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martes, 31 de enero de 2017

DE ERRATAS Y COLABORACIONES

En mi post ÉPICO “24 horas no fueron suficientes” sufrí de un mal que suele asomar la cabeza cuando algo se alarga demasiado, esto es, se me ocurren cosas que incluir pero al pasar tanto tiempo gestando la susodicha entrada, para cuando llegó el momento de dichas inclusiones, estaba ya tan hasta los huevos que mi cerebro pasó por alto darles el toque definitivo.



Eso sin olvidar las faltas de ortografía.

Pero hubo dos momentos especialmente flagrantes y ambos se refieren al concierto de David Gilmour (¿Hasta cuando puede colear algo que ocurrió en Julio del año pasado? Pues parece que bastante tiempo). Por un lado empecé una reflexión sobre el hecho de que Chester Kamen estuviese en la banda de Roger Waters la primera vez que lo vi en directo... olvidando concluir que lo más gracioso de todo el asunto es que, tantos años después acabara viendo a Gilmour con Kamen entre sus filas ¡Pero sin Jon Carin que, como quien dice, había estado en su grupo hasta antes de ayer! Y sin Phil Manzanera, a quién un año antes había preguntado por Gilmour durante una entrevista. Para ser más exactos, le pedí que hiciera entrar en razón al bueno de David para que visitara España en su próxima gira. Obviamente, no funcionó.



Todo esto me recuerda un comentario muy gracioso – dentro de su contexto, he de aclarar -, que se realizó en los inevitablemente foros sobre Pink Floyd. Aclaración: los foros es lo que teníamos antes de existir Facebook. Cuando apareció “On an island” (2006) - tercer álbum en solitario de Gilmour, aunque da la impresión de que para él fue el primero -, le preguntaron al guitarrista y cantante si no pensaba volver a girar con Pink Floyd. La respuesta de Gilmour fue “no me veo saliendo a la carretera con la misma banda en la que me pasé 25 años”. Por supuesto, el fan quisquilloso que uno puede encontrarse en los foros no tardó en señalar que, de hecho, el grupo que había formado para presentar “On an island” en directo, era, básicamente, el mismo con el que había estado tocando durante, al menos, los 18 años anteriores. Recordemos, Guy Pratt y Jon Carin (bajo y teclados, respectivamente), se sumaron a las filas de Pink Floyd en 1988, mientras que Rick Wright... ¡Cojones, Rick Wright era miembro fundador de Pink Floyd!



Supongo que la incorporación de Manzanera o el hecho de tener a un batería que no fuera Nick Mason en su banda eran suficientes para que Gilmour diferenciara a su combo con respecto a lo hecho anteriormente. Pues vale.



La otra cosa es que, durante la entrada me refería a la “poca duración de mis vídeos del concierto”. No hace falta ser especialmente avispado para darse cuenta de que, ninguno de los vídeos que jalonaban el post había sido grabados por servidor. La cosa va como que así: desde que la buena gente de Youtube permitieron que la aún más buena gente de Porcupine Tree Limited (la oficina de representación de Steven Wilson) me tumbara mi vídeo del show del propio Wilson en Barcelona - “tumbar” es que reclamaron una violación de su copyright, lo cual desemboca en que te borran el vídeo y Youtube te da un tirón de orejas, junto con un cursillo animado de pocos minutos sobre la autoría de los contenidos que uno sube, sí, en serio -, tengo mucho cuidado de lo que añado a mis canales. Leñe, sólo tengo dos y ambos con mi nombre.



El equipo de Gilmour no es muy permisivo con según qué cosas, creo que sólo dejan un vídeo en Youtube si está terriblemente grabado, con una calidad de imagen y sonido tan horrenda que sólo el fan más acérrimo dedicaría algo más que un par de segundos a verlo. Bueno, o si pertenece a una agencia de noticias de verdad.

Así que realmente me la juego al incluir algunos en este post, pero me debo a vosotros, mi enorme, ENORME público ¿Quién dijo miedo? Lo más gracioso es que cuando opté por hacer un pequeño montaje de todos los vídeos del concierto y lo subí a mi Facebook personal, la increíblemente buena gente de Zuckerberg me informó de que David Gilmour tenía que autorizar la difusión del mismo. Obviamente, imagino que no se trataba de Gilmour y Polly (su esposa) delante del portátil juzgando todos y cada uno de los vídeos que aparecían con su nombre en el titulo, sino del equipo dedicado a las redes sociales del músico.



