domingo, 29 de julio de 2018

NARCOS (NO ES LO QUE PENSÁIS, BUENO, A LO MEJOR SÍ)

Foto de perfil vs Realidad / Cuando lo pides en Aliexpress vs lo que te llega a casa, etc...


Hay un punto de inflexión en “Narcos”: el agente Steve Murphy – encarnado por un especialmente intenso Boyd Holbrook -, está en los servicios de un aeropuerto colombiano. Un ejecutivo con chaqueta – lo que, dada la época en la que se sitúa la serie, se hubiera llamado un “yuppie” - se mete una raya de cocaína previo paso a embarcar en su vuelo. Murphy lo ve y se encara con el tipo usando frases del tipo: “Te parece bien ¿Verdad? A lo mejor piensas me meto unas rayas con mis colegas y no pasa nada”. El yuppie intenta quitarle importancia al asunto, hasta que el agente de la DEA pierde los estribos y le pega el par de hostias que, en otras circunstancias, le habría valido la expulsión del cuerpo.

Escobar lo habría tenido mucho más crudo contra Donald Pierce


Seguramente esté sólo al apreciar que se trata de un punto de inflexión, del mismo modo que poca gente se rió cuando en mi muro de Facebook / cuenta de Twitter gasté la broma-seria de “qué raro, ninguna de las personas que conozco y que sé que se meten cocaína han visto Narcos”. Obviamente, el mero hecho de mencionar que he publicado algo en una red social con aspiraciones a provocar una respuesta es tan infantiloide como el hecho en sí. Lo más gracioso, no obstante, es que he comprobado lo cierto de esa afirmación, a pesar de que la lancé cuando había hablado de la serie con sólo unos pocos de mis conocidos con tendencia a arquear la espalda delante de un lavabo.

A lo que, a continuación, os oigo preguntar “Pero Fran ¿Cuántas personas conoces que se meten?” Y la lamentable respuesta no es la cantidad de gente que yo conozco, es la cantidad de gente que consume. Ah, “consumir”, como el que va al súper. A ver quién se resiste a estas perversiones del lenguaje.

El drogas no iba a dejar que Robe lo acaparase todo

Robe Iniesta, guitarra, voz y alma de Extremoduro lo expresó muy bien en una entrevista, cansado de que por sus letras (y por su forma de ser) le preguntaran por la puta droga: “Mira, se mete el obrero, se mete el ministro y se mete el policía, pero todo el mundo me señala con el dedo porque lo digo en mis canciones”. Me gustaría pensar que lo de “se mete el policía” no es cierto, pero lamentablemente, algunos casos de corrupción han demostrado que es necesaria la existencia, no ya sólo de Asuntos Internos sino que incluso de Asuntos Internísimos.



En todo caso, la mayoría de nosotros hemos sido capaces de asumir e interiorizar la frase de Robe, en especial cuando tenemos a un presidenciable – Albert Rivera, líder de Ciudadanos -, sobre el que se hacen bromas en lo referente a un posible consumo. Montajes de Photoshop, imágenes captadas a contratiempo y rumores varios confirman que, efectivamente, podemos tener un presidente del gobierno que un día cualquiera llegue al hemiciclo con las pupilas dilatadas y la mandíbula un poco fuera de su sitio. Que lo mismo ya lo hemos tenido, pero esa no es la cuestión.


Y así todo


El problema básico es que cualquier discusión sobre la droga – y la cocaína en particular – se acaba transformando en algo, de hecho, bastante infantil. El hijo del narcotraficante Pablo Escobar expresó su enfado con la ficción producida por Netflix, acusándola – entre otras cosas - de tapar los intereses ocultos de EEUU para que la cocaína sumiera a Colombia en un caos manejable para los intereses del Tío Sam. Con el tiempo – y el propio desarrollo de las 3 temporadas de las que hasta ahora se compone “Narcos” - se ha demostrado que la trama no parte peras con nadie y que lo del hijo de Escobar son más bien pataletas que quieren decir “mi padre no era un monstruo”. Claro que no. Era tu padre. Hizo mucho por los pobres, les dio casas y también les prometió mucho dinero si se cargaban a un policía que no fuera corrupto. Qué va a ser un monstruo.





Pero sí que hay un tropiezo infantil al principio de la serie: para mostrar la diferencia entre el inocente tráfico de marihuana y el (suponemos) abyecto negocio de la cocaína, la serie arranca con dos intentos de detención: el primero muestra a un camello de andar por casa con su bolsita de hierba, corriendo en chanclas por un aparcamiento subterraneo intentando que los agentes de la ley no le pillen. Cuando el cargamento cambia por los polvitos, la cosa termina en tiroteo con semiautomática que sólo deja a Murphy vivo y horrorizado.



Digo que esto es infantil porque, a ciertos niveles de tráfico ilegal, da igual si lo que uno lleva es marihuana, tabaco o cartuchos chapados en oro de un Zelda, si bien es cierto que, parafraseando a Sabina, la gente tiende a perder más la calma por la cocaína. Afortunadamente, “Narcos” salva un poco los muebles cuando establecen un diálogo entre Murphy y su futura mujer (y madre de su hijo), Cooine – interpretada por Joanna Christie -. Cuando, al conocerse, Murphy le dice cuál es su trabajo, la chica le responde “así que tú eres uno de esos capullos por los que es más difícil comprar hierba ahora”.

Escribo todo esto desde el punto de vista de alguien que nunca ha tomado nada más psicotrópico que la leche de pantera. Quizás debería añadir “conscientemente”, porque a lo mejor alguien alguna vez me han “echado algo en la bebida”, pero de ser así, mi opinión sobre la droga tampoco podría variar mucho más porque, básicamente, no me ha hecho mucho efecto. Por no decir ninguno.

Grandes cogorzas se pueden coger torpemente con este veneno


Lo que está claro es que la droga, la “puta droga”, tal y como se consume en la calle, no es buena. Sí, se receta marihuana como paliativo en algunos tratamientos, del mismo modo que se podría recetar la morfina, pero la hierba, al ser un poco más natural, se considera menos dañina, pero lamentablemente no cura el cáncer, ni la esclerosis múltiple, ni el SIDA ni la estupidez. Por otro lado, los tratamientos con células madre sí que parecen tener éxito con algunas de esas enfermedades. Salvo la estupidez, especialmente la religiosa, que parece querer cargarse la investigación con células madre porque… porque morir congraciado con un Dios inventado parece más importante que vivir. O esa creo que es la teoría.

Pero vamos a lo importante. Decía yo antes que la droga no es buena. Durante muchos años fui abstemio, no por miedo al alcohol en sí, sino porque buena parte de mis conocidos empezaron a beber mucho y desde demasiado jóvenes. Veía los efectos de esas borracheras y pensaba que no quería tener nada que ver con aquello, total, el dinero que mis padres me daban “para salir” que no invertía en comprar “los lotes” lo podía usar después en comprar discos. Para mí, la balanza se inclinaba por el lado bueno.

Si no has vivido esto es que no has tenido infancia, sólo la gente que creció en los 90 entenderá esto y  BLA BLA BLA


Aquí ya casi entramos en una cuestión filosófica: ¿Por qué chavales jóvenes toman un modo de vida de “voy a ser aplicado en mis estudios de lunes a viernes pero cuando llegue el fin de semana voy a desbarrar todo lo posible”? Puro modo de vida mod dirían algunos, aunque no sean conscientes de ello. También se podría llamar lumpenbásicamente hay muchos nombres para esto - para el proletariado “sin conciencia de clase” -, lo alarmante es que cada vez todos parecemos más lumpen y la clase dirigente más reducida y más mandona. Aún cuando nos disfrazamos de libertad en las redes sociales.

Pero me desvío del tema. La cuestión no es sólo que la gente tenga que descargar las tensiones acumuladas entre semana, sino con qué y cómo las descarga. Hay gente, como el colaborador medio del Mondo Brutto, que se pregunta por qué el Juez Garzón, le tiene tanta manía a la droga. Afortunadamente (o no), una entrevista en la Jot Down – revista cultural y cultureta que de hecho rescata algunas firmas de Mondo Brutto – tiene la clave.




Me da mucha pena admitir que no he leído nada de Don Winslow, un señor que parece lo bastante bueno con la novela policíaca, y que dio este titular con tanta mala uva a la revista y que reproduzco a continuación por si tenéis mala vista y no sois de los de ampliar fotos: “Cuando sales y gastas en drogas para ir de fiesta estás apoyando a gente que asesina, viola, mata y esclaviza”.

Una afirmación tan sencilla no viene sin ambages, el propio Winslow explica que se podría decir que en las fábricas que dan forma a los teléfonos que usamos, la ropa que vestimos o la comida que nos llevamos a la boca podrían ser acusadas de una explotación con una gravedad semejante. Pero hay diferencias.

Les pondré un ejemplo tonto. Llevo (o llevaba cuando empecé a escribir este artículo) una rebeca diseñada por Antonio Banderas que me compré en un “outlet” el año pasado, en un extremo de la prenda, convenientemente lejos del (digo yo) prestigioso nombre del diseñador se puede leer “made in Bangladesh”



Mardito Capitalismo


¡Oh no Antonio! ¿¡Tú también?! ¿Tú también te aprovechas de las baratísima mano de obra asiática a la que tienen en condiciones infrahumanas? ¿Cómo has podido? Estoy tan decepcionado, eres peor que un narco…

En realidad, no tanto. Ni Antonio ni Amancio Ortega (con sus múltiples extensiones empresariales al menos) parecen ponerle una pistola en la sien al ciudadano medio de estos países para que cobre una miseria a cambio de tejer sus ropas. No obstante, alguna vez tendremos que ponernos de acuerdo sobre si Ortega es un Santo o un Explotador Hijo de Puta. Pero lo que resulta del todo sintomático es que ofrezca ayudas a la sanidad pública.

La cuestión, curiosamente, es otra, la cuestión es que en esos países existe un problema estructural que condiciona que otras naciones y sus empresas exploten dicha mano de obra barata. Para mí se explica con un pensamiento que he tenido más de una vez: debido a que tengo padres mayores he tenido que pedir una ambulancia a urgencias más de una y más de dos veces en la vida, y me he desesperado ante la tardanza. Cuando, una vez pasada la crisis en cuestión me he podido tomar un café en frente de Urgencias, mi mirada se ha quedado invariablemente fija en las ambulancias, preguntándome cuánto costaría comprar una ambulancia nueva, si se podría organizar un concierto para recaudar fondos, etc..

Por supuesto, este pensamiento vuelve a ser totalmente naif, no es sólo la ambulancia – coño, mi primo conduce una -, sino los sueldos de los que la llevan, a continuación sume la formación de la gente que va dentro y por qué no sumar un médico de urgencias como apoyo… Quizás si se donase toda la recaudación de un gran concierto en un estadio se podría pagar todo eso… durante un año. Ah, y para eso no tendría que cobrar nadie en ese evento, ni los técnicos ni la gente del catering siquiera. La forma de que haya más ambulancias es protestando, forzando a los políticos a que desvíen los presupuestos a las cosas que nos parecen importantes o votando a aquellos que puedan hacer dicha labor.

