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miércoles, 14 de noviembre de 2012

CULTURA INÉDITA: ERIC CLAPTON AND HIS ROLLING HOTEL



Lo siento muchachos, hoy no hay absenta


Ya sé que hace varias entradas en el blog avisé de que me estaba quedando sin nuevas secciones para éste. Pero como un político en elecciones o un pringado que liga en una discoteca diciendo que trabaja como ingeniero: prometer hasta meter... O en otras palabras, este es mi bitácora y le pongo la peluca afro que más me gusta.

En este caso, ya ni siquiera analizamos una obra musical / literaria / cinematográfica cuyo precio es menos de 12 euros, ¡es que es totalmente gratis! Y lo es porque pertenece a esa farragosa área de los lanzamientos que se quedan en un limbo legal por los motivos que sean: que el artista no quiso dar permiso para su lanzamiento (como el recientemente re-estrenado “Bird on a wire” de Tony Palmer que documenta la gira en 1972 de Leonard Cohen), porque el productor decidió quedarse con los derechos de distribución (el directo de Queen en Montreal del 82) o porque era básicamente una mierda (o eso debe pensar David Bowie de “Cracked Actor”)

Ergo, la única manera de conseguir algunas de estas obras es a través de métodos alegales, y es que hay una buena cantidad de retransmisiones televisivas, radiofónicas o de cualquier otro tipo cuya calidad igualan (si no superan) la de algunos lanzamientos oficiales. Incluso hoy sigue habiendo fans que opinan que la cobertura que realizó la BBC de los conciertos de Pink Floyd en 1994 supera al posterior DVD de “Pulse”...¡y es prácticamente lo mismo!

Ahora bien, si la ley prohíbe tajantemente compartir archivos de música extraídos de un CD musical, así como películas cuyo origen es un DVD/Blu-Ray comprado en unos grandes almacenes: ¿qué pasa con los conciertos de Radio 3 o con algunos de esos especiales de música que Tele5 echaba a las tantas de la madrugada de los sábados? Pues que en un momento dado no hay demasiado problema en compartirlo con otros fans hardcore de algún artista en particular. Un ejemplo mas claro aunque no sea musical; durante años los fans de “Star Wars” se han quejado de que George Lucas no hace más que sacar en alta definición versiones modificadas de su obra, dejando la trilogía original relegada al segundo DVD de sus ediciones de definición standard. Y encima fueron extraídas de un Laserdisc... No obstante, algunos fans decididos han llegado a grabar emisiones en HD (de nuevo, para TV) de dichos films, sin retoques estúpidos ni añadidos sacados de la chistera de ILM. Triste consuelo, que solo puede llegar a otros fans a través del file-sharing. Por supuesto, de “El especial Navideño de Star Wars”, ni palabra, y casi mejor que sea así...

El Dios de la Nieve

Lo que nos ocupa hoy es el material sobre el que se cimentó “This is Spinal Tap”, aunque por tratarse de una grabación no dramatizada, se acercaría más a “The story of Anvil” o “Some kind of monster”, en otras palabras, el género que todo fan de la música devora con la misma pasión que un chef de alta gama se metería en la boca una pizza después de una travesía por el desierto (con gusto pero con algunas dosis de asco), redoble de tambores....¡¡¡EL ROCKUMENTAL!!

Si amigos, el género en el cual los astros de la música escriben cartas de amor cuyo destinatario suelen ser su propia persona, en el que (inevitablemente) se nos cuenta la dura rutina del equipo técnico sin el cual “nada de esto sería posible”, el mismo en el que se nos narra que la vida en las giras es dura, pero que todo queda compensado por el aplauso del público. O eso era así hasta los dos films mencionados en el párrafo anterior, en los que se nos permitió comprobar que nuestros ídolos tenían permiso para ser unos capullos redomados, o, aún peor, que vivir el sueño de la música se puede tornar una triste pesadilla de conciertos frente a públicos cuyo número va disminuyendo amargamente hasta encontrarte en un bar-sótano de Europa del Este, amenazando al dueño del local con darle una paliza para que te pague.

Eric Clapton and his rolling hotel” entra en una categoría, no obstante, mucho mas divertida: en la del músico tan pagado de si mismo que se permite lanzar los mas absurdos discursos dentro de un contexto que (dentro de su cabeza) hacen que suenen como verdades absolutas. Y para colmo, dirán ustedes, el músico en cuestión es Eric Clapton.

Como ya comentamos en nuestro “Especial Sting”, Clapton pertenece a esa clase de artistas como Elton John, Rod Stewart o Mark Knopfler cuyas credenciales han sido tan desgastadas por algunos de sus lanzamientos – o las críticas vertidas hacia ellos – que les dan la apariencia de ser unos mínimos comunes divisores: música para gente que no le gusta la música, carne de KissFM o M80, la antítesis de lo que suena en Radio 3. La perspectiva habitual es que, en un momento dado (sobre todo al principio de sus carreras), estos músicos realizaron algunos lanzamientos verdaderamente rompedores, que son por los que se hicieron famosos, pero que, tras alguna cura de desintoxicación, perdieron ese riesgo y prefirieron vivir de las rentas, con discos a medio gas perfectos para ponerse en los ascensores, pero que tienen poco que aportar al avance de la música.

Esta visión de los hechos es muy divertida por varios motivos: Elton John, por ejemplo, grabó álbumes geniales hasta arriba de cocaína, y otros innecesarios bajo los efectos de la misma droga, asimismo, algunos de sus últimas grabaciones “sobrias” no palidecen frente a sus clásicos. Rod Stewart nunca ocultó que la innovación musical se la traía al pairo y que lo que él quería era ser una estrella del Rock y casarse con una rubia detrás de otra, por amor, claro (y sí, meterse coca por el recto). Sin duda, a mi también me gustan Arctic Monkeys, Jet y cualquier otro grupo que ocupe la portada de Mondo Sonoro, pero al final todos tocamos los mismos acordes.