Empero, y esto es importante. Al igual que pasa con algunos vídeos que uno sube con versiones de temas ajenos, Youtube no tarda en informarte, en base a sus logaritmos internos de reconocimiento, que tal discográfica o editora tiene los derechos de una canción y que si te han incrustado anuncios en tu canal de cara a ganar dinero, los beneficios que devengan de los visionados irán a manos de los que poseen tales derechos. Está muy mal que casi todas las canciones del universo estén disponibles en Youtube por la cara ¿Verdad? Ahí os dejo mi enésima reflexión sobre las incongruencias de la malvada piratería.

Y ahora, las colaboraciones en los dos últimos ejemplares de la This is Rock


PROG... Y NO TAN PROG.



Creo que aquí ya he hablado en unas cuantas ocasiones de lo que opino de Neal Morse. Sigo opinando más o menos igual porque él tampoco es que haya cambiado mucho... ni yo, ya que nos ponemos. A riesgo de repetirme, ahí va eso: Neal es una figura especialmente inspiradora para mí. Creo que Spock's Beard – grupo del que era líder y con el que yo lo conocí -, a pesar de sus aires retro, fue una de las mejores bandas de Progresivo surgidas en los 90, aunque sus miembros ya estuvieran mayorcitos a la hora de publicar su impresionante debut, “The light” (1995). Después de leer su libro “Testimony” (2011), entiendo mucho mejor su conversión al cristianismo... al mismo tiempo que a veces la fuerte influencia de su fe en la música que hace se me atraganta. Como le dije a él mismo y a Mike Portnoy durante nuestras entrevistas, yo soy un ateo bastante convencido – no por nada, es que los dos me lo preguntaron -, pero eso no quita para que aprecie la belleza de lo que hace.



De hecho, en las entrevistas, ese espíritu de buen rollo cristiano se traduce en que hay ocasiones en las que me da la impresión de que a Morse le gustaría decir algunas cosas pero no se atreve por miedo a quedar como un bocas, o simplemente, porque iría en contra de las ediciones éticas que implica su práctica religiosa.



En esta última ocasión, que por fin fue por Skype en lugar de la terrible línea telefónica que provoca más problemas que otra cosa, Neal pareció estar más relajado para hablar de su nueva obra, “The similitude of a dream”. El doble disco conceptual aparece como una reseña destacada en el número 150 de la revista, amén de mi conversación con Neal, así que ya ahí podréis apreciar lo más relajado que estuvo en esta ocasión el músico. Yo lo sigo considerando un genio, a pesar de lo repetitivo que pueda llegar a ser en algunas ocasiones.



Otras cosas que cayeron en mis manos fue el nuevo álbum de Gong, la reedición del fabuloso primer y único álbum de How we live (próximamente en “Discos Locos”, por cierto), terminando con el sexto volumen de los “Homebrew” de Steve Howe. Para aquellos que gusten de escuchar las maquetas del guitarrista...






Ya para el número 151 se concentra bastante material de un servidor: al pasar las primeras páginas nos encontramos con mi crítica del libro “Buck'em”, una auto biografía de esa gran figura del country que fue Buck Owens. Qué quieren que les diga, a mi el Country como género siempre me ha hecho mucha gracia, es como la copla para los estadounidenses. Entendiéndolo como ese estilo de música que cuenta “las cosas como son” en sus letras, acompañadas de una música que puede entender desde el redneck más paleto en Texas hasta la it girl más sofisticado del Upper Manhattan. Y basta ya de usar anglicismos que parezco gilipollas, y ya se me va mucho con serlo.





La primera vez que entré en contacto con la música de Owens fue, como a veces ocurre, sin que yo fuera consciente de qué demonios estaba escuchando. Su versión del tema “Act naturally” abría el documental “Capturing the Friedmans” (Andrew Jarecki, 2003), que si a mí me preguntan, es el más acojonante film de terror jamás estrenado. Curiosamente, no ha sido hasta leer el volumen que he descubierto que el tema no es realmente suyo, sino una versión. No es tan raro que un artista sea conocido por una versión, pero al leer las palabras de Owens – básicamente, el libro se vertebra alrededor de las cintas que dejó grabadas el músico, contando su vida oralmente -, uno cae en la conclusión de que en el mundo Country las canciones casi que se pasan como cromos para ver quién tiene más suerte con cada una.



