miércoles, 14 de diciembre de 2016

24 HORAS NO FUERON SUFICIENTES




Miró el móvil en cuanto abrió los ojos. Muy mal, sin duda, porque era la clase de actitud que mostraba una adicción al teléfono – y las redes sociales y ¿A qué más? - probablemente tóxica. Había correos y mensajes que esperaban respuesta, incluso llamadas que debía hacer, sitios a los que ir, cosas por hacer.



Pero lo primero de la lista era el dolor de cabeza, era muy consciente de que el dolor iba a desaparecer en cuanto se pegara una ducha, si bien cruzar la invisible frontera de la cama al cuarto de baño le costaba horrores. Con todo y con ello, logró reunir las energías suficientes para ejecutar ese acto de fuerza sobre humana – visto desde dentro – o para simplemente ejecutar la rutina diaria – visto desde fuera -. Por supuesto, antes hubo algunos momentos de apoyar las sienes en la almohada por si esta aún guardara un poco de magia del sueño que permitiera volver a quedarse sopa. Como si se lo pudiera permitir.

Siempre le había gustado desayunar en las cafeterías, en parte por la misma razón que no fregaba los platos y los cubiertos nada más despertarse, no se fiaba de manejar un cuchillo cuando aún quedaban trazos de modorra en su cabeza.

Reparó en el atril, presidiendo su diminuta sala de música, entre las “cosas por hacer” había progresiones de acordes y letras que aprenderse. Puede que incluso antes de que se terminara el café acompañado de una buena tostada, ya le habría sonado el teléfono para algún tema familiar o, incluso mejor, una llamada para trabajar. Ahh, los placeres de freelance.



El último sorbo al café, pagar, sellar la tarjeta de los desayunos y salir a la calle para ver qué deparaba el día. Ya le gustaría ser una de esas personas que se puede permitir horas y horas delante de una pantalla consumiendo todas las series del universo – todas eran ahora “la mejor serie de la historia” -, para después destriparlas en Twitter. “Os vais a cagar”, se dijo, “voy a verme seguidas todas las temporadas de True Detective, Breaking Bad, Homeland, Daredevil, Juego de Tronos y cuando llegue ese día... ¡No tendré nadie con quién comentarlas!!!”

Las horas pasaron, y pudo hacer las cosas que otras personas querían que hiciera, cosas que, en el fondo, preferiría no hacer, pero le pagaban por ellas, lo que se suele llamar trabajo. También hubo tiempo para hacer cosas que él quería hacer, hasta consiguió robar un rato para hacer un poco de ejercicio, pero para cuando se quiso dar cuenta, ya era muy de noche y había entrado en la hora que sólo serviría para que se lamentara de las pocas horas de sueño a la mañana siguiente.



Bueno, ya está bien de dramatismos, que he usado más de 400 palabras para resumir algo que se merece un post ÉPICO que no se leerá nadie.

Ustedes se estarán pensando que el blog estaba muerto y bien muerto, que “en teniendo” Twitter, Facebook y Tumblr (este último sí que está bastante defenestrado, aunque en honor a la verdad, he de decir que ni llegó a nacer), ya era suficiente como para saber de mis desventuras. Bueno, tampoco les faltaría algo de razón.



Pero al final, qué quieren que les diga, le he cogido cariño al bitácora, que en esta época de youtubers, podcasters y todo lo demás... pues como que se ha quedado, no ya en irrelevante, sino en una mota a pie de página en un libro que vende un señor en la calle, sobre una manta, al lado de un quinqué más viejo que andar de pie.

Encima, este blog no es ni una cosa continuamente desternillante, ni tampoco una visión continuamente escéptica y amargada de la realidad – los dos extremos que parecen triunfar en este mundillo -. Demonios, si ni siquiera consigo ningún titular tan explosivo como WillyToledo ¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida?

Pues, haga lo que haga, parece ser que nunca tengo suficiente tiempo. O no lo tenía, hasta hace poco. Lo cual explica la falta de actualizaciones en el blog desde el centenario artículo sobre “La Elegancia” ¿Qué ha ocurrido desde entonces?

Bueno, aparte del rutinario caos que es mi vida personal, y otros artículos adyacentes de la familia, he estado un poco colapsado con temas de la revista – dentro de unos cuantos párrafos contaré todo, TODO el anecdotario de mis contribuciones a la This is Rock -, sin olvidar los ensayos con dos grupos (que se transformaron en 3 tras la disolución de uno de ellos), mi regreso a ser un “artista en solitario” - si bien no descarto separarme de Francisco Roldán por “diferencias creativas” o “incompatibilidad de caracteres” - bolos en distintos puntos de la geografía española, y, por supuesto, trabajar.