En este sentido, y después de su “Unplugged”, es fácil que muchos vean en Clapton un objetivo fácil: entre su versión shuffle de “Layla” y lo que algunos podrían definir como “pornografía sentimental” en la forma de la canción “Tears in Heaven” (dedicada a su fallecido hijo Conor), muchos podrían pensar que el ex-miembro de Blind Faith ha dedicado buena parte de su trayectoria a hacer música para cuarentones que no quieren nada especialmente estridente saliendo de los altavoces de su coche. Craso error, por supuesto. Cualquier ser que haya tenido una mano en componer “Layla” o “Badge” merece un respeto, de hecho yo incluiría hasta “My father's eyes”, ea, ya lo he dicho.

La primera vez que tuve constancia de la existencia del documental que nos ocupa, fue leyendo la autobiogafia de Clapton (por una vez, un regalo). Tengo que reconocer que, como una vulgar maruja del Rock, lo primero que leí antes de las largas disertaciones sobre su infancia en Ripley, fueron los detalles del fallecimiento del pobre Conor, puede que por un interés puramente morboso, pero la explicación de su muerte “tras una caída por una ventana” siempre me había extrañado. Como pueden ustedes suponer, fue un absurdo accidente mientras jugaba lo que llevó al hijo del músico a tan triste final.

El Eric Clapton de la época en las que se grabó este largometraje es muy diferente al que registraría un disco “desenchufado” años después, se trata, sin duda, del periodo en la cual “Manolenta” estaba viviendo, one more time, la absurda vida del músico que pasa buena parte del calendario en la carretera, en algún estudio de grabación embarazando a alguna ayudante a espaldas de su mujer, o luciendo sin problemas la camiseta “No snow, no show” (sin nieve/coca, no hay espectáculo). 

Así se las gastaba...
 

Un amasijo de contradicciones

Una tesis que mantengo sobre las biografías en general, mas allá de la forma en que representen a sus protagonistas, es que todas, TODAS, terminan con algún tipo de disertación en plan: “a pesar de sus logros y sus virtudes, sus fallos y fracasos (inserte nombre) era un cúmulo de contradicciones, en otras palabras, un ser humano”. Un párrafo de ese tipo se lo pueden encontrar ustedes en cualquier opúsculo que intente resumir la existencia vital de cualquiera, desde Michael Jackson hasta Hitler, pasando por Nixon y Tolkien.

Ustedes no necesitan gastarse los buenos dineros que cuesta un tocho de biografía para saber eso, porque lo que queremos, parafraseando a Julien Temple, es la filfa y la furia. Pero igualmente y antes de desmenuzar el rockumentary que nos ocupa, es necesario indagar – aunque sea por un momento - en las contradicciones del hombre que lo protagoniza.

Por un lado está el amante del blues acústico de raza (un amor presente de forma parcial en “From the cradle” o en “Me and Mr. Johnson”), el purista que abandonó los primeros Yardbirds en cuanto consiguieron un single de éxito y que pensaba que podía sacar “Layla and other assorted love songs” sin publicidad alguna porque la calidad intrínseca del álbum lo catapultaría al éxito. Por si se lo preguntan, sí, en aquella época Clapton ya le daba a la heroína cosa fina. El hombre cuya poca confianza en sus habilidades compositivas le ha hecho recurrir mas de una vez a versiones de contemporáneos, el ex-estudiante de arte con articuladas opiniones sobre el diseño.

Por otro, está el músico capaz de poner sus manos sobre cualquier género musical si así consigue rascar otro hit, el que se acojona cuando Warner echa a Van Morrison de su plantilla y confía ciegamente en los productores impuestos por la discográfica, el dandy mod capaz de gastarse cantidades absurdas en la ropa que va a llevar en escena o al salir a la calle. Un fantoche capaz de liarla parda en un hotel por hacerse el gracioso durante una borrachera. En definitiva, un conductor de Ferraris sin carnet.

Es que esta tapicería no parece ir con mis zapatos...


Todo eso (o buena parte) está incluido en este “Eric Clapton y su hotel rodante”, una hora y cuarto en la que se mezclan las entrevistas, las bromas de colegial, algunas buenas actuaciones y una sensación de no saber si uno está contemplando a un artista en la cúspide de sus capacidades o a un gilipollas al que hay que darle dos hostias bien dadas.

Un tren nazi

El documental nació con la idea de describir las vicisitudes del grupo de Clapton durante la gira europea del álbum “Backless”, editado en 1977 (un tropiezo en lo comercial y hasta cierto punto en lo artístico dentro de su carrera, pero que le dio la excusa para realizar otra largo periplo). Durante este tramo del tour, la banda y buena parte de su personal viajaban en un tren que anteriormente había servido como transporte privado del dirigente nazi Hermann Goering, continuando la estela de estrellas del Rock setentero con alguna relación absurda con el filonazismo (siendo las otras Jimmy Page y Lemmy).

Clapton explica en su autobiografia, de forma más prosaica, la necesidad de semejante modo de transporte, su manager, Roger Forrester, pensaba que así evitaría que el cantante se pusiera en evidencia delante del mundo mientras que al mismo tiempo protegía al paciente personal que trabajaba en los hoteles de las habituales trastadas de niñato – perpetradas por un tipo en la treintena – que protagonizaba Clapton durante sus diversos estados de embriaguez.

Ah, el arte...


Porque ese es el principal motivo de que “Rolling Hotel” no haya salido a la venta nunca (y probablemente siga así), en palabras, de nuevo, del guitarrista: “no me ponía bajo una luz muy favorable, además se me ve la mayor parte del tiempo borracho y desquiciado”. De hecho, Clapton abre el documental cantando una canción - ataviado con un chalequito abierto y un bufanda, dejándonos ver que no está muy en forma - que nos recuerda que a pesar de todo hay que sonreír en la vida, mientras sujeta el micro y se dirige a la cámara con el mismo rostro que el pesado de tu colega en la fiesta de Fin de Año a las cinco de la mañana mientras te dice (agarrándote el codo, no falla): “¡tío, te quierrrrrooooooooO!”

A renglón seguido, el sempiterno riff de “Layla” sirve como fondo de las diversas imágenes que van a permear los siguientes setenta y cinco minutos: trenes, ensayos, pruebas de sonido, cocina, gente sirviendo platos, Pattie Boyd...

No se pueden mover las mesas, qué flipe tio...


