viernes, 8 de junio de 2018

NUEVO PODCAST: ¡LAS COSAS DE FRAN!



Sí, ya sé que estoy de lado y que es el estudio de Radiopolis en lugar de mi casa Y QUÉ



¿No te puedes estar quieto, hijo?

Es lo que supongo que diría mi madre, si no fuera porque la pobre no sabe lo que es un podcast y porque no creo recordar comentarle si quiera que yo antes tenía un programa de radio que también era podcast… como casi todos los programas de radio hoy en día. Y menos mal.

La cuestión es que “Discos Locos”, mi programa sobre discos que yo considero sublimes pero que en muchos casos creo que han sido subestimados por el Gran Público, había llegado a su lógica conclusión de parar, al menos en su formato como programa de la emisora Radiopolis. La radio estaba pasando por una etapa de cambios, por otra parte muy necesarios, pero que me hacían replantearme cómo hacer algunas de las cosas que yo quería hacer. En particular, me cabreó que el programa que yo tenía más ganas (por razones lógicas) de hacer y que esperaba saliese mejor, acabó siendo muy frustrante. Por supuesto, nadie tiene la culpa de eso más que yo.

Así que nada, lo mismo cuando tenga más claro el contenido de algún Discos Locos (y su duración), volverá a vivir este programa con su deliciosa intro de piano. Qué mal está que yo diga estas cosas, pero ES QUE NO LO DICE NADIE MÁS.


Así pues, desde la intimidad de mi casa, nuevo podcast, esto es, LAS COSAS DE FRAN.

El concepto

Uno de mis podcasters favoritos es el Sr. VCR – aka Victor Castillo -, 50% de uno de los programas más desternillantes que uno se puede echar a los auriculares – Vuelo 180, que acaban de cumplir 100 capitulos -, y creador también de criaturas similares como “Ninjavs. Commandos”, los podcasts de la web de cabecera sobre el Fantastico en la que colabora - “El pajaro Burlón” - y el más reciente “Todo es Rock ‘n’ Roll”.

De hecho “Las cosas de Fran” nace un poco al amparo de este último. Al igual que Victor, me voy dando cuenta de que estoy en el camino inverso al que uno podría esperar de un señor que se encamina a cumplir cierta edad, esto es, cada vez me gustan más cosas y no tengo en absoluto ningún resquicio de que me vaya a poner a pensar “ya no se hacen películas / discos / libros como los de antes”.

Así pues,La Gente de Bart” “las cosas de Fran” nace con la intención de aglutinar todas esas cosas que me molan, así, sin excusas. No obstante, no sé si VCR tiene algún guión escrito cuando hace sus “solos” - podcasts en los que sólo está él hablando y que últimamente giran sobre todo alrededor de las locas novelas de Graham Masterton – pero le tengo mucha envidia a su capacidad de hablar durante casi una hora sin resultar un peñazo. Por eso, y por ahora, “Las cosas de Fran” va a tener el formato de un programa de entrevistas.

¿Y a quién va a entrevistar?” os oigo preguntaros. Pues fácil, a todo el mundo que a mí me parezca interesante – recordad, es mi podcast y me lo follo como quiero -: músicos, escritores, cineastas, Djs, otros podcasters (por aquello de la ENDOGAMIA)… tengo una lista de seres humanos con los que contactar y espero que buena parte de ellos estén disponibles según pase el tiempo, porque ahora viene el verano y se vuelve todo un poco más difícil.

En todo caso, mi intención es mantener el ritmo de un programa al mes, lo cual, teniendo en cuenta la duración que han tenido los dos primeros programas debería de ser más que suficiente para mantener a mis (inexistentes) hordas de fans entretenidos hasta que llegue el siguiente capitulo. Hablemos entonces de con quién he hablado hasta ahora. A ver si así, de paso, aumento el número de escuchas.

Eduardo Fuembuena



Lejosde aquí” es, en principio, una biografía sobre el malogrado actor Jose Luis Manzano (respetamos la acentuación llana que le daban sus conocidos y que también se respeta en el opúsculo) pero también repasa la trayectoria vital del director de cine Eloy de la Iglesia, un hombre que marcaría la vida del joven interprete.

Pero “Lejos de aquí” es mucho más. En un artículo para el blog que nunca terminé sobre el libro (y al que hacemos referencia en el podcast, puesto que le envié una copia al escritor), expliqué que “Lejos de aquí” es un examen de precisión casi quirúrgica sobre nuestro país, desde los años inmediatamente posteriores al franquismo hasta (casi) nuestros días, una obra imprescindible para entender de dónde venimos y para saber lo inevitable de a dónde nos podemos dirigir si no tenemos cuidado. Ya hablé poco del libro aquí.

El autor, visto por Jorge Fuembuena Loscertales


Desde que supe del libro a través de una entrevista que se realizó a Eduardo en el AVT podcast supe que iba a acabar por leerlo, después he seguido las intervenciones de Fuembuena en distintas emisoras y visto (o más bien, oído) que se ofrecía a hablar con quién fuera necesario sobre su libro, decidí coger el toro por los cuernos y ponerme en contacto con él. Después de leer el volumen en sí, claro.

Eduardo fue todo facilidades y me alegra mucho cuando al final del programa el escritor expresa que habíamos tocado temas que no se habían mencionado en entrevistas anteriores (que a fin de cuentas, es lo que busca todo entrevistador). Hace poco me llegó la noticia de que “Lejos de aquí” iba a tener vida dentro de una editorial – hasta ahora sólo había existido como volumen autoeditado en físico y ebook – lo cual me llena de alegría y espero que sea buen motivo para hacer la segunda parte de la entrevista que nos prometemos antes de despedir el podcast.

Victor Olid




En una ocasión, Julián Almazán – de Teenage Thunder – describió a Victor Olid como “una de las personas más libres que conozco”. Razón no le falta, el hombre que se hace llamar Vic Winner cuando hace rap tiene un sentido de humor a prueba de bombas, además de tener una colección de intereses y de conocimiento cinematográfico (sobre todo de cierto tipo de cine) que deja mi posible frikismo en pañales.






Director de cortos, fanzinero, guionista de cómics, podcaster y una de las caras del sello “Vial of delicatessen”, Olid estaba casi como quién dice en campaña promocional de su nuevo libro “Screwballs, 101 comedias sexuales”, así que tampoco hubo que torcerle mucho el brazo para que grabásemos un podcast. De hecho, para el resulta tan natural grabar uno que (espero que no le importe que cuente esto) cuando contacté con él, me dijo “tengo un rato libre ¿grabamos ahora?” a lo cual yo le tuve que responder que era mejor esperar al menos una semana. Creo recordar que el motivo del aplazamiento fue que yo tocaba en una de las noches de La Sala.

