miércoles, 7 de noviembre de 2018

CULTURA BARATA: YO, JIMMY. MI VIDA ENTRE LOS FRANCO de Jimmy Giménez-Arnau.

¿Dónde puse la absenta esta vez?



Precio: 1 euro
Lugar de compra: Reto a la esperanza.

Advertencia: Por si son ustedes alérgicos a las lecturas largas,les resumo este artículo del blog tal que así: “Yo iba para escritor de prestigio, pero me casé con una Franco y me tuve que conformar con ser personaje de la prensa rosa al tiempo que me gano la vida criticando a otros personajes de la prensa rosa”. O algo así. Ahora el mamotreto.

Perder la fe en la humanidad

Mi padre alquila un piso. Una consecuencia lógica para alguien que anteriormente había regentado un hostal, de éste mismo aprendió que gastarse el dinero en muebles que la gente no considera suyos es una inversión con poco futuro. Algún día explicaré el motivo por el cual llegó a atornillar los cajones de las mesitas de noche del hostal. Sí, es tan horrendo como larga sea vuestra imaginación.

A pesar de todo, cada vez que vamos – mi padre no tiene carné de conducir, así que ejerzo de paciente, o no tan paciente, chófer - a Reto a la Esperanza para renovar el mobiliario, me da la sensación de que pocas cosas dicen más alto que has perdido tu fe en la humanidad que ir a comprar muebles a Reto a la Esperanza.

No es que yo le tenga especial tirria a la gente de Reto a la Esperanza – RETO a partir de ahora-, a fin de cuentas hacen una labor importante, dando trabajo a gente que se está recuperando de sus adicciones. Podría polemizar con que todo se hace en nombre de la Iglesia y que algunos de sus trabajadores, a poco te despistes, empiezan a hablarte de las lecciones aprendidas con la Biblia. Incluso me parece un poco siniestro un cartel, con una historia escrita en primera persona de alguien que se identifica como “la droga” - representada como una cadavérica parca – y que identifica a Jesús como el único enemigo capaz de derrotarla, subestimando a los psicólogos, amigos, familia… Hombre, si la Iglesia es el organismo que se echa a las espaldas la labor de recuperar a estas personas, pues no puedo polemizar mucho, pero se me hace todo muy raro.

Lo que llega a los almacenes de RETO proviene de donaciones, de muebles y objetos que se han recogido de pisos abandonados o de algún intercambio en plan “pues ya que me traen un colchón nuevose pueden llevar el catre del antiguo” (el colchón viejo se sobreentiende que se evapora). En las esquinas más recónditas de sus instalaciones uno se puede encontrar con maquinas de escribir, pianos que necesitan una importante restauración ¡Incluso una calculadora que habla!




También hay videojuegos papa PC que requieren de fundamentados conocimientos de informática para hacer que funcionen en máquinas actuales y, por supuesto, libros.

Ya he comprado a precios irrisorios (1 euro) algunas obras que el tiempo olvidó. Entre ellos, un extenso ensayo sobre el caso de O.J. Simpson – necesario para entender la importancia e implicaciones de un asunto tan retorcido que en nuestro país nunca tuvo, lógicamente, la misma resonancia que en EEUU -, y otro de Jeremy Paxman sobre el carácter inglés. Porque uno elige cómo derretirse el cerebro. Estoy bastante seguro de que el famoso “Libro de Umbral” debe de andar por alguna de esas estanterías, escondido detrás de una biografía apócrifa de la Preysler y saliendo mucho más barato que Amazon.




En la última visita - después de darme cuenta de que el interesante sofá blanco que parecía impoluto en realidad lucía una mancha amarillenta algo descolorida que no se acababa de desvanecer a pesar de los obvios intentos – me topé con el libro que hoy nos ocupa. No me lo pensé. Ya en cierta ocasión perdí la oportunidad de comprar un CD con todos los juegos de Larry por considerar “bueno, para la próxima vez que venga me lo llevo”. Corrijo: Recomprar el CD con los juegos de Larry, porque yo ya lo tenía… hasta que se lo presté a la futura ex-novia de un amigo. Consejo de Fran que no cuesta dinero pero que vale mucho: no le prestéis cosas a las novias de vuestros amigos.

Pero antes de ponernos con el libro…

¿Quién es Jimmy Giménez-Arnau?

En mi universo particular, supe de Jimmy Giménez-Arnau por una polémica que saltó de la radio a todos los demás medios. Una buena mañana, la vedette y actriz Norma Duval se plantó en los estudios donde Luis del Olmo presentaba su “Protagonistas” para una entrevista – según la Wikipedia, Duval fue expresamente a enfrentarse con Giménez-Arnau, no lo recuerdo así - y no tardó en lanzarle un zapato al bueno de Jimmy (Joaquín José Victor Bernardo Giménez-Arnau, de nuevo, según la Wikipedia).

¿A qué venía esta estulticia? (“Estulticia”, palabra que aprendí escuchando las cintas de “Masters del Universo”, va por vosotros, Cueva del Terror) Pues a que, por lo visto, nuestro Jimmy se había dedicado en repetidas ocasiones a arrastrar a la vedette por el fango con sus “finas” referencias sobre cómo había llegado a su alta posición dentro del mundo de la farándula. Vamos, que la acusaba de ser algo que rima con gruta y con ruta.

Después de eso, recuerdo verle en un programa de “La máquina de la verdad” - ah, polígrafo, cuántas risas involuntarias nos has proporcionado, tú que ibas para aparato serio -, aunque mi memoria no recuerda del todo si acudió para hablar de su vida o de sus “Malas compañías. Hipótesis íntimas sobre la muerte de los Marqueses de Urquijo.” Lo digo porque también recuerdo (vagamente) que sobre esa época la hija de los Marqueses acudió al “Un día es un día” de Ángel Casas para hablar sobre, precisamente, “un programa en el que una máquina contaba unas historias”. 

Lo que recuerdo mejor es que el “reconocido” experto en el polígrafro (estadounidense, o por lo menos lo aparentaba) le concedió a Jimmy que era capaz de poner “una buena cara de poker”, y que cuando llegó el momento de responder a las preguntas de Juliánno me responda ahora, hágalo después de la publicidadLago, Arnau se puso unas gafas con lucecitas que bien podrían ser las del frontal de “El coche fantástico” o como la máquina para detectar actividades paranormales de “Cazafantasmas”, les dejo elegir para que se lo imaginen.

Interludio:Si quieren saber algo más de la extraña trayectoria de Julián Lago antes de “La maquina de la verdad” les recomiendo encarecidamente los cómics auto biográficos de Ramón Boldú. Fin del interludio.

Desde entonces, no podía evitar troncharme de risa cada vez que Arnau se dejaba ver en algún tipo de debate en las novedosas teles privadas: sardónico, incapaz de reírse de algo que dijera otra persona y con una permanente cara de niño travieso. Casi tan divertido me parecía como Carlos Ferrando, a quién yo empecé a escuchar como colaborador de la parrilla nocturna de Onda Cero y que siempre tenía un poco de ácido que echar encima de los personajes protagonistas del papel cuché.

Porque sí, a pesar de su patina de superioridad intelectual, a nuestro Jimmy lo llamaban sobre todo para hablar del mundo del corazón, especialmente de los entresijos de la familia Franco. Claro, yo no lo entendía hasta que me explicaron que el periodista había pasado por el altar con una de las nietas del dictador. Una nieta a la que siempre se refería comoMerry.

Merry es en realidad Maria del Mar Martínez-Bordiú y Franco, que de no haberse casado con el personaje que nos ocupa – en un día tan fresquito como el 3 de agosto de 1977 - habría pasado como uno de los miembros más discretos de la saga familiar. En realidad, el matrimonio fue breve, durando poco más que cuatro años, si bien de esta unión nace una hija, Leticia, en 1979. ¿Por qué “Merry”? Bueno, Jimmy tenía alguna justificación porque Giménez-Arnau había firmado sus colaboraciones en Hermano Lobo (revista de humor imprescindible para entender las piruetas que tenían que dar los autores de la época por la censura y que tuvo que echar el cierre antes de que terminara La Transición), como Jimmy Corso. Lo de Merry bien podría justificarse como parte de la extraña economía en el lenguaje de los 60 o de la manía que instaló en España de cambiar los nombres a su equivalente en inglés – recuerden, Mike Rivers – o, quizás simplemente, María del Mar era muy alegre.