Sobre lo de los bolos, bueno, Eco – anteriormente “Grial” - consiguió dar un concierto en la sala hispalense “La Hollander” acompañando a la buena gente de El tubo Elástico. Desde mi humilde punto de vista, dimos un conciertazo, y nuestro dominio de las circunstancias sólo se vio desafiado por el del combo que vino después de nosotros. Lamentablemente, la única reseña del chou dio a entender algo un poco distinto. A mí como que me da un poco igual – que hablen de uno aunque sea mal -, mucho más me escoció (y no me estoy dando un codazo donde tendría que haber una colleja, que conste) el tono de casi excusa que tuvo el autor de la crónica al hablar del Progresivo. Que aún exista esa forma de pensar en pleno 2016 – joder tío, ya hace 40 años del pretendido “año cero” del Punk, a estas alturas tendríamos que haber superado según qué traumas – sólo hace que me entren aún más ganas de entrevistar a señores de pelo raro que tocan con ritmos aún más raros.

Lamentablemente, yo ya estaba con el síndrome de “24 horas no son suficientes” encima y tuve que dejar una banda con tanto potencial como Eco, a la que le deseo toda la suerte del mundo. Seguro que encuentran a un teclísta o a un cantante mejor que yo, ahora bien, no tengo tan claro que encuentren a otro al que le sienten tan bien las Converse negras.

Interludio: Momentos congelados con la reina de la paz

Estoy bastante seguro de que a todos os ha ocurrido alguna ocasión: ese momento en el que has escuchado una canción increíble por vez primera, que se te queda grabado en el cerebro para siempre. Algo así me ocurrió con “Queen of peace”, single de adelanto del “How big, how blue, how beatiful”, para mí uno de los discos del 2015.



A los que nos consideran “medios de interés” suelen enviarnos los discos en distintos formatos antes que al público en general – normalmente, para que la reseña coincida con la salida a la venta del álbum -, algo que en algunas ocasiones es genial... con los artistas que te gustan. El problema viene cuando en una discográfica grande tienes que navegar por los links para los nuevos Bisbales y los Bustamantes de este mundo – nada en contra, pero no es la clase de estilo que suelo escuchar por placer.... ni por trabajo, si nos ponemos -, hasta que te encuentras con algo realmente desafiante.



He de reconocer que me pasé al teléfono las canciones de Florence Welch y compañía sin mucha fe, de hecho, cada vez que empezaba a oír la introducción instrumental de su tema estrella, pasaba a otra canción “seguro que después de ese principio, resulta decepcionante”.



El momento fue la espera en la estación de tren que conecta el aeropuerto del Prat con Barcelona, yo me encontraba camino del concierto de Steven Wilson (para ser más exacto, iba en camino de mi hotel), cuando, rodeado de mochileros y otra gente de mal vivir, los arreglos de cuerda empezaron a sonar en mis auriculares. Después de esa dramática entrada orquestal, llegó un ritmo deudor de la mejor música soul y una voz tremenda, acompañada de unas enigmáticas letras: “Oh, el rey, volviéndose loco en su sufrimiento...”



Quizás fuera la unión del lugar, las circunstancias y cualquier otra cosa que se le ocurra lo que motivó que me gustara tanto. Lo que está claro es que después me fui escuchando el resto del disco, me quedé obnubilado con la presencia sobre las tablas de Florence – en vídeo, claro, de las tropecientas visualizaciones que tiene su actuación en el festival Glastonbury, creo que la mitad son mías -, y decidí que me había transformado en un fan recalcitrante. Sobre todo al escuchar temas más antiguos, porque claro, Florence lleva ya 10 años de carrera. La clase de fenómeno que hace que uno se pregunte “¿¡¡Dónde carajo estuve yo ese tiempo!!?'” Pero ya está uno acostumbrado a ese síndrome, sólo yo puedo hacerme un fanático de Split Enz cuando hace ya 10 años de su última reunión.



