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martes, 31 de enero de 2017

DE ERRATAS Y COLABORACIONES

En mi post ÉPICO “24 horas no fueron suficientes” sufrí de un mal que suele asomar la cabeza cuando algo se alarga demasiado, esto es, se me ocurren cosas que incluir pero al pasar tanto tiempo gestando la susodicha entrada, para cuando llegó el momento de dichas inclusiones, estaba ya tan hasta los huevos que mi cerebro pasó por alto darles el toque definitivo.



Eso sin olvidar las faltas de ortografía.

Pero hubo dos momentos especialmente flagrantes y ambos se refieren al concierto de David Gilmour (¿Hasta cuando puede colear algo que ocurrió en Julio del año pasado? Pues parece que bastante tiempo). Por un lado empecé una reflexión sobre el hecho de que Chester Kamen estuviese en la banda de Roger Waters la primera vez que lo vi en directo... olvidando concluir que lo más gracioso de todo el asunto es que, tantos años después acabara viendo a Gilmour con Kamen entre sus filas ¡Pero sin Jon Carin que, como quien dice, había estado en su grupo hasta antes de ayer! Y sin Phil Manzanera, a quién un año antes había preguntado por Gilmour durante una entrevista. Para ser más exactos, le pedí que hiciera entrar en razón al bueno de David para que visitara España en su próxima gira. Obviamente, no funcionó.



Todo esto me recuerda un comentario muy gracioso – dentro de su contexto, he de aclarar -, que se realizó en los inevitablemente foros sobre Pink Floyd. Aclaración: los foros es lo que teníamos antes de existir Facebook. Cuando apareció “On an island” (2006) - tercer álbum en solitario de Gilmour, aunque da la impresión de que para él fue el primero -, le preguntaron al guitarrista y cantante si no pensaba volver a girar con Pink Floyd. La respuesta de Gilmour fue “no me veo saliendo a la carretera con la misma banda en la que me pasé 25 años”. Por supuesto, el fan quisquilloso que uno puede encontrarse en los foros no tardó en señalar que, de hecho, el grupo que había formado para presentar “On an island” en directo, era, básicamente, el mismo con el que había estado tocando durante, al menos, los 18 años anteriores. Recordemos, Guy Pratt y Jon Carin (bajo y teclados, respectivamente), se sumaron a las filas de Pink Floyd en 1988, mientras que Rick Wright... ¡Cojones, Rick Wright era miembro fundador de Pink Floyd!



Supongo que la incorporación de Manzanera o el hecho de tener a un batería que no fuera Nick Mason en su banda eran suficientes para que Gilmour diferenciara a su combo con respecto a lo hecho anteriormente. Pues vale.



La otra cosa es que, durante la entrada me refería a la “poca duración de mis vídeos del concierto”. No hace falta ser especialmente avispado para darse cuenta de que, ninguno de los vídeos que jalonaban el post había sido grabados por servidor. La cosa va como que así: desde que la buena gente de Youtube permitieron que la aún más buena gente de Porcupine Tree Limited (la oficina de representación de Steven Wilson) me tumbara mi vídeo del show del propio Wilson en Barcelona - “tumbar” es que reclamaron una violación de su copyright, lo cual desemboca en que te borran el vídeo y Youtube te da un tirón de orejas, junto con un cursillo animado de pocos minutos sobre la autoría de los contenidos que uno sube, sí, en serio -, tengo mucho cuidado de lo que añado a mis canales. Leñe, sólo tengo dos y ambos con mi nombre.



El equipo de Gilmour no es muy permisivo con según qué cosas, creo que sólo dejan un vídeo en Youtube si está terriblemente grabado, con una calidad de imagen y sonido tan horrenda que sólo el fan más acérrimo dedicaría algo más que un par de segundos a verlo. Bueno, o si pertenece a una agencia de noticias de verdad.

Así que realmente me la juego al incluir algunos en este post, pero me debo a vosotros, mi enorme, ENORME público ¿Quién dijo miedo? Lo más gracioso es que cuando opté por hacer un pequeño montaje de todos los vídeos del concierto y lo subí a mi Facebook personal, la increíblemente buena gente de Zuckerberg me informó de que David Gilmour tenía que autorizar la difusión del mismo. Obviamente, imagino que no se trataba de Gilmour y Polly (su esposa) delante del portátil juzgando todos y cada uno de los vídeos que aparecían con su nombre en el titulo, sino del equipo dedicado a las redes sociales del músico.



Empero, y esto es importante. Al igual que pasa con algunos vídeos que uno sube con versiones de temas ajenos, Youtube no tarda en informarte, en base a sus logaritmos internos de reconocimiento, que tal discográfica o editora tiene los derechos de una canción y que si te han incrustado anuncios en tu canal de cara a ganar dinero, los beneficios que devengan de los visionados irán a manos de los que poseen tales derechos. Está muy mal que casi todas las canciones del universo estén disponibles en Youtube por la cara ¿Verdad? Ahí os dejo mi enésima reflexión sobre las incongruencias de la malvada piratería.

Y ahora, las colaboraciones en los dos últimos ejemplares de la This is Rock


PROG... Y NO TAN PROG.



Creo que aquí ya he hablado en unas cuantas ocasiones de lo que opino de Neal Morse. Sigo opinando más o menos igual porque él tampoco es que haya cambiado mucho... ni yo, ya que nos ponemos. A riesgo de repetirme, ahí va eso: Neal es una figura especialmente inspiradora para mí. Creo que Spock's Beard – grupo del que era líder y con el que yo lo conocí -, a pesar de sus aires retro, fue una de las mejores bandas de Progresivo surgidas en los 90, aunque sus miembros ya estuvieran mayorcitos a la hora de publicar su impresionante debut, “The light” (1995). Después de leer su libro “Testimony” (2011), entiendo mucho mejor su conversión al cristianismo... al mismo tiempo que a veces la fuerte influencia de su fe en la música que hace se me atraganta. Como le dije a él mismo y a Mike Portnoy durante nuestras entrevistas, yo soy un ateo bastante convencido – no por nada, es que los dos me lo preguntaron -, pero eso no quita para que aprecie la belleza de lo que hace.



De hecho, en las entrevistas, ese espíritu de buen rollo cristiano se traduce en que hay ocasiones en las que me da la impresión de que a Morse le gustaría decir algunas cosas pero no se atreve por miedo a quedar como un bocas, o simplemente, porque iría en contra de las ediciones éticas que implica su práctica religiosa.