Una cosa que cabrea mucho a mis amigos que se creen de izquierdas es cuando digo que lo que tendríamos que hacer en occidente es exportar algunas de nuestras mejores creaciones para mejorar la vida del trabajador y entorpecer el desarrollo industrial: los sindicatos. Por si se lo preguntan, el desarrollo industrial es una de esas cosas que merece la pena entorpecer de vez en cuando. Con sindicatos fuertes, seguramente se forzaría a mejorar los sueldos y las condiciones en el ámbito laboral de todos esos indios/africanos/chinos/inserte nacionalidad perjudicada por fabricar las cosas que usamos. Sé cuál es la respuesta a esta reflexión tan tonta: todo se encarecería o las multinacionales tendrían que llevarse el negocio a otra parte. Totalmente cierto, pero si conseguimos internacionalizar el trato ético a la mano de obra, lo mismo también suben los sueldos, ergo, el poder adquisitivo, por ello se reduce la desigualdad y todos vivimos en el maravilloso mundo en el que las calles están asfaltadas con oro y las paradas de autobús se fabrican con chocolate. Perdón, es lo que pasa cuando me dejo llevar por el optimismo.

La cuestión es que, tal y como expresa Winslow, por muy mal que se porte Apple o Inditex con sus trabajadores, siguen siendo eso, trabajadores. Puede que su jornada y condiciones estén al borde de lo que consideramos legal o ético en nuestros “acomodados” países, a un paso de la esclavitud, pero para ellos no hay otra. Las cosas que se promocionan con la venta de estupefacientes son un tanto distintas.

Aquí es donde las actitudes infantiles, tanto de un lado como de otro, empiezan a chocar. Yo sé de al menos de una persona que se pagó los estudios vendiendo pastis, y estoy bastante seguro de que si le cuestionara lo malo de esa actividad me respondería “venga tío, venderle pastillas a cuatro bakalas no me transforma en un traficante chungo”. Pues si ese es el plan, recurramos a Batman.

Porque SIEMPRE está bien recurrir a Batman para explicar cosas.

En la, primero serie limitada pero después resumida en novela gráfica “Batman, el culto” - ahora la han renombrado como “Batman, la secta” me imagino que para evitar que al gente piense que se trata de El caballero oscuro ataviado con pipa y batín leyendo en voz alta algunas tragedias de la Grecia clásica desde la biblioteca de la mansión Wayne -, el Hombre Murciélago se ve abducido por una secta que ha conseguido organizar a todos los sintecho de Gotham como una especie de fuerza paramilitar. 




Como suena. 

Es una obra muy oscura y que de pequeño a mí me producía bastante intranquilidad, por decirlo de alguna forma. No en vano está dibujada por Bernie Wrightson, maestro de los cómics de terror. El propio guionista, Jim Starlin explica en las notas de la edición que poseo, que quería hacer este cómic para combatir la ola de papanatismo que recorría los Estados Unidos de finales de los 80, por eso es seguramente una de las muestras más desquiciadas y crudas de lo que se puede hacer con un señor vestido de murciélago.

En una de las secuencias, los miembros de la secta – que quiere limpiar Gotham de toda la escoria– se cargan a un chaval que vende algo de hierba para, precisamente, pagarse los estudios universitarios. Más adelante, con un Batman ya abducido y drogado (por el líder de la secta y no obligando al enmascarado a esnifar precisamente) un compañero de culto y él salen para patrullar. El mendigo, transformado en justiciero, le explica al bueno de Bats que el señor de más de 60 años que tienen delante es un chulo y que por eso hay que cargárselo. Bruce Wayne no las tiene todas consigo, alucina y ve al proxeneta en lugar del viejo. No consigue salvarle la vida y prácticamente acaba siendo cómplice de un asesinato, al menos consigue evitar que se carguen a un policía poco después.




Está claro que Wrighston y el guionista Jim Starlin intentan demostrarnos, en una jugada narrativa que haría enfermar a Steve Dikto, que no hay verdades absolutas, que hay una interesante escala de grises en la que nos podemos mover entre el blanco y el negro. O que no se puede medir a todos los criminales con la misma vara.

Cómo no estar de acuerdo. Estaba muy gracioso cuando Chuache en “Danko, Calor Rojo” (“Red Heat”, Walter Hill, 1988) le explicaba a James Belushi que en “Rusia no hay traficantes de droga porque un día los llevaron todos a la Plaza Roja de Moscú y les pegaron un tiro en la cabeza”. Está muy bien porque vista la ascensión de los oligarcas rusos después de la descomposición de la URSS, con sus turbios negocios, uno tiende a pensar que el escarmiento no acabó de dar el resultado que se esperaba.


Si alguien se ha llegado a preguntar cuándo se nos empezaron a ir de las manos los 80...


Vale, no todo el mundo que alguna vez que ha tenido algo que ver con la droga merece 40 años de cárcel, que sí, que el peyote puede abrir las puertas de la percepción y que hay mucha seta alucinógena en la naturaleza. En todo caso, recordemos una recomendación clásica al respecto; “todas las setas son comestibles, algunas sólo una vez”.

Yo hablo de otra cosa. Yo me refiero a esas sustancias que se cortan con polvo de ladrillo o tiza o Dios sabe qué, provenientes de un origen aún más dudoso y que seguramente os hacen sentir muy bien durante un rato más o menos largo, pero que están promocionando cosas muy chungas. Sí, más chungas que Inditex, por mucho que os quejéis.

Del mismo modo, cuando digo “estas cosas están cortadas con mierda”, la respuesta lógica y rápida es cuánta mierda no llevan ya las cosas que nos comemos cada día entre edulcorantes, endulzantes, y colorantes. Ese razonamiento tiene algo de trampa, porque básicamente pasa lo mismo que con la ropa fabricada en la India, sí, una caña de chocolate contiene una buena dosis de veneno industrial, pero siempre puedes leer (aún con dificultad) en el plástico dichos ingredientes. Si uno se quiere engañar con que algo de eso es sano es porque quiere.

Como ahora las series por streaming parecen haberse transformado en la Buena Nueva, ver reflejadas algunas de las consecuencias del consumo parece servir como curioso revulsivo para algunas personas que lo contemplan con no poca incredulidad y desconfianza. “Sí hombre, el medio gramo que me meto cada 3 meses va a ser lo que mata a los policías colombianos”. Es justamente esa actitud la que provoca al agente Murphy durante la escena que describí al principio de este artículo.

Empero, del mismo modo, estoy bastante seguro de que alguien podría apuntar el dedo acusador al propio equipo de Narcos, esto es “cuántos de los cámaras o los eléctricos o de los actores del reparto no se habrán metido en el cuerpo sus buenos tiritos durante el rodaje”. Mucho me temo que de ser eso cierto no estaríamos muy lejos de cuando Maradona jugaba en partidos contra la droga.

No por vista pierde vigencia


Por supuesto que hay mucha hipocresía y mucho “qué se le va a hacer” con el tema de la droga. También mucho mito y flipamiento. Una de las escenas más comentadas de la primera temporada de Narcos fue una hedonista imagen de uno de los informadores de la DEA, perdido entre hermosas prostitutas en una figurada nube de consumo. Criticada por machista y por perpetuar la visión de la mujer como mero objeto, esta escena contiene también la inevitable consecuencia de una ficción que intenta contarlo todo y deja en manos del espectador el juicio final.


No necesitas tinder si tienes coca


Esto es algo que Ángel Codón ha comentado repetidamente en sus podcasts: cómo la cultura popular se ha apropiado de códigos cinematográficos que nacían con intención de denuncia. Los artistas y aficionados al gangsta rap ven “El precio del poder” (“Scarface”, Brian de Palma, 1983) y se quedan con que Tony Montana (acojonante Al Pacino) está rodeado por montañas de cocaína después de haberse follado a la mujer de sus sueños. Lo de estar a punto de morir cada dos por tres ya tal. Del mismo modo, la misma estética “yuppie” que luce el ejecutivo de Narcos no existía como tal hasta que Michael Douglas y el equipo de Wall Street (Oliver Stone, 1987) la patentaron para el personaje de Gordon Gekko, otra muestra de EL MAL personificado que no pocos tiburones de la finanzas tomaron como modelo de comportamiento. Ni la caída de Mario Conde, oiga. 

Quizás por eso, Martin Scorsese, hasta las pelotas de todo, decidió mostrar en “El lobo de Wall Street” (“The wolf of wall street”, 2013) a un personaje principal chungo que se lo mete todo – como el propio Scorsese a finales de los 70, cuyo consumo de coca tuvo consecuencias tan gore como llorar sangre - pero que al final queda más o menos redimido. En no pocos espectadores eso se tradujo en tibieza por parte del director a la hora de tratar la historia, pero con su mezcla de drama, comedia y buena planificación artística, el bueno de Martin no hizo más que retratar las cosas de la forma más cercana a como seguramente ocurrieron. Lo siento chavales, no hay moraleja.

O sí.

Otro efecto colateral (deseado o no) de Narcos han sido otras dos ficciones que muestran lo distintos que pueden ser algunos acercamientos sobre el mismo tema. 




Barry Seal: el traficante” (“American Made”, Doug Liman, 2017) es el típico caso de un biopic que se transforma en vehículo para una estrella de Hollywood. Si no creen acertada esta consideración, tan sólo comparen la pinta del personaje en cuya vida se basa el film – el piloto Barry Seal, “reclutado” por la CIA para promocionar las guerrilas en Sudamérica – y nuestro querido Tom Cruise, quien, para empezar, ya tiene más años que tenía el “pobre” Seal cuando lo ejecutaron los lacayos de Escobar.

Puedo asumir cierta “suspensión de la incredulidad” del mismo modo que uno puede dejar de ver a actores treintañeros tomando el lugar de personajes adolescentes que van al instituto en una serie de Tele 5 o Antena 3, pero la distancia física entre el piloto y Tom es muy jodida, por no hablar de la actriz escogida para hacer de su esposa. En otras palabras, por mucho que intente ser más “sucia”, el film de Liman adolece de todos los aspectos edulcorantes que se suelen asociar con las Grandes Producciones del Cine Americano.


Expectativa VS Realidad, Cuando lo pides por Aliexpress VS cuando te llega a casa (2ª Parte)


No lo veo mal, oiga. Y a mí Tom Cruise no me parece mal actor, quizás su mayor problema es que sigue basando buena parte de los papeles que escoge (y modela) en base a su fisicalidad. Es como si el personaje de “Misión: Imposible” se le hubiera pegado, incluso cuando interpreta a Jack Reacher parece que estuviera haciendo de Ethan Hunt en otra película, algo parecido le pasa a Ryan Reinolds, quién sólo parece tener dos registros: Masacre (Deadpool para los que no os gusta traducir los nombres inventados) o Masacre en otras películas.