Si ya la canción dedicada a su hijo les podía parecer a algunos segmentos del público pornogafía sentimental, la explicación que hacen tanto Pattie como Eric del significado del tema de Derek and the Dominoes es ya carnaza del papel couché. He aquí una pareja tan estupendamente pagada de si misma, que cuentan sin tapujos sus sentimientos alrededor del tema y el cuento árabe en el que se basa. Como ustedes ya sabrán, Boyd dejó a George Harrison para estar con Eric Clapton, o esa ha sido la versión que siempre se ha dado de esta, en teoría, “comedía de los errores” shakesperiana.

Tras leer el libro de Clapton o ver el documental de Scorsese (o quizás, siendo mas finos, del equipo de Scorsese), “Living in the material world”, uno podría suponer que en realidad Harrison era tan sátiro y tóxico en sus relaciones personales como el resto de los Beatles. Especialmente revelador es cuando su viuda, Olivia, declara que el secreto para que un matrimonio perdure es “no divorciarse”, en lo que se puede leer que es mejor ser una cornuda que vive en un estado palaciego que una divorciada sin tener a donde ir. En otro momento de “Living in...” se escuchan las declaraciones de Harrison en una rueda de prensa en las que afirma que prefiere que Pattie se haya ido con su colega que con “cualquier otro capullo”. En otras palabras, que George nunca fue la víctima pringada de esta historia, sino que era un alegre infiel según le convenía, llegando incluso a proponer intercambios de pareja a su amigo Clapton o a declararse en público a la mujer del bueno de Ringo Starr.

Los antiguos usuarios


Volviendo a “Rolling Hotel”: Boyd y Eric hablan de la pena y el marasmo de emociones que les han producido su tiempo filtreando, las canciones dedicadas y su reencuentro “final”, después de que Eric saliese de su “retiro” (léase “ponerse de heroína hasta las cejas con Alice Ormsby-Gore durante casi tres años). Al poco, Clapton pasa a explicar cómo se formo la banda – lamentablemente, dos de sus miembros ya no se encuentran en este mundo – y se sigue con diversos relatos por parte de los músicos y del manager, sobre las experiencias de las giras.

A partir de aquí, las declaraciones de los involucrados en la gira se turnan con mas ensayos, tomas en directo y momentos en los que Clapton se confiesa frente en la cámara, mas que desquiciado, en modo de decir sandeces que probablemente a él le parezcan pura poesía emanando de su boca, pero sobre eso profundizaremos mas adelante.

¡CON MUDDY WATERS, GEORGE HARRISON Y ELTON JOHN!

Sin duda, las actuaciones son de lo mejor que tiene el documental, aunque las anunciadas aportaciones del Beatle y del autor de “Your Song” se limitan a un solo tema al final del metraje (una jam en la que todos parecen recién salidos de ver un partido de fútbol en el pub local, Clapton lleva incluso una camiseta de jugador), la del veterano bluesman Muddy Waters es tremendamente divertida, demostrando un control envidiable sobre el público mientras versiona “Got my mojo working / Hoochie Coochie Man”. Impagable. Después vemos un poco de su grupo y el de EC departiendo tras la actuación. Las propias tomas en directo de la banda de Clapton son muy buenas, si bien su calidad es variable, “Cocaine” (adecuada ¿eh?) sufre de un leve despiste por parte del líder que responde con una sonrisa en plan de “aquí no ha pasado nada” mientras que “Wonderful tonight” se mezcla con un montaje altamente cursi de Pattie haciéndole carantoñas al cantante mientras suena la canción dedicada a ella. Aunque previamente el guitarrista haya declarado que sus canciones se crean pensando en “cómo me siento acerca de una mujer particular durante un momento en particular”. Reventando de romanticismo, ¿eh, Eric?

Dándolo todo


Un momento curioso es cómo el grupo empieza a ensayar el clásico de los Five Tops “Loving you is sweeter than ever” durante las pruebas de sonido, si bien se saben los acordes (o eso aseguran, aunque yo no lo tengo tan claro y probablemente, Phil Collins tampoco opinaría igual), sus conocimientos de la letra se reducen al estribillo, así que tiene que llamar a alguien en Inglaterra para que les dicte los textos de la canción. Aquí, un servidor de dio cuenta del carácter de espectador del siglo XXI, preguntándose por qué, simplemente, no las buscaban en Google. Supongo que por eso no me extraña que en algunos clones de combate de Conan, los guerreros luzcan relojes-calculadora de Casio...

Sin duda, otro momento recomendable es cuando la gira recala en París y el antiguo manager de Cream, Robert Stigwood, se deja caer para ser grabado mientras departe con Clapton y su pandilla. Recomendable porque Clapton recuerda este momento de forma mucho mas tensa en su biografía de lo que aquí vemos. Incluso su antiguo colega, pianista y tour manager Ben Palmer (otro que define a su jefe/amigo como “un par de personas”) tiene una versión mas extrema de los hechos que lo que se nos permite ver. Me explico: Eric siempre había tenido la desagradable sospecha de que buena parte del dinero ganado por el grupo que formó con Jack Bruce y Ginger Baker había permitido a Stigwood traerse a los Bee Gees de su Australia natal (de donde también era el manager) y promocionar su carrera en el Reino Unido... y así perpetrar años después ese desastre que fue “Sargeant Pepper's lonely heart club band”.

The face that launched a thousand guitars...


Según el libro del guitarrista, Stigwood esquiva las molestas insinuaciones hasta desembocar en un elegante “no es momento para hablar de eso” que provocan a un Clapton enfurecido gritando “¡Es mi película y lo quiero dentro!” Aunque Palmer echa aún mas gasolina al fuego en el DVD de la serie “Classic Artists” dedicado a Cream – en el que aparecen fragmentos de este “Rolling Hotel” - afirmando que el cabreo de Eric le lleva a lanzar improperios del estilo “Where's the money, Stingwood???!!!!”(¿¡¡¡Donde está la pasta, Stingwood!!!????).