A pesar del disfrute infantil que me producía escuchar a Jimmy (o a Carlos Ferrando) mientras despellejaban a algún personaje público, con el tiempo me he dado cuenta de que esta forma de proceder insinúan una personalidad un poquito execrable. Con el tiempo, ambos han sufrido alguna “caída en desgracia” televisiva, pero como ocurre con las cosas que pasaron antes de que “ardieran las redes”, todo ha sido perdonado y olvidado. O algo así.

Pero eso ocurrirá muchos años después de que se lanzara “Yo, Jimmy. Mi vida con los Franco”. Cuya primera edición, por cierto, data de Mayo de 1981.

Espejo de España

La colección Espejo de España bajo el signo de la editorial Planeta, pretende aportar su colaboración, no por modesta menos decidida, al cumplimiento de una tarea que, pese a contar con tantos precedentes ilustres, día tras día se evidencia como más urgente y necesaria: el esclarecimiento de las complejas realidades peninsulares de toda índole – humanas, históricas, políticas, sociológicas, económicas… - que nos conforman individual y colectivamente, y, con preferencia, de aquellas de ayer que gravitan sobre hoy condicionando el mañana”. 

(Del prólogo de la colección, por Rafael Borrás Trebiu”).

Se pueden imaginar que con este high concept de salida, los libros que conforman la colección no van a ser para echarse unas risas durante la lectura. Con todo, un vistazo al índice de títulos que viene al final de “Yo, Jimmy”, provoca una cierta vicisitud: “El día que mataron a Carrero Blanco” (nada de chistes, por favor), “Yo fui ministro de Negrín” o “Mola, aquel hombre”. (¡Glups! Supongo que mi título alternativo, “Mola no molaba nada” se quedará para siempre en los archivos de Planeta).

El volumen que nos ocupa era el último de la colección en su momento, se edita después de otro dedicado a la relación entre Lorca y Dalí – o eso se entiende por el título “Lorca-Dalí” de Antonio Rodrigo -, por lo que sospecho que después de tanta biografía de Hombres Fuertes de El Movimiento, a la buena gente de Planeta se les ocurrió un “lo mejor para el final”. Que en mi cabeza se traduce a un “sus vais a cagar”. Porque en sus poco más de 240 páginas y después de 6 ediciones, Giménez-Arnau se dedica a poner en relieve (cuando no directamente dinamitar) los débiles cimientos de la que se creía la Gran Familia Heredera de España.

En realidad, el libro es una suerte de auto biografía pero que se concentra sobre todo en el periodo de cortejo, matrimonio y separación final de Merry. Justo lo que el médico le había recetado a un público que había enterrado al Generalísimo apenas unos años antes: una crónica de las miserias de la gente que había mandado en nuestro país gracias a la mano dura de su patriarca. A todo esto, tanto el de “Caudillo” como “Generalísimo” fueron cargos auto impuestos por el propio Francisco Franco, que sé que os gusta pensar que si uno lo llama así es como decirle “guapo”.

Para empezar “Yo, Jimmy” contiene muchas estampitas, puede que el bueno de Rafael Borrás tuviera claro aquello de esclarecer la realidad española pero parece que también tenía claro que el español medio lee más bien poco. Al poco de pasar las páginas de cortesía y un par de disclaimers del propio autor nos encontramos con dos páginas a todo blanco y negro (como el resto del libro) en la que podemos ver las portadas de varios opúsculos dedicados a Franco y su familia, incluyendo uno “escrito” por la mismísima Pilar Franco, hermana de El General (como lo llama Arnau) y a la que, se nos explica en el volumen, la familia no tenía en especial estima. Los pies de fotos de las estampitas están extraídos del propio cuerpo del texto principal. Lo dicho, perfectamente maquetado para que tu padre o tu abuelo pudiera decir que lo había leído sin tener que dedicarle más de 10 minutos. Y para que una extraña sensación de redundancia se apodere del lector más exhaustivo.




No obstante, hay que reconocerle a Jimmy que escribe bien, con un pulso narrativo que consigue que nos interesemos incluso por temas que poco o nada tienen que ver con la morbosa trama principal. Puede que esto también tenga que ver con la tendencia de Giménez-Arnau a presentarse como un cruce entre Indiana Jones y Tarzán, un mal bastante común entre los periodistas cuando les toca contar hablar de sí mismos. Nuestra historia arranca en Taipei – qué gracioso es que el autor recuerde que la capital taiwanesa se llegó a llamar “Formosa”, pensaba que sólo mi profesor de historia aún tenía ese hecho grabado a fuego en la memoria -, con nuestro intrépido protagonista salvándose de quedar atrapado en Asia por culpa de un agente de aduanas “aquel chino cuyo gregarismo era de casta insobornable”. 

Empezamos fuerte, pero una página después, el autor insiste en marcar más líneas en la arena: “Para mí son dos las haches que me son desconocidas, la homosexualidad y la heroína. Lo siento, mis gramos de modernidad llegan mal pesados, me he quedado en el ámbito de los frutos naturales: adoro las hembras, ya sean mujeres o plantas de cannabis. Siempre que me eleven, me encantan, que viene de encantamiento.”

Por supuesto, si esto si llama “Yo, Jimmy”, uno no puede esperar más que una interesante consecución de “porque yo, porque yo, porque yo” o de “mí, mí, mí”. Aunque el escritor intenta no cometer el error que a Stephen King le suele sacar de quicio – ponerse a uno mismo como el héroe de la historia -, y por mucho que aparente no querer darse golpes en el pecho, es inevitable que uno se quede con una sensación de “todo lo que he hecho tiene su adecuada justificación”. Eso, obviamente, incluye escribir este libro.

El primer capitulo se llama, dentro de la irrefutable lógica del relato, “Conocimiento de Merry”: una viñeta de cómo tenían que ser las reuniones de la gente de la alta burguesía española de finales de los 70: “La música de Allan Parsons (sic) y la luz que proyectaba la casa sobre el embarcadero daban a sus veinte años un aire de lejana soledad”. La casa a la que se refiere es una de las posesiones del Marqués de Villaverde, padre de Merry y auténtico villano de la función. Una casa junto al lago, una “fiesta” (por llamarlo de alguna forma) de ricos herederos y nuestro protagonista que se encuentra de una forma casi casual con su futura ex-esposa.

Nada más pasar la primera página de este capitulo, más estampitas, en este caso fotos que nos dejan claro que la nieta de Franco era muy guapa y que tenía ademanes hippies. Como para no ser alguna de las dos cosas en aquellos años siendo quién era. Las frases de Merry a la hora de hablar – todo esto, siempre según Jimmy – del Franco persona no tienen desperdicio: “¿El abuelo? El abuelo era cojonudo, siempre me animaba a que hiciese mi vida”. Qué pena que no se la dejara hacer a los españoles que creían en la democracia. Ops.

En contraposición, tal como avisé, por las líneas de “Mi vida entre los Franco” se deja entrever que no sólo Jimmy desprecia a Cristóbal Martínez-Bordiú, sino que tampoco su esposa, Carmen Franco, ni su suegra, Carmen Polo (¿Soy el único al que le hace gracia ese nombre?), lo tienen en mucha estima. Lo cierto es que parece que ni la Wikipedia le tenga cariño. Para el que no lo sepa, el Marqués de Villaverde y padre de María del Mar era cirujano, según su entrada en la enciclopedia gratuita: “Fue el primer cirujano español en efectuar un trasplante cardíaco, en septiembre en 1968, el paciente murió horas más tarde” (…) La maledicencia popular aseguraba que Martinez-Bordiú mató mas en La Paz – hospital madrileño– que su suegro en La Guerra.”

No he encontrado otra entrada en la Wiki que haga referencia a esa clase de dichos “populares” al tratar una biografía. Go figure.




En todo caso, ya en este primer capitulo uno se ve transportado casi mágicamente a esa época no tan lejana, no tan cercana, en la que la música se escuchaba en vinilos – aunque seguramente la mayoría de la población se conformara con cinta de casette –no existían los móviles ni Internet y que incluso la comunicación telefónica desde otro país era un desafío para la paciencia. 