Esas parejitas jóvenes


En la esquina contraria, “Loving Pablo” (Fernando León de Aranoa, 2017) se centra en lo que al espectador medio le habría parecido una interesante trama secundaria a explotar de “Narcos”: la relación entre Escobar y la periodista Virginia Vallejo. Ésta última, por cierto, en la serie recibe el nombre de Valeria Vélez, y es interpretada por Stephanie Sigman, en palabras de la propia Vallejo “una mulata mexicana con pinta de travesti”. En el film de Aranoa la interpreta Penélope Cruz, y a Escobar… ¡Javier Bardem! ¿¿¡Quién coño iba a ser?!!




Reconozco que no he visto “Loving Pablo” más allá del trailer, aunque adelanto que tampoco hace falta de cara a lo que quiero explicar. Hasta donde yo sé, el film no consiguió reventar las taquillas ni reinventar el mito en torno al narcotraficante. También percibo que Bardem usa un tono (no me voy a meter en "el jardín" que supondría comentar el acento) francamente extraño, al menos en el trailer, algo que también se podría aplicar a Penelope.

A lo que iba: en una de las entrevistas promocionales, el actor se puso – como cualquier artista en promoción -, a defender la obra y a su personaje. Lo puedo entender, tanto como entiendo que el propio Bardem nos pida que entendamos cómo Escobar es un producto de la sociedad del momento, o sea, lo que los Monty Python explicaban con un "es un policía justo, pero la culpa la tiene la sociedad".







Lo siento, sé que el lector medio puede sentir una punzada de comprensión hacia Escobar cuando alguien dice que “una chaval nacido en la marginalidad, qué iba a hacer”. Pues claro, plantearle una guerra a su gobierno y cargarse a un montón de inocentes en maniobras de guerra de guerrillas. Sin ni siquiera nombrar las vidas afectadas por la droga. Entiendo que la vida de Pablo Escobar es más cinematográfica que el pobre chaval de las chabolas que a base de tenacidad, estudios y honradez consiguió transformarse en un pequeño burgués, que alguno habrá (espero), qué coño, lo sé porque yo he ido a la facultad con gente de las Tres Mil Viviendas.

El riesgo está en otorgarle a una narración una validez mayor que el objetivo para el que ha sido diseñada, que sí, que a base de hacer muchas cosas, Escobar tuvo que hacer alguna buena, pero el computo general no puede ser más negativo. 

Hay otras discusiones sobre la droga que me gustaría tocar en este artículo tan dinámico y divertido: la creatividad y la legalización.

Sobre lo primero, creo que resulta igual de imprudente glorificar a Pablo Escobar como el otorgarle a las drogas el título de buen vehículo para excitar el elemento artístico. La cocaína te hace aguantar más, esto es, estar despierto más horas, con lo cual uno se vuelve más productivo… si se trata de una tarea repetitiva, mientras que la heroína, en líneas generales, paraliza más que otra cosa. 

Caso de contrastes: en el documental “Crossfine Hurricane” (Brett Morgen, 2012) se puede ver durante un segundo a Mick Jagger esnifando de un cuchillo – no, no tenía el hombre excesivo miedo a hacerse pupita con nada -, pero en el mismo largometraje se expone lo cerca que estuvo Keith Richards – y su estilo de vida – de cargarse al grupo. Recordemos: “Exile on Main Street” estuvo más cerca de quedarse paralizado como proyecto, no tanto por la detención del guitarrista después de su acusación por tráfico, sino porque su propia actitud vital – no hacer nada porque la heroína lo dejaba aplazando – impedía que las canciones se pudieran grabar de una forma efectiva.

Después de estar a punto de morir unas cuantas veces, asumir que era un adicto y “limpiarse”, David Bowie siempre tuvo mucho cuidado con sus declaraciones sobre la droga. La discusión básica al respecto es que El Delgado Duque Blanco grabó algunas de sus mejores obras cuando estaba hasta arriba de todo, pero se suele olvidar el detalle de que también grabó algunos de sus discos más abyectos con ayuda de los opiaceos. Del mismo modo que se olvida cómo grabó algunas obras francamente notables sin ningún tipo de apoyo químico. Ciertamente, Bowie declaró que “una vez que la cocaína entra en tu vida, el trabajo nunca vuelve a ser el mismo”, pero todo apunta a que hablaba de una percepción del trabajo que de la obra musical en sí.

Del mismo modo, Rick Wright (teclísta de Pink Floyd) y Eric Clapton han comentado en no pocas ocasiones que usaban la droga como algo recreativo, pero cualquier cosa que intentaran grabar “bajo la influencia” era descartado a la mañana siguiente, Wright lo deja aún más claro: “no podía tocar si había tomado drogas”.




Del mismo modo, hay músicos y artistas en general que se drogan lo bastante como para pagar el sueldo anual de una cuadrilla de sicarios pero que crean cosas bastante insulsas, comerciales y planas. Del mismo modo que algunos innovadores como Frank Zappa, Robert Fripp o Steven Wilson expresaron en su día el estar muy en contra del uso de las drogas. No es que se lo vetaran a los músicos que tocaban con ellos – lo que habría imposibilitado muchos bolos entonces – pero desde luego no lo usan para ellos mismos. No sé cómo de decepcionante o traumático debe ser para el porreta y fan medio del autor de “Fracture” que la frase lo que se habrá tenido que meter para que se le ocurra algo así se traduce en un señor que básicamente practica y ensaya mucho en su cuarto.

Fripp es también uno de los músicos que más ha hablado del uso y abuso de las drogas dentro del negocio musical, de hecho, grabó con Bowie y Eno cuando ambos estaban en uno de esos remansos de contención narcótica. Durante su larga carrera, el bueno de Robert ha podido ver que del relajado uso que se hacía de los porros a finales de los 60 del siglo pasado, se pasó al más hiriente y peligroso uso de la cocaína en décadas posteriores. 

Y esto nos lleva al punto que seguramente genera más discusiones, rasgaduras de vestiduras y tensiones: Legalización.

La pregunta básica es: Si existe una sustancia que nos haga sentir mejor, rendir más, que se pueda consumir de forma legal y barata ¿Qué tiene de malo? ¿No es acaso mejor que ese dinero vaya a las manos de comerciantes honrados que a las de la mafia?

Ya volvemos con los razonamientos tramposos. 

La droga, blanda o dura, produce ciertos efectos agradables para nuestro cerebro, hasta ahí todos de acuerdo. O no, porque hay gente cuyos cerebros reaccionan muy mal con la droga y les puede producir un brote psicótico. Vaya, ya está Fran jodiendo la fiesta. A largo plazo, los narcóticos no tienen ningún buen efecto en nosotros, puede que el que más o el que menos no sufra las consecuencias de un consumo más o menos prolongado, pero si fuerzas la máquina por algún lado, es probable que se tuerza algo después.

Vale, ya hemos visto que la droga se ha democratizado con el tiempo - “democratizado” ¿Ven lo que acabo de hacer con el lenguaje? - con lo cual ya no se puede decir que el consumir no es sinónimo de posición social. 

Seguimos para Bingo: por muy pijo que sea tu camello, en algún momento su mercancía proviene de un fardo que se ha introducido de forma ilegal en nuestro país, y lo que pagas por tu medio gramo acaba de un modo u otro pagando el sueldo de un sicario, la compra de una lancha motora imposible de atrapar por parte de las fuerzas de seguridad – “fuerzas de seguridad” es esa gente de la que sólo nos acordamos cuando nos hacen falta pero nos gusta despreciar el resto del tiempo por aquello de las manzanas podridas -, o las balas que se usan en un ajuste de cuentas.

¿Se pueden legalizar las drogas? Cuando escribo esto, sólo hace unas semanas que el progresista Justin Trudeau – no se dejen engañar, es unneocon con todas las letras -, ha legalizado la marihuana. No creo que Canadá se transformé de la noche a la mañana en un sitio en el que la gente se pase todo el día a la bartola, fumada y diciendo “tío, con calma, con caaaaaalma”, del mismo modo que Amsterdam no es pozo de inmundicia, si bien el alcalde de la capital holandesa terminó hasta los cojones de tanto turista porreta.

Y aquí es donde la memoria debe entrar en juego: durante muchos años España era “La botica de Europa” por lo fácil que era conseguir aquí algunas sustancias en principio legales. Coño, la cocaína se empezó a conocer como un efectivo anestésico para las operaciones oculares, se podían comprar botellas de la sustancia… ¿Qué pasó?


Ya, ya lo sé, sólo es heroina


Pues lo mismo que pasó con el opio en la Inglaterra victoriana, lo mismo que pasa en algunos países en los que se legalizan algunas cosas, que se transforma en un problema de salud pública, visto el plan, si uno quiere joderse la vida lo tiene más fácil tomándose una buena cantidad de matarratas, lo malo es que será una muerte más rápida y menos placentera que con una sobredosis.

Este concepto, ya que estamos, se ha usado muy mal en los medios. La gente por lo general no se muere por tomar una dosis excesiva de una sustancia, sino porque fruto de algún chute o tirito desesperado, se ha hecho de una droga de calidad ínfima, cortada con vaya usted a saber qué. Claro, el cuerpo debe estar bastante debilitado para entonces, pero captan la idea.

Total Fran, 5.190 palabras para decirnos que la droga es mala ¿No? ¿Y qué vas a hacer con tu vida social?” 

Muy fácil amigos, si en una fiesta está todo el mundo borracho y yo sigo sobrio, siempre puedo reírme de las ocurrencias del resto de la gente. Si he bebido pero el resto de la gente decide correr al servicio porque alguien se ha hecho con un poco de polvo blanco, yo puedo seguir con mi cubata tranquilamente, pero con toda seguridad entablaré con más facilidad conversación con la gente que no haya salido corriendo al baño. Y si al final todo el mundo entra en el bucle de conversaciones absurdas que se da cuando todo el mundo ha arqueado la espalda en el water, con calma me voy yendo, porque en ese plan nadie me echará en falta. Distinto es, claro, si la persona que me acompaña en la fiesta se ha sumado “al tema”. 

Entonces entenderé que esa persona no entiende igual que yo el tema de la drogaína, y entonces me iré igualmente, quizás un poco más cabreado, porque a uno siempre le hace ilusión eso de hacer piña con la persona que le acompaña. Aunque haya gente a la que eso le pueda sorprender.

Por supuesto, alguien me puede saltar con el “Carpe Diem” y el “Aprovechar cada momento al máximo”. Supongo que porque todos vivís en esa burbuja infantil de “El club de los poetas muertos” en la que es mejor suicidarse que no ser actor. Pues muy bien, aprovechad el momento hasta el máximo así reventéis, total, no os lleváis al más allá a todo el mundo que se preocupa por vosotros ¿Cierto? Estos son mis valores, y si no le gustan, ya puede comerme los huevos.