Si yo pensaba que con el autor de “Lejos de aquí”, la duración de la entrevista se nos fue un poco de madre, se pueden imaginar lo que pienso de mi charla con Victor. Si no contamos los momentos en los que el ordenador se quedó colgado, creo que estuvimos cerca de 4 horas de palique. Como algunos de esos minutos eran disertaciones varias sobre la prostitución, homosexualismo (como lo llama Victor) y el Estado General de Las Cosas, pues decidí dejarlos fuera. Porque sí, “Las cosas de Fran” es un podcast editado en posproducción, con la intención de que el presentador quede bien y los invitados no tanto.

Es broma.

Es broma” dijo él.


En todo caso, nos lo pasamos (creo) genial y también he quedado con volver a hablar con Victor, seguramente cuando vuelva a tener algo que vender. Demonios, podría hacer un podcast sólo a base de entrevistar por segunda vez a la gente con la que ya he hablado.



Conclusión: Que los escuchéis, coño, que, insisto, va a ser (por ahora) mensual y vais a gozarlo mucho.

martes, 8 de mayo de 2018

MI EXPERIENCIA CON AMAZON PRIME (VIDEO)


- ¡Es la EDAD DE ORO DE LAS SERIES! - dijo con los ojos fuera de sus órbitas y con algo de espuma asomando por la comisura de los labios - ¡Nunca jamás se habían hecho series de tanta calidad, con tanta asión, tan buena afotografía, y tan buenos actores! ¡Que le den por culo al cine, el modelo adecuado es la suscrisión!! -.

Y todo así.

¿Será cierto? Albergo mis dudas, si acaso puede que algunas de las mejores películas de los últimos años estén siendo estrenadas directamente en Netflix y similares. Series con episodios que nos han sorprendido o emocionado llevan mucho tiempo existiendo, no he visto “Los Soprano” o “The wire” de cabo a rabo para atestiguar si son las mejores muestras de ficción de TODOS LOS TIEMPOS, por no hablar de “Fargo” o “True detective”. He visto bastante “Juego de Tronos” y “Daredevil” como para poder atestiguar que son ambas muy buenas, que es comprensible que nadie se atreviera con una adaptación de ese tipo para el cine y que seguramente una serie de televisión sea el vehículo más adecuado para según qué cosas. Aunque sigan abusando de la estructura de ir preparándolo todo en una cuesta arriba de cara al Cliffhanger en el último episodio de cada temporada.



Es la televisión en la que aparece un CGI que no produce vergüenza ajena sigue costando una millonada pero no tanto como para arruinar a una cadena. Y aún así, los primeros episodios que adaptan “Canción de hielo y fuego” tienen un aroma de barato que no pueden con él.

Porque todos los que veis la serie os habéis leído esto... los cojones


No me he suscrito a ninguna plataforma porque estoy bastante seguro de que no le voy a sacar el partido suficiente, si bien, da la impresión de que “sacarle el partido suficiente” parece traducirse en estar delante del televisor todo el día y después ir comentado por Twitter. Puedo estar así un tiempo, como el par de meses que estuve con Netflix y devoré las dos primeras temporadas de “Narcos”, pero también llega un momento en el que la estructura de esperar el próximo clímax se vuelve un poco agotadora.

¿Por qué estoy en Amazon Prime entonces? (Os oigo preguntar). Muy fácil, porque se me olvidó decir que no quería seguir en ella. Con Netflix hice la jugada de apuntarme al mes gratis y después usar uno de los cupones que se venden en Grandes Almacenes. De esa forma puede que perdiera un par de céntimos en la transacción, pero al menos la ex-vendedora de DVDs estaba en la obligación de avisarme cuando me fueran a cortar el grifo.

Después no digáis que soy difícil de regalar


Con Amazon, la estrategia inicial era más o menos la misma: me apunto un mes, veo las cosas en las que tengo cierto interés y me borro. Pero la malvada corporación – música malrrollista de fondo para darle un poco de dramatismo a la entrada -, usó su táctica del mutismo al respecto. Me pilló, para qué negarlo, en una etapa de curro intenso, con lo cual no podía estar delante de la pantalla todo lo que hubiera sido deseable. Dicho de otra forma, no me dio tiempo de ver aquello por lo que me había apuntado a la suscripción, y como me imagino que la pasó a mucha gente, me dije “bueno, total, son 20 pavos al año, me lo puedo permitir”.

No me he apuntado a ninguno de los demás servicios de Amazon, como el de música porque, para empezar, ni siquiera tengo Spotify gratuito (material para otro post), y de nuevo, no creo que le pueda sacar partido a las demás cosas. Aparte, con el contenido audiovisual que tengo a mano ya tengo más que suficiente, el hecho de que los posibles pedidos de la tienda estén a un precio especial o que me lleguen a una velocidad inhumana es ya un plus. No lo es tanto pensar en las condiciones laborales de los repartidores.

Pero bueno, basta de preámbulos, hoy voy a reseñar las cosas – series, documentales, películas – que he podido ver en Amazon Prime porque era una entrada en principio fácil de escribir. Y ya llevo 2 páginas en el procesador de textos, joder.

LONG STRANGE TRIP

Me encantan los documentales sobre música, y festivales como el In-edit demuestran que no estoy sólo en esa obsesión. Si enciman me dicen que alguien ha hecho uno sobre The Grateful Dead – una banda siempre rodeada de un halo de misticismo generado por el ambiente casi de secta que tienen los fans -, que dura cuatro horazas, pues ya tenía yo un buen acicate para querer asomar la cabeza por el Prime.



Una de las cosas que se notan en la mayor parte de las producciones de Amazon es que todo se ha hecho por parte de una empresa que tiene una morterada de pasta que quemar, acumulada por el éxito de su modelo de negocio pero que tiene que invertir en alguna parte antes de que se la coman los impuestos o los injustificables renegociaciones de contratos con algún alto ejecutivo que ha visto el balance de cuentas y piensa “¡Eh! ¡Aquí hay mucho dinero!”



Esto ocurre con otras producciones de Amazon, en las que, da la impresión, de que el lema ha sido “los gastos no son problema”. El director Amir Bar-Lev y su equipo viajan a dónde haga falta para realizar sus entrevistas, se zambullen en los amplios archivos de la banda para hacer los mejores transfers o escaneados de viejas películas o fotografías. Se cuentan muchos detalles sobre la creación de los discos, las desavenencias con la discográfica, y, por supuesto, la locura de Jerry Garcia, transformado en mártir de su propia causa.

Este es seguramente el aspecto más interesante de todo el documental, pero al mismo tiempo el que nos deja menos satisfechos.

The Grateful Dead fue el grupo que prácticamente inventó el concepto de Jam-band, esto es, un repertorio más o menos fijo de canciones que sirve sólo como base para que el grupo improvise y encuentre pequeñas modificaciones que hacer a los temas dependiendo de la dinámica interna de los instrumentistas, sin olvidar meter temas ajenos cuando la ocasión se tercie, o incluso cuando no se tercie. Se supone que nunca hay dos noches iguales, siempre hay detalles que justifican que los deadheads– los fans fatales del grupo – vayan detrás de la banda concierto a concierto, micrófono en mano para grabar cada viaje interestelar que suponen los distintos bolos.