En el segundo capitulo “Nacimiento de algo” se nos presenta a un personaje al que apodan “El Puma”. No, lamentablemente no es José Luis Rodriguez – hubiera molado taaaaaaanto -, sino uno de esos sátrapas de la burguesía que “vive de las mujeres siempre que le interesa”. De El Puma se dice que “hace años (suponemos que cuando la dictadura estaba en su auge represor) quiso ayudar a dos desgraciados a pasar de Portugal a Francia sin ser vistos por las autoridades españolas, uno se le ahogó en la maleta (sic) del coche y el otro por poco se le asfixia. Y todo por ayudar”.

Lo impagable de la descripción de este posibleamigo es cuando Jimmy escribe “todo cuanto se cuenta de una persona que yo no haya conocido lo paso por la turmix, apenas lo considero y no se lo aplico nunca, permitiendo que a través de sus actos me demuestre cómo es”. Los intentos del autor por hacernos saber que él mismo es un tío legalresultan cansinos ¡Y sólo llevamos dos capítulos! 

Para redondear estas páginas, en las estampítas vemos a Merry como reína de unos juegos florales (???) con otro impagable pie de foto “Merry para mí era pura”. En otro alarde de maquetación absurda, vemos debajo una foto de Jean Cocteau acompañada de la leyenda “La pureza sólo se encuentra en lo prohibido”. Cierto es que la cita aparece en el cuerpo del texto que nos ocupa pero es que como si yo incluyera una foto de He-Man cada vez que me viene en gana sólo por decir que es como si yo incluyera una foto de He-Man cada vez que me da la gana.


¿Ven a lo que me refiero?


Los tortolitos se van conociendo, Jimmy promete darle sus libros antes de que ella se marche para esquiar a Sierra Nevada. Para entonces, el escritor había publicado un par de volúmenes de poesía y la novela “Las islas transparentes”. La portada de éste último y varios extractos aparecen a lo largo de “Yo, Jimmy”, quizás porque el autor era consciente de que a pesar de ser presentada al premio Nadal, lo que iba a quedar para el recuerdo iban a ser libros como este relato de secretos familiares de rancio abolengo.

He de decir que lo poco que leo de dicha novela es… un poco peñazo, parece el típico cúmulo de ideas románticas, etéreas, de las que hacen gala aquellos que se saben buenos escritores pero para los que la creación de una trama comprensible resulta algo molesto. Sobre todo cuando se gana los emolumentos con trabajos mucho menos románticos. Lo que se viene a llamar “El síndrome Angel Antonio Herrera / Maxím Huerta”.

En fin, antes de eso seguimos con más perlas por las cuales en estos tiempos te destrozarían vía Twitter: “A la semana de habernos conocido me llevó a ver su estudio, situado en una pequeña calle que desemboca en el paseo de La Habana, zona de Madrid que despide acento sudaca y donde florecen las que pagan impuestos gracias al cuerpo, no importan que sean masajistas, modelos, gogós, queridas acomodadas, duermemozos o putas”.

Por aquellos 60 metros cuadrados, Merry pagaba unas 15.000 pesetas de la época, y en ese marco empieza a desgranar la mujer su infancia en El Palacio del Pardo: 

Allí lo pasaba muy bien, hasta los siete no salí más que para ir a San Sebastián y a Coruña durante los veranos. (…) Me pasaba el día jugando y montando a caballo, en bicicleta, trepando, haciendo de todo. Estaba todo el día con Nani y los pequeños”.

Nani es Beryl Hibbs, una de esas “nannies” de corte clásico que se acababan transformando en figuras maternales de mayor importancia que los propios progenitores. No en vano, Merry llama a sus padres “los jefes” mientras que cada vez que nombra a Nani se desprende un comprensible cariño, a efectos prácticos, fue ella la que crió a la nietísima.


Nani (a la izquierda)


Los dos amantes en ciernes empiezan a comparar sus infancias, aquí es donde creo que la cosa se pone realmente interesante por la parte de Merry: “Yo siempre me lo pasaba bien, siempre me estaba riendo. Desde que lo descubrieron me empezaron a mandar a tómbolas, hospitales, cabalgatas de Reyes (…) De los siete a los trece me volvieron loca. Me hacían ir a sitios tristes a ver a otros niños que estaban muy enfermos y eso me daba una pena enorme”.

Ríanse ustedes del famoso mensaje filmado en el que la hija del dictador parece una muñequita con su padre ejerciendo de ventrílocuo. Mandar a una menor, por el mero hecho de ser la miembro más pizpireta del clan que manda en un país, para reconfortar a niños en hospitales tiene que ser una de las maniobras más extrañas del altruismo mal entendido que practicaba el aparato franquista. 




En paralelo, Jimmy nos cuenta que pasó una infancia viajera. Para el que no lo sepa, el autor es hijo de un destacado diplomático y escritor, José Antonio Giménez-Arnau, quién era, por cierto, un falangista convencido y responsable de La Ley de Prensa de 1938. En otras palabras, la ley que transformó a los periódicos de la dictadura en altavoces de Franco. No digo que Don José Antonio no fuese buen padre ni dudo que estaba convencido de lo adecuado de sus actos, pero se entiende que la libertad de prensa no estaba entre sus prioridades. 

Aunque Jimmy pasa buena parte de su infancia recibiendo una educación inglesa – cosas como el Brexit nos han demostrado que eso sólo significa un buen nivel en el idioma de Shakespeare -, intenta (otra vez) mostrarnos lo resolutivo que es diciendo que también es muy raro verle triste. “Las tristezas las arreglo yo con una depresión de veinticuatro horas por año, es más higiénico que ir goteando tristeza todos los días”. Pesado…

En estas que se van a un concierto de Pedro Ruy Blas – reconozco que este giro es inesperado – y ya allí se tienen que escapar rápido porque Merry reconoce a un “fotógrafo que una vez le hizo una faena”. La faena en cuestión es que se publicaron unas fotos de Merry esquiando en Sierra Nevada cuando Los Jefes creían que estaban en otra parte (vaya usted a saber, a lo mejor pensaban que estaría en casa rezando la novena) y estos amenazaron con mandarla a un internado. Otra vez, porque suponemos que después de descubrir que no era capaz de curar a los enfermos por imposición táctil, decidieron suprimir su alegría a base de educación en escuelas privadas lejos del hogar.

Toda esta parte de “la acción” sucede en Navidad, después de románticos paseos por un Madrid invernal, Jimmy termina el capitulo con un “no nos hicimos promesas”. Qué listo, con razón el siguiente capitulo se llama…

Excursión a otra mujer

Nuestro James Bond particular se va a Bali para probar hongos alucinógenos y escribir un reportaje para Interviú, donde colaboraría durante años. Haciendo escala en Amsterdam, Jimmy se reencuentra con una azafata “alemana enamorada del pacífico”, Martina Klein. 

Al igual que ocurre con El Puma, esta Martina Klein no es la Martina Klein que todos tenemos en mente ¿Podría ser su madre, su tía…. Algo?? Parece bastante improbable, pero lo que no deja lugar a dudas es la reacción que produce la mujer en Jimmy: “Dura de cuerpo y alta de tronco, acababa de encontrarme con mi árbol de Navidad (…) Antes de embarcarnos ya estábamos volando”. Ah, el romanticismo.


Ya te gustaría, Jimmy


Una vez en Singapur (otra escala de un par de días) y acompañado de la alemana en cuestión, nuestro Joaquín hace gala de un poco de denuncia social: “Pudimos comprobar con qué dignidad se mueren de hambre sus gentes en una de las zonas más prósperas de Asia”. Más adelante, aunque no haya probado las “haches” que nos explicaba en el prólogo, la parejita no tiene problemas en pedirle a un “boticario” algo que “les activara”.

Reconstituidos, se pasean por un museo de torturas (¿?) y de ahí a un criadero de caimanes. En dicho lugar se usa una manguera para que los turistas puedan elegir qué reptil se van a llevar – o más bien qué piel quieren para usarla en algún complemento – y la alemana “que adora a los animales tan violentamente como Brigitte Bardot” (ouch) coge la manguera y se dedica a empapar a los turistas. Ah, una bella loca. Estoy bastante seguro de que cualquier lector ha encontrado un equivalente a una mujer así en su vida.