En esta última ocasión, que por fin fue por Skype en lugar de la terrible línea telefónica que provoca más problemas que otra cosa, Neal pareció estar más relajado para hablar de su nueva obra, “The similitude of a dream”. El doble disco conceptual aparece como una reseña destacada en el número 150 de la revista, amén de mi conversación con Neal, así que ya ahí podréis apreciar lo más relajado que estuvo en esta ocasión el músico. Yo lo sigo considerando un genio, a pesar de lo repetitivo que pueda llegar a ser en algunas ocasiones.



Otras cosas que cayeron en mis manos fue el nuevo álbum de Gong, la reedición del fabuloso primer y único álbum de How we live (próximamente en “Discos Locos”, por cierto), terminando con el sexto volumen de los “Homebrew” de Steve Howe. Para aquellos que gusten de escuchar las maquetas del guitarrista...






Ya para el número 151 se concentra bastante material de un servidor: al pasar las primeras páginas nos encontramos con mi crítica del libro “Buck'em”, una auto biografía de esa gran figura del country que fue Buck Owens. Qué quieren que les diga, a mi el Country como género siempre me ha hecho mucha gracia, es como la copla para los estadounidenses. Entendiéndolo como ese estilo de música que cuenta “las cosas como son” en sus letras, acompañadas de una música que puede entender desde el redneck más paleto en Texas hasta la it girl más sofisticado del Upper Manhattan. Y basta ya de usar anglicismos que parezco gilipollas, y ya se me va mucho con serlo.





La primera vez que entré en contacto con la música de Owens fue, como a veces ocurre, sin que yo fuera consciente de qué demonios estaba escuchando. Su versión del tema “Act naturally” abría el documental “Capturing the Friedmans” (Andrew Jarecki, 2003), que si a mí me preguntan, es el más acojonante film de terror jamás estrenado. Curiosamente, no ha sido hasta leer el volumen que he descubierto que el tema no es realmente suyo, sino una versión. No es tan raro que un artista sea conocido por una versión, pero al leer las palabras de Owens – básicamente, el libro se vertebra alrededor de las cintas que dejó grabadas el músico, contando su vida oralmente -, uno cae en la conclusión de que en el mundo Country las canciones casi que se pasan como cromos para ver quién tiene más suerte con cada una.



Tal es la forma que tiene el bueno de Buck de describir los acontecimientos de su vida. Hay sin lugar a dudas, espacio para el arrepentimiento – no tiene problemas en admitir que las mujeres siempre han sido su perdición, llevándole a una serie de conductas del todo incongruentes -, pero también para llevar al lector a una época en la que no existía casi nada del mundo que conocemos ahora. Casas en las que no había cuartos de baño, trabajos eventuales en el campo, peleas, antros en los que tocar horas y horas... Y Nashville.



No deja de ser curioso esto último. Como mucha gente sabe – o debería saber -, Nashville es una ciudad cuya vida se sostiene, en un alto porcentaje, alrededor de la música, y para ser más concretos, de la música country. Demonios, si hasta Robert Altman le dedicó una película al tema. Por eso no deja de ser curioso que uno de los nombres más destacados del estilo prefiriese su pequeña localidad californiana como base de operaciones, y que prácticamente tilde de mafia a la gente instalada en la ciudad de Tennesse.

Aunque hay momentos en los que se hace un poco cuesta arriba – los comentarios sobre los Beatles, que habían versionado a su vez “Act naturally” en base a la toma de Owens quedan un poco rancios – ha resultado una lectura muy entretenida. Y recordemos, Owens grabó OTRA versión de “Act naturally” con, según Paco Fox, el mejor actor de la historia. Sí, Ringo Starr, a fin de cuentas, era su momento estelar en los shows de los Fab Four.



Pasamos las páginas y mi siguiente aportación es una charla con el israelí Aviv Geffen, 50% de Blackfield, siendo la otra mitad el bueno de Steven Wilson. Una pequeña consideración sobre Blackfield: desde que conocí la música de Porcupine Tree y la miríada de proyectos en los que, aparentemente, Wilson estaba siempre metido, me preguntaba cómo encajaría su forma de componer dentro de un marco exclusivamente pop. Algo parecido me preguntaba con el otro “hombre más ocupado del Progresivo” como es Mike Portnoy. Al batería le costó un poco más y ha terminado con dos proyectos que siguen demostrando a veces un alto octanaje instrumental como son The Winery Dogs y Flying Colours. Pero Wilson se le adelantó con el primer álbum de Blackfield (2004). De acuerdo, es discutible si Steven ya había puesto un pie en el terreno más convencional con los discos “Stupid Dream” (1999) y “Lightbulb sun” (2000) de Porcupine. Pero la magia de Blackfield se basa en que sigue con esas oscuras texturas sonoras y la perenne melancolía al tiempo que se apoya en melodías que uno puede tocar fácilmente con una guitarra acústica.



Para mí, los dos primeros discos del dúo y su directo en Nueva York conforman una trilogía envidiable que ilustran perfectamente el por qué de esta colaboración. Reconozco que desde el momento en que Wilson se distanció del proyecto para dejarlo casi todo en manos de Geffen – aunque siguiera aportando voces y guitarras -, perdí un poco de interés en su trayectoria. Me seguían gustando los singles, pero empezaba a ver que se había instalado una cierta rutina alrededor de su modus operandi. Ni siquiera las colaboración especial de Brett Anderson me llamaban especialmente.



Con “V”, vuelve a la palestra Wilson, también aparece Alan Parsons tras los mandos de producción en varias canciones y los temas tienen más enjundia. Hay algo de vuelta a los “buenos malos tiempos”, aunque eso también conlleva cierta sensación de rutina. Para hablar de todo eso, nos citamos vía telefónica con Geffen desde las oficinas londinenses de su discográfica.



Fue una conversación interesante, como otros melancólicos musicales – Tim Bowness, el propio Steven Wilson -, Geffen es de risa fácil, pero a diferencia de sus colegas, se diría que se nota el peso de su seriedad artística en la conversación. O dicho de otra forma, no creo que su música sea tanto una válvula de escape como un fiel retrato de su forma de pensar, aunque espero que eso no incluya algunos de sus textos más simplistas y denostados como “Que te jodan, vete al Infierno” (y así 3 minutos).