Tal es la forma que tiene el bueno de Buck de describir los acontecimientos de su vida. Hay sin lugar a dudas, espacio para el arrepentimiento – no tiene problemas en admitir que las mujeres siempre han sido su perdición, llevándole a una serie de conductas del todo incongruentes -, pero también para llevar al lector a una época en la que no existía casi nada del mundo que conocemos ahora. Casas en las que no había cuartos de baño, trabajos eventuales en el campo, peleas, antros en los que tocar horas y horas... Y Nashville.



No deja de ser curioso esto último. Como mucha gente sabe – o debería saber -, Nashville es una ciudad cuya vida se sostiene, en un alto porcentaje, alrededor de la música, y para ser más concretos, de la música country. Demonios, si hasta Robert Altman le dedicó una película al tema. Por eso no deja de ser curioso que uno de los nombres más destacados del estilo prefiriese su pequeña localidad californiana como base de operaciones, y que prácticamente tilde de mafia a la gente instalada en la ciudad de Tennesse.

Aunque hay momentos en los que se hace un poco cuesta arriba – los comentarios sobre los Beatles, que habían versionado a su vez “Act naturally” en base a la toma de Owens quedan un poco rancios – ha resultado una lectura muy entretenida. Y recordemos, Owens grabó OTRA versión de “Act naturally” con, según Paco Fox, el mejor actor de la historia. Sí, Ringo Starr, a fin de cuentas, era su momento estelar en los shows de los Fab Four.



Pasamos las páginas y mi siguiente aportación es una charla con el israelí Aviv Geffen, 50% de Blackfield, siendo la otra mitad el bueno de Steven Wilson. Una pequeña consideración sobre Blackfield: desde que conocí la música de Porcupine Tree y la miríada de proyectos en los que, aparentemente, Wilson estaba siempre metido, me preguntaba cómo encajaría su forma de componer dentro de un marco exclusivamente pop. Algo parecido me preguntaba con el otro “hombre más ocupado del Progresivo” como es Mike Portnoy. Al batería le costó un poco más y ha terminado con dos proyectos que siguen demostrando a veces un alto octanaje instrumental como son The Winery Dogs y Flying Colours. Pero Wilson se le adelantó con el primer álbum de Blackfield (2004). De acuerdo, es discutible si Steven ya había puesto un pie en el terreno más convencional con los discos “Stupid Dream” (1999) y “Lightbulb sun” (2000) de Porcupine. Pero la magia de Blackfield se basa en que sigue con esas oscuras texturas sonoras y la perenne melancolía al tiempo que se apoya en melodías que uno puede tocar fácilmente con una guitarra acústica.



Para mí, los dos primeros discos del dúo y su directo en Nueva York conforman una trilogía envidiable que ilustran perfectamente el por qué de esta colaboración. Reconozco que desde el momento en que Wilson se distanció del proyecto para dejarlo casi todo en manos de Geffen – aunque siguiera aportando voces y guitarras -, perdí un poco de interés en su trayectoria. Me seguían gustando los singles, pero empezaba a ver que se había instalado una cierta rutina alrededor de su modus operandi. Ni siquiera las colaboración especial de Brett Anderson me llamaban especialmente.



Con “V”, vuelve a la palestra Wilson, también aparece Alan Parsons tras los mandos de producción en varias canciones y los temas tienen más enjundia. Hay algo de vuelta a los “buenos malos tiempos”, aunque eso también conlleva cierta sensación de rutina. Para hablar de todo eso, nos citamos vía telefónica con Geffen desde las oficinas londinenses de su discográfica.



Fue una conversación interesante, como otros melancólicos musicales – Tim Bowness, el propio Steven Wilson -, Geffen es de risa fácil, pero a diferencia de sus colegas, se diría que se nota el peso de su seriedad artística en la conversación. O dicho de otra forma, no creo que su música sea tanto una válvula de escape como un fiel retrato de su forma de pensar, aunque espero que eso no incluya algunos de sus textos más simplistas y denostados como “Que te jodan, vete al Infierno” (y así 3 minutos).



Un aspecto interesante de la charla – y que el dire de la revista se ha afanado de poner como titular – es el enfrentamiento de Geffen con Waters debido al apoyo del último al boicot contra Israel. Sí, este blog empieza a parecer un monográfico sobre Pink Floyd y su mundo... ¡Y eso que aún no he dicho mi opinión sobre el imposible cofre de “Early Years”!