Ahora hagamos eso tan moderno como un flash-forward a abril de este año. De hecho, detengámonos unas semanas antes. Servidor estaba trabajando mucho – y los ensayos también estaban pisando el acelerador – y sopesaba el ir a uno de los conciertos de Florence + The Machine en España. Esto iba a ser una salida de tono absoluta en mi rutina musical, por primera vez en mucho tiempo estaba pensando en ir a un recital que no era ni Progresivo (despídete de encontrarte con la peña habitual), ni Jazz ni nada por el estilo. Encima, era una artista pop (despídete de acreditaciones para la revista) en una de sus giras más masivas, pasando por poliderpotivos y otros grandes recintos. Vamos, que a poco que me descuidase, me quedaba sin entrada. Y con mi habitual maniobra de marear la perdiz - “no sé si ir” - pues, efectivamente, me quedé sin entrada para Madrid o Barcelona. En honor a la verdad, he de decir que para la ciudad condal aún quedaban tickets de “visibilidad reducida”. Qué quieren que les diga, recorrer algo más de 800 km para no ver una mierda, pues como que no.



Además, de haberme comprado las entradas, es muy probable que las hubiera tenido que mal vender, ya que en Sevilla estábamos en plena Feria de Abril, que como ustedes ya saben, hace que todo el mundo que no esté de fiesta trabaje mucho. Y sí, eso incluye a los operadores de cámara. Después de esa semana mortal, llegó el temido “lunes de resaca”, el lunes siguiente al final de la Feria. Con la perspectiva de cobrar los no pocos días trabajados y con un ensayo que se había tenido que aplazar – yo os contaría las vicisitudes previas al concierto de la Hollander si no fuera porque son demasiado increíbles incluso para mí -, me planté delante del ordenador y vi que ese mismo día actuaban Florence y los suyos en Lisboa.



Era una posibilidad que había sopesado anteriormente: coger el coche, plantarme en Portugal, ver el concierto y volverme como si tal cosa. Estuve mordiendo un delicioso bocata de nudillos hasta cierta hora de la mañana del lunes, llegado cierto punto me dije “si entro en la web que vende las entradas antes de las 12, las compro y me voy del tirón”. Y eso es justamente lo que hice.



Esto que voy a decir va a sonar un poco a copia barata de escritor de la generación beat, pero he de reconocer que una de las pocas cosas que se parecen más a la libertad es poder ponerte el volante e ir a donde te plazca... Siempre y cuando puedas permitirte una tarde de lunes para ti mismo, amén del coste tanto de la gasolina como de los peajes.




Como servidor es tan burro para según qué cosas, me “subí” a Portugal por Huelva, un trayecto la mar de interesante porque me permitió parar por Aracena, lugar que probablemente no pisara desde alguna excursión con el colegio o, si me apuran, para hacer algún reportaje de boda. Siempre he tenido buen recuerdo de la localidad y aún lo mantengo. Ahora bien, el nubarrón que se me empezaba a plantar sobre la cabeza era “¿Todo esto me lo tendré que hacer a la vuelta con horas de cansancio encima?”




Claro, la cuestión es que yo estaba haciendo una entrada “discreta” en el país luso, intentado evitar la famosa cadena de peajes ultra caros – ya inexistente, por cierto – que puede desembocar en otra cadena (pero de multas) a poco te despistes. Todo lo que veía eran carreteras secundarias de pueblecitos cuyo nombre nunca recordaré, con cambios de rasante, curvas y poca (por no decir ninguna) iluminación artificial que me pudiera servir de ayuda para guiar mi camino.




Mientras esas preocupaciones iban saltando sobre mí, llegaban mensaje al móvil con información sobre el consulado español en Portugal – y su teléfono de emergencias, caso de ocurrirme algo -, y de los precios del roaming. Al poco, y mientras llegaba a la capital, unos nubarrones de verdad se cernían en el horizonte. Porque sí, después de unos cuantos días con un sol de justicia, tenía que tocarme el de la lluvia lisboeta, con su fado (sonando MUCHO en la radio) y su saudade.




Llegados a este punto, Dios bendiga al GPS, que me llevó sin problemas hasta el lugar del concierto, donde encontré un parking privado con un precio muy ajustado y con abundante sitio, algo que me extrañó, pues estaba al ladito del MEO Arena, recinto del show. Del mismo modo que me extrañó ver a tan poca gente en la fila para entrar, faltaba poco menos de una hora para que se abrieran las puertas del polideportivo.