Como el numerito de la manguera no le hace gracia alguna al dueño del criadero (comprensible), los dos exploradores se van a una mezquita “comulgamos con los fieles para olvidar delirios”. Porque Jimmy no es únicamente un señor viajado, también es polirreligioso. O algo.

En el avión camino de, ya por fin, Bali, Jimmy se encuentra con un fotógrafo de Interviú que quiere saber de su relación con Merry, encuentro que el autor fulmina con un “si tanto te gusta, mándale una postal”. Qué chulapo es nuestro hombre.

Conviene señalar que el escritor, a pesar de estar contándonos sus envites románticos con María del Mar, aún estaba renqueando por su relación con Vanessa Novassola – desconozco si es un nombre inventado para proteger a alguna inocente -, y lo aclaro ahora porque en uno de los párrafos de este capítulo nos aclara que “en Bali, Martina se encargó de eliminar de mi pueblo toda reminiscencia fisiológica que me pudiera quedar de mi antiguo amor”.

Ah, la clase. De nuevo.




Llegados POR FÍN a Bali, Jimmy y Martina disfrutan de los hongos del lugar, los “Blúmini” ¿Hará nuestro hombre buenas migas con el dueño del restaurante dónde te dan la seta de la risa? ¡Por supuesto! Tanto es así que le enseña un huerto en el que la palabra “salubre” no parece tener significado alguno, huerto por el que pululan “gallinas enanas de la isla y unos cerdos también enjutos y con los ojos curiosamente achinados, como si por haber estado mirando a sus amos durante generaciones se les hubiese contagiado la mirada oriental”. No, a estas alturas el periodista aún no se había tomado ningún hongo.

Cuando los come – en formato sopa y tortilla, desconocemos si con cebolla, en 1976 ese debate aún no se había abierto – pues le pasa lo que uno puede esperar que le ocurra a un señor de estas características: “vuela la memoria, se dilatan las pupilas, lo sensorial se enciende, los colores cobran luz propia (…) Pude hablar con Dios (…) envié mi alma a quienes quiero y por último, durante casi dos horas, mientras las palmeras se volvían noche, hablé con Merry”.

Esto es conveniente porque a la vuelta “perdí a Martina Klein en el aeropuerto hindú. Se flipó con un australiano y se fue con él”. Anda, sí qué es conveniente. Ya regresado a Madrid, a Jimmy le comunican que queda finalista del premio Nadal, aunque no queda mucha aparente constancia histórica de este hecho, al menos en el registro de premios y finalistas de la Wiki… ¿Por qué?

Ya el siguiente capitulo se llama “Las islas transparentes”. Aquí es dónde se da rienda suelta a las largas reproducciones de la novela de Jimmy. Pues se leen muy bien, aunque tal y como ya he dicho, la cosa parece girar en torno a que el escritor nos convenza de que es un esteta de las palabras.

No obstante, en una conversación durante este capítulo se nos indica uno de los hechos más divertidos de lo que ha trascendido en la subcultura popular. Cuando Merry y el autor hablan del futuro, Jimmy salta con que no sólo quiere escribir libros sino también quiere utilizar su pluma para el cine, tal y como le explica, “algún día, también dirigiré – dije y lo cumplí, pues ya he rodado un largo Mamma Coca, que se estrene o no es lo de menos, yo aprendí y sé que el segundo será mejor y el tercero mejor que el segundo”.

Teniendo en cuenta que el libro se escribe con la perspectiva de 1981, podemos estar bastante seguros de que “Mamma Coca” es, en realidad, ese disparate que por lo visto fue “Cocaína, la chispa de la vida”. Reconozco que no tengo ni las tragaderas ni las ganas de investigar que poseen Victor Olid o Viruete para verme el film entero. Pero si esas dos personas con ese criterio afirman que es mala hasta la lágrima, pues no tengo mucho que objetar.




En todo caso, puede que Jimmy nos avisara al principio de este opúsculo que “nunca había probado ninguna de las dos haches”, no dijo nada de ninguna ce…

Para rematar el capitulo en el que el director de cine escritor sigue mostrando sus súper poderes, pasa a hablar de dónde nació. En alta mar no menos, en el “Cabo de Hornos”. El padre de Jimmy había sido destinado a Buenos Aires, en 1943 (plena Segunda Guerra Mundial) y por miedo a alguna actuación de los destructores alemanes el buque se pasó seis semanas en la Guayana francesa. Con la madre de Giménez-Arnau de 7 meses pues se pueden imaginar… Ahí lo tienen, nuestro hombre es como el protagonista de “La leyenda del Pianista en el Océano” (Giuseppe Tornatore, 1998), aunque creo improbable que en un supuesto biopic sobre Jimmy aparezca una canción de Roger Waters.


Vamos, que no


Mientras asistimos al enamoramiento de la futura pareja, pasamos a “Un clan sin patriarca”. Aquí es donde Jimmy se juega una carta que haría explotar de enfado al influencermedio, ya que aprovecha para expresarse sobre El General y ya les digo yo que nuestro aventurero se puede atrever con la psilocibina, pero en cuestiones tan delicadas prefiere tirar por la calle de en medio.

A diferencia de mucho franquista que hoy en día aparece como los hongos del Blúmini (sin haber vivido ni la guerra ni la dictadura ni siquiera La Transición), el sueldo que costeaba la educación inglesa del autor salía del Régimen, así que es hasta cierto punto comprensible que no haga sangre con el dictador. “Yo no soy quién para juzgar a un muerto”, escribe, aunque también añade “mi padre tuvo la sana ocurrencia de hacerme nacer lejos de mi tierra y de no hacerme regresar a ella, salvo en dos aisladas temporadas que sumaron diecisiete meses, hasta el año 1953, cuando yo ya había cumplido 10 años, evitando tener que criarme entre revanchas fascistas”.

Si hay un momento en el que Jimmy hace gala de modos de niño rico malcriado, insolente y un poco repulsivo, es en este párrafo. Estoy bastante seguro de que, si se hubiera criado en Madrid, nuestro hombre se habría tenido que enfrentar a más bien pocas revanchas fascistas, porque seguramente lo habrían mandado a algún otro centro exclusivo de la capital.




Pero tampoco se le puede culpar, del mismo modo que, a pesar de la antipatía que despiertan los Franco se les puede negar de dónde y cómo nacieron. Para muchos españoles, lo único bueno que podría haber hecho la hija de Franco (y madre de Merry) es apuñalar a su padre mientras dormía (imagino que de paso también a su madre) renunciar a su herencia y traer la democracia a España. Hagan esta afirmación extensible a Don Juan Carlos de Borbón. Eso, como todo el mundo se puede imaginar no entra sólo en la esfera de lo imposible, sino que encima seguramente no hubiera tenido las consecuencias que estamos presuponiendo. Del mismo modo que no se habla mucho de los sospechosos fallecimientos de los militares que podrían haberle disputado el control del ejercito – y por ende, del país – a Franco en los primeros envites de la Guerra Civil, tampoco se comenta mucho quién podría haber sucedido al dictador de haber funcionado alguno de los planes para acabar con su vida.

Y me he salido mucho del tema. Sólo una cosa más: Cuando se expropia algo en aras del beneficio común se suele dar una contraprestación económica. Por ejemplo, como cuando se traza una futura vía del tren que va a pasar por las tierras de alguien (sí, eso de que la tierra “sea propiedad de alguien es otro debate totalmente distinto), se le compensa. Cuando a una familia “se le regala” - porque no hay más cojones – algún bien privado o público, es lógico que se devuelva una vez que dejan de ostentar el poder. Sí, Pazo de Meirás, te estoy mirando a ti. Por supuesto, a todo el mundo le cuesta desprenderse de algo que vale unos milloncejos, pero, como se suele decir: ya os vale que lleváis muchos años chupando del bote.

De vuelta al libro, a Merry le quitan las muelas del juicio. Todas, de una sola vez, con lo que su cara “recordaba aquel anuncio de Netol” - de nuevo, el romanticismo -, pero la visita al celebérrimo domicilio de los Franco en Hermanos Becquer, que es donde Maria del Mar se queda durante la convalecencia, propicia el primer encuentro entre Jimmy y su futura suegra. Por cierto, que a la madre de ésta, Carmen Polo, el autor siempre se la nombrará como La Señora, of course.