Vayamos por partes, en todo caso. Siempre he admirado mucho a Roger Waters, principalmente como músico y artista visionario. Hubo una época en la que me sentía especialmente identificado – como buena parte de la población mundial – con “The Wall”, hasta el punto de pensar que era mi disco favorito... hasta que recapacité. Me sigue pareciendo genial, pero también conviene darse cuenta de que es un álbum compuesto por un músico millonario que se estaba quejando de lo mal que estaba su mundo. Por supuesto, un artista con varios millones en su cuenta corriente puede crear algo tan valido como alguien que está al borde de dormir en la calle, pero esa no es la cuestión. La cuestión es que tener éxito contando tus mierdas y emocionando a la gente con ello – porque tus mierdas se parecen de alguna forma a las suyas -, no te da carta blanca para opinar de todo.



Empero, Waters lleva años con su particular cruzada contra Israel y los artistas que actúan allí, entre ellos el muy llorado Leonard Cohen que tocó en Tel-Aviv hace algunos años. A diferencia de los dos temas que lanzó como protesta contra la Invasión de Irak - “To kill the child” y “Leaving Beirut”-, en los que señalaba una cierta caridad por las victimas de los movimientos de la “Alianza de Civilizaciones”, sus declaraciones contra Israel han sido ataques frontales, bordeando el insulto personal hacia algunos de sus colegas.



La contradicción es esta, Roger dice que no se puede actuar en países que apoyan la masacre de sus vecinos, que levantan muros y que invaden territorio ajeno... Esteeeee, supongo que las millonarias giras por Estados Unidos no entran en la ecuación. Lo más gracioso de todo el asunto es que cuando Waters actuó por primera vez en Israel, su argumentación sobre el tema fue que no era consciente del conflicto con Palestina. Supongo que lamentarse durante tantos años de lo mal que le trata la vida desde su mansión en los Hamptons neoyorquinos tiene esos efectos colaterales, dejas de interesarte por las noticias de la sección de Internacional.

Lo mejor del asunto es que intentara discutir del tema con Geffen, esto es, un señor que protesta contra los movimientos de su gobierno DESDE DENTRO y aún así intentara llevar la razón. En fin...



Mi siguiente aportación a la revista tiene forma de una animada charla con Daniel Gildenlöw, líder de los muy suecos, muy metálicos y muy progresivos Pain of Salvation. En realidad, Daniel y yo deberíamos haber hablado hace tiempo, cuando la banda lanzó el acústico “Falling Home” (2014), pero fue uno de esos casos en los que servidor se quedó mirando el teléfono... y no pasó nada.

La cosa quedó compensada con creces con una conversación de 45 minutos - tal y como el músico me advirtió “suelo dar respuestas muy largas” - en la que tocamos varios temas, no siempre musicales. Conviene recordar que antes de grabar “In the passing light of day”, Daniel pasó por una absurda infección que estuvo cerca de acabar con su vida, poca tontería. Por supuesto, eso abrió la puerta a hablar de la religión, un tema que a la gente del Norte de Europa parece tener bastante pillada, y me muero de ganas por leer un estudio bien informado por parte de algún sociólogo sobre el tema.

Aunque reconozco que Pain of Salvation no es una de mis bandas favoritas, creo que hay algunos momentos realmente conseguidos en el nuevo álbum, y Daniel ya me caía bien desde antes de entrevistarlo, así que resultó en una tarde muy entretenida. Me gustaría darle un final más épico a este párrafo, pero de dónde no hay no se puede sacar.



Terminamos la sección “entrevistas” con una banda de la que yo había oído hablar antes de enfrentarme a su líder, pero cuya música nunca había escuchado. Hablo de The Dear Hunter (la banda) y de Casey Crescenzo (su líder). Lo de este grupo es un poco extraño, son una formación que tienen un estilo muy particular, en cierta forma Progresivo pero también deudor de formulas que al mismo tiempo son muy convencionales y muy experimentales.



Ya lo comenté en otra entrada, pero tal y como pasa con ciertos grupos – en especial cuando el grueso de su obra grabada es una serie de discos conceptuales con una historia en común -, tienen un mundo propio que está muy bien si consigues meterte en él, pero al mismo tiempo te puedes sentir un poco rechazado si no sintonizas del todo. Yo creo que he conseguido meterme bastante de cara a la entrevista, pero al mismo tiempo me da la impresión de que necesito algo más de tiempo y calma para ver si me engancha del todo.