Un aspecto interesante de la charla – y que el dire de la revista se ha afanado de poner como titular – es el enfrentamiento de Geffen con Waters debido al apoyo del último al boicot contra Israel. Sí, este blog empieza a parecer un monográfico sobre Pink Floyd y su mundo... ¡Y eso que aún no he dicho mi opinión sobre el imposible cofre de “Early Years”!



Vayamos por partes, en todo caso. Siempre he admirado mucho a Roger Waters, principalmente como músico y artista visionario. Hubo una época en la que me sentía especialmente identificado – como buena parte de la población mundial – con “The Wall”, hasta el punto de pensar que era mi disco favorito... hasta que recapacité. Me sigue pareciendo genial, pero también conviene darse cuenta de que es un álbum compuesto por un músico millonario que se estaba quejando de lo mal que estaba su mundo. Por supuesto, un artista con varios millones en su cuenta corriente puede crear algo tan valido como alguien que está al borde de dormir en la calle, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que tener éxito contando tus mierdas y emocionando a la gente con ello – porque tus mierdas se parecen de alguna forma a las suyas -, no te da carta blanca para opinar de todo.



Empero, Waters lleva años con su particular cruzada contra Israel y los artistas que actúan allí, entre ellos el muy llorado Leonard Cohen que tocó en Tel-Aviv hace algunos años. A diferencia de los dos temas que lanzó como protesta contra la Invasión de Irak - “To kill the child” y “Leaving Beirut”-, en los que señalaba una cierta caridad por las victimas de los movimientos de la “Alianza de Civilizaciones”, sus declaraciones contra Israel han sido ataques frontales, bordeando el insulto personal hacia algunos de sus colegas.



La contradicción es esta, Roger dice que no se puede actuar en países que apoyan la masacre de sus vecinos, que levantan muros y que invaden territorio ajeno... Esteeeee, supongo que las millonarias giras por Estados Unidos no entran en la ecuación. Lo más gracioso de todo el asunto es que cuando Waters actuó por primera vez en Israel, su argumentación sobre el tema fue que no era consciente del conflicto con Palestina. Supongo que lamentarse durante tantos años de lo mal que le trata la vida desde su mansión en los Hamptons neoyorquinos tiene esos efectos colaterales, dejas de interesarte por las noticias de la sección de Internacional.

Lo mejor del asunto es que intentara discutir del tema con Geffen, esto es, un señor que protesta contra los movimientos de su gobierno DESDE DENTRO y aún así intentara llevar la razón. En fin...



Mi siguiente aportación a la revista tiene forma de una animada charla con Daniel Gildenlöw, líder de los muy suecos, muy metálicos y muy progresivos Pain of Salvation. En realidad, Daniel y yo deberíamos haber hablado hace tiempo, cuando la banda lanzó el acústico “Falling Home” (2014), pero fue uno de esos casos en los que servidor se quedó mirando el teléfono... y no pasó nada.

La cosa quedó compensada con creces con una conversación de 45 minutos - tal y como el músico me advirtió “suelo dar respuestas muy largas” - en la que tocamos varios temas, no siempre musicales. Conviene recordar que antes de grabar “In the passing light of day”, Daniel pasó por una absurda infección que estuvo cerca de acabar con su vida, poca tontería. Por supuesto, eso abrió la puerta a hablar de la religión, un tema que a la gente del Norte de Europa parece tener bastante pillada, y me muero de ganas por leer un estudio bien informado por parte de algún sociólogo sobre el tema.

Aunque reconozco que Pain of Salvation no es una de mis bandas favoritas, creo que hay algunos momentos realmente conseguidos en el nuevo álbum, y Daniel ya me caía bien desde antes de entrevistarlo, así que resultó en una tarde muy entretenida. Me gustaría darle un final más épico a este párrafo, pero de dónde no hay no se puede sacar.



Terminamos la sección “entrevistas” con una banda de la que yo había oído hablar antes de enfrentarme a su líder, pero cuya música nunca había escuchado. Hablo de The Dear Hunter (la banda) y de Casey Crescenzo (su líder). Lo de este grupo es un poco extraño, son una formación que tienen un estilo muy particular, en cierta forma Progresivo pero también deudor de formulas que al mismo tiempo son muy convencionales y muy experimentales.



Ya lo comenté en otra entrada, pero tal y como pasa con ciertos grupos – en especial cuando el grueso de su obra grabada es una serie de discos conceptuales con una historia en común -, tienen un mundo propio que está muy bien si consigues meterte en él, pero al mismo tiempo te puedes sentir un poco rechazado si no sintonizas del todo. Yo creo que he conseguido meterme bastante de cara a la entrevista, pero al mismo tiempo me da la impresión de que necesito algo más de tiempo y calma para ver si me engancha del todo.



Casey es un tipo intenso pero de trato afable, se toma muy en serio lo que hace pero nunca llega a acaparar la conversación con los “porque yo, porque yo, porque yo...” que suelen ser característicos de algunos artistas. Y ya cuando nos pusimos a hablar de guitarras... en fin, pueden ver el resultado en la entrevista. En todo caso, recomiendo encarecidamente, una vez más, su nuevo “Hymns with the devil in confessional”.



Ya en la sección de reseñas, cayó la reedición del disco “perdido” de Gary Wright, el “regreso al Rock” de Sting (lo que tiene que hacer es dejar de hacer giras de Grandes Éxitos, que tiene suficientes canciones buenas en el repertorio, cojones), y un “nuevo-viejo” directo de Eric Clapton.




Ea, otra entrada que creía que iba a ser cortita y he acabado... en fin, que sí, que debería ser capaz de comprimir un poco más mis ideas...

sábado, 28 de septiembre de 2013

This is... un blog que intenta sobrevivir + Dream Theater, Maschine, The Safety Fire y Touchstone






Ya sé lo que estarán ustedes pensando: "a Fran se le ha ido definitivamente la pinza" - algo que nunca se puede descartar del todo -, "Fran por fin ha acertado un pleno al quince o le ha tocado ese cuponazo de los viernes que echa de higos a brevas" - en ese caso, el bitácora habría muerto del todo o tendría entradas cada dos por tres - y, finalmente, "Fran está preparando un regreso por todo lo alto, como cuando hizo con Sting".

Pues... un poco de lo primero, nada de lo segundo (insisto, a buenas horas estaría yo contando cosas) y algo más de lo tercero. Ha habido tres factores principales por los que el blog lleva cosa de mes y pico en barrena.