Porque no soy tan miserable como Carlos Herrera para usar frases de Groucho Marx para asignarme una gracia que no tengo.

viernes, 8 de junio de 2018

NUEVO PODCAST: ¡LAS COSAS DE FRAN!



Sí, ya sé que estoy de lado y que es el estudio de Radiopolis en lugar de mi casa Y QUÉ



¿No te puedes estar quieto, hijo?

Es lo que supongo que diría mi madre, si no fuera porque la pobre no sabe lo que es un podcast y porque no creo recordar comentarle si quiera que yo antes tenía un programa de radio que también era podcast… como casi todos los programas de radio hoy en día. Y menos mal.

La cuestión es que “Discos Locos”, mi programa sobre discos que yo considero sublimes pero que en muchos casos creo que han sido subestimados por el Gran Público, había llegado a su lógica conclusión de parar, al menos en su formato como programa de la emisora Radiopolis. La radio estaba pasando por una etapa de cambios, por otra parte muy necesarios, pero que me hacían replantearme cómo hacer algunas de las cosas que yo quería hacer. En particular, me cabreó que el programa que yo tenía más ganas (por razones lógicas) de hacer y que esperaba saliese mejor, acabó siendo muy frustrante. Por supuesto, nadie tiene la culpa de eso más que yo.

Así que nada, lo mismo cuando tenga más claro el contenido de algún Discos Locos (y su duración), volverá a vivir este programa con su deliciosa intro de piano. Qué mal está que yo diga estas cosas, pero ES QUE NO LO DICE NADIE MÁS.


Así pues, desde la intimidad de mi casa, nuevo podcast, esto es, LAS COSAS DE FRAN.

El concepto

Uno de mis podcasters favoritos es el Sr. VCR – aka Victor Castillo -, 50% de uno de los programas más desternillantes que uno se puede echar a los auriculares – Vuelo 180, que acaban de cumplir 100 capitulos -, y creador también de criaturas similares como “Ninjavs. Commandos”, los podcasts de la web de cabecera sobre el Fantastico en la que colabora - “El pajaro Burlón” - y el más reciente “Todo es Rock ‘n’ Roll”.

De hecho “Las cosas de Fran” nace un poco al amparo de este último. Al igual que Victor, me voy dando cuenta de que estoy en el camino inverso al que uno podría esperar de un señor que se encamina a cumplir cierta edad, esto es, cada vez me gustan más cosas y no tengo en absoluto ningún resquicio de que me vaya a poner a pensar “ya no se hacen películas / discos / libros como los de antes”.

Así pues,La Gente de Bart” “las cosas de Fran” nace con la intención de aglutinar todas esas cosas que me molan, así, sin excusas. No obstante, no sé si VCR tiene algún guión escrito cuando hace sus “solos” - podcasts en los que sólo está él hablando y que últimamente giran sobre todo alrededor de las locas novelas de Graham Masterton – pero le tengo mucha envidia a su capacidad de hablar durante casi una hora sin resultar un peñazo. Por eso, y por ahora, “Las cosas de Fran” va a tener el formato de un programa de entrevistas.

¿Y a quién va a entrevistar?” os oigo preguntaros. Pues fácil, a todo el mundo que a mí me parezca interesante – recordad, es mi podcast y me lo follo como quiero -: músicos, escritores, cineastas, Djs, otros podcasters (por aquello de la ENDOGAMIA)… tengo una lista de seres humanos con los que contactar y espero que buena parte de ellos estén disponibles según pase el tiempo, porque ahora viene el verano y se vuelve todo un poco más difícil.

En todo caso, mi intención es mantener el ritmo de un programa al mes, lo cual, teniendo en cuenta la duración que han tenido los dos primeros programas debería de ser más que suficiente para mantener a mis (inexistentes) hordas de fans entretenidos hasta que llegue el siguiente capitulo. Hablemos entonces de con quién he hablado hasta ahora. A ver si así, de paso, aumento el número de escuchas.

Eduardo Fuembuena



Lejosde aquí” es, en principio, una biografía sobre el malogrado actor Jose Luis Manzano (respetamos la acentuación llana que le daban sus conocidos y que también se respeta en el opúsculo) pero también repasa la trayectoria vital del director de cine Eloy de la Iglesia, un hombre que marcaría la vida del joven interprete.

Pero “Lejos de aquí” es mucho más. En un artículo para el blog que nunca terminé sobre el libro (y al que hacemos referencia en el podcast, puesto que le envié una copia al escritor), expliqué que “Lejos de aquí” es un examen de precisión casi quirúrgica sobre nuestro país, desde los años inmediatamente posteriores al franquismo hasta (casi) nuestros días, una obra imprescindible para entender de dónde venimos y para saber lo inevitable de a dónde nos podemos dirigir si no tenemos cuidado. Ya hablé poco del libro aquí.

El autor, visto por Jorge Fuembuena Loscertales


Desde que supe del libro a través de una entrevista que se realizó a Eduardo en el AVT podcast supe que iba a acabar por leerlo, después he seguido las intervenciones de Fuembuena en distintas emisoras y visto (o más bien, oído) que se ofrecía a hablar con quién fuera necesario sobre su libro, decidí coger el toro por los cuernos y ponerme en contacto con él. Después de leer el volumen en sí, claro.

Eduardo fue todo facilidades y me alegra mucho cuando al final del programa el escritor expresa que habíamos tocado temas que no se habían mencionado en entrevistas anteriores (que a fin de cuentas, es lo que busca todo entrevistador). Hace poco me llegó la noticia de que “Lejos de aquí” iba a tener vida dentro de una editorial – hasta ahora sólo había existido como volumen autoeditado en físico y ebook – lo cual me llena de alegría y espero que sea buen motivo para hacer la segunda parte de la entrevista que nos prometemos antes de despedir el podcast.

Victor Olid




En una ocasión, Julián Almazán – de Teenage Thunder – describió a Victor Olid como “una de las personas más libres que conozco”. Razón no le falta, el hombre que se hace llamar Vic Winner cuando hace rap tiene un sentido de humor a prueba de bombas, además de tener una colección de intereses y de conocimiento cinematográfico (sobre todo de cierto tipo de cine) que deja mi posible frikismo en pañales.






Director de cortos, fanzinero, guionista de cómics, podcaster y una de las caras del sello “Vial of delicatessen”, Olid estaba casi como quién dice en campaña promocional de su nuevo libro “Screwballs, 101 comedias sexuales”, así que tampoco hubo que torcerle mucho el brazo para que grabásemos un podcast. De hecho, para el resulta tan natural grabar uno que (espero que no le importe que cuente esto) cuando contacté con él, me dijo “tengo un rato libre ¿grabamos ahora?” a lo cual yo le tuve que responder que era mejor esperar al menos una semana. Creo recordar que el motivo del aplazamiento fue que yo tocaba en una de las noches de La Sala.

Si yo pensaba que con el autor de “Lejos de aquí”, la duración de la entrevista se nos fue un poco de madre, se pueden imaginar lo que pienso de mi charla con Victor. Si no contamos los momentos en los que el ordenador se quedó colgado, creo que estuvimos cerca de 4 horas de palique. Como algunos de esos minutos eran disertaciones varias sobre la prostitución, homosexualismo (como lo llama Victor) y el Estado General de Las Cosas, pues decidí dejarlos fuera. Porque sí, “Las cosas de Fran” es un podcast editado en posproducción, con la intención de que el presentador quede bien y los invitados no tanto.

Es broma.

Es broma” dijo él.


En todo caso, nos lo pasamos (creo) genial y también he quedado con volver a hablar con Victor, seguramente cuando vuelva a tener algo que vender. Demonios, podría hacer un podcast sólo a base de entrevistar por segunda vez a la gente con la que ya he hablado.



Conclusión: Que los escuchéis, coño, que, insisto, va a ser (por ahora) mensual y vais a gozarlo mucho.

martes, 8 de mayo de 2018

MI EXPERIENCIA CON AMAZON PRIME (VIDEO)


- ¡Es la EDAD DE ORO DE LAS SERIES! - dijo con los ojos fuera de sus órbitas y con algo de espuma asomando por la comisura de los labios - ¡Nunca jamás se habían hecho series de tanta calidad, con tanta asión, tan buena afotografía, y tan buenos actores! ¡Que le den por culo al cine, el modelo adecuado es la suscrisión!! -.

Y todo así.

¿Será cierto? Albergo mis dudas, si acaso puede que algunas de las mejores películas de los últimos años estén siendo estrenadas directamente en Netflix y similares. Series con episodios que nos han sorprendido o emocionado llevan mucho tiempo existiendo, no he visto “Los Soprano” o “The wire” de cabo a rabo para atestiguar si son las mejores muestras de ficción de TODOS LOS TIEMPOS, por no hablar de “Fargo” o “True detective”. He visto bastante “Juego de Tronos” y “Daredevil” como para poder atestiguar que son ambas muy buenas, que es comprensible que nadie se atreviera con una adaptación de ese tipo para el cine y que seguramente una serie de televisión sea el vehículo más adecuado para según qué cosas. Aunque sigan abusando de la estructura de ir preparándolo todo en una cuesta arriba de cara al Cliffhanger en el último episodio de cada temporada.



Es la televisión en la que aparece un CGI que no produce vergüenza ajena sigue costando una millonada pero no tanto como para arruinar a una cadena. Y aún así, los primeros episodios que adaptan “Canción de hielo y fuego” tienen un aroma de barato que no pueden con él.

Porque todos los que veis la serie os habéis leído esto... los cojones


No me he suscrito a ninguna plataforma porque estoy bastante seguro de que no le voy a sacar el partido suficiente, si bien, da la impresión de que “sacarle el partido suficiente” parece traducirse en estar delante del televisor todo el día y después ir comentado por Twitter. Puedo estar así un tiempo, como el par de meses que estuve con Netflix y devoré las dos primeras temporadas de “Narcos”, pero también llega un momento en el que la estructura de esperar el próximo clímax se vuelve un poco agotadora.

¿Por qué estoy en Amazon Prime entonces? (Os oigo preguntar). Muy fácil, porque se me olvidó decir que no quería seguir en ella. Con Netflix hice la jugada de apuntarme al mes gratis y después usar uno de los cupones que se venden en Grandes Almacenes. De esa forma puede que perdiera un par de céntimos en la transacción, pero al menos la ex-vendedora de DVDs estaba en la obligación de avisarme cuando me fueran a cortar el grifo.

Después no digáis que soy difícil de regalar


Con Amazon, la estrategia inicial era más o menos la misma: me apunto un mes, veo las cosas en las que tengo cierto interés y me borro. Pero la malvada corporación – música malrrollista de fondo para darle un poco de dramatismo a la entrada -, usó su táctica del mutismo al respecto. Me pilló, para qué negarlo, en una etapa de curro intenso, con lo cual no podía estar delante de la pantalla todo lo que hubiera sido deseable. Dicho de otra forma, no me dio tiempo de ver aquello por lo que me había apuntado a la suscripción, y como me imagino que la pasó a mucha gente, me dije “bueno, total, son 20 pavos al año, me lo puedo permitir”.