Eso debe estar en algún imaginario “Director's cut”, ya que lo aquí vemos es a Clapton y a su séquito porfiando sobre estas cuestiones económicas - “si no hubiera sido por Ginger, Jack y mi, no te podrías haber traído a los Bee Gees ¿verdad” - mientras que el manager, en su permanente postura de bon vivant se dedica a bostezar en tono burlesco frente al sopor que le produce hablar de sus inicios y sigue en esa línea irónica afirmando “le debo mi vida a Eric Clapton, que me ha hecho tan rico, por lo cual mi vida ahora es tan desgraciada, y en cuanto apagues la cámara puede que intente estrangularlo”. Todos le ríen la gracia y pasamos a mas música.

Desquiciado y bromista

Por si alguien no se creía que alguien capaz de parecer tan articulado en algunas de sus declaraciones a lo largo de los años era igualmente responsable de gastar bromas especialmente tontas, en este documental tenemos un buen ejemplo: un pobre periodista francés es engañado por el equipo de Clapton y termina entrevistado a uno de sus ayudantes – con un convincente parecido, hay que admitir, aunque si hubiera conocido a “Munchie” del equipo de Genesis, estaría aún mas despistado – que le da respuestas absurdas a sus preguntas: “¿Cuando formó la banda?” “En 1987”, mientras que el líder del grupo hace amago de estrangular al periodista por detrás. 

 

Mas vergüenza ajena produce el momento en el que el pipa le da ordenes a Clapton frente a los ligeramente confusos ojos del reportero galo, sobre todo cuando Eric, momentos antes, se ha dirigido a la cámara para decir “¿Para qué me enfocas a mi, estás grabando al tío equivocado”, ¡y la gente le ríe la gracia!. Pero la joya de la corona en lo que se refiere a tonterías por segundo son los minutos en los que Manolenta, cigarro en mano, se confiesa frente la cámara.

La auténtica trastienda del Rock.


Después de una sobria y sentida interpretación a voz y guitarra de esa rareza que es “To make somebody happy”, Clapton desgrana cómo a veces el meterse en el estudio “mata una canción” y explica que tiene cajas y cajas de cintas llenas de canciones. Después habla de las decisiones que ha ido tomando a lo largo de los últimos años y que lo han llevado a la situación actual, es decir, dejar la Escuela de Arte y aprender a tocar blues como Dios manda (correcto), abandonar su trabajo en la construcción porque “era simplemente ridículo” (correcto, nadie querría un tabique levantado por este hombre), que si tomarse más en serio cantar (correcto, de nuevo), pero la cosa se empieza a torcer cuando Clapton afirma que estar de gira nueve meses al año le viene muy bien, porque si no, sería un alcohólico. Esto no deja de ser especialmente tragicómico porque, como ya ha admitido el propio artista, buena parte de las giras de aquella época se las pasaba borracho como una cuba, y probablemente a la hora de hacer estas declaraciones tampoco estuviera del todo sobrio. Para echar mas sal en la herida, Eric le cuenta a la cámara que cerca de su casa tiene un Pub, y que si no fuera porque tiene que trabajar, estaría allí todo el día, departiendo como un Barney cualquiera. ¡Y según su propio opúsculo, eso es justamente lo que hacía al volver de la carretera y durante buena parte de su matrimonio con Pattie! (A la que por cierto también le puso los cuernos en varias ocasiones, a pesar de tanta canción dedicada).

No tienes ni idea de lo duro que es esto...


Igualmente, EC asegura que no lee los periódicos mas allá de la contraportada (“sobre todo los deportes”, dice, ¿se referirá a la chica del AS??), porque para él, la prensa no refleja la realidad en absoluto, ya que para él, todo “es romance”. ¿¿¿¿????? Aunque teniendo en cuenta ciertas cosas, tampoco se le puede culpar.

El punto de vista del artista


Mas serio se pone a la hora de hablar de la muerte de Jimi Hendrix, sobre todo cuando recuerda que había comprado una Fender Stratocaster para zurdos que nunca pudo regalarle ya que falleció antes de poder encontrarse con él tranquilamente. Hablando de guitarras, una de las primeras declaraciones de Forrester al principio del documental hacen referencia a una cantidad indecente que costó un instrumento para Clapton, ¿se referirá a la Gibson que se supone le compró a Andy Summers, futuro guitarrista de The Police y de la que hablaba en su “El tren que no perdí?”

EC también se pone intenso cuando toca hablar de su admirado Robert Johnson y del impacto que aún tiene en él, no en vano, tardaría más de dos décadas en grabar su disco de versiones del mítico bluesman.



¿Una obra maestra perdida?

Rolling Hotel” es demasiado crudo para el aficionado que no sepa gran cosa del artista, demasiado vergonzante para el fan (a pesar de que el público de los conciertos tiene su momento de gloria para alabar a los músicos) y, finalmente, pone al artista, no ya bajo “un foco poco favorable”, sino en evidencia de una forma que el peor columnista de cotilleos no podría lograr ni aposta.

No es una obra maestra perdida ni tan escandaloso como para prohibir su emisión, la copia que yo he podido ver es un mísero Divx que parece extraído de una cinta VHS, a tenor de la clase de drops (o dropeos en lenguaje audiovisual castizo) que tiene en algunos momentos. Pero parece haberse grabado en su día en 16 mm (formato 4:3) y la verdad es que en lo que se refiere a la calidad de imagen no está del todo mal, aunque los colores andan un poco disparatados – los negros son mas bien un azul marino, por ejemplo – y las tomas de los conciertos podrían estar un poco mejor iluminadas.

Al igual que “Cocksucker blues” (este sobre The Rolling Stones), dudo mucho que este documental aparezca algún día en Blu-Ray, no creo que a su mujer actual – Melia - le hiciera mucha gracia ver a su esposo haciendo el ganso de tal manera, y probablemente el propio Clapton tampoco esté especialmente orgulloso de la persona que era en aquel momento. Sobre todo cuando una confirma la teoría de que si uno tiene la manía de intentar ir siempre a la moda, acaba pareciendo siempre un payaso en las fotos viejas.