La principal, como ustedes habrán podido suponer son las típicas cuestiones laboral / espiritual / personales de cualquier ser humano. La segunda es un detalle técnico: la "saga del notebook" se ha alargado un poco más de lo esperado. "¿Pero de verdad tu ordenador principal es un notebook?" Os  oigo preguntar. No, por motivos de trabajo tengo más tecnología que un portátil con un Linux especialmente creado para Asus (fin del misterio, ya que estamos), que es más difícil de actualizar que ponerle una conexión HDMI a un Spectrum. La cuestión es que el resto de mi tecnología no está especialmente pensada para escribir o viajar ( al menos no tanto, en lo referente a esto último), y que prefiero utilizarla para otras cosas como el retoque fotográfico, la edición de vídeo, la composición musical o como disco duro multimedia a lo burro.

Para lo que se vea de lo que estamos hablando


Dicho esto, insisto en lo que dije en mi Facebook, tener un amigo informático vale más que un guerrero elfo con 3.000 puntos de experiencia, gracias Mariano una vez más... Pero para que se hagan una idea, ahora para abrir el Openoffice (recuerden que estamos en Linux) o el Firefox, tengo que ponerme en modo "Terminal". Esto no quiere decir que me tenga que poner muy enfermo, pandilla de catetos, sino que debo escribir el nombre del programa en una pantalla de negro sobre blanco, sin gráficos ni estilizados iconos ¡Como en los tiempos del MS-DOS! ¡Yeaaaah!

Bueno, en el MS-DOS era blanco sobre negro...

El tercer factor es que he empezado a colaborar en la web de música "La musicoteca", mientras que en la revista "This is Rock" no paran de proponerme cosas cada vez más interesantes. Cualquiera de esas dos cosas es prioritaria sobre el blog, ¿Por qué? Pues por un motivo muy fácil de explicar, si mira usted a la derecha (¡a la derecha de la pantalla, palurdo!) verá que el blog no tiene más que 7 seguidores, aunque me consta que lo sigue y lo lee más gente, tiene difícil competición con respecto a los 4.000 que siguen la web - en Twitter al menos -  o una publicación impresa de tirada nacional. 

Por supuesto, las formas, temáticas o extensión de los artículos para el bitácora serán casi siempre muy distintos a mis colaboraciones en otros sitios. Aquí se habla de lo que me sale del chirimbolo, sea un anime de mi infancia, un grupo desconocido o cualquier reflexión chorra (o no tan chorra) que se me ocurra... lo que me lleva al siguiente problema: He estado, hasta ahora, trabajando en dos artículos de extensión ÉPICA sobre sendas películas (una buena y otra muy muy muy mala) porque creo que es el formato que solo puede tener cabida en cualquier blog que se precie, o un libro. Que para lo demás tenéis el Tuiti o el Feich.

Eso significa que se me va la mano, que si me da por poner hiperenlaces o imágenes, hay que buscarlas, por no hablar de que las correcciones se eternizan. E incluso en ese caso, se me escapan cosas, como ya he podido comprobar, repasando los artículos sobre "Discos de divorcio" o el que versa sobre "La Rebelión de Atlas". Hay días que me entra la angustia de corregir las vergonzosas faltas de ortografía, pero después digo... "bueno, ya si eso me pongo a dar un repaso generalizado a todas las entradas". Ese día creo que saldré de casa con la cara de espanto que solo puede tener un opositor antes de hacer el examen, después de un año o más de estudio sin salir de casa.


Todo esto para decir que "El coche perfecto" sigue vivo, que en breve tendrá nuevos artículos y que incluso volverá a hablar de coches, o algo. Aunque claro, ustedes puede que digan "oye, ¿y esas entradas provenientes del pasado pre-blog que decías que ibas a publicar cuando este se viese frenado?" Muy buena pregunta (sí, se me va la pinza que da gusto, pero no demasiado, gusto, quiero decir), lo cierto es que son cosas que escribí hace muuuucho tiempo, y me parece que el tono chirría un poco con el del blog. Pero bueno, se hará lo que se pueda.


Bueno, pero aparte de explicar la situación del blog, esta entrada tiene que servir como una de esas ocasiones de absurdo autobombo, así que, vamos al turrón, que es de almendra ¿De almendra? Sí, de almendra (maquillaje de Joker y risa alocada a continuación).


Para empezar, pueden ver mis fotos y mi reseña del reciente concierto de ese genio loco de las seis cuerdas que es Steve Vai. En el número de septiembre de This is Rock (que todavía pueden adquirir por un módico precio en su web), aparece mi entrevista con Maschine, así como mis criticas a lo nuevo de The Safety Fire, los propios Maschine y los exagerados Dream Theater. En el ejemplar de octubre, mi presencia se reduce a la reseña de lo nuevo de Touchstone, aunque sé que mis huestes de seguidores (¡hahahahahahahah! esta vez con reverberación de catedral) estarán preocupadas, no se atolondren, hay material muy interesante "en la nevera" para la revista. Pero no puedo hablar del tema, por el sencillo motivo de que no controlo qué se publica ni cuándo, con lo que resulta absurdo comentar cosas que aún no se sabe su fecha de salida. Además ¿cuándo ha dejado de tener cosas interesantes la This is Rock?


En fin, hace poco subí una composición nueva a mi canal de Youtube, y a pesar de que estaba bastante seguro de haber borrado mi cuenta de Flickr, los señores que llevan la web han considerado oportuno mantener mi arte fotográfico on-line. Lo que es una forma muy florida de decir que pasan de mi culo.

Eso es todo por ahora, en breve (espero), más y mejor.


miércoles, 14 de noviembre de 2012

CULTURA INÉDITA: ERIC CLAPTON AND HIS ROLLING HOTEL



Lo siento muchachos, hoy no hay absenta


Ya sé que hace varias entradas en el blog avisé de que me estaba quedando sin nuevas secciones para éste. Pero como un político en elecciones o un pringado que liga en una discoteca diciendo que trabaja como ingeniero: prometer hasta meter... O en otras palabras, este es mi bitácora y le pongo la peluca afro que más me gusta.