De hecho, La Señora protagoniza uno de los pasajes más graciosos de todo el libro, ya que a ella le cae muy bien Jimmy porque es “bajito como Paco”. 

Aunque tampoco le va a la zaga el momento en el que el padre de Merry entra en su cuarto de noche, cual elefante en una cacharreria, aduciendo que “aquí huele a droga” (¡si él supiera!), pero se refiere a porros, ya que por lo visto algún inocentón le ha ido con ese cuento al Marqués de Villaverde.

Como ya hemos señalado, Cristobal es el villano de la función y nuestro Jimmy no va a perder oportunidad de ponerlo en evidencia, ya sea recordando algún incidente que puso en vilo a la diplomacia española durante un viaje a Rio de Janeiro – el Marqués parecía ser más franquista que el propio Franco y malmentarle al suegro se podía traducir en puro racismo verbal – o echando mano de algunas de algunas cosas que se supone habría dicho su la mismísima esposa del Marqués, “mi marido es un desequilibrado”.

Recuperada de su intervención Merry se va “de ejercicios espirituales” con Joaquín a Amsterdam. Aquí es donde la prosa del autor brilla con la chispa de la época: “fuimos a cenar a un restaurante no muy alejado del hotel que los gays nos habían recomendado por pertenecer a la mafia de su sexo”. 

Jimmy enferma durante el viaje, así que se las tiene que ver con el sistema sanitario holandés para conseguir un antibiótico, ya que allí, aparentemente, son muy severos con las prescripciones. “Lo que nos desconcertó fue que, nada más salir de la farmacia, se nos acercó un negro y en vano nos ofreció heroína ¿Curioso, no? Tantos siglos de civilización, de tulipán en barra, para que no puedas conseguir unos polvos que curan y sí, en cambio, sin diagnósticos ni burocracia de ninguna clase, polvos que matan. Los holandeses han cambiado la esclavitud, ya no producen negreros, ahora producen junkies” (sic). Ni Chus Lampreave en “Bajarse al moro” (Fernando Colomo, 1989) oiga.

En fin, después de varios paseos a tope sin drogas por Amsterdam, la pareja queda en que quieren estar juntos y que no quieren vivir en Madrid. Va a ser más fácil decirlo que hacerlo. 

A la vuelta del viaje, la noticia de esta relación ya ha calado en varios mentideros, como le espeta un compañero a Jimmy “se sabe que estás con la nieta del caudillo, ahora vales pasta”. El periodista no es impermeable a esa afirmación, “me invitaban a más galerías de arte que de costumbre (…) los maîtres me sonreían más”. 

En todo caso, el futuro matrimonio empieza un periplo por territorio español para encontrar su nido de amor (sí, el pareado en asonante ha sido a posta). El resultado resulta ser negativo, pero Jimmy se permite terminar con un texto tan apocalíptico como: “El clan había perdido a su patriarca, pero seguía siendo un clan. No tanto porque sus miembros se mostrasen solidarios, pues sólo la presión social los mantiene juntos, que no unidos, sino porque la Señora de Meirás sostenía muy alta la antorcha de la nostalgia”. 




A partir de este punto, la cosa reconozco que mantiene el interés pero se vuelve muy rutinario: según Jimmy va conociendo a la familia Franco, se permite ir describiendo sus personalidades, sus manías. No le falta razón a la hora de describir a Mariola y a su marido, Rafael Ardid como una unión fuerte y alejada de las idiosincrasias del “clan”. De hecho junto con Arantza, son los únicos matrimonios duraderos entre los nietos de Franco, otro ejemplo único de discreción en una familia que inevitablemente ha dado no pocos titulares a la prensa rosa.

Empero, hay no pocas curiosidades: el mítico guionista y escritor Rafael Azcona recibe con cajas destempladas la noticia de la unión de Jimmy con una nieta de Franco. Vamos, que pasa olímpicamente del conocer a la futura esposa y rompe lazos con el autor, tal y como éste cuenta, no fueron pocos los que mantuvieron las distancias hasta que todo terminó en divorcio.


Más gente nombrada en el libro 


Otro momento que se me queda – en el decimoctavo capitulo, “Leticia”, sobre el nacimiento del retoño de la pareja - es cuando Giménez-Arnau se planta en casa de Francisco Umbral para cantarle las cuarenta por un artículo venenoso que ha escrito sobre él y su esposa. Umbral lo saluda como puede ya que él mismo explica que tampoco está para muchas peleas porque los guerrilleros de Cristo Rey le habían pegado una paliza la semana anterior. Por supuesto, ahí tenemos material para por lo menos un artículo o un libro, pero dado que las “excursiones” de los guerrilleros eran algo que se tomaba como casi normal en aquellos días – una lectura rápida de los cómics de Nazario lo confirma -, quizás precisamente por eso Jimmy lo deja estar y se despide de Don Francisco dejando el enfrentamiento en amigables tablas. Todo este enfrentamiento sucede delante de la esposa de Umbral, España ¿NO LES PARECE MARAVILLOSO QUE LA MUJER DE FRANCISCO UMBRAL SE LLAMASE ESPAÑA???


Mucho más tranquilos nos quedamos todos


Otra cosa de la que se habla mucho durante toda la narración es de dinero. De cuánto les da cada amigo, familiar, de Jimmy o de Merry, para llevar a cabo la boda. Se habla sobre la posibilidad de que Giménez-Arnau colabore en el diario El País, algo que no va a ninguna parte, el autor nos quiere hacer entender que es que pagan muy poco.

De igual forma, da la impresión de que los Franco están también – como se dice en mi tierra – a la cuarta pregunta en lo que se refiere al tema económico. Se nos da a entender que la boda no es más que una excusa para que María del Mar (y, obviamente, el propio Jimmy) puedan permitirse una nueva vida a costa de la unión, ya que cada hijo de los Franco-Martinez-Bordiú tienen prometidos unos milloncejos de cara al momento en el que se desposen.


Lo de Amel Amor en la época parecía un no parar


Dinero, dinero, al final todo parece girar en torno a la pasta. El autor reconoce que coge el dinero de la revista “¡Hola!” con no poco resquemor, pero que a fin de cuentas es mejor así que intentar blindar absurdamente una boda que a fin de cuentas es motivo de alegría. Lo mismo después le ha dado igual, pero hubiera estado bien que alguna vocecita interna le hubiera dicho al bueno de Jimmy “acostúmbrate a coger dinero de este manera a partir de ahora”. Quizás eso justifique que su narración del bodorrio alterne entre un “cortapega” del artículo original que apareció en la revista del saludo y su particular “Cara B” de los acontecimientos. Pocas revelaciones de interés en todo caso, aparte de algunos dardos envenenados que lanza contra, one more time, su inconveniente suegro.

En contraposición al aparente materialismo de los Franco, Giménez-Arnau insiste en presentarnos a su familia como una gente mucho más genuina, que se mueve por puro amor y lealtad. Que no lo pongo en duda, pero conviene no olvidar nunca quién está escribiendo y hasta qué punto su visión puede estar contaminada por el ego-trip que es todo el libro.

Realizada la unión – con un estoico padre del novio que soporta una boda en pleno verano vestido de negro -, la pareja se instala en los terrenos de la localidad madrileña de Torrelodones, por conveniencia y porque alejarse de Madrid del todo era una perspectiva un poco irreal. Antes de un viaje a Brasil, le toca a los recién casados formar parte de la comitiva habitual de las “celebraciones” del 20 de noviembre en el (oh, sí) Valle de los Caídos.

Vaya trip” empieza a comentar el autor, y ya hasta el final del capitulo, la cosa no decae. “En el valle, siempre entre la niebla, me tocaban las mujeres y me decían: Éste es el último, éste es el de María del Mar (…) Hasta me llegó a decir una mujer apasionada, en trance, fuera de sí y cogiéndome del brazo ¡Muy bien! ¡Sí, señor! ¡Muy bien! ¡Que lo estáis haciendo muy bien!”

Lo que más presionó sobre mí aquella tarde de cielo oscuro, fue el ambiente en el interior del mausoleo aquel. Nunca antes en mi vida me había tentado visitar algo construido por presos para meter presos. No me parecía una combinación muy atractiva”.