En lo que se refiere a los momentos en los que Clapton habla, creo que servirían de mucho al entrevistador medio para darse cuenta de que a veces la gente te puede mentir en toda la cara sin ningún tipo de problema... o hacerlo sin ser conscientes porque están demasiado sumidos en su propia realidad. Viendo a Clapton decir algunas tonterías no he podido dejar de pensar en el, primero admirado, después denostado y mas tarde aceptado como “esperable”, documental de Martin Bashir sobre Michael Jackson, “Living with...”, mas que nada porque si la persona que hace preguntas a Clapton le hubiera dicho algo en plan “bueno Eric, ¿qué estuviste haciendo exactamente durante esos tres años de “retiro”, dudo mucho el músico hubiera respondido “vegetar y meterme heroína a cucharadas todo el tiempo”. Igualmente, es muy probable que si alguien le dijera a EC que quizás su consumo de alcohol es un poco... exagerado, éste respondiera con algún exabrupto de los que, aparentemente, tanta gala hacía en aquella época. En otras palabras, “Rolling Hotel” es la oportunidad perfecta para ver el típico biopic sobre una estrella de la música, viviendo en su particular burbuja, rodeado de gente que desea agradarle, con el plus de ser verdad. La versión reality. Como Gandia Shore, pero sin canis y mejor música.

Got my Mojo working...


¿Recomendable? Bueno, si usted (como yo) comparte la opinión de Tom McGuiness de que oír tocar a EC es como el sexo - “Cuando está bien, esta muy muy bien. Cuando está mal, todavía está bien” - entonces no duden en echarle un vistazo. Si es de los que piensan, como aquella mítica pintada que “Eric Clapton is God”, pues lo mismo, aunque quizás deberían recordar el par de frases ingeniosas que le dedicó el Ruta 66 cuando tuvieron la oportunidad de entrevistarlo mientras promocionaba “Pilgrim”: “Todo el mundo debería saber que Dios no existe” o “I've got the Giorgio Armani Blues”.

El resto del universo debería abstenerse. Ya que probablemente lo encontrará bastante aburrido.


PD: La próxima entrada tiene pinta de que va a ser GIGANTESCA, solo voy a dar las siguientes pistas: Rand, Moore y Dilbert...

sábado, 15 de septiembre de 2012

CULTURA BARATA: CHANGELING DE MIKE OLDFIELD (2007)


PRECIO; 11,68 eurodracmas (uff, al límite)
LUGAR: PLAY.COM

Esta es la pinta que tiene, sin la absenta, los teclados o los dvds de fondo, claro.


Muchos podrían suponer que no deja de ser un tanto “pijo” analizar un libro en su versión original – en inglés -, pero me parece que, teniendo en cuenta que una traducción a nuestro idioma no está en el horizonte (a pesar de la buena voluntad de algunos) y además, para algo tenían que servir los dineros gastados por mis progenitores en clases particulares, por no hablar de las tardes ocupadas por las mismas. Seguro que lo mismo le ha pasado a algún lector de este blog. Espero.

Así que hoy, nos toca la autobiografía de Miguel Campoviejo, que seguro que es superdivertida...o no.

Indefendible

Con los años, Mike Oldfield se ha vuelto más y más indefendible, ya sea frente aquellos que le profesan a su obra amor, odio, indiferencia o les produce cualquier otro tipo de sensación. Los motivos para esta situación podrían ser:

A) Sus cambiantes estilos musicales: del rock progresivo instrumental de sus inicios – “Tubular Bells,” “Ommadawn” - a los regateos pop, - “Earth Moving”,- pasando por el New Age contemplativo, - “Songs from a distant earth” -, sin olvidar el Eurotrash – la canción “Island” o el tema “Shine” - o su breve reconversión en DJ Oldfield – “Light and Shade”, -.

B) Por su tendencia a reciclar el riff de Tubular Bells (y dicha obra casi en su totalidad) de formas cada vez más avergonzantes: Tubular Bells II, III, 2003, el principio de “Music of the spheres” y “Crises”, o el cachondo mash-up con la sintonía de “Expediente X” . O ni siquiera la música, sino solo el nombre, como es “The Millenium Bell”. Incluso “Songs of distant earth” tenía un tema llamado “Tubular World”.

C) Por no temer al autoplagio en sus canciones: “Moonlight Shadow” pesa mucho y el binomio “voz femenina / medio tiempo acústico” lo repitió con “Blue Night” y “Man in the Rain”, por no decir que en “Crime of Passion” casi parece calcar el solo de la canción originalmente cantada por Maggie Reilly.

D) Por preferir un teclado y una miríada de plug-ins a instrumentos de verdad durante bastantes años.

Esta foto la nombra en el libro, pero no la incluye en la escueta y poco sorprendente sección de fotos, tranquilos que no se le ve ni el tubo ni las campanas.


Dicho todo esto, uno podría pensar no solo que Oldfield es indefendible, sino que es un mentecato que se merece ser colgado por los tobillos desde el anillo mayor de Saturno, mientras que alguien le obliga a visionar una y otra vez “Reposeida”. Nada mas lejos de la realidad, el amor tan profundo que profeso por la música de este hombre, solo es equiparable al odio sarraceno que me hacen sentir algunas de sus maniobras. Pero ahora todo tiene una explicación.

Pasar por caja

En los últimos años, más y más músicos han decidido publicar su autobiografía. Si nos atenemos a la teoría Manrique, esto se debe a que tras las caídas en las ventas por las pérfidas descargas ilegales (hasta Nicolas Cage te avisa contra ellas en la segunda parte del Motorista Fantasma, ¡qué malas son!), y que con la crisis, la gente tampoco se puede permitir las carísimas entradas a los conciertos, y aún menos con la subida del Impuesto sobre el Valor Añadido. Digo yo.

También se podría añadir que el motivo para esta avalancha de relatos vitales se debe a que muchos de los músicos que pertenecen a la quinta de los años cincuenta – ergo, se hicieron famosos la mayoría en la década de los setenta - han llegado a una edad lo bastante avanzada para considerar una vista atrás, aunque tal y como argumenta el ex-locutor de Radio 3, muchas veces el prefijo “auto” (que debería expresar la autoría del volumen) da lugar a algunos errores de percepción que no se ajustan del todo a la realidad. En el caso del libro que nos ocupa, ha sido Jon Collins, el autor de la entretenida biografía de Marillion “Separated out”, quién se ha ocupado de “editar” los pensamientos del de Reading para que quepan convenientemente en tapa blanda, o dura. Un día hablaremos de lo poco contento que se quedó Fish ante la forma que tuvo Collins de retratarlo en su opúsculo...