En este caso, ya ni siquiera analizamos una obra musical / literaria / cinematográfica cuyo precio es menos de 12 euros, ¡es que es totalmente gratis! Y lo es porque pertenece a esa farragosa área de los lanzamientos que se quedan en un limbo legal por los motivos que sean: que el artista no quiso dar permiso para su lanzamiento (como el recientemente re-estrenado “Bird on a wire” de Tony Palmer que documenta la gira en 1972 de Leonard Cohen), porque el productor decidió quedarse con los derechos de distribución (el directo de Queen en Montreal del 82) o porque era básicamente una mierda (o eso debe pensar David Bowie de “Cracked Actor”)

Ergo, la única manera de conseguir algunas de estas obras es a través de métodos alegales, y es que hay una buena cantidad de retransmisiones televisivas, radiofónicas o de cualquier otro tipo cuya calidad igualan (si no superan) la de algunos lanzamientos oficiales. Incluso hoy sigue habiendo fans que opinan que la cobertura que realizó la BBC de los conciertos de Pink Floyd en 1994 supera al posterior DVD de “Pulse”...¡y es prácticamente lo mismo!

Ahora bien, si la ley prohíbe tajantemente compartir archivos de música extraídos de un CD musical, así como películas cuyo origen es un DVD/Blu-Ray comprado en unos grandes almacenes: ¿qué pasa con los conciertos de Radio 3 o con algunos de esos especiales de música que Tele5 echaba a las tantas de la madrugada de los sábados? Pues que en un momento dado no hay demasiado problema en compartirlo con otros fans hardcore de algún artista en particular. Un ejemplo mas claro aunque no sea musical; durante años los fans de “Star Wars” se han quejado de que George Lucas no hace más que sacar en alta definición versiones modificadas de su obra, dejando la trilogía original relegada al segundo DVD de sus ediciones de definición standard. Y encima fueron extraídas de un Laserdisc... No obstante, algunos fans decididos han llegado a grabar emisiones en HD (de nuevo, para TV) de dichos films, sin retoques estúpidos ni añadidos sacados de la chistera de ILM. Triste consuelo, que solo puede llegar a otros fans a través del file-sharing. Por supuesto, de “El especial Navideño de Star Wars”, ni palabra, y casi mejor que sea así...

El Dios de la Nieve

Lo que nos ocupa hoy es el material sobre el que se cimentó “This is Spinal Tap”, aunque por tratarse de una grabación no dramatizada, se acercaría más a “The story of Anvil” o “Some kind of monster”, en otras palabras, el género que todo fan de la música devora con la misma pasión que un chef de alta gama se metería en la boca una pizza después de una travesía por el desierto (con gusto pero con algunas dosis de asco), redoble de tambores....¡¡¡EL ROCKUMENTAL!!

Si amigos, el género en el cual los astros de la música escriben cartas de amor cuyo destinatario suelen ser su propia persona, en el que (inevitablemente) se nos cuenta la dura rutina del equipo técnico sin el cual “nada de esto sería posible”, el mismo en el que se nos narra que la vida en las giras es dura, pero que todo queda compensado por el aplauso del público. O eso era así hasta los dos films mencionados en el párrafo anterior, en los que se nos permitió comprobar que nuestros ídolos tenían permiso para ser unos capullos redomados, o, aún peor, que vivir el sueño de la música se puede tornar una triste pesadilla de conciertos frente a públicos cuyo número va disminuyendo amargamente hasta encontrarte en un bar-sótano de Europa del Este, amenazando al dueño del local con darle una paliza para que te pague.

“Eric Clapton and his rolling hotel” entra en una categoría, no obstante, mucho mas divertida: en la del músico tan pagado de si mismo que se permite lanzar los mas absurdos discursos dentro de un contexto que (dentro de su cabeza) hacen que suenen como verdades absolutas. Y para colmo, dirán ustedes, el músico en cuestión es Eric Clapton.

Como ya comentamos en nuestro “Especial Sting”, Clapton pertenece a esa clase de artistas como Elton John, Rod Stewart o Mark Knopfler cuyas credenciales han sido tan desgastadas por algunos de sus lanzamientos – o las críticas vertidas hacia ellos – que les dan la apariencia de ser unos mínimos comunes divisores: música para gente que no le gusta la música, carne de KissFM o M80, la antítesis de lo que suena en Radio 3. La perspectiva habitual es que, en un momento dado (sobre todo al principio de sus carreras), estos músicos realizaron algunos lanzamientos verdaderamente rompedores, que son por los que se hicieron famosos, pero que, tras alguna cura de desintoxicación, perdieron ese riesgo y prefirieron vivir de las rentas, con discos a medio gas perfectos para ponerse en los ascensores, pero que tienen poco que aportar al avance de la música.

Esta visión de los hechos es muy divertida por varios motivos: Elton John, por ejemplo, grabó álbumes geniales hasta arriba de cocaína, y otros innecesarios bajo los efectos de la misma droga, asimismo, algunos de sus últimas grabaciones “sobrias” no palidecen frente a sus clásicos. Rod Stewart nunca ocultó que la innovación musical se la traía al pairo y que lo que él quería era ser una estrella del Rock y casarse con una rubia detrás de otra, por amor, claro (y sí, meterse coca por el recto). Sin duda, a mi también me gustan Arctic Monkeys, Jet y cualquier otro grupo que ocupe la portada de Mondo Sonoro, pero al final todos tocamos los mismos acordes.

En este sentido, y después de su “Unplugged”, es fácil que muchos vean en Clapton un objetivo fácil: entre su versión shuffle de “Layla” y lo que algunos podrían definir como “pornografía sentimental” en la forma de la canción “Tears in Heaven” (dedicada a su fallecido hijo Conor), muchos podrían pensar que el ex-miembro de Blind Faith ha dedicado buena parte de su trayectoria a hacer música para cuarentones que no quieren nada especialmente estridente saliendo de los altavoces de su coche. Craso error, por supuesto. Cualquier ser que haya tenido una mano en componer “Layla” o “Badge” merece un respeto, de hecho yo incluiría hasta “My father's eyes”, ea, ya lo he dicho.

La primera vez que tuve constancia de la existencia del documental que nos ocupa, fue leyendo la autobiogafia de Clapton (por una vez, un regalo). Tengo que reconocer que, como una vulgar maruja del Rock, lo primero que leí antes de las largas disertaciones sobre su infancia en Ripley, fueron los detalles del fallecimiento del pobre Conor, puede que por un interés puramente morboso, pero la explicación de su muerte “tras una caída por una ventana” siempre me había extrañado. Como pueden ustedes suponer, fue un absurdo accidente mientras jugaba lo que llevó al hijo del músico a tan triste final.