Al final, como cualquier cosa que se transforma en un gigante descontrolado, esto tuvo sus consecuencias. Uno de los momentos de comedia involuntaria del relato es cuando los propios Grateful Dead – transformados a finales de los 80 en atracción para estadios -, piden a la gente que no tiene una entrada para sus conciertos que no se dediquen a rodear los recintos en los que tocan.

¿Qué hacia esa gente? Pues como pasa con cualquier macroconcierto: ir por la fiesta, por socializar, por endrogarse y pegarse con un desconocido que cree que le ha mirado mal. Pero encima sin pagar entrada y quedándose fuera, obligando a las autoridades a duplicar sus esfuerzos.



Este es uno de los dramas que rodea al grupo, pero seguramente el más triste se encona en la figura de su líder, cantante y guitarrista, Jerry Garcia. Enganchado a la heroína y a la música, Jerry se auto impuso un ritmo de trabajo brutal, en parte porque sentía la responsabilidad de pagar a todos los pipas, músicos y equipo que llevaba consigo la gran maquinaria en la que se habían transformado los Grateful Dead. Por supuesto, como bien se puede ver en el documental, ese ritmo de trabajo conseguía pagar las facturas, pero a última hora también acababa machacando a todo el que estuviese cerca, creando un círculo vicioso del que, aparentemente, nadie quería salir.

Dicho de otra forma, si García no paraba, no paraba nadie, si para seguir adelante García tenía que “medicarse”, lo mismo le acaba pasando a la gente que tenía que montar los escenarios, conducir los camiones o levantar los altavoces. Ver a uno de los técnicos hacer el recuento de bajas entre sus colegas es francamente descorazonador.

En todo caso, por muy bien hecho que esté el trabajo de documentación, por muy bien hechas que estén las entrevistas, por muchas horas que se haya dedicado al documental, y aunque la separación episódica funciona muy bien, a uno le queda la sensación de que apenas ha rascado la superficie.



Claro, eso se podría decir de cualquier grupo, y a mí personalmente me encantaría que alguien hiciera algo parecido con Genesis – en vez de esa decepción que supuso “The sum of the parts” -, pero teniendo en cuenta que tampoco soy un fan acerrimo de los Dead, creo que esa sensación es imperdonable.



Quiero decir, el documental “Yesyears” dura un par de horas, pero después de verlo, uno tiene la sensación de haber aprendido de una sola tacada un montón de cosas sobre Yes y de haber escuchado mucha de su música. Con “Long strange trip” la sensación es más de haber visto una suma interesante de trailers sobre una película mucho mejor.



Quizás, o con toda seguridad, el problema reside en que no se trata sólo de The Grateful Dead, las cuatro horas de metraje intentan colocarnos en un contexto social cuando arranca la historia del grupo, intenta que se vean los puntos de vista de todos los involucrados, incluyendo los fans que coleccionan grabaciones de todas sus giras. Es encomiáble, un tratamiento que seguramente le vendría bien a otras bandas con una trayectoria más corta, pero insisto. en este caso parece que hemos rascado sólo la superficie del iceberg. Eso en lo que concierne a saber sobre el grupo, como documental a secas es una gozada.

THE GRAND TOUR 



Top Gear” es un programa sobre coches tanto como “Game Over” es un programa de radio sobre videojuegos, “Qué grande es el cine” era una tertulia sólo de cine o el programa de Ana Rosa Quintana es sólo televisión para marujas.



Dicho de otra forma, “Top Gear” era un programa de entretenimiento que usaba al mundo del motor como plataforma. Su equipo también se podía definir como “los chicos malos” de la BBC, algo que la gran cadena británica parecía encarar con toda la flema posible y una política de “serán unos hijos de puta pero son nuestros hijos de puta”.



El programa se articula(ba) sobre la química entre tres hombres de mediana edad, con dientes que justifican los tópicos sobre las horribles dentaduras inglesas (salvo uno de ellos, que además insiste en blanquearlos), y que mantienen una postura de “los ingleses somos lo peor, pero en el fondo sabemos que somos lo puto mejor”. Y aplican esa postura en todo lo que dicen o hacen.



Pero incluso los pingües beneficios que obtenía la BBC por Top Gear – un programa con un presupuesto nada despreciable, todo sea dicho -, el alto nivel de la realización, el orgullo que obtenían de poseer uno de los programas más descargados ilegalmente de su parrilla no acababan de compensar por las muchas polémicas generadas por sus protagonistas. Ofensas a diversas nacionalidades, rimas racistas delante de la cámara (nunca emitidas pero seguramente algún becario se encargó de que se filtraran) y supuestas coñas a costa del conflicto de Las Malvinas, pavimentaron el camino de salida al trío protagonista.



Finalmente, para cancelar el programa sólo fue necesario que Jeremy Clarkson, “el orangután”, le pegase una hostia a uno de los productores cuando, después de un duro día de rodaje, le sirvieron una cena fría. La actitud de sus compañeros tras el acontecimiento no mejoró mucho la cosa, respondiendo a los redactores y cámaras que se apostaron no pocas horas delante su domicilio en los días siguientes al saberse del despido por parte de la BBC, James May afirmó: “No sabría deciros qué pasó realmente, estaba muy borracho en ese momento”.

Lo que siguió a ese despido fue la clase de polémicas que en los tiempos de las redes sociales se transforman en algo cien mil veces más feo de lo que habrían sido de no existir. Dimes, diretes, indirectas en Twitter, amenazas cuando se sugirió a ¡una mujer! Como parte del equipo sustituto para presentar una nueva versión de Top Gear, rumores sobre ofertas millonarias…



¿Resultado? La BBC se hizo con un personaje no mucho más estable que Clarkson como cara principal de un nuevo Top Gear, el presentador Chris Evans que contaría con Matt LeBlanc (sí, el actor de “Friends” y un loco del motor) como parte de una nueva cohorte de presentadores. Y, obviamente, el trío original, junto con el histórico realizador / co-creador del formato, Andy Wilman ficharon por Amazon. El nuevo Top Gear se hunde en la más absoluta de las miserias de crítica y audiencia mientras que la vieja guardia se llena los bolsillos y puede hacer un programa sin preocuparse (aparentemente) de las viejas polémicas ni limitaciones presupuestarias.

No, no es este Chris Evans



Porque, al menos durante su primera temporada, “El gran tour” fue otra muestra palpable (o al menos se afanaba en serlo) de que Amazon tenía dinero para llevar a cabo todas las locuras que Clarkson y los suyos les propusieran. Para empezar, nada de tener un sólo estudio en el que se desarrollan las presentaciones de los distintos cortos o se hacen las entrevistas de rigor. Para cada episodio, la producción se traslada a un punto del globo para montar una “cabaña” que hará las veces de plató.

