amparo Muñoz.

Bonustrack: Carlos Ferrando

Ya comenté en mi entrada sobre el libro de Giménez-Arnau, que otro de los colaboradores que más gracia me hacían en el mundo del corazón era Carlos Ferrando. Su gran queja, su retahíla habitual, era que se había pasado años haciendo una revista de cine a la que nadie le importaba – por “Fotogramas” - y que al público sólo le interesaba el cotilleo, que es donde había conseguido algo de relevancia.



Viendo la evolución de la revista – o incluso leyendo algunas de las cosas que Ferrando escribía durante su época como miembro del equipo de la misma – se podría discutir que en el fondo, el modus operandi de Ferrando no varió demasiado en comparación a lo que hizo después, cuando se volvió el azote ácido de los famosos.



Con su voz ronca, su puro (apagado, al menos en la televisión de finales de los 90), y su capacidad para soltar anécdotas sonrojantes, Carlos se fue volviendo una figura imprescindible de espacios como “Crónicas Marcianas”, cuando Sardá se había propuesto desterrar a “los Navarros” (por Pepe Navarro) de la parrilla televisiva. Ya saben, con la excusa de hacer una televisión mucho más respetable, sin poner vídeos sexuales de directores de periódico pero para después ahondar en las mismas miserias humanas, como aquella vez que casi tuvo que correr a taparle la boca a Ángel Cristo porque iba a decir que… algo que no puedo poner aquí por escrito a menos que sean ustedes generosos con el dinero de la fianza.

Como conté en el caso de nuestro Jimmy, Ferrando, con toda su flema y su calidad como colaborador en diversos medios, también tuvo su caída en desgracia. Según la Wiki y otras fuentes alternativas de Internet, Carlos decidió apartarse de “Crónicas Marcianas” porque no coincidía en su uso del morbo para conseguir mejores audiencias.

Lo que en realidad pasó – y mi memoria es muy buena en este asunto - es que una noche se invitó a Sonia Moldes, una de las parejas de Alessandro Lequio y ambos empezaron una curiosa pelea. A decir verdad, más que curiosa pelea, lo que pasó es que la Moldes le soltó lo que muchos pensaban “te hartas de poner a la gente a parir por la espalda y cuando los tienes delante les chupas el culo”. Ferrando se quedó un poco mudo, quizás esperando que alguien del equipo le echase una mano. Como nadie hizo nada salvo quedar como simple espectador mientras la Moldes seguía lanzando ganchos verbales al carrillo del periodista, este decidió cortar con el programa.

Tampoco es que el hombre se quedara en paro, en una de esas piruetas del destino, Ferrando y yo acabamos trabajando para la misma productora durante un tiempo (convengo en aclarar en que yo en Sevilla y él en Madrid, por lo tanto, nuestros caminos nunca llegaron ni a rozarse), la cual le concedió a Carlos un pequeño espacio televisivo en el que podía dar rienda suelta a su calculada mala leche.

Por supuesto, el tener un mínimo reconocimiento siempre apetece, por eso recientemente lo hemos podido ver en la enésima iteración de “Hormigas Blancas” en la forma de “Lazos de Sangre”. Y también como una de las cabezas parlantes de “Vidas rotas” dentro de “Ochentéame otra vez”.

Mi problema con la participación de Ferrando sobre el segmento dedicado a Amparo Muñoz es que se confiere un papel mucho mayor del que se entiende por el libro de la actriz. Ella nombra a varios periodistas y a varias personas con diferentes niveles de cariño ¡Hasta nombra a Carmele Marchante! Pero para Ferrando, jefe de prensa de algunos de sus films, no le dedica ni una línea. Por eso, cuando cuenta cómo estaba Amparo en sus últimas apariciones televisivas - “está aquí tu Carlitos”, “no me reconocía” - tiendo a apretar los dientes con gesto de incredulidad. Como cuando dice que las bellezas actuales recuerdan o conocen a Amparo Muñoz.

Y no es que ella no estuviera mal en sus últimos paseos por los platós. Uno de ellos fue justamente en una charla para “Salsa Rosa” - prácticamente inencontrable, gracias a las maniobras de Mediaset con YouTube, así como la pelea entre Ferrando y la Moldes -, en la que uno de los participantes es nuestro Jimmy que aclara que Amparo se perdió un poco durante un tiempo porque decidió “beberse la noche”, comentario que la actriz recibe con risas pero con un gesto extraño. Como si se estuviera glorificando un pasaje del que no se siente del todo orgullosa.



Es cierto, la Muñoz parece desorientada, pero era culpa del deterioro físico de la enfermedad, por eso produce no poco sonrojo cuando Ferrando tiene los santos cojones de decir a cámara “se murió cuidarse tan poco”. Si uno lee “La vida es el precio”, le queda claro que la ex-Miss Universo intentó hacer todo lo posible para vivir, es cierto que durante una etapa de su vida no lo hizo muy bien, pero decir ese tipo de cosas para dar un buen final a un segmento de un programa televisivo me parece un poco lo puto peor.

Y eso es todo por hoy.