Casey es un tipo intenso pero de trato afable, se toma muy en serio lo que hace pero nunca llega a acaparar la conversación con los “porque yo, porque yo, porque yo...” que suelen ser característicos de algunos artistas. Y ya cuando nos pusimos a hablar de guitarras... en fin, pueden ver el resultado en la entrevista. En todo caso, recomiendo encarecidamente, una vez más, su nuevo “Hymns with the devil in confessional”.



Ya en la sección de reseñas, cayó la reedición del disco “perdido” de Gary Wright, el “regreso al Rock” de Sting (lo que tiene que hacer es dejar de hacer giras de Grandes Éxitos, que tiene suficientes canciones buenas en el repertorio, cojones), y un “nuevo-viejo” directo de Eric Clapton.




Ea, otra entrada que creía que iba a ser cortita y he acabado... en fin, que sí, que debería ser capaz de comprimir un poco más mis ideas...

viernes, 7 de agosto de 2015

LA VIDA ES UNA CANCIÓN LARGA





“¡Pero Fran!” - os oigo decir - “con la tirria que le tienes a Ian Anderson ¿Cómo se te ocurre llamar a una de las entradas de tu blog con el nombre de uno de sus temas”? Y mi primera reacción es responderos algo en plan “la vida está llena de estas alegres contradicciones”. Pero también es verdad que yo tampoco soy Diego Manrique y jamás he dicho aquello de “nunca me gustará la zarzuela ni Jethro Tull”. Lo mío con Anderson es antipatía personal (y tampoco tanto, es más bien una exageración en busca de un titular), pero su música me sigue pareciendo increíble, hay gente que le perdona a sus ídolos que sean unos malages, pero como Anderson nunca ha sido del todo un ídolo mío, pues... Pero “Life is a long a song” es un temazo se mire por donde se mire.



Esto también viene a cuento porque el nombre original de este post era “vuestros problemas con Muse”, a rebufo del articulo en profundidad que llenó las páginas centrales – y decoró la portada - del número 131 de This is Rock. Mi colega – y tocayo – Fran Garcia dio la impresión de ser muy consciente de la que se iba a montar cuando se publicara la revista porque comienza su pequeña biografía del grupo con un “mucha gente no considerará a Muse ni siquiera una banda de Rock”, y, por supuesto, en el muro de Facebook se lió un poco parda al publicarse la cubierta.



No sólo en las redes sociales, sino que también algunas personas cercanas a mí me comentaron cosas como “¿Esto qué es ahora, la Super Pop?” Lo cual demuestra el viejo adagio según el cual, basta con tener éxito para que todo el mundo te desprecie. Vamos, como me pasa a mí con Bon Jovi.


En realidad es que a mí me cuesta recordar más de dos canciones de Bon Jovi que no sean una balada. En perfecto castellano, por supuesto.



Ya no se trata sólo de que muchos pongan en duda las credenciales rockeras de Matt Bellamy y los suyos, sino que además tenemos a los que se meten con Muse por el hecho de ser medianamente progresivos. Lo cual ya es de traca, o sea, los fans del género nerd por excelencia – Paco Fox dixit y Rush lo confirmó años ha, en el vídeo de “Subdivisions”- se quejan siempre de la marginalidad que tiene el estilo en los medios, del maltrato de la crítica, etc... Y llega un grupo que admite sin problemas las influencias de los temas épicos de 20 minutos pero, claro, como llenan Wembley (qué gran entrada con ese “Romeo y Julieta” de Prokofiev sonando por la PA, tan exageradamente ridícula que sólo puede ser buena) y se ponen un poco de moda, pues hay que machacarlos ¿No?



Y la cosa es que ni siquiera una cuestión española, esta reacción también la suscita Muse en el Reino Unido en los EEUU y, me imagino, que también por el resto del mundo. Lo cual desencadena las típicas discusiones entre los aficionados a la música que en realidad no llevan a ninguna parte, porque la gente que se pone a discutir de música en las redes sociales (o casi en cualquier parte, ya que nos ponemos, lo que pasa es que por escrito todo gana en gravedad), no quiere un “debate sano y abierto”, sino que se confirme que tienen toda la razón, ergo, todos esto suele terminar en un “¡Tú no tienes ni puta idea!” Muy habitual entre los aficionados de la música en general, y del progresivo en particular. Olvidándose todo el mundo que, hoy en día, deberíamos ser conscientes de que se ha compuesto y publicado tanta música en este universo, que resulta imposible abarcarlo todo. Y recordad, las etiquetas están para ayudar a la hora de describir, no para crear ghettos. La música no se califica ni siquiera en “buena” o “mala” sino en “me gusta” o “no me gusta”. O como una vez escribió Robert Fripp “a veces, sólo se puede decir algo como ¿Te acuerdas de cómo fue escuchar “Purple Haze” por vez primera?” Pues eso.