Seguramente, a punto de ingresar en un hospital de nuevo


Para la segunda temporada, se pasó a la solución más práctica de situar dicho plató en un punto estática de la campiña inglesa, generando la broma recurrente de lo cerca que se encontraba del domicilio de Clarkson. Mi teoría es que ni siquiera a Amazon le llegó a cuadrar las cuentas de la primera temporada y tuvieron que recortar por algún sitio. Por no olvidar que del trío protagonista, dos de ellos son hombres casados con hijo – Jeremy se estaba divorciando durante su particular via crucis con la BBC – y seguramente no le hacían ascos a tener que viajar un poco menos.

Por lo demás. “The grand tour” es el Top Gear 2.0 que todo el mundo se podía imaginar. Por obvios motivos contractuales, no podían remedar todas y cada una de las secciones del programa anterior, pero casi ninguna de las modificaciones o añadidos nuevos han caído mal al público, salvo quizás la inclusión de “El americano” - el piloto de Formula 1, Mike Skinner – sobre el que recaía la responsabilidad de probar los vehículos en la pista, posteriormente sustituido para la segunda temporada por Abbie Eaton, ahora sí ¡una mujer! ¡Y no se ha muerto nadie!



Por lo demás, todo ha cambiado para seguir igual. El programa sigue apoyándose en la magnética personalidad de Clarkson y su aparente desprecio por sus compañeros. Que no quepa duda, el contraste entre sus personalidades / personajes y su complicidad oculta es lo que mantiene el interés. Sin duda, también ayuda el tener algunos de los vehículos más caros del mundo grabados por un equipo excelente y una edición que deja sin aliento.

Durante la primera temporada, el hecho de que fueran visitando distintos países para grabar las tomas de estudio sirvieron de base para tomarse a coña algunos tópicos de otros países al tiempo que se dejaba entrever un latente chauvinismo en comentarios de pasada. Lo dicho, ingleses ejecutando el auto desprecio al tiempo que prefieren una tarde lluviosa en algún pub que perder el conocimiento en las calles de Magaluf. El término medio deben ser los que votan a favor del Brexit al tiempo que pasan sus años de jubilación en un pueblo de Alicante en el que nadie habla castellano.



Pero no lo puedo evitar, me encanta el programa. Clarkson sigue ejerciendo su papel de señor mayor al que el nuevo mundo le viene grande, inútil para casi cualquier quehacer práctico que no esté relacionado con coches, al tiempo que no pierde nada de su espíritu de vendedor de coches de segunda mano capaz de montar un puesto de helados en el Polo Norte sacándole un beneficio atroz. Hammond sigue con esa actitud juvenil de tipo al que le encanta la cultura estadounidense – pistolas, coches grandes, sombreros tejanos – que no se hace estiramientos de piel pero que insiste en mantener una dentadura perfecta y… que sigue sufriendo accidentes absurdos que amenazan la continuidad de las grabaciones de cuando en cuando.



Y qué decir de James May. En la primera temporada aún mantenía en sus apariciones de plató el pelo largo, combinado con su predilección por las camisas estampadas, su actitud de inglés que viaja por todo el globo pero sigue igual de rancio, y su incapacidad para circular a una velocidad rápida sobre el asfalto, sirve como perfecto complemento. Si ya el sardónico humor de estos tres no fuera suficiente, el hecho de verles poner en marcha sus pequeños cortos con ideas de bomberos jubilados me acaba de ganar.



Reconozco que hay un terrible placer heteropratiarcal en ver cómo una corporación millonaria les da vía libre para poner en marchar cosas tan descabelladas como una partida a “los barquitos / hundir la flota” con vehículos desahuciados. O cómo intentan que Lamborghinis de alta gama (como si los hubiera de otra clase) se demuestran totalmente inútiles para circular en los cascos antiguos de alguna localidad europea, con momentos que dejan a cualquier espectador con carné de conducir sumido en una tensión extrema al calcular el coste de una rayadura en esas carrocerías, ni la primera temporada de The Walking Dead, oigan.



Y claro, también está el placer extremo en vérselas pasar putas durante algunos de sus cortos. Cuando Clarkson y compañía presentaban Top Gear, estaba la sección fija de “famoso en un coche barato” que básicamente era el momento de las entrevistas posterior a hacer que alguna celebridad las pasara canutas intentando dar una vuelta al circuito del programa en un – lo han adivinado – utilitario que nada tenía que ver con los Bentley o BMW que solían protagonizar otros segmentos del programa.

En una de esas ocasiones, el invitado era Guy Ritchie, director de cine en plena promoción de su Sherlock Holmes y habló de su afición por el “Winching”, en otras palabras: coger un vehículo con tracción a las cuatro ruedas para meterlo en el terreno más embarrado, pedregoso, escarpado y difícil hasta que no pueda seguir circulando. Por supuesto, hay competiciones de esto, y flash forward a unos años después – que se dice ahora -, no se les ocurre otra cosa mejor que mandar a James May como copiloto en una de estas competiciones.



Tanto a Top Gear como a The Grand Tour se les acusa siempre de estar “excesivamente guionizados”, una acusación que puede entender venga del espectador medio, pero que me resulta surrealista viniendo de un crítico televisivo con un mínimo de experiencia en la industria. Monegal no lo diría. Pero por mucho guión que tengan estos programas, May estuvo comiendo barro de verdad durante la grabación de su segmento, y eso amigos, eso compensa mucho los 20 euros de mi suscripción.

Por otra parte, el programa tiene aciertos que no se ven en ningún otro lado. Aunque seguramente muchos piensen que la competición entre un coche eléctrico y un tradicional coche de combustible fósil era el centro de uno de los cortos del programa, para mí lo realmente importante era ver una grabación profesional de un bolo íntimo de Roger Daltrey y Wilko Johnson. Aunque fueran sólo unos segundos. Aunque claro, la lié un poco parda en Twitter cuando pedí que se liberaran todas las grabaciones de dicho concierto.



Otro acierto fue que durante la sección “Celebrity F-off” (ah, el fino humor inglés) pudieron juntar en el mismo plató a dos de mis baterías favoritos: Nick Mason (Pink Floyd) y Stewart Copeland (The Police) sin olvidar que durante la primera temporada se dedicaron a matar – de forma ficticia - a todos los supuestos invitados que iban a aparecer en el programa, de una forma progresivamente más sádica e inesperada, aunque la sorpresa era el nivel de algunos de los cameos –no se pueden llamar de otra forma – como el que protagonizó Tim Burton.



¿Es todo vino y rosas? No, el último programa de la primera temporada me resultó un poco asqueroso. La “cabaña” del Grand Tour hizo parada en Dubai, y se dedicaron a hacer la pelota al país. Ninguna broma a costa de las costumbres locales que se saliera de lo políticamente correcto, ninguna meada fuera del tiesto. No sé si por respeto al lujo o por miedo a posibles represalias, pero fue realmente penoso comprobar cómo incluso la valiente flema inglesa se puede desinflar en tan magna compañía.