No me he apuntado a ninguno de los demás servicios de Amazon, como el de música porque, para empezar, ni siquiera tengo Spotify gratuito (material para otro post), y de nuevo, no creo que le pueda sacar partido a las demás cosas. Aparte, con el contenido audiovisual que tengo a mano ya tengo más que suficiente, el hecho de que los posibles pedidos de la tienda estén a un precio especial o que me lleguen a una velocidad inhumana es ya un plus. No lo es tanto pensar en las condiciones laborales de los repartidores.

Pero bueno, basta de preámbulos, hoy voy a reseñar las cosas – series, documentales, películas – que he podido ver en Amazon Prime porque era una entrada en principio fácil de escribir. Y ya llevo 2 páginas en el procesador de textos, joder.

LONG STRANGE TRIP

Me encantan los documentales sobre música, y festivales como el In-edit demuestran que no estoy sólo en esa obsesión. Si enciman me dicen que alguien ha hecho uno sobre The Grateful Dead – una banda siempre rodeada de un halo de misticismo generado por el ambiente casi de secta que tienen los fans -, que dura cuatro horazas, pues ya tenía yo un buen acicate para querer asomar la cabeza por el Prime.



Una de las cosas que se notan en la mayor parte de las producciones de Amazon es que todo se ha hecho por parte de una empresa que tiene una morterada de pasta que quemar, acumulada por el éxito de su modelo de negocio pero que tiene que invertir en alguna parte antes de que se la coman los impuestos o los injustificables renegociaciones de contratos con algún alto ejecutivo que ha visto el balance de cuentas y piensa “¡Eh! ¡Aquí hay mucho dinero!”



Esto ocurre con otras producciones de Amazon, en las que, da la impresión, de que el lema ha sido “los gastos no son problema”. El director Amir Bar-Lev y su equipo viajan a dónde haga falta para realizar sus entrevistas, se zambullen en los amplios archivos de la banda para hacer los mejores transfers o escaneados de viejas películas o fotografías. Se cuentan muchos detalles sobre la creación de los discos, las desavenencias con la discográfica, y, por supuesto, la locura de Jerry Garcia, transformado en mártir de su propia causa.

Este es seguramente el aspecto más interesante de todo el documental, pero al mismo tiempo el que nos deja menos satisfechos.

The Grateful Dead fue el grupo que prácticamente inventó el concepto de Jam-band, esto es, un repertorio más o menos fijo de canciones que sirve sólo como base para que el grupo improvise y encuentre pequeñas modificaciones que hacer a los temas dependiendo de la dinámica interna de los instrumentistas, sin olvidar meter temas ajenos cuando la ocasión se tercie, o incluso cuando no se tercie. Se supone que nunca hay dos noches iguales, siempre hay detalles que justifican que los deadheads– los fans fatales del grupo – vayan detrás de la banda concierto a concierto, micrófono en mano para grabar cada viaje interestelar que suponen los distintos bolos.



Al final, como cualquier cosa que se transforma en un gigante descontrolado, esto tuvo sus consecuencias. Uno de los momentos de comedia involuntaria del relato es cuando los propios Grateful Dead – transformados a finales de los 80 en atracción para estadios -, piden a la gente que no tiene una entrada para sus conciertos que no se dediquen a rodear los recintos en los que tocan.

¿Qué hacia esa gente? Pues como pasa con cualquier macroconcierto: ir por la fiesta, por socializar, por endrogarse y pegarse con un desconocido que cree que le ha mirado mal. Pero encima sin pagar entrada y quedándose fuera, obligando a las autoridades a duplicar sus esfuerzos.



Este es uno de los dramas que rodea al grupo, pero seguramente el más triste se encona en la figura de su líder, cantante y guitarrista, Jerry Garcia. Enganchado a la heroína y a la música, Jerry se auto impuso un ritmo de trabajo brutal, en parte porque sentía la responsabilidad de pagar a todos los pipas, músicos y equipo que llevaba consigo la gran maquinaria en la que se habían transformado los Grateful Dead. Por supuesto, como bien se puede ver en el documental, ese ritmo de trabajo conseguía pagar las facturas, pero a última hora también acababa machacando a todo el que estuviese cerca, creando un círculo vicioso del que, aparentemente, nadie quería salir.

Dicho de otra forma, si García no paraba, no paraba nadie, si para seguir adelante García tenía que “medicarse”, lo mismo le acaba pasando a la gente que tenía que montar los escenarios, conducir los camiones o levantar los altavoces. Ver a uno de los técnicos hacer el recuento de bajas entre sus colegas es francamente descorazonador.

En todo caso, por muy bien hecho que esté el trabajo de documentación, por muy bien hechas que estén las entrevistas, por muchas horas que se haya dedicado al documental, y aunque la separación episódica funciona muy bien, a uno le queda la sensación de que apenas ha rascado la superficie.



Claro, eso se podría decir de cualquier grupo, y a mí personalmente me encantaría que alguien hiciera algo parecido con Genesis – en vez de esa decepción que supuso “The sum of the parts” -, pero teniendo en cuenta que tampoco soy un fan acerrimo de los Dead, creo que esa sensación es imperdonable.



Quiero decir, el documental “Yesyears” dura un par de horas, pero después de verlo, uno tiene la sensación de haber aprendido de una sola tacada un montón de cosas sobre Yes y de haber escuchado mucha de su música. Con “Long strange trip” la sensación es más de haber visto una suma interesante de trailers sobre una película mucho mejor.



Quizás, o con toda seguridad, el problema reside en que no se trata sólo de The Grateful Dead, las cuatro horas de metraje intentan colocarnos en un contexto social cuando arranca la historia del grupo, intenta que se vean los puntos de vista de todos los involucrados, incluyendo los fans que coleccionan grabaciones de todas sus giras. Es encomiáble, un tratamiento que seguramente le vendría bien a otras bandas con una trayectoria más corta, pero insisto. en este caso parece que hemos rascado sólo la superficie del iceberg. Eso en lo que concierne a saber sobre el grupo, como documental a secas es una gozada.

THE GRAND TOUR 



Top Gear” es un programa sobre coches tanto como “Game Over” es un programa de radio sobre videojuegos, “Qué grande es el cine” era una tertulia sólo de cine o el programa de Ana Rosa Quintana es sólo televisión para marujas.



Dicho de otra forma, “Top Gear” era un programa de entretenimiento que usaba al mundo del motor como plataforma. Su equipo también se podía definir como “los chicos malos” de la BBC, algo que la gran cadena británica parecía encarar con toda la flema posible y una política de “serán unos hijos de puta pero son nuestros hijos de puta”.



El programa se articula(ba) sobre la química entre tres hombres de mediana edad, con dientes que justifican los tópicos sobre las horribles dentaduras inglesas (salvo uno de ellos, que además insiste en blanquearlos), y que mantienen una postura de “los ingleses somos lo peor, pero en el fondo sabemos que somos lo puto mejor”. Y aplican esa postura en todo lo que dicen o hacen.



Pero incluso los pingües beneficios que obtenía la BBC por Top Gear – un programa con un presupuesto nada despreciable, todo sea dicho -, el alto nivel de la realización, el orgullo que obtenían de poseer uno de los programas más descargados ilegalmente de su parrilla no acababan de compensar por las muchas polémicas generadas por sus protagonistas. Ofensas a diversas nacionalidades, rimas racistas delante de la cámara (nunca emitidas pero seguramente algún becario se encargó de que se filtraran) y supuestas coñas a costa del conflicto de Las Malvinas, pavimentaron el camino de salida al trío protagonista.



Finalmente, para cancelar el programa sólo fue necesario que Jeremy Clarkson, “el orangután”, le pegase una hostia a uno de los productores cuando, después de un duro día de rodaje, le sirvieron una cena fría. La actitud de sus compañeros tras el acontecimiento no mejoró mucho la cosa, respondiendo a los redactores y cámaras que se apostaron no pocas horas delante su domicilio en los días siguientes al saberse del despido por parte de la BBC, James May afirmó: “No sabría deciros qué pasó realmente, estaba muy borracho en ese momento”.

Lo que siguió a ese despido fue la clase de polémicas que en los tiempos de las redes sociales se transforman en algo cien mil veces más feo de lo que habrían sido de no existir. Dimes, diretes, indirectas en Twitter, amenazas cuando se sugirió a ¡una mujer! Como parte del equipo sustituto para presentar una nueva versión de Top Gear, rumores sobre ofertas millonarias…



¿Resultado? La BBC se hizo con un personaje no mucho más estable que Clarkson como cara principal de un nuevo Top Gear, el presentador Chris Evans que contaría con Matt LeBlanc (sí, el actor de “Friends” y un loco del motor) como parte de una nueva cohorte de presentadores. Y, obviamente, el trío original, junto con el histórico realizador / co-creador del formato, Andy Wilman ficharon por Amazon. El nuevo Top Gear se hunde en la más absoluta de las miserias de crítica y audiencia mientras que la vieja guardia se llena los bolsillos y puede hacer un programa sin preocuparse (aparentemente) de las viejas polémicas ni limitaciones presupuestarias.

No, no es este Chris Evans



Porque, al menos durante su primera temporada, “El gran tour” fue otra muestra palpable (o al menos se afanaba en serlo) de que Amazon tenía dinero para llevar a cabo todas las locuras que Clarkson y los suyos les propusieran. Para empezar, nada de tener un sólo estudio en el que se desarrollan las presentaciones de los distintos cortos o se hacen las entrevistas de rigor. Para cada episodio, la producción se traslada a un punto del globo para montar una “cabaña” que hará las veces de plató.

Seguramente, a punto de ingresar en un hospital de nuevo


Para la segunda temporada, se pasó a la solución más práctica de situar dicho plató en un punto estática de la campiña inglesa, generando la broma recurrente de lo cerca que se encontraba del domicilio de Clarkson. Mi teoría es que ni siquiera a Amazon le llegó a cuadrar las cuentas de la primera temporada y tuvieron que recortar por algún sitio. Por no olvidar que del trío protagonista, dos de ellos son hombres casados con hijo – Jeremy se estaba divorciando durante su particular via crucis con la BBC – y seguramente no le hacían ascos a tener que viajar un poco menos.

Por lo demás. “The grand tour” es el Top Gear 2.0 que todo el mundo se podía imaginar. Por obvios motivos contractuales, no podían remedar todas y cada una de las secciones del programa anterior, pero casi ninguna de las modificaciones o añadidos nuevos han caído mal al público, salvo quizás la inclusión de “El americano” - el piloto de Formula 1, Mike Skinner – sobre el que recaía la responsabilidad de probar los vehículos en la pista, posteriormente sustituido para la segunda temporada por Abbie Eaton, ahora sí ¡una mujer! ¡Y no se ha muerto nadie!