Caramba Jimmy, casi da la impresión de que juzgaras los actos de un muerto sobre los que, apenas unos capítulos antes, no sentías potestad.

Por supuesto, al luctuoso acto acuden próceres del pensamiento demócrata (sarcasmo) como García-Carrés o Girón, hay mucho grito de “¡Fran-co! ¡Fran-co!” y a pesar de su aparente tibieza sobre la familia de su mujer, Jimmy agradece tener excusas para no volver a visitar el sitio, el año siguiente Merry estará en el séptimo mes de embarazo y al otro está al cuidado exclusivo de la pequeña Leticia. 

Sí que reserva un poco de lástima para La Señora “quien pasó revista con la mirada a todos sus familiares. Se emocionó y su tristeza se posó en sus ojos. No tendría que asistir a estos barullos emocionales: la van a matar sus defensores”.

Puede que algunos que no eran precisamente sus defensores también tuvieran un plan parecido: El incendio de El Pazo de Meiras durante los días en los que buena parte de la familia Franco se hospeda allí es interpretado por los medios como un mero accidente, pero el autor tiene más claro que se trata de un atentado encubierto. Por supuesto, la mayor parte de los familiares políticos de Jimmy se salvan del fuego con cierta gracia… salvo el Marqués de Villaverde, que sufre una aparatosa caída que Giménez-Arnau subraya como otra demostración de la estupidez de su suegro. Con todo, el incendio no tiene más consecuencias que el no poco considerable susto.

Aquí me vuelvo yo también un poco repetitivo porque me doy cuenta de que sólo estoy alabando este libro como una curiosa cápsula temporal, un cofre enterrado en el suelo con objetos interesantes de la época en la que se cerró. Como atractivo principal no es poca cosa, pero ni siquiera la comprensible declaración de amor incondicional a su hija consigue evitar que sintamos que este volumen se escribe con una cierta intención de ajustar cuentas.


Lo dejo aquí, lo prometo


Ahora bien, cuando digo “ajustar cuentas” no me refiero sólo a la familia Franco: Jimmy es juez y parte en asuntos tan divertidos como aquella vez que a Carmen Franco la pillaron con muchas – MUCHAS – medallas de oro y diamantes, algunos de importante valor histórico, cuando estaba intentando salir del país. La cosa se iba a saldar con una importante multa a la hijísima, multa que se acabó diluyendo en una cuantía mucho menor. A los hijos del dictador les empiezan a acosar desde un aparato político que, como quien dice, era de su propiedad hasta anteayer. Tal y como se supone que le han dicho a Carmen Polo: “Una amiga de mucha confianza me ha contado que Fernandez Ordoñez va diciendo que no va a descansar hasta que arruine a los Franco”

Francisco Fernandez Ordoñez era Ministro de Hacienda (y después de Justicia) durante el mandato de Adolfo Suarez, haciéndose con la cartera de Ministro de Exteriores con Felipe Gonzalez cuando este llega a presidente del gobierno. Fue alumno del madrileño Colegio del Pilar (of course) y fue clave en la introducción de cosas tan importantes para la modernización de España como el Impuesto de la Renta o la Ley Del Divorcio. A diferencia de otros políticos en el gobierno de la época, no parecía estar manchado por una militancia en El Movimiento y cuando la UCD se desintegra, pasa a formar otro partido que se acaba integrando en el PSOE, un auténtico superviviente político. Y aunque sólo nos podemos atener a un testimonio de tercera mano, es fácil suponer que los Franco no se contaran entre sus simpatías.

Otra curiosidad: una noticia que es fácil de encontrar en los archivos pero que, lógicamente, no se suele traer a colación durante las entrevistas con Raphael, el secuestro, durante 24 horas de su mujer, Natalia Figueroa, algo que se saldó, afortunadamente, sin más traumas. Que Jimmy recalque este hecho no es accidental, el cantante y su mujer eran vecinos en una urbanización de supuesta Seguridad Máxima en Torrelodones, además de ser amigos personales de Franco y Carmen Polo, tal y como explica el autor “no se relacionaban con gente más joven”. Suponemos que El General era capaz de perdonar la aparente pluma de la voz de “Mi gran noche” y que éste, al igual que El Cordobés, se “dejaba querer” por el poder.

Torrelodones se transforma casi en otro personaje de esta historia, no sólo por ser el municipio en el que se queda a vivir el joven matrimonio, sino también porque allí se encuentra el Palacio del Canto del Pico, un lugar en el que se concentran casi todas las reliquias del régimen que se había colapsado apenas un lustro antes. Objetos (en buena parte de simbología cristiana) que los admiradores habían enviado a Franco, regalos de comercios, de otros Jefes de Estado… La concentración de alfombras, cuadros y cruces inspiran un guión a Jimmy, la historia de una especie de sanatorio para nostálgicos de un tiempo en el que mandaban… Algo que recuerda al “Fletcher memorial home” de Pink Floyd. La cosa queda ahí, aunque, por graciosos giros de la vida, el director de cine Luis García Berlanga requiere de los Franco (de Luis, en particular) para hacerse con armas para su film, er… “Escopeta Nacional” (1978), “Luis cobró 40.000 pesetas por el esfuerzo (…) fue responsable con su trabajo y no molestó ni increpó a nadie durante el rodaje, tiempo que aguardaba sentado en el coche, leyendo novelas del Oeste hasta que llegase la hora de recoger el armamento.




Obviamente, la ironía reside en que Berlanga no lo había pasado especialmente bien intentando driblar (no siempre con fortuna) a la censura franquista, y en el hecho de que un Franco ayudara de alguna forma a la filmación de una parte de la Saga de los Leguineche, familia que disfruta de no pocos paralelismos con la del Dictador.

Torrelodones también se transforma en motivo de disputa entre Jimmy y la familia de su mujer, entendemos que en aquella época el pueblo no contaba con los cerca de 30.000 habitantes que tiene hoy en día. Había mucho espacio para edificar y he aquí que el Marqués de Villaverde y uno de sus hijos intentan engatusar a Jimmy para que se transforme en enlace de una maniobra que tiene pinta de recalificación de terrenos que echa para atrás. La cosa acaba en el vacío económico más absoluto para Jimmy pero seguramente coloque los cimientos del cambio en dicha localidad.

Antes de dejar la narración del libro per se, sólo me queda recalcar otro de los exabruptos que aparecen en sus paginas: Alberto Viertel, escritor, llama a Jimmy desde Barcelona para explicarle que “con todo lo que está pasando, medallas, ciervos y todo eso, creo que es la ocasión oportuna para que alguien escriba una opera-rock sobre el General. Tendría mucho éxito (…) Habría que estrenarla en Broadway, sería genial.”

Para bien o para mal, “Primavera para Franco” (o como coño se pudiera haber llamado dicha alucinación) permanece en el mundo de los sueños – u horrores - no realizados.

Consecuencias: Sapos y cenizas.

Jimmy no da muchas pistas sobre los motivos de su separación, o para ser más concretos, da muchas pero ninguna especialmente concreta, como si nos diera a entender que incluso él, en este ejercicio de contarlo todo, debe guardarse algunas cosas para sí mismo.

Hay, por supuesto, toques aquí y allá: sentirse parte (y estar al mismo tiempo, apartado) de un clan que ha conocido tiempos mejores, que después de reinar sin corona tienen que enfrentarse al vulgo mirándole a los ojos y calzando alpargatas – es un decir -, sufrir a un suegro al que por lo visto no aguantaban ni sus retoños, verse perseguido por la prensa rosa amarillenta del momento, verse forzado a dejar de escribir porque parte de la prensa no quería tener nada que ver con un Franco, aunque sea un Franco consorte…

Eso sin olvidar los pecados del propio periodista, que incluso en esta época de libertad y nuevos valores quedan un poco un mal cuando se ven en letra escrita, nos vamos de escapada familiar a Ibiza (donde la otra nietísima, Carmen, ya ha confesado que lo suyo con Alfonso de Borbón no tiene futuro alguno): “Otra noche, alguien me metió algo en el vaso (¡Jajajajajajaja!) y vi la luna cerca. Tanto subí con aquello que pedí horas libres que Merry me concedió al instante. Me dediqué, sin gancho, a proponer a mujeres guapas, tres o cuatro (¿Tres o cuatro?? ¿En serio?) que me acompañaran a las murallas a medir mis sueños. Por respeto a Merry, nadie me acompañó. Yo sólo quería hablar un rato con otra mujer, pero aquello se interpretó como si yo iba a iniciar una serie de adulterios en la isla. A veces, la sensibilidad de las mujeres se presenta en forma de ladrillo. Gasté mi energía andando solo entre una muchedumbre acelerada en ansias, gente guapa y kilos de alegría tirados por la calle. ¡Qué bien Ibiza, cómo te lo montas!”