GABO, LA CREACIÓN DE GARCÍA MÁRQUEZ

Le tengo especial cariño a este documental. Hay quien piensa que es peligroso acercarse a los artistas, que no hay nada peor que acercarse a tus ídolos por miedo a descubrir que detrás de ellos hay un capullo integral. Es comprensible, pero con los años me he ido dando cuenta de que es tremendamente positivo darte cuenta de que toda figura más o menos pública tiene los pies de barro, del mismo modo que no hay nada peor que el endiosamiento irracional.



Como ya he dicho un par de veces en este blog, las biografías de cualquier tipo siempre acaban con la misma conclusión, dando bastante igual si el objeto de estudio es un valeroso soldado de la Segunda Guerra Mundial o un asesino en serie, todas acaban con un “era un cúmulo de contradicciones, en otras palabras, un ser humano”.



Gabriel García Márquez no se escapa de ese cliché para este “Gabo”, dirigido por Justin Webster. Curiosamente, resume mejor la vida y obra del escritor durante su apena hora y media que las casi cuatro de la serie dedicada a The Grateful Dead. Desmonta algunos mitos, deja fuera a personas que se supone importantes, como la pareja de Isabel Preysler, el también ganador de un Nobel, Mario Vargas Llosa – no sabemos si por decisión del interfecto o porque al director no le pareció relevante – pero incluye a Bill Clinton. Uno suele pensar que “el hombre más poderoso del mundo libre” debería justificar cualquier tipo de ausencia, y aunque el presidente saxofonista expresa muy bien las claves que mantienen al lector medio enganchado a la obra del colombiano, resulta difícil quitarse de encima la sensación de “¡Ey! ¡Tenemos a Clinton! Qué importa que falten otros coetáneos”.

Sí, una vez me los encontré en la estación de trenes


En este sentido, hay dos puntos en particular que afectan a nuestra percepción de Gabo como ser perfecto, Pablo Escobar (¡¿Otra vez Pablo Escobar?! Sí, otra vez) y, por supuesto, Cuba.

En realidad, resulta difícil no suponer que la tardanza de García Márquez en denunciar la repugnante guerra del cártel con el gobierno colombiano se debe más al hartazgo que al miedo. Hartazgo con su propio país, harto de las intrigas, de las amenazas, de la mezquindad, como si el mejor legado que dejó el carácter español en los países latinos (sí, por encima del idioma) fuese la envidia venenosa y la crueldad sin límites. Lamentablemente, como se narra en el documental, hubo de suceder un asesinato de un amigo - el periodista Guillermo Cano - del escritor para que éste se decidiera a poner todo bien clarito en un texto aún reivindicable. 



Cuba, por otro lado, lleva muchos años siendo la astilla clavada en el costado de la izquierda. Dicen todos los demócratas que no son de izquierdas – ciertamente, esa frase no es un oxímoron – que Cuba es un país gobernado por una dictadura. Responden los demócratas que son de izquierdas: “no, es un paraíso comunista en el que la gente vive de esa manera por culpa de los bloqueos estadounidenses”.

El español medio – me incluyo – ha conocido a los bastantes cubanos, leído lo suficiente sobre el tema, visto demasiadas noticias y documentales al respecto como para saber que a los cubanos, el tema del comunismo les resulta tan ajeno como la filosofía a los planes educativos de nuestro país. Entienden que la educación y la sanidad son cosas que deben ser universales, por lo que deben ser priorizadas por el gobierno - ¡Cojones! - pero no entienden que eso se deba traducir en una miseria generalizada, en promesas imposibles de cumplir, en un orgullo patrio que esconde muchas ganas de escapar de la situación y que esa alegría por las pequeñas alegrías que importan de verdadque encuentra el forastero de otro país quizás no esconde otra cosa que una taimada resignación sobre cómo son las cosas, cómo siguen siendo y cómo seguirán, se haya muerto Fidel o no.



¿Cómo podía Gabo bromear con Castro mientras éste se dedicaba a humillar a escritores, esconder (por decirlo de alguna forma) a los homosexuales y ningunear a las élites intelectuales que ponían en duda su gestión hasta que uno a uno se fueron sumando a la “mafia” de Miami? En el documental, amigos de García Márquez aseguran que Gabriel era consciente de los crímenes del líder cubano, pero prefería mantenerse cerca del mismo para apaciguar sus ánimos y, en la medida posible, interceder por aquellos disidentes que podrían haber tenido un destino fatal de no ser por sus gestiones. A cambio, parece ser, el escritor expresaba públicamente una admiración sempiterna por Fidel. Qué pena que Oliver Stone sólo se dedicara a hacer de “observador imparcial” para su propio film.

En todo caso, “Gabo, la creación de García Márquez” resulta informativo y emociona. No es una producción propia de Amazon, pero fue una alegría encontrármelo dentro del catálogo.

AMERICAN GODS

Tampoco es estrictamente una producción de Amazon, pero sí que es una exclusiva de la plataforma en nuestro país. Decía Neil Gaiman – el autor en cuya obra original se basa esta serie -, que quizás gracias a este nuevo mundo de las series basadas en servicios de streaming, iba a ser más fácil adaptar algunos trabajos de gran riesgo, imposibles de llevar a la televisión convencional o al cine. Lo dice un escritor que estaba acostumbrado a que algún realizador se leyera “American Gods” mientras esperaba en una terminal de aeropuerto, lo flipara y llegara a ponerse en contacto con el autor para preguntarle “¿Cual crees que sería la mejor forma de adaptar el libro?” Y eso se lo dicen al señor que ha tenido que sufrir el “Infierno del desarrollo” con su “Sandman”.



En cierta forma, no le falta razón al pensar que las plataformas de streaming son el lugar adecuado para según qué contenidos, insisto, ahí está “Juego de tronos”, y también está ahí la futura “Buenos Presagios”, basada en el libro escrito a medias entre Gaiman y El Maestro Terry Pratchett, en la que el propio Neil ejerce de showrunner, esto es, del tipo que realmente maneja el cotarro de una serie.





Pero ni siquiera esta nueva Era Dorada de las Series se salva de problemas, una vez estrenada la primera temporada de American Gods, los dos showrunners que han parido semejante cosa anuncian su marcha, dejando la continuidad en el aire. 

Pero basta de dramas “detrás de las cámaras” ¿De qué va American Gods? 

Pues si quieren un resumen de la trama que no les destripe algo importante, acudan a los primeros párrafos de su entrada en Wikipedia, porque a partir de aquí. SPOILERS.



Shadow Moon – ya saben, su madre era hippie - es un ladrón de poca monta que sale de la cárcel apenas unos días antes de cumplir su condena porque su mujer ha muerto en un accidente de coche. En el viaje de vuelta para acudir al funeral conoce a un tipo un tanto excéntrico – cómo mola Ian McShane – que no parará de meterlo en líos. En el sepelio descubre que su esposa murió poniéndole los cuernos de una manera muy poco decorosa y a partir de aquí, hilarity ensues. 