Por lo demás, todo ha cambiado para seguir igual. El programa sigue apoyándose en la magnética personalidad de Clarkson y su aparente desprecio por sus compañeros. Que no quepa duda, el contraste entre sus personalidades / personajes y su complicidad oculta es lo que mantiene el interés. Sin duda, también ayuda el tener algunos de los vehículos más caros del mundo grabados por un equipo excelente y una edición que deja sin aliento.

Durante la primera temporada, el hecho de que fueran visitando distintos países para grabar las tomas de estudio sirvieron de base para tomarse a coña algunos tópicos de otros países al tiempo que se dejaba entrever un latente chauvinismo en comentarios de pasada. Lo dicho, ingleses ejecutando el auto desprecio al tiempo que prefieren una tarde lluviosa en algún pub que perder el conocimiento en las calles de Magaluf. El término medio deben ser los que votan a favor del Brexit al tiempo que pasan sus años de jubilación en un pueblo de Alicante en el que nadie habla castellano.



Pero no lo puedo evitar, me encanta el programa. Clarkson sigue ejerciendo su papel de señor mayor al que el nuevo mundo le viene grande, inútil para casi cualquier quehacer práctico que no esté relacionado con coches, al tiempo que no pierde nada de su espíritu de vendedor de coches de segunda mano capaz de montar un puesto de helados en el Polo Norte sacándole un beneficio atroz. Hammond sigue con esa actitud juvenil de tipo al que le encanta la cultura estadounidense – pistolas, coches grandes, sombreros tejanos – que no se hace estiramientos de piel pero que insiste en mantener una dentadura perfecta y… que sigue sufriendo accidentes absurdos que amenazan la continuidad de las grabaciones de cuando en cuando.



Y qué decir de James May. En la primera temporada aún mantenía en sus apariciones de plató el pelo largo, combinado con su predilección por las camisas estampadas, su actitud de inglés que viaja por todo el globo pero sigue igual de rancio, y su incapacidad para circular a una velocidad rápida sobre el asfalto, sirve como perfecto complemento. Si ya el sardónico humor de estos tres no fuera suficiente, el hecho de verles poner en marcha sus pequeños cortos con ideas de bomberos jubilados me acaba de ganar.



Reconozco que hay un terrible placer heteropratiarcal en ver cómo una corporación millonaria les da vía libre para poner en marchar cosas tan descabelladas como una partida a “los barquitos / hundir la flota” con vehículos desahuciados. O cómo intentan que Lamborghinis de alta gama (como si los hubiera de otra clase) se demuestran totalmente inútiles para circular en los cascos antiguos de alguna localidad europea, con momentos que dejan a cualquier espectador con carné de conducir sumido en una tensión extrema al calcular el coste de una rayadura en esas carrocerías, ni la primera temporada de The Walking Dead, oigan.



Y claro, también está el placer extremo en vérselas pasar putas durante algunos de sus cortos. Cuando Clarkson y compañía presentaban Top Gear, estaba la sección fija de “famoso en un coche barato” que básicamente era el momento de las entrevistas posterior a hacer que alguna celebridad las pasara canutas intentando dar una vuelta al circuito del programa en un – lo han adivinado – utilitario que nada tenía que ver con los Bentley o BMW que solían protagonizar otros segmentos del programa.

En una de esas ocasiones, el invitado era Guy Ritchie, director de cine en plena promoción de su Sherlock Holmes y habló de su afición por el “Winching”, en otras palabras: coger un vehículo con tracción a las cuatro ruedas para meterlo en el terreno más embarrado, pedregoso, escarpado y difícil hasta que no pueda seguir circulando. Por supuesto, hay competiciones de esto, y flash forward a unos años después – que se dice ahora -, no se les ocurre otra cosa mejor que mandar a James May como copiloto en una de estas competiciones.



Tanto a Top Gear como a The Grand Tour se les acusa siempre de estar “excesivamente guionizados”, una acusación que puede entender venga del espectador medio, pero que me resulta surrealista viniendo de un crítico televisivo con un mínimo de experiencia en la industria. Monegal no lo diría. Pero por mucho guión que tengan estos programas, May estuvo comiendo barro de verdad durante la grabación de su segmento, y eso amigos, eso compensa mucho los 20 euros de mi suscripción.

Por otra parte, el programa tiene aciertos que no se ven en ningún otro lado. Aunque seguramente muchos piensen que la competición entre un coche eléctrico y un tradicional coche de combustible fósil era el centro de uno de los cortos del programa, para mí lo realmente importante era ver una grabación profesional de un bolo íntimo de Roger Daltrey y Wilko Johnson. Aunque fueran sólo unos segundos. Aunque claro, la lié un poco parda en Twitter cuando pedí que se liberaran todas las grabaciones de dicho concierto.



Otro acierto fue que durante la sección “Celebrity F-off” (ah, el fino humor inglés) pudieron juntar en el mismo plató a dos de mis baterías favoritos: Nick Mason (Pink Floyd) y Stewart Copeland (The Police) sin olvidar que durante la primera temporada se dedicaron a matar – de forma ficticia - a todos los supuestos invitados que iban a aparecer en el programa, de una forma progresivamente más sádica e inesperada, aunque la sorpresa era el nivel de algunos de los cameos –no se pueden llamar de otra forma – como el que protagonizó Tim Burton.



¿Es todo vino y rosas? No, el último programa de la primera temporada me resultó un poco asqueroso. La “cabaña” del Grand Tour hizo parada en Dubai, y se dedicaron a hacer la pelota al país. Ninguna broma a costa de las costumbres locales que se saliera de lo políticamente correcto, ninguna meada fuera del tiesto. No sé si por respeto al lujo o por miedo a posibles represalias, pero fue realmente penoso comprobar cómo incluso la valiente flema inglesa se puede desinflar en tan magna compañía.

GABO, LA CREACIÓN DE GARCÍA MÁRQUEZ

Le tengo especial cariño a este documental. Hay quien piensa que es peligroso acercarse a los artistas, que no hay nada peor que acercarse a tus ídolos por miedo a descubrir que detrás de ellos hay un capullo integral. Es comprensible, pero con los años me he ido dando cuenta de que es tremendamente positivo darte cuenta de que toda figura más o menos pública tiene los pies de barro, del mismo modo que no hay nada peor que el endiosamiento irracional.



Como ya he dicho un par de veces en este blog, las biografías de cualquier tipo siempre acaban con la misma conclusión, dando bastante igual si el objeto de estudio es un valeroso soldado de la Segunda Guerra Mundial o un asesino en serie, todas acaban con un “era un cúmulo de contradicciones, en otras palabras, un ser humano”.



Gabriel García Márquez no se escapa de ese cliché para este “Gabo”, dirigido por Justin Webster. Curiosamente, resume mejor la vida y obra del escritor durante su apena hora y media que las casi cuatro de la serie dedicada a The Grateful Dead. Desmonta algunos mitos, deja fuera a personas que se supone importantes, como la pareja de Isabel Preysler, el también ganador de un Nobel, Mario Vargas Llosa – no sabemos si por decisión del interfecto o porque al director no le pareció relevante – pero incluye a Bill Clinton. Uno suele pensar que “el hombre más poderoso del mundo libre” debería justificar cualquier tipo de ausencia, y aunque el presidente saxofonista expresa muy bien las claves que mantienen al lector medio enganchado a la obra del colombiano, resulta difícil quitarse de encima la sensación de “¡Ey! ¡Tenemos a Clinton! Qué importa que falten otros coetáneos”.

Sí, una vez me los encontré en la estación de trenes


En este sentido, hay dos puntos en particular que afectan a nuestra percepción de Gabo como ser perfecto, Pablo Escobar (¡¿Otra vez Pablo Escobar?! Sí, otra vez) y, por supuesto, Cuba.

En realidad, resulta difícil no suponer que la tardanza de García Márquez en denunciar la repugnante guerra del cártel con el gobierno colombiano se debe más al hartazgo que al miedo. Hartazgo con su propio país, harto de las intrigas, de las amenazas, de la mezquindad, como si el mejor legado que dejó el carácter español en los países latinos (sí, por encima del idioma) fuese la envidia venenosa y la crueldad sin límites. Lamentablemente, como se narra en el documental, hubo de suceder un asesinato de un amigo - el periodista Guillermo Cano - del escritor para que éste se decidiera a poner todo bien clarito en un texto aún reivindicable. 



Cuba, por otro lado, lleva muchos años siendo la astilla clavada en el costado de la izquierda. Dicen todos los demócratas que no son de izquierdas – ciertamente, esa frase no es un oxímoron – que Cuba es un país gobernado por una dictadura. Responden los demócratas que son de izquierdas: “no, es un paraíso comunista en el que la gente vive de esa manera por culpa de los bloqueos estadounidenses”.

El español medio – me incluyo – ha conocido a los bastantes cubanos, leído lo suficiente sobre el tema, visto demasiadas noticias y documentales al respecto como para saber que a los cubanos, el tema del comunismo les resulta tan ajeno como la filosofía a los planes educativos de nuestro país. Entienden que la educación y la sanidad son cosas que deben ser universales, por lo que deben ser priorizadas por el gobierno - ¡Cojones! - pero no entienden que eso se deba traducir en una miseria generalizada, en promesas imposibles de cumplir, en un orgullo patrio que esconde muchas ganas de escapar de la situación y que esa alegría por las pequeñas alegrías que importan de verdadque encuentra el forastero de otro país quizás no esconde otra cosa que una taimada resignación sobre cómo son las cosas, cómo siguen siendo y cómo seguirán, se haya muerto Fidel o no.



¿Cómo podía Gabo bromear con Castro mientras éste se dedicaba a humillar a escritores, esconder (por decirlo de alguna forma) a los homosexuales y ningunear a las élites intelectuales que ponían en duda su gestión hasta que uno a uno se fueron sumando a la “mafia” de Miami? En el documental, amigos de García Márquez aseguran que Gabriel era consciente de los crímenes del líder cubano, pero prefería mantenerse cerca del mismo para apaciguar sus ánimos y, en la medida posible, interceder por aquellos disidentes que podrían haber tenido un destino fatal de no ser por sus gestiones. A cambio, parece ser, el escritor expresaba públicamente una admiración sempiterna por Fidel. Qué pena que Oliver Stone sólo se dedicara a hacer de “observador imparcial” para su propio film.

En todo caso, “Gabo, la creación de García Márquez” resulta informativo y emociona. No es una producción propia de Amazon, pero fue una alegría encontrármelo dentro del catálogo.

AMERICAN GODS

Tampoco es estrictamente una producción de Amazon, pero sí que es una exclusiva de la plataforma en nuestro país. Decía Neil Gaiman – el autor en cuya obra original se basa esta serie -, que quizás gracias a este nuevo mundo de las series basadas en servicios de streaming, iba a ser más fácil adaptar algunos trabajos de gran riesgo, imposibles de llevar a la televisión convencional o al cine. Lo dice un escritor que estaba acostumbrado a que algún realizador se leyera “American Gods” mientras esperaba en una terminal de aeropuerto, lo flipara y llegara a ponerse en contacto con el autor para preguntarle “¿Cual crees que sería la mejor forma de adaptar el libro?” Y eso se lo dicen al señor que ha tenido que sufrir el “Infierno del desarrollo” con su “Sandman”.