Recordemos, nuestro héroe no es de cosas que empiecen con hache, ahora bien, cosas que tengan la hache intercalada, ya es otra cosa… en otra conversación con Carmen, reconoce que lo que más le gusta es “la marihuana”.

¿Provocaron estos devaneos con las sustancias que se ensanchase la brecha entre Merry y él? ¿Fueron los “malmeteres” de la familia Franco? ¿Acusó Jimmy la introspección de la que fue presa su esposa durante el embarazo? ¿La falta de dinero de un matrimonio joven que se las tenía que ver con vivir como gente de clase alta con el sueldo de una restauradora y un escritor que a duras penas escribía durante este periodo?

Imaginamos, de nuevo, que un poco de todo, y todo a la vez. 

Las consecuencias de este matrimonio (y de las múltiples ramificaciones de la vida sentimental de los Franco) son de sobra conocidas por todos, y si no las conoce, basta verse un par de documentales televisivos que se han hecho sobre el asunto. Y si no dan con ellos, véanse uno sobre Isabel Pantoja, que, como muy bien se dijo en uno de los debates posteriores a la emisión de “Lazos de Sangre”, todo acaba pasando por ella en un momento dado. Menos la Saga Sánchez-Vicario. Sólo faltaba.




Hablemos entonces de los principales protagonistas: Merry ha mantenido la discreción que caracteriza a parte de la familia Bordiú, se casó en segundas nupcias con Greg Tamler (del que después se separa y del que apenas hay información en Internet más allá de dicho enlace), pasa los últimos años dando clases de inglés en varias partes del mundo, habiéndose instalado en Miami en los últimos tiempos, para volver a Madrid recientemente. Por supuesto, ha compartido la custodia de la hija que tuvo en común con Jimmy y suponemos habrá hecho rechinar sus dientes cada vez que ha sabido de las intervenciones en los medios de su ex-marido durante en las que desgrana detalles poco aduladores sobre su familia. No obstante, ella también se ha permitido sus exabruptos en prensa.




Nuestro Jimmy tiene en su entrada de la Wikipedia una sección de “polémicas” que, vistas con distancia, no dejan de hacer gracia: es detenido en 1994 por la Sección de Estupefacientes cuando salía de los estudios de Telecinco, se le encuentran 10 gramos de cocaína y… a pesar de la acusación por tráfico de dicha “sustancia psicotrópica” no creemos que diese con sus huesos en la cárcel.

El siguiente escarceo público quizás le suene al público lector un poco más joven: se pelea con José Manuel Estrada (me niego a usar el diminutivo) en pleno “Sálvame”, una exabrupto poco habitual de nuestro hombre, acostumbrado a mantener su flema británica en todo momento, pero el asunto pasa de lo verbal a lo físico, “Jimmy alegó que elperiodista deportivo le había pisado la cabeza”. Aunque la cosa llega a los juzgados, Giménez-Arnau no consigue poco más que hacer público su ¿Justificado? enfado.




La última entrada en la sección de “polémicas” es, para mí, la autentica caída en desgracia a la que hice referencia al principio de esta entrada (¿Se acuerdan? Qué tiempos aquellos…) Cesar el hombre que susurra a los perros Millán, es invitado al programa que Telecinco proyecta para los sábados noche: “La Noria”, o dicho de otra forma, el sustituto seriode “Salsa Rosa”… en el que acaban participando la mitad – por decir algo – del elenco tertuliano del salseo anterior y que es convenientemente defenestrado cuando se les ocurre hacer negocio con un familiar de un sospechoso de la muerte de Marta del Castillo.

Millán acude al programa en calidad de “invitado de la casa”, tal honor significa que se guarda su intervención para bastante tarde, como en muchos programas también se reserva a Jimmy para los últimos momentos porque se sabe que es capaz de levantar un espacio televisivo con sus ácidas intervenciones aunque el espectador medio ya esté en la cama con parpados amenazantes de caer en cualquier momento.

En esta ocasión, el problema reside en que nuestro Jimmy, al igual que un tocayo suyo, Jimmy Page (en el 40º aniversario de Atlantic Records), para cuando le llega el turno, ya ha llegado a lo más alto y sale al ruedo cuando empieza la bajada. En un aparente (por lo visible) estado de alteración de la consciencia, el periodista le pregunta al amaestrador de caninos que qué le parecen esas personas, esos malnacidos, esos hijos de puta, que adoptan animales para abusar de ellos sexualmente. No es sólo la pregunta en sí lo que suena a estar totalmente fuera de lugar, el modo ranqueante, como de borracho que te molesta durante la primera cita con una chica que te gusta y que te provoca las ganas de plantarle una hostia con el puño cerrado (al borracho, no a la chica, mastuerzos), en el que lanza sus lamentables dudas, provocan que no pocos piensen que lo de 1994 no fue un hecho aislado.

Quizás Jimmy estaba poniendo a prueba, con una demostración de humor situacionista, a los directivos de la televisión, por aquello de hacerle entrar tan tarde, que uno ya tiene una edad para intervenciones a según qué horas. O puede que Giménez-Arnau se había pasado de la raya aquella noche.

Da igual, el tiempo ha pasado y nuestro Joaquín ha vuelto a pisar los platos con cierta normalidad.

En un ejemplo de esa normalidad, fue invitado de Toñi In the closet? Not At all! Moreno y ahí soltó su retahíla habitual sobre su relación con los Franco, y sobre su hija en particular.

Esta es una de las consecuencias más sonadas de su relación con Merry y que forma parte de su guerra silenciosa con la familia de la que una vez formó parte. En sucesivas intervenciones para la caja tonta, Jimmy ha sostenido que quiere a su hija con locura, que ésta también le quiere mucho, que siempre que están juntos lo pasan de fábula, en clara contraposición a la vida bajo la tutela de su madre. En la última intervención, el periodista llega tan lejos a afirmar que Leticia estaba más que dispuesta a irse a vivir con él, pero que al final, el dinero de la familia Franco pesa más que todo su amor incondicional de padre. En una amarga reflexión, se muestra dolorido de no haber recibido ni siquiera el pésame cuando muere su progenitor.




En una entrevista posterior, Carmen – para la que en el libro no tiene más que buenas palabras, algo que por cierto cambia para peor en las décadas posteriores en las que desgrana interioridades de su familia -, despelleja a Jimmy “¿Qué se puede decir de un hombre que no se lleva bien con ninguno de sus hermanos?”

¿A quién creemos? ¿Es Jimmy el sufrido padre despreciado por ser un humilde trabajador o un vividor que esgrime sus penas para disimular sus alegrías? ¿Es inaguantable? ¿Hubo más motivos que los expuestos para que su matrimonio con Merry naufragara? ¿A qué huelen las nubes?

En el fondo, esto nos importa poco, como poco le importó a buena parte de la población mundial que nuestro hombre se casara con Sandra Salgado, también periodista, 35 años más joven que el novio y que motivó un nuevo posado para la revista “¡Hola! ”Sí, el hombre se emocionó en televisión, una novedad para los que hemos seguido se trayectoria (de nuevo, es un decir) durante años.

Uno de los títulos que se barajaron para “Yo, Jimmy...” fue “sapos y cenizas”. Suponemos que la parte de los sapos es por la cantidad de disgustos que Jimmy se tuvo que tragar durante la época de su unión matrimonial con Merry, mientras que las cenizas quizás se refieren a los restos de una gloria perdida que la familia Franco no volvería disfrutar, por mucho que las reuniones de alegres falangistas en el Valle de los Caídos intentasen apoyar lo contrario.

Pero ya fuera el director de “Espejo de España” o el propio Jimmy, alguien debió darse cuenta de que tanta poesía iba a ser demasiado pensar para el lector medio de estas cosas, optándose por el más directo nombre del que todos hemos podido disfrutar.