O más bien no. A partir de aquí, sangre, sexo para todos los públicos (o más bien para casi todos los colectivos) y una galería de personajes que parecen estar siempre andando sobre la fina línea que separa la excentricidad de la más pura fantasía. 

Y es que esa es la clave de “American Gods”, aunque uno sabe perfectamente que lo que está viendo es imposible, los momentos en los que la magia, lo inexplicable, entra en escena lo hace de un modo tan limpio, tan lleno de referencias a la cultura pop, que no resulta nada difícil someterse a la consabida “suspensión de la incredulidad”.



Ahora bien, si uno es fan de Terry Pratchett y ha leído “Dioses Menores”, no tardará en sonarle la idea que va vertebrando toda la historia. “American Gods” trata, básicamente, del choque entre los viejos dioses – con mirar en Google uno de los nombres con los que se refieren al personaje de McShane ya se puede adivinar por dónde van los tiros -, aquellos que eran adorados con sacrificios bajo la luz de la luna y nos nuevos dioses, aquellos a los que nos dirigimos con la misma fe ciega: la tecnología, la televisión, las redes sociales…

La estructura de los primeros doce episodios de la serie funciona como un mecanismo de relojería cuya perfección sólo se puede comparar a “Watchmen”. Todo se hace para encaje en este mundo que es un poco el nuestro pero no del todo, la narración es auto consciente: buena parte de los episodios empiezan con una recapitulación de hechos cuya cronología antecede a la trama principal, pero hasta uno de los personajes se burla de este recurso cerca del final de la primera temporada.



Dicho de otra forma, “American Gods” subvierte al tiempo que abraza sin problemas la estructura de las series de televisión moderna, aquellas en las que se advierte que al espectador medio ya no le vale la eterna lucha de buenos y malos, porque todo el mundo es un héroe en su casa y villano en la ajena, o al revés. Hacerlo bajo el manto de la religión le da un giro más, y por supuesto, hay que hablar del tour de force que ejecuta Gillian Anderson, a la que le toca interpretar a la Lucille Ball de “Te quiero Lucy”, al Bowie de “Life on Mars” o a la Marilyn Monroe de “La tentación vive arriba”. Todas ellas interpretaciones un poco forzadas, aunque justificadas porque su personaje es Media, la diosa de los medios de comunicación masivos. Pero nada que envidiar a la entrada de un Crispin Glover cual Michael Jackson en el videoclip de “Billie Jean”, que consigue, al mismo tiempo, la contención más absoluta y dar la impresión de estar pasadísimo de vueltas.



La serie está repleta de momentos impagables, aunque un par de favoritos personales es la inesperada línea argumental en la que la mujer de Shadow vuelve a la vida en modo Zombie – y no se le ocurre nada mejor que presentarse en casa de la viuda del hombre con el que se acostaba -, o la fiesta de Pascua / Resurreción en la que una serie de Jesucristos desfilan en variables estados de iluminación… y de confusión. 



No nos engañemos, todo lleva a un clímax final, cliffhanger típico de todas las series en el que se nos deja con un montón de interrogantes abiertas, una lástima, ahora que sabemos que Anderson no va a seguir para la segunda temporada (confirmada, pero a ver cómo sale) ya sólo nos queda cruzar los dedos para que la cosa mantenga, al menos, este nivel de calidad. Eso o me tendré que leer el (los) libro(s), lo cual no me parece tampoco mal plan, aunque el propio Gaiman ha avisado en algunas entrevistas que han tenido que introducir bastantes cambios en la serie porque algunos aspectos que estaban de rabiosa actualidad en 2001 – año en que se editó originalmente la obra – ahora están totalmente desfasados.

La única lástima de “American Gods” es que los únicos “extras” que uno se puede encontrar en Amazon Prime es el trailer de la serie. ¿Ha dicho usted “pena”? ¡No pasa nada! ¡Tenemos a la venta un pack de Blu-Rays con casi dos horas de extras! ¡¡¡Qué bien!!! ¡Podré pasar por caja dos veces!

Y así es cómo el streaming “mató” a los formatos físicos, me cago en…

En todo caso, la serie está genial, véanla. Cojones ya.

THE TICK



Mencionaba antes a “Watchmen” y aquí nos encontramos con una serie encantada de pervertir el género de los superhéroes. No es una comparación casual, ya que a uno de los personajes clave de las dos primeras temporadas lo interpreta Jackie Earle Haley, esto es, Rosarch himself!

De nuevo, SPOILERS.

En un mundo paralelo – esto siempre me hace gracia, un día de estos vamos a tener que explicar que Gotham no existe -, el apocado contable Arthur Everest vive bajo la sombra del trauma que le provocó ver a su padre morir accidentalmente en una batalla entre superhéroes y el supervillano “The Terror”. El trauma se ha traducido en un tick facial, en un trastorno obsesivo compulsivo y aparentes crisis de ansiedad. Pero esto no es lo peor, vive obsesionado con que The Terror no murió realmente en una batalla con el trasunto de Superman, Superian (en los subtítulos lo traducen como “Superguay”, no tengo muy clara la correspondencia) sino que fue una cortina de humo para volver a atacar cuando menos se lo esperase la gente.



En esto que entra en escena La Garrapata. Y por cosas como esta a veces pienso que Marvel España tomó la decisión correcta al no traducir el apellido de Doctor Strange.

The tick” (nótese el doble sentido del nombre del personaje) aparece como un señor musculoso cuyo uniforme azul le da la impresión de tener aún más músculos, habla todo el rato como el He-man de la serie de Filmation y… Everest empieza la serie creyendo que se le ha ido totalmente la pinza, creyendo que La Garrapata no es más que una alucinación creada por su delirante cabeza. Algo que también pensamos nosotros mismos durante los primeros envites, yo mismo pensé en una explicación tipo “El club de la lucha”.

Pero poco a poco vamos descubriendo que, efectivamente, The Tick existe, junto con toda una serie de personajes absurdos que van empujando una trama que se va volviendo aún más loca con cada episodio. 



Pero si a uno le gustan estos juegos metalingüisticos, referenciales y todo lo demás, “The Tick” es una serie con auténticos golpes maestros. Tanto es así, que no sé si es para todos los públicos, pasa con ella un poco lo mismo que con “Cinebasura, la película”, si “sabes a lo que vienes”, estupendo, pero no creo que mi madre – o la mayor parte de la población que pasa de los 65 – se la viese de programarla un sábado a las tres de la tarde.

En todo caso, parece ser que a la mayoría de la gente que la ha visto, le ha gustado, lo cual asegura ALGO de continuidad. Aunque con el arco argumental de las dos primeras temporadas ya se queda una cosa bastante redonda, se plantan las semillas para un desarrollo la mar de interesante.