En cierta forma, no le falta razón al pensar que las plataformas de streaming son el lugar adecuado para según qué contenidos, insisto, ahí está “Juego de tronos”, y también está ahí la futura “Buenos Presagios”, basada en el libro escrito a medias entre Gaiman y El Maestro Terry Pratchett, en la que el propio Neil ejerce de showrunner, esto es, del tipo que realmente maneja el cotarro de una serie.





Pero ni siquiera esta nueva Era Dorada de las Series se salva de problemas, una vez estrenada la primera temporada de American Gods, los dos showrunners que han parido semejante cosa anuncian su marcha, dejando la continuidad en el aire. 

Pero basta de dramas “detrás de las cámaras” ¿De qué va American Gods? 

Pues si quieren un resumen de la trama que no les destripe algo importante, acudan a los primeros párrafos de su entrada en Wikipedia, porque a partir de aquí. SPOILERS.



Shadow Moon – ya saben, su madre era hippie - es un ladrón de poca monta que sale de la cárcel apenas unos días antes de cumplir su condena porque su mujer ha muerto en un accidente de coche. En el viaje de vuelta para acudir al funeral conoce a un tipo un tanto excéntrico – cómo mola Ian McShane – que no parará de meterlo en líos. En el sepelio descubre que su esposa murió poniéndole los cuernos de una manera muy poco decorosa y a partir de aquí, hilarity ensues. 

O más bien no. A partir de aquí, sangre, sexo para todos los públicos (o más bien para casi todos los colectivos) y una galería de personajes que parecen estar siempre andando sobre la fina línea que separa la excentricidad de la más pura fantasía. 

Y es que esa es la clave de “American Gods”, aunque uno sabe perfectamente que lo que está viendo es imposible, los momentos en los que la magia, lo inexplicable, entra en escena lo hace de un modo tan limpio, tan lleno de referencias a la cultura pop, que no resulta nada difícil someterse a la consabida “suspensión de la incredulidad”.



Ahora bien, si uno es fan de Terry Pratchett y ha leído “Dioses Menores”, no tardará en sonarle la idea que va vertebrando toda la historia. “American Gods” trata, básicamente, del choque entre los viejos dioses – con mirar en Google uno de los nombres con los que se refieren al personaje de McShane ya se puede adivinar por dónde van los tiros -, aquellos que eran adorados con sacrificios bajo la luz de la luna y nos nuevos dioses, aquellos a los que nos dirigimos con la misma fe ciega: la tecnología, la televisión, las redes sociales…

La estructura de los primeros doce episodios de la serie funciona como un mecanismo de relojería cuya perfección sólo se puede comparar a “Watchmen”. Todo se hace para encaje en este mundo que es un poco el nuestro pero no del todo, la narración es auto consciente: buena parte de los episodios empiezan con una recapitulación de hechos cuya cronología antecede a la trama principal, pero hasta uno de los personajes se burla de este recurso cerca del final de la primera temporada.



Dicho de otra forma, “American Gods” subvierte al tiempo que abraza sin problemas la estructura de las series de televisión moderna, aquellas en las que se advierte que al espectador medio ya no le vale la eterna lucha de buenos y malos, porque todo el mundo es un héroe en su casa y villano en la ajena, o al revés. Hacerlo bajo el manto de la religión le da un giro más, y por supuesto, hay que hablar del tour de force que ejecuta Gillian Anderson, a la que le toca interpretar a la Lucille Ball de “Te quiero Lucy”, al Bowie de “Life on Mars” o a la Marilyn Monroe de “La tentación vive arriba”. Todas ellas interpretaciones un poco forzadas, aunque justificadas porque su personaje es Media, la diosa de los medios de comunicación masivos. Pero nada que envidiar a la entrada de un Crispin Glover cual Michael Jackson en el videoclip de “Billie Jean”, que consigue, al mismo tiempo, la contención más absoluta y dar la impresión de estar pasadísimo de vueltas.



La serie está repleta de momentos impagables, aunque un par de favoritos personales es la inesperada línea argumental en la que la mujer de Shadow vuelve a la vida en modo Zombie – y no se le ocurre nada mejor que presentarse en casa de la viuda del hombre con el que se acostaba -, o la fiesta de Pascua / Resurreción en la que una serie de Jesucristos desfilan en variables estados de iluminación… y de confusión. 



No nos engañemos, todo lleva a un clímax final, cliffhanger típico de todas las series en el que se nos deja con un montón de interrogantes abiertas, una lástima, ahora que sabemos que Anderson no va a seguir para la segunda temporada (confirmada, pero a ver cómo sale) ya sólo nos queda cruzar los dedos para que la cosa mantenga, al menos, este nivel de calidad. Eso o me tendré que leer el (los) libro(s), lo cual no me parece tampoco mal plan, aunque el propio Gaiman ha avisado en algunas entrevistas que han tenido que introducir bastantes cambios en la serie porque algunos aspectos que estaban de rabiosa actualidad en 2001 – año en que se editó originalmente la obra – ahora están totalmente desfasados.

La única lástima de “American Gods” es que los únicos “extras” que uno se puede encontrar en Amazon Prime es el trailer de la serie. ¿Ha dicho usted “pena”? ¡No pasa nada! ¡Tenemos a la venta un pack de Blu-Rays con casi dos horas de extras! ¡¡¡Qué bien!!! ¡Podré pasar por caja dos veces!

Y así es cómo el streaming “mató” a los formatos físicos, me cago en…

En todo caso, la serie está genial, véanla. Cojones ya.

THE TICK



Mencionaba antes a “Watchmen” y aquí nos encontramos con una serie encantada de pervertir el género de los superhéroes. No es una comparación casual, ya que a uno de los personajes clave de las dos primeras temporadas lo interpreta Jackie Earle Haley, esto es, Rosarch himself!

De nuevo, SPOILERS.

En un mundo paralelo – esto siempre me hace gracia, un día de estos vamos a tener que explicar que Gotham no existe -, el apocado contable Arthur Everest vive bajo la sombra del trauma que le provocó ver a su padre morir accidentalmente en una batalla entre superhéroes y el supervillano “The Terror”. El trauma se ha traducido en un tick facial, en un trastorno obsesivo compulsivo y aparentes crisis de ansiedad. Pero esto no es lo peor, vive obsesionado con que The Terror no murió realmente en una batalla con el trasunto de Superman, Superian (en los subtítulos lo traducen como “Superguay”, no tengo muy clara la correspondencia) sino que fue una cortina de humo para volver a atacar cuando menos se lo esperase la gente.



En esto que entra en escena La Garrapata. Y por cosas como esta a veces pienso que Marvel España tomó la decisión correcta al no traducir el apellido de Doctor Strange.

The tick” (nótese el doble sentido del nombre del personaje) aparece como un señor musculoso cuyo uniforme azul le da la impresión de tener aún más músculos, habla todo el rato como el He-man de la serie de Filmation y… Everest empieza la serie creyendo que se le ha ido totalmente la pinza, creyendo que La Garrapata no es más que una alucinación creada por su delirante cabeza. Algo que también pensamos nosotros mismos durante los primeros envites, yo mismo pensé en una explicación tipo “El club de la lucha”.

Pero poco a poco vamos descubriendo que, efectivamente, The Tick existe, junto con toda una serie de personajes absurdos que van empujando una trama que se va volviendo aún más loca con cada episodio. 



Pero si a uno le gustan estos juegos metalingüisticos, referenciales y todo lo demás, “The Tick” es una serie con auténticos golpes maestros. Tanto es así, que no sé si es para todos los públicos, pasa con ella un poco lo mismo que con “Cinebasura, la película”, si “sabes a lo que vienes”, estupendo, pero no creo que mi madre – o la mayor parte de la población que pasa de los 65 – se la viese de programarla un sábado a las tres de la tarde.

En todo caso, parece ser que a la mayoría de la gente que la ha visto, le ha gustado, lo cual asegura ALGO de continuidad. Aunque con el arco argumental de las dos primeras temporadas ya se queda una cosa bastante redonda, se plantan las semillas para un desarrollo la mar de interesante.

Lo mejor de “The Tick” es que nunca sabes qué va a ocurrir, qué giro inesperado va a dar el mismo tono de la serie ni tienes nunca muy claro si los personajes van a actuar del modo que aconsejan los tópicos.



Por ejemplo, “Pelusa” - interpretada por la genial portorriqueña Yara Martinez a la cual el acento traiciona en un par de ocasiones -, empieza la serie como una especie de “Baronesa Cobra”… 20 años después del final de G.I. Joe. Tras la supuesta muerte de The Terror – al carajo, ya os digo que sigue vivo -, tuvo una relación con uno de sus enemigos, Overkill, y después se casó con el informático de la organización criminal en la que trabajaba, sólo para divorciarse de él posteriormente, pero aún así seguir compartiendo piso. 



Sin olvidar que Overkill tiene como base de operaciones un barco con una inteligencia artificial – Dangerboat, tiene hasta su propio tema musical que espero lo pete en las discotecas – que se acaba enamorando del pobre Everest… y así todo.



El cómic original “The tick” nació como una parodia desmedida del género superheróico, algo que la serie mantiene a la perfección, ahora bien, uno tiene que prepararse para la montaña rusa de tonos que practica: hay momentos para la ñoñería, pero por lo general uno tendrá serios problemas para ponerse del lado de un personaje en particular. Aún así, es bastante más ligera que otras ficciones y con capítulos que no llegan a la media hora, una maratón de la serie no desemboca en un perder un par de días.



Ahora bien, también he notado un poco de ese síndrome que nombraba con The Grand Tour: veo mucho despliegue inicial pero según avanza la serie, los efectos especiales se ven un poco más cutres, como si todo el tiempo de planificación y cuidado de la primera temporada fuese sustituido por las prisas de tener una segunda preparada lo ante posible.

COWBOYS AND ALIENS

Pasamos al cine que se puede ver en Prime. Una de las mejores cosas del streaming es que, ya que te pilla sentado delante del ordenador, qué tal si te enchufas esa peli que no pudiste ver en el cine que nunca te animas a descargar, a comprar en DVD / Blu-Ray ni siquiera en un Cex por 5 euros porque no sabes si te va a gustar y encima ahora somos tan flojos que hasta nos da pereza ir a la estantería a coger el disco, por no olvidar el coraje que da tener cosas que ocupen espacio físico.