El Eric Clapton de la época en las que se grabó este largometraje es muy diferente al que registraría un disco “desenchufado” años después, se trata, sin duda, del periodo en la cual “Manolenta” estaba viviendo, one more time, la absurda vida del músico que pasa buena parte del calendario en la carretera, en algún estudio de grabación embarazando a alguna ayudante a espaldas de su mujer, o luciendo sin problemas la camiseta “No snow, no show” (sin nieve/coca, no hay espectáculo). 

Así se las gastaba...
 

Un amasijo de contradicciones

Una tesis que mantengo sobre las biografías en general, mas allá de la forma en que representen a sus protagonistas, es que todas, TODAS, terminan con algún tipo de disertación en plan: “a pesar de sus logros y sus virtudes, sus fallos y fracasos (inserte nombre) era un cúmulo de contradicciones, en otras palabras, un ser humano”. Un párrafo de ese tipo se lo pueden encontrar ustedes en cualquier opúsculo que intente resumir la existencia vital de cualquiera, desde Michael Jackson hasta Hitler, pasando por Nixon y Tolkien.

Ustedes no necesitan gastarse los buenos dineros que cuesta un tocho de biografía para saber eso, porque lo que queremos, parafraseando a Julien Temple, es la filfa y la furia. Pero igualmente y antes de desmenuzar el rockumentary que nos ocupa, es necesario indagar – aunque sea por un momento - en las contradicciones del hombre que lo protagoniza.

Por un lado está el amante del blues acústico de raza (un amor presente de forma parcial en “From the cradle” o en “Me and Mr. Johnson”), el purista que abandonó los primeros Yardbirds en cuanto consiguieron un single de éxito y que pensaba que podía sacar “Layla and other assorted love songs” sin publicidad alguna porque la calidad intrínseca del álbum lo catapultaría al éxito. Por si se lo preguntan, sí, en aquella época Clapton ya le daba a la heroína cosa fina. El hombre cuya poca confianza en sus habilidades compositivas le ha hecho recurrir mas de una vez a versiones de contemporáneos, el ex-estudiante de arte con articuladas opiniones sobre el diseño.

Por otro, está el músico capaz de poner sus manos sobre cualquier género musical si así consigue rascar otro hit, el que se acojona cuando Warner echa a Van Morrison de su plantilla y confía ciegamente en los productores impuestos por la discográfica, el dandy mod capaz de gastarse cantidades absurdas en la ropa que va a llevar en escena o al salir a la calle. Un fantoche capaz de liarla parda en un hotel por hacerse el gracioso durante una borrachera. En definitiva, un conductor de Ferraris sin carnet.

Es que esta tapicería no parece ir con mis zapatos...


Todo eso (o buena parte) está incluido en este “Eric Clapton y su hotel rodante”, una hora y cuarto en la que se mezclan las entrevistas, las bromas de colegial, algunas buenas actuaciones y una sensación de no saber si uno está contemplando a un artista en la cúspide de sus capacidades o a un gilipollas al que hay que darle dos hostias bien dadas.

Un tren nazi

El documental nació con la idea de describir las vicisitudes del grupo de Clapton durante la gira europea del álbum “Backless”, editado en 1977 (un tropiezo en lo comercial y hasta cierto punto en lo artístico dentro de su carrera, pero que le dio la excusa para realizar otra largo periplo). Durante este tramo del tour, la banda y buena parte de su personal viajaban en un tren que anteriormente había servido como transporte privado del dirigente nazi Hermann Goering, continuando la estela de estrellas del Rock setentero con alguna relación absurda con el filonazismo (siendo las otras Jimmy Page y Lemmy).

Clapton explica en su autobiografia, de forma más prosaica, la necesidad de semejante modo de transporte, su manager, Roger Forrester, pensaba que así evitaría que el cantante se pusiera en evidencia delante del mundo mientras que al mismo tiempo protegía al paciente personal que trabajaba en los hoteles de las habituales trastadas de niñato – perpetradas por un tipo en la treintena – que protagonizaba Clapton durante sus diversos estados de embriaguez.

Ah, el arte...


Porque ese es el principal motivo de que “Rolling Hotel” no haya salido a la venta nunca (y probablemente siga así), en palabras, de nuevo, del guitarrista: “no me ponía bajo una luz muy favorable, además se me ve la mayor parte del tiempo borracho y desquiciado”. De hecho, Clapton abre el documental cantando una canción - ataviado con un chalequito abierto y un bufanda, dejándonos ver que no está muy en forma - que nos recuerda que a pesar de todo hay que sonreír en la vida, mientras sujeta el micro y se dirige a la cámara con el mismo rostro que el pesado de tu colega en la fiesta de Fin de Año a las cinco de la mañana mientras te dice (agarrándote el codo, no falla): “¡tío, te quierrrrrooooooooO!”

A renglón seguido, el sempiterno riff de “Layla” sirve como fondo de las diversas imágenes que van a permear los siguientes setenta y cinco minutos: trenes, ensayos, pruebas de sonido, cocina, gente sirviendo platos, Pattie Boyd...

No se pueden mover las mesas, qué flipe tio...


Si ya la canción dedicada a su hijo les podía parecer a algunos segmentos del público pornogafía sentimental, la explicación que hacen tanto Pattie como Eric del significado del tema de Derek and the Dominoes es ya carnaza del papel couché. He aquí una pareja tan estupendamente pagada de si misma, que cuentan sin tapujos sus sentimientos alrededor del tema y el cuento árabe en el que se basa. Como ustedes ya sabrán, Boyd dejó a George Harrison para estar con Eric Clapton, o esa ha sido la versión que siempre se ha dado de esta, en teoría, “comedía de los errores” shakesperiana.

Tras leer el libro de Clapton o ver el documental de Scorsese (o quizás, siendo mas finos, del equipo de Scorsese), “Living in the material world”, uno podría suponer que en realidad Harrison era tan sátiro y tóxico en sus relaciones personales como el resto de los Beatles. Especialmente revelador es cuando su viuda, Olivia, declara que el secreto para que un matrimonio perdure es “no divorciarse”, en lo que se puede leer que es mejor ser una cornuda que vive en un estado palaciego que una divorciada sin tener a donde ir. En otro momento de “Living in...” se escuchan las declaraciones de Harrison en una rueda de prensa en las que afirma que prefiere que Pattie se haya ido con su colega que con “cualquier otro capullo”. En otras palabras, que George nunca fue la víctima pringada de esta historia, sino que era un alegre infiel según le convenía, llegando incluso a proponer intercambios de pareja a su amigo Clapton o a declararse en público a la mujer del bueno de Ringo Starr.