Me gustan mucho las biografías musicales, pero no por los detalles escabrosos, sino porque muchas veces son una buena guía para descubrir colaboraciones y temas raros que de otra forma uno no sabría de su existencia. Y, qué demonios, dos de las cosas que más me gustan en este vida son leer y escuchar música, así que imagínense leer sobre música, aunque, por otro lado, tengo que admitir que un volumen sobre contrapunto y armonía lo mismo ya no resulta tan apetecible... Por supuesto, cosas como “El martillo de los dioses” - sobre Led Zeppelin – no dejan de tener su gracia, pero más porque se leen casi como una novela en la que se usan nombres de personas reales, que por la veracidad de los textos, ahora, creerse lo que cuentan es mejor dejarlo al juicio individual. Como con cualquier película “basada en hechos reales”, o como con cualquier periódico, ya puestos.

Como es comprensible, cada uno cuenta la feria según le haya ido, y eso da lugar a múltiples interpretaciones de los hechos, a veces con resultados poco favorables para algunos de los involucrados – parece ser que a Mick Jagger no le hizo mucha gracia el “Vida” de Keith Richards -, aunque hay gente como Sting que sorprendió a propios y a extraños con su “Broken Music”, “no tuvo una mala palabra contra nadie”, afirmó un impresionado y veterano colega del ex-cantante de Police.

También los hay quienes usan sus libros para disertar sobre el estado del negocio musical, que en casos como en el de Bill Bruford es de agradecer – sobre todo porque está muy bien escrito -, o les da por darle apariencias de relatos cortos de desesperante interpretación (Bob Dylan) pero las mas de las veces, suelen tener una estructura muy similar con algunas variaciones. Este no es un problema de quienes escriben – sean ghostwriters o no – sino porque la trayectoria de un artista musical suele ser la misma: duros principios, éxito, indigestión del éxito, experiencia cercana a la muerte, resurgir, ahora estoy mucho mejor. Si el autor no es el propio músico, esto último se puede cambiar por muerte, o zusto. O por muerte de nuevo.

Puntos de inflexión y reflexiones

Yo soy de los que opinan que Mike Oldfield se merece un tochaco de esos que se publican sobre Miles Davis o John Coltrane, en los que un profundo análisis musicológico le sigue un desglose detallando las sesiones de grabación, los instrumentos utilizados y declaraciones con los colaboradores se conjugan con elementos de la vida personal del artista, tanto en cuanto impacten en su obra.

Un libro de una colección que nos ha dado muchas alegrías que al menos trae una discografía bastante completa


Lamentablemente, “Changeling” no es ese libro.

Eso es algo que se podría adivinar por su extensión (no llega a las 300 páginas), o por su estructura. En lugar de una narración ordenada estrictamente desde un punto de vista cronológico, Mike arranca con un punto de inflexión – cual variante de una terapia psicoanalista -, que no es otro que su visita a unos seminarios de Exegesis, uno de los métodos de auto descubrimiento personal que prosperaron en los 70, como el “Primal Scream” (grito primario, del que fue firme defensor John Lennon durante una época) o el EST. Allí Oldfield se enfrentó a los miedos que tantas angustias y ataques de pánico le habían producido durante buena parte de su vida, momento que aprovecha para echar la vista atrás y comienza a hablarnos de su infancia.

Ahora bien, de vez en cuando esa narración mas organizada se ve interrumpida por reflexiones personales sobre diversos asuntos más o menos filosóficos y metafísicos, tales como la fama, el renacer, etc... No es que resulten especialmente molestas, ya que leer “The Changeling” es una experiencia bastante frustrante de por sí, sino que, sorprendentemente, van muy bien con la estructura de la obra.

No es que lo que cuenta Oldfield no sea interesante, pero el estilo utilizado no encaja del todo. A fin de cuentas, se nos hablan de algunas experiencias bastante traumáticas, como el progresivo deterioro psíquico de su madre tras dar a luz a un niño con síndrome de Down (al cual, ni Mike ni sus dos hermanos conocerían nunca, ya que sus padres les explicaron que había muerto al poco de nacer, cuando en realidad fallecería en una institución tras pasar un año de su nacimiento) o del aislamiento que el músico siempre ha sentido con respecto a la gente que le rodeaba.

Pero no es narración brillante, va un poco a trompicones y no se detiene en detalles que nos hicieran apreciar mas detenidamente las sensaciones que nos quiere transmitir. Esta bien redactado, como quien dice, pero poco más. A eso se debería añadir que cuando Oldfield intenta ser irónico o divertido, no le sale demasiado bien. Por ejemplo, habla de su primera entrevista para Melody Maker con un periodista llamado Karl Dallas. Cuando lo recuerda, dice que “no tenía cara de Karl, ni era de Dallas, sino que resultó ser un tipo calvo, bajito, con un acento mas bien normal. Mas tarde descubrí que Karl Dallas era un nombre falso, un nom de plume.” Er... gracias por exprimir la anécdota, Miguel.

Eso no quiere decir que no haya momentos realmente divertidos, como un viaje en globo con el magnate Richard Branson que casi termina en tragedia o como éste mismo le “amenazó” para que firmara el contrato de adhesión a Virgin con un cuchillo de los de untar la mantequilla. Pero estos momentos quedan descompensados con respecto a los relatos de su juventud, sus experiencias con las drogas, las continuas depresiones o la difícil relación familiar.