Lo mejor de “The Tick” es que nunca sabes qué va a ocurrir, qué giro inesperado va a dar el mismo tono de la serie ni tienes nunca muy claro si los personajes van a actuar del modo que aconsejan los tópicos.



Por ejemplo, “Pelusa” - interpretada por la genial portorriqueña Yara Martinez a la cual el acento traiciona en un par de ocasiones -, empieza la serie como una especie de “Baronesa Cobra”… 20 años después del final de G.I. Joe. Tras la supuesta muerte de The Terror – al carajo, ya os digo que sigue vivo -, tuvo una relación con uno de sus enemigos, Overkill, y después se casó con el informático de la organización criminal en la que trabajaba, sólo para divorciarse de él posteriormente, pero aún así seguir compartiendo piso. 



Sin olvidar que Overkill tiene como base de operaciones un barco con una inteligencia artificial – Dangerboat, tiene hasta su propio tema musical que espero lo pete en las discotecas – que se acaba enamorando del pobre Everest… y así todo.



El cómic original “The tick” nació como una parodia desmedida del género superheróico, algo que la serie mantiene a la perfección, ahora bien, uno tiene que prepararse para la montaña rusa de tonos que practica: hay momentos para la ñoñería, pero por lo general uno tendrá serios problemas para ponerse del lado de un personaje en particular. Aún así, es bastante más ligera que otras ficciones y con capítulos que no llegan a la media hora, una maratón de la serie no desemboca en un perder un par de días.



Ahora bien, también he notado un poco de ese síndrome que nombraba con The Grand Tour: veo mucho despliegue inicial pero según avanza la serie, los efectos especiales se ven un poco más cutres, como si todo el tiempo de planificación y cuidado de la primera temporada fuese sustituido por las prisas de tener una segunda preparada lo ante posible.

COWBOYS AND ALIENS

Pasamos al cine que se puede ver en Prime. Una de las mejores cosas del streaming es que, ya que te pilla sentado delante del ordenador, qué tal si te enchufas esa peli que no pudiste ver en el cine que nunca te animas a descargar, a comprar en DVD / Blu-Ray ni siquiera en un Cex por 5 euros porque no sabes si te va a gustar y encima ahora somos tan flojos que hasta nos da pereza ir a la estantería a coger el disco, por no olvidar el coraje que da tener cosas que ocupen espacio físico.



Estrenada en 2011, dirigida por Jon Fraveau – que después del éxito de las dos primeras de “Iron Man” parecía querer reconvertirse en fiable director de Blockbusters , “Cowboys and aliens” se pegó una interesante hostia en taquilla, algo que siempre me extrañó. Desde luego, a mí ya el título hacía que me apeteciese mucho – Western chusco y alienígenas ¿Dónde hay que firmar? , sin olvidar que del trío protagonista, dos de los actores no podían estar más on fire. A saber, Daniel Craig, el mejor James Bond (hasta que la “Spectre” de Sam Mendes en 2015 nos demostró que siempre se puede hundir una buena idea a niveles de Brosnan) y Olivia Wilde, que había empezado a encadenar fracasos en taquilla después que la serie “House” la encumbrara como sex-symbol catódico (¿Catódico Fran? ¡Pero si ahora todo son pantallas planas!)





Por el film también anda Harrison Ford, al que siempre mola ver en su rol de “hago una peli al año y ni por esas echo toda la carne en el asador”, aunque en 2011 no estuviera precisamente en la cresta de la ola, da gusto ver que no ha perdido ni un ápice de magnetismo. Ahora bien ¿De qué va “Cowboy and aliens”? Pues de vaqueros y extraterrestres, que parecéis tontos, joder.

A decir verdad, la premisa es una de esas que parece pertenecer al mismo panteón - ¿o es Olimpo? - de ideas que nos dieron “Robocop”. Recordemos, Paul Verhoeven tiró el guión de uno de sus mejores films porque el titulo le parecía una gilipollez muy gorda: “¿¿¿¡¡”Robopoli”, qué mierda es esta???!!! Del mismo modo, unir en un mismo relato el viejo oeste con una invasión alienígena - ¡Ops! SPOILERS, supongo -, parece lo típico que sólo se le puede ocurrir a un ejecutivo de Hollywood hasta arriba de farlopa en compañía de dos prostitutas antes de que lo vaya a asesinar Kurtwood Smith.



Quizás el mismo repelús le causara a buena parte de la población mundial, quizás el hecho de que Damon Lindelof echara para atrás a otros cuantos, quizás es que la película sea sencillamente muy mala. Pero no para mí, cierto es que en algunos momentos es muy genérica, que la historia pasa a ser un poco demasiado típica, pero también es posible que nos hayamos malacostumbrado a las franquicias… o yo que sé. Más allá de que hay una escena de “desnudo pero sin enseñar nada” de Wilde que es complicadade justificar, y que hay algunas tramas que se dejan sin resolver (como la del acusica del pueblo que se va en su caballo y del que no volvemos a saber nada), no tiene ningún espectacular agujero de guión por el que cabría un tren.

Puede que, a diferencia de “Robocop” - que, a última hora tiene más de sátira social que de peli de acción -, “Cowboys and aliens” no tuviera más que ofrecer que lo que ya sugiere el título y ante tal perspectiva, el espectador medio – y toda su familia – dijese “pffff, paso”. Es una pena porque es un film de Alto Presupuesto perfectamente disfrutable. La recomiendo.

DANTE’S INFERNO: AN ANIMATED EPIC



En los días en que yo escribía en el blog de Game Over - ¡Dios mío! ¡Si hasta tengo una entrada en su wiki! - me encontraba algo obsesionado por el juego que lanzaría Electronic Arts. Siguiendo una vieja tradición del mundo videojueguil de lanzar títulos flipados para gente muy flipada que quiera fliparse aún más – con uno de los ejemplos más tempranos siendo el “Altered Beast” de Sega -, “Dante’s Inferno” usaba comobase “La Divina Comedia” de Dante Aligieri, o al menos la primera parte del poema. Cabe preguntarse si, de haber resultado un éxito de ventas, después habrían llegado “Dante’s Purgatory” y “Dante’s Paradise”.



En todo caso, bastante confianza debía tener la casa editora en el éxito del título como para encargar una película animada basándose en el juego. Llegados a este punto, quizás sería adecuado decir de qué va exactamente: Dante, - sutileza - al igual que Orlando Bloom en “El reino de los cielos” es un cruzado que marcha para reclamar Tierra Santa. Creyéndose libre de todo pecado por la absolución que le conceden los sacerdotes que sirven a la causa, se dedica a cometer todo tipo de actos inmorales en el campo de batalla. Esto condena a su prometida al Infierno, ya que en un acto de amor previo se habían entregado las almas, que ya hay que ser gilipollas. A la chica sólo le habría faltado tener un novio futbolista o torero para así complicarle un poco menos el trabajo al Memonio.