En todo caso, y como yo también dije en Facebook – antes de que protestéis , lo puse en mi muro, no me metí en ningún debate -, a mí – el “a mí” es para dejar patente que fue un testimonio de primera mano, no por darme importancia -, el señor Steven Wilson me comentó que consideraba a Muse y a The Mars Volta como bandas con elementos progresivos ¿Qué más queréis? Si un señor a quién Robert Fripp o Ian Anderson eligen para remezclar sus trabajos dice algo así, yo no me veo en la potestad de llevarle la contraria, sinceramente.



Muy bien pero creía que esto NO era “vuestros problemas con Muse”.

Muy cierto, la cosa de llamar a este post “la vida es una canción larga” está relacionada con el hecho de que escribo cosas en el bitácora con cierto retraso, algo por lo que me gustaría pedir disculpas, (a los cuatro gatos que me siguen) como cierto meme que circula por ahí con la efigie de Willy Toledo.

La cuestión es que llevo una temporada en la que he pasado por suficientes altibajos como para transformarme en una maníaco depresivo. “Pero Fran” - os oigo decir, one more time - “nosotros pensábamos que ya eras un ciclotímico”, a lo que yo sólo puedo responder:

(que os jodan)

Desde el cariño y el respeto. Siempre.




Pero la mezcla de cosas en las que me involucro yo solito y aquellas que se presentan sin pedir permiso, pues desembocan en que mis actualizaciones sobre lo que hecho en la This is Rock (que, admitámoslo, es en lo que prácticamente se ha transformado este bitácora, junto con la promoción de mis conciertos, de lo cual hablaré en breve), se vayan a transformar, en este caso, en un 2x1... cercano a un 3x1!

Pero antes...

La gallina está curada, o eso cree ella.

Pues los vecinos no vinieron a cortarnos la cabeza ni mandaron a la policía. Y además he de decir que salí bastante contento de la versión “reducida” de mis “12 canciones tristes” que se produjo en el nervionense café cultural “La gallina en el diván”. Así que, para variar, si está usted leyendo estas líneas y no estuvo presente, pues mal, muy mal. Pero, por suerte, servidor ha podido rescatar por lo menos un vídeo de la actuación, así que ya saben, como dicen en una web que sigo sobre temas freak (sita en Sudamérica), “apliquen play”.



Aunque he de decir que al final no hubo la sesión de “preguntas y respuestas” de la que avisé en la entrada anterior, me sentí bastante cómodo y la gente pareció pasárselo bien.

CUAL DROMEDARIO EN EL DESIERTO

Puede parecer increíble, pero los aficionados del progresivo no sólo nos dedicamos a discutir sobre si Muse encajan o no en el género. Eso sólo es algo que suele propiciar la desconexión emocional de Internet, generalmente, cuando nos encontramos, lo primero que se nos ocurre decir es “¿Has oído a...?” En otras palabras, la recomendación de otros grupos suele ser la primera bala de nuestro revolver conversacional. Porque al igual que El Rocio (o eso dicen), “el Progresivo es compartir”. Bien pensando, casi toda la música es compartir, como bien nos enseñó en su día Napster, y hemos sido unos alumnos especialmente aplicados en este tema...



Pero no nos desviemos más de lo necesario, todo lo anterior viene a cuento porque, cuando yo empecé a ir a conciertos de Progresivo, los freaks como yo, pero más experimentados, solían lanzar el nombre de Camel con una reverencia sorprendente. Sorprendente para mí, puesto que, salvo algunas menciones en algunas biografías sobre otras bandas del ramo, el nombre de Camel rara vez salía a relucir en la prensa musical.



El ostracismo reservado a Andy Latimer – guitarrista / alma del grupo – y a las múltiples formaciones por las que ha pasado Camel me chocaba mucho. Pero por otro lado, y reflexionando sobre el tema, puedo entenderlo.