Estrenada en 2011, dirigida por Jon Fraveau – que después del éxito de las dos primeras de “Iron Man” parecía querer reconvertirse en fiable director de Blockbusters , “Cowboys and aliens” se pegó una interesante hostia en taquilla, algo que siempre me extrañó. Desde luego, a mí ya el título hacía que me apeteciese mucho – Western chusco y alienígenas ¿Dónde hay que firmar? , sin olvidar que del trío protagonista, dos de los actores no podían estar más on fire. A saber, Daniel Craig, el mejor James Bond (hasta que la “Spectre” de Sam Mendes en 2015 nos demostró que siempre se puede hundir una buena idea a niveles de Brosnan) y Olivia Wilde, que había empezado a encadenar fracasos en taquilla después que la serie “House” la encumbrara como sex-symbol catódico (¿Catódico Fran? ¡Pero si ahora todo son pantallas planas!)





Por el film también anda Harrison Ford, al que siempre mola ver en su rol de “hago una peli al año y ni por esas echo toda la carne en el asador”, aunque en 2011 no estuviera precisamente en la cresta de la ola, da gusto ver que no ha perdido ni un ápice de magnetismo. Ahora bien ¿De qué va “Cowboy and aliens”? Pues de vaqueros y extraterrestres, que parecéis tontos, joder.

A decir verdad, la premisa es una de esas que parece pertenecer al mismo panteón - ¿o es Olimpo? - de ideas que nos dieron “Robocop”. Recordemos, Paul Verhoeven tiró el guión de uno de sus mejores films porque el titulo le parecía una gilipollez muy gorda: “¿¿¿¡¡”Robopoli”, qué mierda es esta???!!! Del mismo modo, unir en un mismo relato el viejo oeste con una invasión alienígena - ¡Ops! SPOILERS, supongo -, parece lo típico que sólo se le puede ocurrir a un ejecutivo de Hollywood hasta arriba de farlopa en compañía de dos prostitutas antes de que lo vaya a asesinar Kurtwood Smith.



Quizás el mismo repelús le causara a buena parte de la población mundial, quizás el hecho de que Damon Lindelof echara para atrás a otros cuantos, quizás es que la película sea sencillamente muy mala. Pero no para mí, cierto es que en algunos momentos es muy genérica, que la historia pasa a ser un poco demasiado típica, pero también es posible que nos hayamos malacostumbrado a las franquicias… o yo que sé. Más allá de que hay una escena de “desnudo pero sin enseñar nada” de Wilde que es complicadade justificar, y que hay algunas tramas que se dejan sin resolver (como la del acusica del pueblo que se va en su caballo y del que no volvemos a saber nada), no tiene ningún espectacular agujero de guión por el que cabría un tren.

Puede que, a diferencia de “Robocop” - que, a última hora tiene más de sátira social que de peli de acción -, “Cowboys and aliens” no tuviera más que ofrecer que lo que ya sugiere el título y ante tal perspectiva, el espectador medio – y toda su familia – dijese “pffff, paso”. Es una pena porque es un film de Alto Presupuesto perfectamente disfrutable. La recomiendo.

DANTE’S INFERNO: AN ANIMATED EPIC



En los días en que yo escribía en el blog de Game Over - ¡Dios mío! ¡Si hasta tengo una entrada en su wiki! - me encontraba algo obsesionado por el juego que lanzaría Electronic Arts. Siguiendo una vieja tradición del mundo videojueguil de lanzar títulos flipados para gente muy flipada que quiera fliparse aún más – con uno de los ejemplos más tempranos siendo el “Altered Beast” de Sega -, “Dante’s Inferno” usaba comobase “La Divina Comedia” de Dante Aligieri, o al menos la primera parte del poema. Cabe preguntarse si, de haber resultado un éxito de ventas, después habrían llegado “Dante’s Purgatory” y “Dante’s Paradise”.



En todo caso, bastante confianza debía tener la casa editora en el éxito del título como para encargar una película animada basándose en el juego. Llegados a este punto, quizás sería adecuado decir de qué va exactamente: Dante, - sutileza - al igual que Orlando Bloom en “El reino de los cielos” es un cruzado que marcha para reclamar Tierra Santa. Creyéndose libre de todo pecado por la absolución que le conceden los sacerdotes que sirven a la causa, se dedica a cometer todo tipo de actos inmorales en el campo de batalla. Esto condena a su prometida al Infierno, ya que en un acto de amor previo se habían entregado las almas, que ya hay que ser gilipollas. A la chica sólo le habría faltado tener un novio futbolista o torero para así complicarle un poco menos el trabajo al Memonio.



Total, Dante regresa de las cruzadas, alguien se ha cargado a su familia, a los sirvientes y a su prometida, la cual encima aparece con una teta al descubierto porque… ¿erotismo? Su alma se separa de su cuerpo, es secuestrada por las fuerzas del averno y el cruzado se marcha tras de ella para poder liberarla.

Cada fase del juego se corresponde con los niveles del Infierno, los cuales a su vez se corresponden con los pecados capitales y los distintos capítulos en los que se divide la película. En lugar de un Morgan Freeman que nos dé la tabarra tenemos a Virgilio para que nos explique lo que va sucediendo. Como si hiciera falta.



Se suele temer a los videojuegos basados en films de reciente estreno porque por lo general son obras hechas deprisa y corriendo, por lo general basándose en la mecánica del algún título de reciente éxito o, peor aún, usando un engine al que después se le han cambiado cuatro cosas. Afortunadamente, la renuncia del equipo de Rocksteady a hacer una mierda basándose en la segunda película de la “Trilogía de Nolan” nos ha regalado cosas tan inmersivas como la serie Arkham.



En todo caso, qué se puede decir de una película animada que sirve como parte de la promoción de un juego. Pues… no mucho más, no es que esté mal realizada, cada capitulo fue encargado a un equipo distinto de animación, lo cual explica los bruscos cambios de estilo de un episodio al siguiente. La excusa oficial era para “darle un toque individual a cada tramo de la historia”, aunque sospecho que el poder tener el trabajo terminado a tiempo también influye.

Muchos críticos se quejan de que las mecánicas narrativas de muchas películas de acción se corresponden demasiado con las de un videojuego. Bien, en este caso no hay problema, la historia parece sacada de un videojuego porque ES un videojuego. Ahora bien, como todo el mundo debería saber, “Dante’s Inferno” pertenece a ese tipo de “survival horror” en los que no se escatima con la casquería. Ah, el placer de los pareados.



El film sigue esa misma línea, hay mucho monstruo deforme, muchas referencias sexuales chungas, momentos de flashback que te dejan con el culo un poco torcido – sobre todo la historia de maltrato entre los padres de Dante, por cierto, el progenitor del cruzado es uno de los Final Bosses -, y malrollismo generalizado. Como película, funciona a duras penas, aunque para cuando termina uno se queda con la sensación de haber pasado un rato entretenido. Supongo que tiene que ver con que en su día sólo jugué a una demo descargada del PS Store, con lo cual aún había cosas que podrían sorprenderme. Aunque también es cierto que antes me había leído el “Inferno” de Larry Niven y Jerry Pournelle, total, que tampoco puedo decir que aquello me escandalizase sobremanera. En el fondo, me alegré de no habermedescargadocomprado el DVD en su día.

EL FUNDADOR



No, no es una película sobre ron. Dirigida por John Lee Hancock y estrenada en 2016, “The founder” cuenta con Michael Keaton en el papel de Ray Croc, un triste comercial de batidoras que un día conoce a los hermanos McDonald , sí, los de las hamburguesas. Croc encontrará formas de expandir el negocio de los hermanos, pero su ambición irá consumiendo sus relaciones, hasta el punto de comprar el apellido de la familia con no pocas malas artes, transformándolo en el proceso en el sinónimo de imperio empresarial que conocemos ahora.

En cierta forma, se podría decir que “El fundador” es una especie de versión amable de “El lobo de Wall Street”, (“The wolf of Wall Street, Martin Scorsese, 2013), en tanto que no es una película con un MENSAJE moralista ni nada por el estilo, más allá del que uno pueda deducir por su cuenta. 



Empero, Ray Croc no pasa de ser un tipo al que la vida no ha sonreído mucho a pesar de que tiene una bonita casa y una mujer que le adora, por mucho que el único divertimento que comparte con su esposo sea cenar en el club social del vecindario. Por cierto, que a la mujer de Croc, Ethel, la interpreta una ENORME Laura Dern, aunque conviene aclarar que tanto ella como Keaton dan una lección sobre cómo actuar en el cine. Hay un momento, en el que Ethel mira a su marido cuando éste intenta vender la idea de los McDonald a sus compañeros de mesa para que apoquinen algo de pasta en su inversión, esa mínima mirada de complicidad es simplemente desarmante. Aquellos que hayan conocido parejas que son auténticos equipos, sabrán del tipo de mirada que hablo.

Aunque me gusta mucho “El fundador”, debo decir que tiene una realización un tanto telefílmica, tanto es así que hay un momento de cámara lenta durante una escena en la que Keaton / Croc reflexiona sobre su futuro en el que se nota muchísimo el formato digital. Ya sé que parezco una putita de Tarantino al escribir semejante cosa, pero es también una muestra de cómo ha cambiado el cine en estos últimos años sin que apenas reparemos.



La verdad es que “El fundador” consigue esa extraña proeza de ser un film con aspiraciones clásicas, hecho con un presupuesto ajustado, que consigue funcionar a casi todos los niveles. Insisto, hay gente a la que quizás les moleste que, en cierta forma, “el mal triunfe” pero en el fondo es una historia verdadera. La fascinación que nos produce Croc sólo es comparable con la antipatía con la que reaccionamos ante cada engaño, cada triquiñuela, cada paso que da hacia la infidelidad. No me equivoco mucho al asegurar que casi toda la culpa la tiene el propio Keaton, aunque el pobre no parece poder evitar esa sonrisa psicópata que pone en algunos momentos que te hiela la sangre, incluso se supone que hace tipo genuinamente simpático.

En otro orden de cosas, “El fundador” se sitúa en las antípodas de “Super size me”, (Morgan Spurlock, 2004), ya que no intenta demonizar a McDonald’s ni siquiera cuando es absorbida por las malas artes de Croc. Nunca se pone en cuestión si la idea de los hermanos era transformar los EEUU en una nación de gordos diabéticos con la tensión arterial por las nubes, ellos sólo querían tener éxito vendiendo de forma efectiva hamburguesas y patatas que la gente pudiera consumir en un banco del parque. Los espantosos valores familiares del supuesto “American way of life” surgieron de forma natural en un principio porque ese era su público objetivo, en ningún momento parece que haya un diabólico plan de dominación mundial. En definitiva, otra de esas películas que hay que ver aprovechando la suscripción.



CONCLUYENDO…



Pues que Amazon Prime Video está muy bien, aunque el fondo de catálogo tiene poco que ver con el de Netflix, que las producciones propias que he visto aún no pueden competir mucho con algunas monstruosidades de HBO, y que a veces el bit rate del streaming es un poco decepcionante – ay, los pixelacos con los que he tenido que ver los primeros minutos de algunos programas del Grand Tour – pero también es verdad que es de lejos el más barato. Si no tenéis otra cosa, os lo recomiendo mucho, ya sólo le falta tener vídeos de conciertos para ser redondo.