Al final, este libro, para bien o para mal, es una reflejo acertado de una época y unos lugares tan concretos que resulta imposible juzgarlo bajo otros términos que no sean los suyos. Les hará pasar un rato interesante, hasta divertido, porque efectivamente, Giménez-Arnau sabe escribir. La pena es que su talento sólo parezca brillar cuando hace sangre en pieles ajenas.

Epílogo: ¿Qué hacemos con los Franco?

Cuando entrevisté a Eduardo Fuembuena, con motivo de su “Lejos de aquí” - aguardamos con poca paciencia la nueva Edición Definitiva a manos de la buena gente de Applehead Team -, le expuse que, a mi parecer, la famosa Transición Española terminó en 1983. Mi “cuenta de la vieja” para situar dicho fin se basaba en que el PSOE estaba consiguiendo reemplazar en los aparatos del poder a los remanentes del franquismo mientras instalaba convenientes sustitutos… que caerían después en desgracia presos de la corrupción y otros asuntos horribles, pero esa es otra historia.

A mi teoría, Eduardo refutó que él pensaba de forma similar hasta hacía algún tiempo y que ya se había convencido de que seguíamos en el “PosFranquismo”. Me lo tomé como una afirmación llena de negatividad, pero a vista de los últimos acontecimientos, cuesta llevarle la contraria.




No es complicado inferir dónde está el problema: Franco es ya historia, pero aún no pertenece a La Historia. Hoy en día nadie se plantea si la invasión goda fue positiva o negativa para España, del mismo modo que nadie se hace una pregunta similar sobre la Reconquista Cristina de lo que durante una época fue Al-Andalus. O ya puestos, nadie juzga el “descubrimiento” de America por parte de Cristobal Colón… salvo aquellas personas que lo ven como culpable de la colonización, la esclavitud y el mal gobierno de España sobre el Nuevo Continente. Lo cual demuestra que el revisionismo histórico es a veces, cuando menos, inexacto. 

Pero Franco, el Pazo, El Valle, aún nos duelen Los chistes sobre Carrero Blanco pueden hacen peligrar tu libertad– creo que ya puedo decirlo, lo realmente criminal era saltar con un chiste tan antiguo a estas alturas de la película -, y si un gobierno intenta exhumar los restos del dictador, hay una parte de nuestro país que se cierra en banda contra esa posibilidad, mientras la familia del caudillo guarda un respetuoso silencio que sólo rompen para asumir lo adecuado que sería trasladar lo que quede de El General a La Almudena. Bueno, salvo uno

Porque, como aldea gala que resiste los envites del ejercito romano, Don Luis Alfonso de Borbón se une a esas personas que van al Valle de los Caídos para reclamar sus derechos. En un gesto que invita a suponer un alarmante desequilibrio emocional, el hijo de La Nietísima, (el bisnietísimo, suponemos) protesta ante la medida, rodeado de gente que uno imagina serán los hijos de aquellos seguidores de Carmen Polo que aparecen en la única visita que Jimmy realiza al lugar, porque de otra forma las cuentas no me salen.




Recordemos, este es también el señor que con el apoyo de algunos nostálgicos de la monarquía francesa (gente que pelea con espadas en aparcamientos subterráneos y absorbe la energía vital después de cortarle la cabeza a sus contrincantes, porque de otra forma no se entiende que hayan vivido tanto como para sentir nostalgia de algo que nunca experimentaron) se postula como justo recibidor de la corona gala. Estoy seguro de que Macron está deseando recibirlo para que le cuente sus planes sobre la “Igualdad, Libertad y Fraternidad” que llevará a cabo una vez que se pueda sentar en el trono.

Esa es otra, la relación entre la monarquía y Franco. Los hay que creen que el dictador lo dejó “atado y bien atado” antes de reunirse con su hacedor, otros creen que D. Juan Carlos traicionó su promesa, y a una buena parte de la población española, mientras le dejen vivir en paz, se la trae al pairo.

¿Fue el rey un inteligente arquitecto de La Transición o una marioneta de la CIA, la cual se supone orquestó todo el cambio político? Aunque es una de mis conspiparanoias favoritas, solo puedo decir que, teniendo en cuenta algunos de los capítulos de la etapa 1973-77, es difícil no ver la habitual torpeza de la agencia americana en algunos tejemanejes.

En el libro de Jimmy, éste se une a la corriente “juancarlista” asegurando que si no fuera por el ahora emérito, “tendríamos tanques hasta en la sopa”, mientras que en una conversación con Cristobal Martínez-Bordiú, el único militar entre los nietos (y futuro esposo de José Toledo) le comenta que Milán del Bosch es el mejor ejemplo de las Fuerzas Armadas del país ¡Y lo deja ahí! Como si nos dijera “saquen ustedes sus propias conclusiones”.

Personalmente, me gustaría que se desmantelara El Valle de los Caídos, estoy seguro de que se pueden construir muchas casas de VPO allí, montarse un municipio como Seseña pero con mejor acceso por carretera y sin cementerio de neumáticos con peligro de salir ardiendo después de que un artículo de El País subraye que el pueblo está levantando cabeza.

Antes de que me salten con que este es un argumento “podemita”, quiero explicar que para mí El Valle no es un monumento a la derrota de la II República o a la victoria del ejercito, es un amargo recordatorio de la derrota de España como concepto. Un triste símbolo a cómo vecinos, familiares y desconocidos salieron a la calle a pegarse tiros y cañonazos por un “quítame estos fascistas de aquí” o un “sácame del gobierno a estos comunistas”.

Por supuesto que en cuanto Pedro Sánchez anunció que se podía echar abajo El Valle, las visitas al macro mausoleo se multiplicaron por mil, algo que me explico con que en este país hay dos momentos claves para visitar una tienda: la apertura y cuando está a punto de cerrar. Ver en eso un repunte del “espíritu franquista” coincide con por qué un análisis imparcial del franquismo nos queda aún muy lejos.






Porque esa es otra, nadie puede decir que durante la dictadura se tomaron medidas adecuadas a los tiempos sin recibir una buena tanda de calificativos como “facha”, “derechón” o “cabronazo”. El problema reside también en que las únicas personas que han intentado explicar desde una perspectiva histórica el franquismo son gente como Federíco Jimenez-Losantos, César Vidal o Pío Moa, gente que, parapetados tras su cacareada superioridad cultural (la ética ya tal) difícilmente se pueden ver como imparciales, a tenor de su trayectoria en los medios.

Eso cuando uno no entra en debates totalmente vacuos sobre personajes secundarios, como cuando se plantea qué futuro le podía esperar a un régimen que era traicionado ideológicamente por aquellos que habían combatido a su lado, caso de Dionisio Ridruejo, persona habitualmente denostada por Benjamín Prado (cuando éste no se encuentra escribiendo letras para Amaia Montero, imagino).

¿Cómo podemos aspirar a que se nos explique una historia reciente de España con algo de objetividad? Ya no sólo nos duele la dictadura, también la guerra civil que la precedió… tanto es así que uno de los más dolorosos (por imparcial) documento que me he encontrado sobre el conflicto es un documental británico en el que se evidencia el recargado ambiente que se respiraba a mediados de los 30 del siglo XX. Da miedo cuando un viejo veterano dice que no “podía soportar a un fascista”. Ahora sí que puedo decir que es una lástima que en aquellos días no existieran las redes sociales ni el “Maldita hemeroteca”, porque con esta cosa de hoy en día en la que ocurre algo y ya hay dos millones de personas opinando una cosa, otros dos millones la contraria y otros treinta hacen retweet de lo que opina Wyoming, es mucho más fácil ridiculizar cualquier cuestión.

Aún así, no hubo muchas risas el 1 de Octubre de 2017, cuando los dirigentes catalanes se permitieron usar a su población como arietes, la población se dejó usar, el gobierno usó a las fuerzas del orden como puerta – de ese tipo de puerta que se te echan encima y te golpean por aquello de meter billetes del Monopoly en urnas –, hubo huidas a Bruselas y se impuso el artículo 155.

Pero lean el libro de Jimmy – está muy barato en algunas webs, aunque no tanto como en RETO -, si tienen algo de sentido del humor se podrán reír de lo absurdo que sigue siendo todo.



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