A ver, el mayor “problema” con Camel es que su música nunca fue tan radical como la de King Crimson, ni tan virtuosa como Yes, ni tan misteriosa como Pink Floyd, ni tan teatral como la de Genesis. Podían tener sus momentos en los que podían rivalizar con todas las características mencionadas, pero por lo general, el sonido Camel es sobre todo algo emocional. No son pocas las personas que afirman que el toque a la guitarra de Latimer les puede producir un buen derramamiento de lágrimas.



También hay que tener en cuenta que Camel llegaron a un cierto éxito comercial un poco después al resto de las bandas clásicas del Progresivo con lo que la prensa se quedó con el detalle de que, desde cierto punto de vista, aparecieron un poco tarde y aprovechando el empuje de sus coetáneos. Para rematar su música era un tanto demasiado suave, un tanto demasiado gentil como tener cabida en publicaciones especializadas. Incluso las revistas de Metal (durante años, uno de los pocos recovecos en los que se podía encontrar Progresivo en prensa escrita) lo tenían complicado para hablar de Camel sin dar la impresión de que se trataba de la cerdita Peggy haciendo una visita guiada a una fábrica de Campofrío.

Objetivamente, por supuesto, todas estas motivaciones son absurdas ¿Por qué demonios, el Popu, el Ruta o la (ya extinta) Rolling Stone no podían dedicar algo más de un párrafo o una furtiva reseña a lo que muchos consideraban un grupo imprescindible del Progresivo y de la Historia de la Música en general?

Esto ha cambiado, en parte porque, como ya he comentado en algunas ocasiones, hay un cierto impulso en los medios de reconocer las aportaciones de la música progresiva. Y también por una crueldad muy cierta del mundo de la música: no hay nada mejor para que la gente te aprecie que el hecho de estar a punto de morirte. Aunque Scott Adams es menos clemente con el tema, afirmando que nada le gusta más a un editor que un escritor que va y se muere. Si el luctuoso suceso se produce durante una gira promocional, ya ni les digo, sobre todo si le da EL parraque durante una multitudinaria firma de libros, con cámaras de televisión grabando y tal.



Con todo, el desorden sanguíneo y el prolongado – además de exigente – tratamiento para el mismo que tuvo que sufrir Latimer no es cosa de risa. Tal y como escribo en el prólogo de mi entrevista con el líder de Camel, muchos aficionados a la música del inglés recibíamos con una mezcla de aprensión y esperanza las actualizaciones sobre su estado de salud.

Pero Camel volvió, y aunque dicha vuelta fue como una representación de su música – tranquila pero el mismo tiempo vibrante -, consiguió colgar el cartel de “entradas agotadas” en no pocos recintos. A la banda le había llegado el reconocimiento para actuar en cómodos teatros, por mucho que después algunos se lleguen a cerrar por motivos un tanto absurdos.

Y no sólo eso, que son merecida cabeza de cartel de la segunda edición de el festival “Be Prog!” Si un festival de Progresivo en plena Barcelona no es suficiente prueba de que algo se mueve en mi género favorito, pues... ya no sé qué puede serlo.

De hecho, su participación en dicho festival fue la motivación principal para nuestra entrevista. Como viene siendo (afortunadamente) habitual con las leyendas vivientes de la música, Latimer fue un encanto de persona, transmitiendo la sensación de ser alguien con un optimismo casi inquebrantable. Lo cual no es poco teniendo en cuenta las desgracias que han sacudido el mundo – musical y personal – de la banda.

Además del fallecimiento, en 2002, del gran teclísta Peter Bardens hay que sumar que poco antes de nuestra conversación, el cantante Chris Rainbow también se despedía de este mundo a consecuencia del Parkinson, o que el también teclísta Guy Leblanc nos decía adiós por culpa de un cáncer. Qué extraño es ahora ver el vídeo en directo “In from the cold” en el que Leblanc aparece con un vigor casi juvenil al tocar las notas de tantos temas memorables. He de reconocer que esta muerte me cogió por sorpresa y la encontré especialmente triste. Ni siquiera logro recordar si sucedió después de que se publicase la entrevista o después de enviársela al director, pero desde luego es una lástima no haberle podido hacer un homenaje en dicha entrevista.

Volviendo a Latimer, tan sólo me queda decir que si hay alguien que se merece un reconocimiento mayor del que tiene, es él. Una persona capaz de ser amable conmigo después de escuchar una versión mía de uno de sus temas a través del teléfono sin montar en cólera merece por lo menos una estatua en la plaza mayor.