Con suerte, conseguiré un sitio cerca de la mesa de mezclas”, me había dicho antes de llegar, pero ahora tenía tan poca gente delante que estar cerca del escenario se hacía bastante plausible. Hagamos otro flash-forward, esta vez al concierto de los AC/DC en el Estadio Olímpico de Sevilla. Estoy hablando con un señor que escribe para Rockdelux en el lujoso palco que nos ha reservado la promotora – una de esas cosas, me temo, que sólo ocurren una vez en la vida -, y le comento lo de mi escapada al país vecino. Su comentario desde la experiencia “ah, pues verías bien el concierto porque los portugueses son muy de llegar una hora antes de empezar”.

Correcto.

También ayuda el que uno haya desarrollado un “kit de emergencia para conciertos”. Hoy en día todos llevamos algún tipo de mochila / bolso masculino para llevar cosas que resulta muy práctico pero que, teniendo en cuenta cómo están las cosas en materia de seguridad en los conciertos (y en los aeropuertos, y en las estaciones de tren...), se vuelve un poco “ortopédico” - como solía decirme una amiga -, a la hora de moverse por según qué sitios, en especial uno que parece el Palau Sant Jordi cargado de esteroides y que tiene toda la pinta, a juzgar por la cola que se estaba formando a mis espaldas, de que se va a llenar. Ergo, he desarrollado un pequeño conjunto de todo lo imprescindible para sobrevivir en las calles de cualquier ciudad, extranjera o no, que cabe perfectamente en el bolsillo de un pantalón. Aunque más que “caber”, diría que “encaja” con precisión, porque llego a poner un elemento más y no podría ni sacarlo. Eso, en el caso de que una pandilla de punks estilo película de los 80 con Charles Bronson me atacara, me garantiza que podré al menos llamar a la policía. Caso de sobrevivir, claro. Caso de sobrevivir ellos, quiero decir.





Por supuesto, sólo los planes meticulosamente preparados pueden fallar estrepitosamente. El hecho de no llevar mochila me garantizaba también pasar poco tiempo siendo examinado por la gente de seguridad... de no ser porque la chica que iba delante de mí cuando abrieron las puertas llevaba todo el kit de... bueno, absolutamente todo. Entre el gigantesco bolso, los piercings, las pulseras... vosotros sólo imaginaros a Francisco Roldán haciendo un doble facepalm (con una sola cara) mientras la otra cola iba avanzando.




Y os oigo preguntar “Fran, si era una chica, la estaría cacheando una mujer, a ti te tocaría un hombre”. Muy buena observación, pero resulta que el examen “preliminar” lo estaba haciendo el hombre de la pareja de agentes de seguridad, la mujer se encargaba de vigilar el avance civilizado de la cola y sólo pasaba a cachear cuando era requerida, y claro, con la cantidad de metales que llevaba la chica, tuvo que pasar por las manos de la agente femenina.

Pero os podéis imaginar que si bien aquello se me hizo eterno, en tiempo real tampoco fue mucho, y eso os lo puede confirmar el hecho de que acabé prácticamente en segunda fila – así como las fotos del concierto que ilustran esta parte del post -, quedándome bastante flipado conmigo mismo y con la situación en general.



He de decir que me avergüenza enormemente el hecho de no hablar prácticamente nada de portugués. Y con “prácticamente nada” estoy siendo muy amable con mi capacidad de decir nada que sea comprensible para un luso. Yo, que dependiendo de cómo amanezca soy capaz de ser tan tímido que rozo la catatonia o puedo hablar hasta con una pared, me quedé bastante apagado al estar rodeado de tanta gente hablando un idioma del que no entendía ni papa. A mi lado había un par de chicas hablando en inglés, pero me parecía un poco maleducado meterme en su conversación por las buenas.

Como todo lo que rodea a Florence, la selección de música previa que sonaba por la PA fue de un gran gusto, pero mí momento fue cuando sonó el “You make lovin' fun” de Fleetwood Mac, ah, los viejos amigos vienen al rescate, supongo. Para aquel entonces, el MEO Arena estaba ya prácticamente lleno. Y llegaron los teloneros.




He de decir que recordaba haber leído en alguna parte que el show iba a tener a un “guest artist”, pero como estaba tan contento con tener por fin mi entrada, el hecho se me había pasado por alto completamente. Resultó que Gabriel Bruce era un tipo que estaba al frente de una formación que funcionaba a las mil maravillas. Con su voz grave y su sonido cercano a Joy Division / Interpol, creo que se fue a casa con algunos fans en el bolsillo. Lamentablemente, no se puede decir lo mismo del tipo de los teclados. La joven pandilla que estaba en primera fila no paraba de reírse de él, algo que me parecía un poco cruel porque el pobre lo único que hacía era bailar... como hacen los alemanes borrachos en una terraza de Tenerife a las 5 de la mañana. En fin.