Fuerza para vivir

En las entrevistas promocionales, Oldfield expresó que uno de sus deseos a cumplir con este libro era desmitificar el tabú que suele unir “psicoterapia” con “enfermedad mental”. Como ex-estudiante de psicología, no puedo mas que aplaudir la idea. Pero que nadie se piense que esto es un libro de autoayuda, cierto es que Campoviejo usa bastantes párrafos para contar todo el bien que le ha hecho el acudir a profesionales de la salud mental. Pero en realidad, buena parte del relato se centra en las angustias previas, en las sensaciones que provocaban los ataques de pánico y en cómo el sorpresivo éxito de “Tubular Bells” no hizo más que rematar esa desorientación. Si yo fuera un pérfido, le respondería que cuando yo tenga un disco que venda 20 millones de copias y que prácticamente sirva de fundación para un género musical, yo sabré perfectamente cómo reaccionar. Pero... ¿afortunadamente?, no se ha dado el caso y probablemente tampoco sabría qué hacer.



De hecho, cuando uno se da cuenta de las alturas a las que Oldfield habla de su primer álbum, (página 109), queda claro que éste no es un volumen en el que vaya a entrar en detalle sobre su corpus artístico. No es que las anécdotas sobre la grabación del álbum de las campanas tubulares no se agradezcan, pero obras tan respetables como “Crises”o “Five Miles Out” se quedan un poco apartadas. De hecho, da la impresión de que Mike solo ha querido centrarse en las obras de mayor éxito, de ahí que también tengamos algunos detalles sobre Hergest Ridge, Ommadawn (“el disco para el que Mike Oldfield fue puesto sobre la tierra” según la “Rough guide to Rock'n'Roll” y no soy quién para discutirlo) o incluso “Incantations”. Pero después de esto, Oldfield explica muy poquito, apenas nombra a sus colaboradores – hubiera sido muy cruel hablar de Phil Collins y no de Simon Phillips, auténtico pilar de buena parte de la música de Oldfield en los 80 – y algunos de sus argumentos resultas descorazonadores.

Si alguien tenía la ilusión de que las letras de “Moonlight shadow” tuviesen algún trasfondo profundo, que se vaya olvidando. Resulta que todo es un batiburrillo de ideas – principalmente, una película sobre Houdini protagonizada por Tony Curtis -, salidas de una noche con un una botella de Whisky y un diccionario de rimas, con Oldfield ya cansado de no saber qué hacer con una pista de acompañamiento tan buena, a la que no conseguía encontrarle palabras. Ergo, la máxima de que la interpretación de uno mismo sobre una obra de arte es tan valida como la del creador, se cumple aquí con creces.

Igualmente, si alguien se imaginaba a Campoviejo como una persona espiritual y estable que componía su música como parte del interés por las filosofías de corte alternativo de finales de los 60 y principios de los 70, que se lo replantee. Oldfield explica que intentaba componer material que creara un mundo musical apartado de las tensiones que sufría diariamente, ya que considera que el lenguaje hablado no es una forma de comunicación especialmente elegante. Es como decir que los Rolling componen música agresiva y gritona porque se sienten muy bien con ellos mismos, y la música relajante es para aquellos que están todo el tiempo angustiados. ¿Y qué hacemos a los que nos gustan ambas?



Hay momentos en los que uno sospecha que a Mike se le va la pinza que da gusto, y otros que, sinceramente, no son muy recomendables para la sana juventud española que desconoce por completo los peligros de la drogaína (si, estoy siendo sarcástico). Me explico: aunque Oldfield reconoce que uno de sus “malos viajes” con el LSD tuvo unas consecuencias terriblemente negativas para su estabilidad psíquica, no teme en decir que la fuerza y el empaque de música era mucho mayor cuando estaba “neurótico y paranoico”. Aquí tengo que discrepar con el autor, creo que buena parte de su música en los 80, e incluso de los 90 – cuando se supone que estaba mas “estable” - sigue siendo de una gran calidad y puede mantener el tipo frente a sus cuatro obras épicas iniciales.

Igualmente, resulta muy triste que te cuenten que en los primeros envites de la grabación de su Puta Obra Maestra “Ommadawn”, Oldfield estaba prácticamente nadando en alcohol, hasta el punto que su estómago terminaba rechazando todo sólido que entraba por su boca. De aquí podemos afirmar que aunque Miguel es bastante cruel en algunas de sus afirmaciones - “a causa de la fama tienes que despedirte de cualquier tipo de amistad auténtica” - tampoco intenta dar una imagen maqueada de si mismo, no siempre, al menos. Al igual que en el caso de Syd Barret, resulta increíble la ceguera de buena parte de su entorno sobre sus trastornos mentales, lo cual pone de manifiesto el desconocimiento generalizado de la sociedad sobre el tema durante aquellos años. Probablemente, Campoviejo tenga razón cuando argumenta que mientras él estaba intentando cubrir el teléfono con almohadas para no oírlo sonar – su manager intentaba convencerlo de hacer promoción y giras -, para Branson, el músico se dedicaba a pasear su perro por las colinas de Hergest Ridge, “haciéndose el difícil”.

Ya sé qué le falta a mi estudio casero: un buen reposabrazos para controlar como Dios manda el ratón


Resulta divertido, no obstante, que Oldfield se adhiera a la eterna historia de “músico de éxito que siempre anda corto de pasta”. Ya sea porque Virgin le hizo un contrato en el que no le pedían su primogénito porque esa era del todo ilegal, o porque sus fobias le impedían salir del Reino Unido y evadir impuestos como todo músico / deportista / actor de fama que se precie. Mike pasa por una serie de viviendas desastrosas hasta que consigue establecerse en un cierto lujo, que normalmente se traduce en tener su propio estudio para crear música siempre que quiera.

Contradicciones

En lo que se refiere a su versión de los acontecimientos sobre las corrientes musicales de la época de mayor éxito, Oldfield tiene una visión un tanto sesgada, o quizás demasiado íntima; tras sus inicios con la banda de Kevin Ayers, deja claro un cierto respeto hacia Soft Machine o Henry Cow, pero no duda en ignorar – a sabiendas o no, eso es más difícil de saber – a otros adalides de la música instrumental como Tangerine Dream (que durante una época también fueron fichados por Virgin), Vangelis o Jean Michel Jarre. Nunca sabremos si por puro desconocimiento o porque pensaba en ellos como pobres imitadores, pero la cuestión es que Mike considera, en toda su humildad (sarcasmo again), que “Tubular Bells” y “The Darkside of the moon” de Pink Floyd tenían que marcar el rumbo de la música en el futuro. Esto abriría un largo debate sobre la evolución – o involución – de la música pop que es mejor dejar para otro post.