Los antiguos usuarios


Volviendo a “Rolling Hotel”: Boyd y Eric hablan de la pena y el marasmo de emociones que les han producido su tiempo filtreando, las canciones dedicadas y su reencuentro “final”, después de que Eric saliese de su “retiro” (léase “ponerse de heroína hasta las cejas con Alice Ormsby-Gore durante casi tres años). Al poco, Clapton pasa a explicar cómo se formo la banda – lamentablemente, dos de sus miembros ya no se encuentran en este mundo – y se sigue con diversos relatos por parte de los músicos y del manager, sobre las experiencias de las giras.

A partir de aquí, las declaraciones de los involucrados en la gira se turnan con mas ensayos, tomas en directo y momentos en los que Clapton se confiesa frente en la cámara, mas que desquiciado, en modo de decir sandeces que probablemente a él le parezcan pura poesía emanando de su boca, pero sobre eso profundizaremos mas adelante.

¡CON MUDDY WATERS, GEORGE HARRISON Y ELTON JOHN!

Sin duda, las actuaciones son de lo mejor que tiene el documental, aunque las anunciadas aportaciones del Beatle y del autor de “Your Song” se limitan a un solo tema al final del metraje (una jam en la que todos parecen recién salidos de ver un partido de fútbol en el pub local, Clapton lleva incluso una camiseta de jugador), la del veterano bluesman Muddy Waters es tremendamente divertida, demostrando un control envidiable sobre el público mientras versiona “Got my mojo working / Hoochie Coochie Man”. Impagable. Después vemos un poco de su grupo y el de EC departiendo tras la actuación. Las propias tomas en directo de la banda de Clapton son muy buenas, si bien su calidad es variable, “Cocaine” (adecuada ¿eh?) sufre de un leve despiste por parte del líder que responde con una sonrisa en plan de “aquí no ha pasado nada” mientras que “Wonderful tonight” se mezcla con un montaje altamente cursi de Pattie haciéndole carantoñas al cantante mientras suena la canción dedicada a ella. Aunque previamente el guitarrista haya declarado que sus canciones se crean pensando en “cómo me siento acerca de una mujer particular durante un momento en particular”. Reventando de romanticismo, ¿eh, Eric?

Dándolo todo


Un momento curioso es cómo el grupo empieza a ensayar el clásico de los Five Tops “Loving you is sweeter than ever” durante las pruebas de sonido, si bien se saben los acordes (o eso aseguran, aunque yo no lo tengo tan claro y probablemente, Phil Collins tampoco opinaría igual), sus conocimientos de la letra se reducen al estribillo, así que tiene que llamar a alguien en Inglaterra para que les dicte los textos de la canción. Aquí, un servidor de dio cuenta del carácter de espectador del siglo XXI, preguntándose por qué, simplemente, no las buscaban en Google. Supongo que por eso no me extraña que en algunos clones de combate de Conan, los guerreros luzcan relojes-calculadora de Casio...

Sin duda, otro momento recomendable es cuando la gira recala en París y el antiguo manager de Cream, Robert Stigwood, se deja caer para ser grabado mientras departe con Clapton y su pandilla. Recomendable porque Clapton recuerda este momento de forma mucho mas tensa en su biografía de lo que aquí vemos. Incluso su antiguo colega, pianista y tour manager Ben Palmer (otro que define a su jefe/amigo como “un par de personas”) tiene una versión mas extrema de los hechos que lo que se nos permite ver. Me explico: Eric siempre había tenido la desagradable sospecha de que buena parte del dinero ganado por el grupo que formó con Jack Bruce y Ginger Baker había permitido a Stigwood traerse a los Bee Gees de su Australia natal (de donde también era el manager) y promocionar su carrera en el Reino Unido... y así perpetrar años después ese desastre que fue “Sargeant Pepper's lonely heart club band”.

The face that launched a thousand guitars...


Según el libro del guitarrista, Stigwood esquiva las molestas insinuaciones hasta desembocar en un elegante “no es momento para hablar de eso” que provocan a un Clapton enfurecido gritando “¡Es mi película y lo quiero dentro!” Aunque Palmer echa aún mas gasolina al fuego en el DVD de la serie “Classic Artists” dedicado a Cream – en el que aparecen fragmentos de este “Rolling Hotel” - afirmando que el cabreo de Eric le lleva a lanzar improperios del estilo “Where's the money, Stingwood???!!!!”(¿¡¡¡Donde está la pasta, Stingwood!!!????).

Eso debe estar en algún imaginario “Director's cut”, ya que lo aquí vemos es a Clapton y a su séquito porfiando sobre estas cuestiones económicas - “si no hubiera sido por Ginger, Jack y mi, no te podrías haber traído a los Bee Gees ¿verdad” - mientras que el manager, en su permanente postura de bon vivant se dedica a bostezar en tono burlesco frente al sopor que le produce hablar de sus inicios y sigue en esa línea irónica afirmando “le debo mi vida a Eric Clapton, que me ha hecho tan rico, por lo cual mi vida ahora es tan desgraciada, y en cuanto apagues la cámara puede que intente estrangularlo”. Todos le ríen la gracia y pasamos a mas música.

Desquiciado y bromista

Por si alguien no se creía que alguien capaz de parecer tan articulado en algunas de sus declaraciones a lo largo de los años era igualmente responsable de gastar bromas especialmente tontas, en este documental tenemos un buen ejemplo: un pobre periodista francés es engañado por el equipo de Clapton y termina entrevistado a uno de sus ayudantes – con un convincente parecido, hay que admitir, aunque si hubiera conocido a “Munchie” del equipo de Genesis, estaría aún mas despistado – que le da respuestas absurdas a sus preguntas: “¿Cuando formó la banda?” “En 1987”, mientras que el líder del grupo hace amago de estrangular al periodista por detrás. 

 

Mas vergüenza ajena produce el momento en el que el pipa le da ordenes a Clapton frente a los ligeramente confusos ojos del reportero galo, sobre todo cuando Eric, momentos antes, se ha dirigido a la cámara para decir “¿Para qué me enfocas a mi, estás grabando al tío equivocado”, ¡y la gente le ríe la gracia!. Pero la joya de la corona en lo que se refiere a tonterías por segundo son los minutos en los que Manolenta, cigarro en mano, se confiesa frente la cámara.

La auténtica trastienda del Rock.