Ah, si no os comprásteis la entrada para el Be Prog! No sé qué coño estáis haciendo leyendo este bitácora.

El disfrute del sonido azul que se sale por la tangente, con el Gran Elfo escuchando discos en directo.



Tranquilos, que ni me ha dado por Cristian Castro ni me he comido las setas alucinógenas caducadas que tenía en la nevera (lo de las setas es BROMA ¿Vale? BROMA, no manden aún una patrulla a mi casa), pero como ya les comenté esto iba a ser un 2x1, y qué mejor forma de rematarlo que juntando el resto de mis colaboraciones en un solo epígrafe. Así que me he puesto las dos revistas al lado del notebook; según paso las paginas señalo qué lleva mi firma y añado algún enlace de reseñas que se pueden encontrar en los números de Mayo y Junio.



Lo primero que me encuentro es mi rápida entrevista a Anadele, cantante y guitarra de los magníficos Jolly con quien pude hablar 10 minutos antes (literalmente) de su actuación en la sala Copérnico. Nunca me cansaré de defender la dilogía “The audioguide to happiness” y fue un placer charlar – aunque fuera de forma tan breve – con un tipo tan simpático como Anadele.



Igualmente, siempre seré un gran defensor del toque melódico a la guitarra de Phil Manzanera. He de decir que su nuevo “The sound of blue” me gustó desde la primera nota y que tenía al músico en mi lista de “artistas a los que un día me gustaría entrevistar”, y aunque resultó un poco raro mantener la entrevista en castellano (creo que para Manzanera también lo tuvo que ser porque de vez en cuando le fallaba el vocabulario, supongo que son ya muchas décadas acostumbrado a hablar en inglés casi todo el tiempo), nos las apañamos para repasar muchos temas, con una inusitada sinceridad, todo sea dicho. Ya sólo me falta el resto de Roxy Music...



Seguimos para Bingo (o puede que sólo para Línea, depende de cómo se mire) con Andy Tillison. Como ustedes ya saben, con músicos como Arjen Lucassen me encuentro cara a cara con el caso del artista que me encanta como persona pero no consigo conectar con su música. Al revés que Ian Anderson (bueno, cada vez me cuesta más conectar con los nuevos proyectos del líder de Jethro Tull), o, en el caso de The Tangent (banda que lidera Tillison), pues sucede un 50%



Y es que con Tillison tengo un serio problema de irregularidad, que con el último disco se exagera cosa fina. Aunque no firmo la reseña publicada en la revista, os puedo decir tranquilamente que poco tiene que ver con mi opinión. Desde mi punto de vista, lo realmente interesante de “A spark in the aether – The music that died alone Part II” empieza a partir de la segunda mitad, cuando Andy y sus músicos se empiezan a desmelenar, dejando aparte la herencia de los Genesis de finales de los 70 y de UK.



Lo mismo se podría decir de una conversación con Tillison. Durante un rato hay algo de tensión, pero después la cosa se relaja. Creo que en parte eso se debe a que Andy es un tipo un tanto obsesivo (manda cojones que yo precisamente diga eso de alguien) y hasta que no deja clara la idea que intenta vender, pues como que no para. Una vez que nos pusimos a hablar de otras cosas que no eran el disco nuevo, todo fue mucho mas fluido. Al final fue una conversación muy placentera, y me ha dado mucha cosa cuando, unos meses después ha tenido que ser ingresado en un hospital a causa de un infarto, pero parece que todo ha quedado en un susto.



Y pasamos al número 132, cuyo principal atractivo fue el MACRO artículo sobre álbumes en directo, un género que suscita pasiones entre los aficionados a la música, tantas como recelos. No en vano muchos opinan que buena parte de los “discos en vivo”, las más de las veces tienen poco de “en vivo”. Mezclando anécdotas personales, investigación y numerosas escuchas, creo que el reportaje parido por los colaboradores de la revista quedó bien digno.



Y por supuesto, no puedo (ni debo) olvidarme de mi entrevista con el Gran Elfo, el señor Damon Fox, realizada en las escaleras de la madrileña Sala Copernico. Este es el glamour del Rock, señores... ¡Y no se me pueden olvidar mis reseñas de los conciertos en Sevilla de Barón Rojo y de Wilko Johnson!



Por cierto, todo parece indicar que mi próxima entrada sobre mis colaboraciones en This is Rock va a ser otro 2x1...¡Necesito días de 48 horas!