Ergo, la revolución punk le pilla desprevenido, y le sienta muy mal la desmedida atención de su discográfica hacia los Sex Pistols, los cuales ya habían pasado por dos disqueras antes de firmar con Branson. Tengo que decir una cosa sobre el magnate: cualquiera que pueda granjearse el odio de TODOS los miembros de la banda punk por excelencia (incluido su manager), tiene que, por fuerza, estar haciendo algo bien. Bravo, Richard, bravo.



Aunque ahora Oldfield entiende que Virgin tenía que buscar el máximo beneficio y que estaban en el negocio para ganar dinero, admite que el “nuevo estilo rey” (al menos para la prensa musical de los 70) nunca fue especialmente de su agrado. La cosa llega tan lejos como que Mike afirma que “no importa lo mucho que inspeccione al equipo para las giras, siempre hay alguien que es fan de los Sex Pistols que intenta armar bronca”. No sé que resulta mas ridículo, que Oldfield le tenga que preguntar a los pipas qué tipo de música escuchan (si es que es eso a lo que se refiere) como si fuera un Simon Cowell / Risto Mejide de la vida, o que un trabajador arriesgue su sueldo soltándole a su jefe “esta música tuya es una mierda pinchada en un palo, los Sex Pistols si que molan”, si es que es eso a lo que se refiere.

Siguiendo con el tema de las giras, Miguel tuvo que ser prácticamente arrastrado a los ensayos y bolos de presentación de su primer disco, no fue hasta que salió del seminario de Exegesis cuando reunió las fuerzas para montar una banda. Y como era de esperar, como alguien que sale de un régimen y se prepara una opípara cena, se pasó tres pueblos, llevándose una banda monstruosa que casi no cabía en el escenario, lo cual se tradujo en un déficit económico monumental. Aunque el de Reading culpa a las “circunstancias” y una pobre gestión de los recursos, lo cierto es que gracias al libro uno puede deducir que la economía doméstica – o de cualquier tipo – no es el fuerte del músico. Curiosamente, Oldfield olvida que Branson tuvo que pararle los pies cuando solicitó un coro de 80 personas y se tuvo que “conformar” con 12.

Sobre su vida personal, resulta extraño que a veces de muchos detalles sobre los problemas de su madre pero en lo que se refiere a sus parejas mantenga tanta discreción que ni siquiera da nombres, y hablamos de, por ejemplo, Anita Hegerland, que además cantaba en sus discos y salía en los videoclips con él, ¿algún acuerdo de privacidad? Vaya usted a saber. Tampoco da el nombre del músico rockero que compró la casa en Ibiza de la que Oldfield se quiso deshacer en cuanto salió de la isla balear, que por cierto, fue Noel Gallagher. Lo de su etapa ibicenca, según algunos titulares, da para algunos de los momentos mas incómodos de la biografía de Oldfield, que aquí, obviamente el músico ignora: como cuando se supone que estrelló su coche contra el muro de su vivienda con algunas centésimas de alcohol en la sangre, o cuando (de nuevo, supuestamente), su hermana Sally puso un anuncio en la sección de contactos, buscándole pareja a Mike. Asunto este que provocó un momento muy incómodo en una entrevista para un suplemento dominical. Ya digo que Campoviejo prefiere dejarlo en que tuvo algunos de los mejores y peores momentos de su vida en el lugar.

Otra contradicción es el tema de los vídeos musicales: Mike dice que nunca le hicieron especial ilusión, pero bien que se le ve hacer el panoli en algunos, por supuesto, del capitulo “sordido-musical” de “Don Alfonso” no dice ni mu. Ni del “videoálbum” “The Wind Chimes”, que se supone fruto de su obsesión por la tecnología de vídeo de la época. Ah, y por supuesto pasa de puntillas por el breve tiempo que fue fichado por la sucursal española de WEA tras los desiguales resultados en lo comercial que fueron sus discos con Warner, fuera de España y Alemania, al menos. Admite sin tapujos, eso si, que su corazón no estaba en álbumes como “Earh Moving” (el único de su obra en el que todo son canciones, sin ninguna pieza instrumental), y que la tercera parte de Tubular Bells fue una exigencia de su discográfica.



En este respecto, Oldfield no entiende (o se esfuerza por no entender) que la gente siga prefiriendo el primer disco de las campanas tubulares frente a sus técnicamente perfectos remakes. Mike no ve que el momento en el que publicó su primera obra era propicio para sorprender y que parte del encanto eran las imperfecciones. Puede que la guitarra estuviera sin afinar, pero esa es la versión de la que se enamoró el público.

Ah, tampoco hay ni una mención sobre el supuesto mensaje en código morse en “Amarok” que debería traducirse como “jódete, Richard Branson”.

Finalmente, me cuesta mucho recomendar “Changeling” a alguien que no sea un completísta de Oldfield, no consigue mantener el interés como libro más allá de por de quién lo ha escrito. Pero resulta sorprendente que no haya versión en castellano, si hay un mercado fiel a este hombre es el español, mientras que gente menos famosa como Andy Summers sí que han tenido traducciones de sus biografías. Hablando del guitarrista de Police, al igual que Oldfield estuvo en la banda de Kevin Ayers, y, curiosidades de la vida, también le toco interpretar las partes de Mike en la versión orquestal de Tubular Bells – el autor no tenía nada que ver con algo que era básicamente un invento de David Bedford y de Branson para poder sacar el disco a la carretera -, aunque las palabras que le dedica en “One train later” (traducido en España como “El tren que no perdí”) no son especialmente amables.

El título, por cierto, alude a las maniobras de los seres imaginarios como trolls, trasgos o hadas, - según Oldfield, Jon Anderson cree en la existencia de alguno de esos seres, lo cual tampoco acaba de ser una sorpresa - de cambiar un niño humano por uno de los suyos. Quizás como forma de expresar cómo de excluido se siente con respecto al mundo, quizás Sally deseó como la protagonista de “Dentro del laberinto” que los goblins se llevaran a su hermano y después no lo pudo recuperar, vaya usted a saber.