Total, Dante regresa de las cruzadas, alguien se ha cargado a su familia, a los sirvientes y a su prometida, la cual encima aparece con una teta al descubierto porque… ¿erotismo? Su alma se separa de su cuerpo, es secuestrada por las fuerzas del averno y el cruzado se marcha tras de ella para poder liberarla.

Cada fase del juego se corresponde con los niveles del Infierno, los cuales a su vez se corresponden con los pecados capitales y los distintos capítulos en los que se divide la película. En lugar de un Morgan Freeman que nos dé la tabarra tenemos a Virgilio para que nos explique lo que va sucediendo. Como si hiciera falta.



Se suele temer a los videojuegos basados en films de reciente estreno porque por lo general son obras hechas deprisa y corriendo, por lo general basándose en la mecánica del algún título de reciente éxito o, peor aún, usando un engine al que después se le han cambiado cuatro cosas. Afortunadamente, la renuncia del equipo de Rocksteady a hacer una mierda basándose en la segunda película de la “Trilogía de Nolan” nos ha regalado cosas tan inmersivas como la serie Arkham.



En todo caso, qué se puede decir de una película animada que sirve como parte de la promoción de un juego. Pues… no mucho más, no es que esté mal realizada, cada capitulo fue encargado a un equipo distinto de animación, lo cual explica los bruscos cambios de estilo de un episodio al siguiente. La excusa oficial era para “darle un toque individual a cada tramo de la historia”, aunque sospecho que el poder tener el trabajo terminado a tiempo también influye.

Muchos críticos se quejan de que las mecánicas narrativas de muchas películas de acción se corresponden demasiado con las de un videojuego. Bien, en este caso no hay problema, la historia parece sacada de un videojuego porque ES un videojuego. Ahora bien, como todo el mundo debería saber, “Dante’s Inferno” pertenece a ese tipo de “survival horror” en los que no se escatima con la casquería. Ah, el placer de los pareados.



El film sigue esa misma línea, hay mucho monstruo deforme, muchas referencias sexuales chungas, momentos de flashback que te dejan con el culo un poco torcido – sobre todo la historia de maltrato entre los padres de Dante, por cierto, el progenitor del cruzado es uno de los Final Bosses -, y malrollismo generalizado. Como película, funciona a duras penas, aunque para cuando termina uno se queda con la sensación de haber pasado un rato entretenido. Supongo que tiene que ver con que en su día sólo jugué a una demo descargada del PS Store, con lo cual aún había cosas que podrían sorprenderme. Aunque también es cierto que antes me había leído el “Inferno” de Larry Niven y Jerry Pournelle, total, que tampoco puedo decir que aquello me escandalizase sobremanera. En el fondo, me alegré de no habermedescargadocomprado el DVD en su día.

EL FUNDADOR



No, no es una película sobre ron. Dirigida por John Lee Hancock y estrenada en 2016, “The founder” cuenta con Michael Keaton en el papel de Ray Croc, un triste comercial de batidoras que un día conoce a los hermanos McDonald , sí, los de las hamburguesas. Croc encontrará formas de expandir el negocio de los hermanos, pero su ambición irá consumiendo sus relaciones, hasta el punto de comprar el apellido de la familia con no pocas malas artes, transformándolo en el proceso en el sinónimo de imperio empresarial que conocemos ahora.

En cierta forma, se podría decir que “El fundador” es una especie de versión amable de “El lobo de Wall Street”, (“The wolf of Wall Street, Martin Scorsese, 2013), en tanto que no es una película con un MENSAJE moralista ni nada por el estilo, más allá del que uno pueda deducir por su cuenta. 



Empero, Ray Croc no pasa de ser un tipo al que la vida no ha sonreído mucho a pesar de que tiene una bonita casa y una mujer que le adora, por mucho que el único divertimento que comparte con su esposo sea cenar en el club social del vecindario. Por cierto, que a la mujer de Croc, Ethel, la interpreta una ENORME Laura Dern, aunque conviene aclarar que tanto ella como Keaton dan una lección sobre cómo actuar en el cine. Hay un momento, en el que Ethel mira a su marido cuando éste intenta vender la idea de los McDonald a sus compañeros de mesa para que apoquinen algo de pasta en su inversión, esa mínima mirada de complicidad es simplemente desarmante. Aquellos que hayan conocido parejas que son auténticos equipos, sabrán del tipo de mirada que hablo.

Aunque me gusta mucho “El fundador”, debo decir que tiene una realización un tanto telefílmica, tanto es así que hay un momento de cámara lenta durante una escena en la que Keaton / Croc reflexiona sobre su futuro en el que se nota muchísimo el formato digital. Ya sé que parezco una putita de Tarantino al escribir semejante cosa, pero es también una muestra de cómo ha cambiado el cine en estos últimos años sin que apenas reparemos.



La verdad es que “El fundador” consigue esa extraña proeza de ser un film con aspiraciones clásicas, hecho con un presupuesto ajustado, que consigue funcionar a casi todos los niveles. Insisto, hay gente a la que quizás les moleste que, en cierta forma, “el mal triunfe” pero en el fondo es una historia verdadera. La fascinación que nos produce Croc sólo es comparable con la antipatía con la que reaccionamos ante cada engaño, cada triquiñuela, cada paso que da hacia la infidelidad. No me equivoco mucho al asegurar que casi toda la culpa la tiene el propio Keaton, aunque el pobre no parece poder evitar esa sonrisa psicópata que pone en algunos momentos que te hiela la sangre, incluso se supone que hace tipo genuinamente simpático.

En otro orden de cosas, “El fundador” se sitúa en las antípodas de “Super size me”, (Morgan Spurlock, 2004), ya que no intenta demonizar a McDonald’s ni siquiera cuando es absorbida por las malas artes de Croc. Nunca se pone en cuestión si la idea de los hermanos era transformar los EEUU en una nación de gordos diabéticos con la tensión arterial por las nubes, ellos sólo querían tener éxito vendiendo de forma efectiva hamburguesas y patatas que la gente pudiera consumir en un banco del parque. Los espantosos valores familiares del supuesto “American way of life” surgieron de forma natural en un principio porque ese era su público objetivo, en ningún momento parece que haya un diabólico plan de dominación mundial. En definitiva, otra de esas películas que hay que ver aprovechando la suscripción.



CONCLUYENDO…



Pues que Amazon Prime Video está muy bien, aunque el fondo de catálogo tiene poco que ver con el de Netflix, que las producciones propias que he visto aún no pueden competir mucho con algunas monstruosidades de HBO, y que a veces el bit rate del streaming es un poco decepcionante – ay, los pixelacos con los que he tenido que ver los primeros minutos de algunos programas del Grand Tour – pero también es verdad que es de lejos el más barato. Si no tenéis otra cosa, os lo recomiendo mucho, ya sólo le falta tener vídeos de conciertos para ser redondo.