Después de una sobria y sentida interpretación a voz y guitarra de esa rareza que es “To make somebody happy”, Clapton desgrana cómo a veces el meterse en el estudio “mata una canción” y explica que tiene cajas y cajas de cintas llenas de canciones. Después habla de las decisiones que ha ido tomando a lo largo de los últimos años y que lo han llevado a la situación actual, es decir, dejar la Escuela de Arte y aprender a tocar blues como Dios manda (correcto), abandonar su trabajo en la construcción porque “era simplemente ridículo” (correcto, nadie querría un tabique levantado por este hombre), que si tomarse más en serio cantar (correcto, de nuevo), pero la cosa se empieza a torcer cuando Clapton afirma que estar de gira nueve meses al año le viene muy bien, porque si no, sería un alcohólico. Esto no deja de ser especialmente tragicómico porque, como ya ha admitido el propio artista, buena parte de las giras de aquella época se las pasaba borracho como una cuba, y probablemente a la hora de hacer estas declaraciones tampoco estuviera del todo sobrio. Para echar mas sal en la herida, Eric le cuenta a la cámara que cerca de su casa tiene un Pub, y que si no fuera porque tiene que trabajar, estaría allí todo el día, departiendo como un Barney cualquiera. ¡Y según su propio opúsculo, eso es justamente lo que hacía al volver de la carretera y durante buena parte de su matrimonio con Pattie! (A la que por cierto también le puso los cuernos en varias ocasiones, a pesar de tanta canción dedicada).

No tienes ni idea de lo duro que es esto...


Igualmente, EC asegura que no lee los periódicos mas allá de la contraportada (“sobre todo los deportes”, dice, ¿se referirá a la chica del AS??), porque para él, la prensa no refleja la realidad en absoluto, ya que para él, todo “es romance”. ¿¿¿¿????? Aunque teniendo en cuenta ciertas cosas, tampoco se le puede culpar.

El punto de vista del artista


Mas serio se pone a la hora de hablar de la muerte de Jimi Hendrix, sobre todo cuando recuerda que había comprado una Fender Stratocaster para zurdos que nunca pudo regalarle ya que falleció antes de poder encontrarse con él tranquilamente. Hablando de guitarras, una de las primeras declaraciones de Forrester al principio del documental hacen referencia a una cantidad indecente que costó un instrumento para Clapton, ¿se referirá a la Gibson que se supone le compró a Andy Summers, futuro guitarrista de The Police y de la que hablaba en su “El tren que no perdí?”

EC también se pone intenso cuando toca hablar de su admirado Robert Johnson y del impacto que aún tiene en él, no en vano, tardaría más de dos décadas en grabar su disco de versiones del mítico bluesman.



¿Una obra maestra perdida?

“Rolling Hotel” es demasiado crudo para el aficionado que no sepa gran cosa del artista, demasiado vergonzante para el fan (a pesar de que el público de los conciertos tiene su momento de gloria para alabar a los músicos) y, finalmente, pone al artista, no ya bajo “un foco poco favorable”, sino en evidencia de una forma que el peor columnista de cotilleos no podría lograr ni aposta.

No es una obra maestra perdida ni tan escandaloso como para prohibir su emisión, la copia que yo he podido ver es un mísero Divx que parece extraído de una cinta VHS, a tenor de la clase de drops (o dropeos en lenguaje audiovisual castizo) que tiene en algunos momentos. Pero parece haberse grabado en su día en 16 mm (formato 4:3) y la verdad es que en lo que se refiere a la calidad de imagen no está del todo mal, aunque los colores andan un poco disparatados – los negros son mas bien un azul marino, por ejemplo – y las tomas de los conciertos podrían estar un poco mejor iluminadas.

Al igual que “Cocksucker blues” (este sobre The Rolling Stones), dudo mucho que este documental aparezca algún día en Blu-Ray, no creo que a su mujer actual – Melia - le hiciera mucha gracia ver a su esposo haciendo el ganso de tal manera, y probablemente el propio Clapton tampoco esté especialmente orgulloso de la persona que era en aquel momento. Sobre todo cuando una confirma la teoría de que si uno tiene la manía de intentar ir siempre a la moda, acaba pareciendo siempre un payaso en las fotos viejas.

En lo que se refiere a los momentos en los que Clapton habla, creo que servirían de mucho al entrevistador medio para darse cuenta de que a veces la gente te puede mentir en toda la cara sin ningún tipo de problema... o hacerlo sin ser conscientes porque están demasiado sumidos en su propia realidad. Viendo a Clapton decir algunas tonterías no he podido dejar de pensar en el, primero admirado, después denostado y mas tarde aceptado como “esperable”, documental de Martin Bashir sobre Michael Jackson, “Living with...”, mas que nada porque si la persona que hace preguntas a Clapton le hubiera dicho algo en plan “bueno Eric, ¿qué estuviste haciendo exactamente durante esos tres años de “retiro”, dudo mucho el músico hubiera respondido “vegetar y meterme heroína a cucharadas todo el tiempo”. Igualmente, es muy probable que si alguien le dijera a EC que quizás su consumo de alcohol es un poco... exagerado, éste respondiera con algún exabrupto de los que, aparentemente, tanta gala hacía en aquella época. En otras palabras, “Rolling Hotel” es la oportunidad perfecta para ver el típico biopic sobre una estrella de la música, viviendo en su particular burbuja, rodeado de gente que desea agradarle, con el plus de ser verdad. La versión reality. Como Gandia Shore, pero sin canis y mejor música.

Got my Mojo working...


¿Recomendable? Bueno, si usted (como yo) comparte la opinión de Tom McGuiness de que oír tocar a EC es como el sexo - “Cuando está bien, esta muy muy bien. Cuando está mal, todavía está bien” - entonces no duden en echarle un vistazo. Si es de los que piensan, como aquella mítica pintada que “Eric Clapton is God”, pues lo mismo, aunque quizás deberían recordar el par de frases ingeniosas que le dedicó el Ruta 66 cuando tuvieron la oportunidad de entrevistarlo mientras promocionaba “Pilgrim”: “Todo el mundo debería saber que Dios no existe” o “I've got the Giorgio Armani Blues”.

El resto del universo debería abstenerse. Ya que probablemente lo encontrará bastante aburrido.


PD: La próxima entrada tiene pinta de que va a ser GIGANTESCA, solo voy a dar las siguientes pistas: Rand, Moore y Dilbert...