Al muy poco empezó a llenarse el escenario con los músicos que acompañan a Florence, entre ellos la inefable Isabella Summers – a la que prácticamente se podría considerar la “Machine” -, sin olvidar la sección de viento, coristas, y... ¡Un arpa! Con su decoración a lo teatro de music-hall y un elegante diseño de luces, la verdad es que me quedé bastante sorprendido. Ya hacía tiempo que no iba a un concierto con una escenografía medianamente espectacular.

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Con las notas de “What the water gave me” empezó un derroche de energía que la propia Florence se encargó de potenciar a base de acercarse a la primera fila y dejarse agasajar por el público. He de decir que esto me hizo sentir un poco extraño, vale, Florence es una mujer muy atractiva, pero os puedo asegurar que en mis planes para el concierto no entraba el llegar a tocarla. Tranquilos, que tampoco fue nada del otro jueves.

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Lo que pasa es que, a pesar de tener 10 años de trayectoria discográfica, Florence and the Machine tiene un público en su mayoría bastante joven. Os podéis imaginar la fuerza colectiva que tienen bastantes personas entre los 16-24 años que empujan para alcanzar a su ídola. Welch estuve cerca de hacer “crowdsurfing”, o al menos había bastante intención por parte del público porque lo hiciera. Como ni siquiera los fortachones de seguridad podían agarrarla todo lo bien que sería deseable para asegurar su equilibrio sin dar la impresión de que le estaban metiendo mano, la pobre tuvo que sustentarse entre los que estábamos más cerca de la barrera de seguridad. Y eso me incluye a mí, lo cual me da derecho a deciros que, al menos las manos de Florence son muy suaves.



Por cierto, y como demostración de que la señorita Welch es una de esas personas que son “todo amor”, le pasó su corona de flores a una niña pequeña cuyo padre, minutos antes de empezar el concierto, había sembrado un poco de mal rollo al usar a su hija para colarse. Los dos volvieron a ponerse unas filas atrás y todo estuvo perdonado.

Si todo esto no fue suficiente, mejoró cuando el segundo tema fue “Ship to wreck” y allí es cuando creo que todos nos quedamos bastante locos. Sólo hubo un momento en el que me sentí realmente raro y fue cuando Florence animó al público a que cada uno abrazara a la persona que tuviera al lado, fuese un desconocido o no. Obviamente, yo había cometido la locura de ser tan “loco divertido independiente” como para plantarme sólo en otro país – por muy cerca que esté, sigue siendo otro país -, sin conocer a nadie, y me había retratado con aún más rareza al no intentar entablar conversación con ningún otro miembro del público. Así que creo que habría quedado un poco de acosador el abrazarme a nadie en particular, afortunadamente, una desconocida que sí iba acompañada se apiadó de mí con un respetuoso abrazo.





Amén de lo espectacular del concierto, imagino que el carisma de la propia Florence también lo hizo todo muy divertido, daba la impresión de ser una persona que aún no se podía creer que su banda estuviese agotando las localidades en sitios tan grandes. Rara vez he visto a un público tan de parte del artista, que quiere que todo salga tan bien como la propia cantante. Supongo que por eso su siguiente petición de que nos quitáramos una prenda de ropa y nos pusiéramos a girarla sobre nuestras cabezas también fue correspondida con toda la fidelidad posible.



Por mi parte no fue mucho problema, debajo de mi abrigo “borrego” aún llevaba mi camiseta, pero la chica que estaba justo delante mía se quedó en sujetador, lo más gracioso fue la cara de su pandilla que la miraron en plan “¡Tía, cómo te pasas!” Porque no hay nada mejor que describir las cosas con expresiones que ya estaban pasadas de moda en los 80.

A la salida, una amiga me preguntó por mensaje si aquello sonó bien. Lo cierto es que es la clase de pregunta que me esperaba de cualquier colega músico y no de una periodista. Siendo honesto, no fui muy consciente de la calidad sonora del sitio o de la mezcla de los instrumentos a la hora de salir por la PA, sólo tenemos una multitud de vídeos en Youtube que atestiguan que aquello sonó de fábula, y, demonios, yo oí el arpa. En un polideportivo gigantesco. Sí, tuvo que sonar bien.



Lo gracioso de la vuelta fue que, a diferencia de otros grandes conciertos en mega recintos, me llevé el coche y aparqué cerca. Por regla general, o voy andando (si es en Sevilla) o uso el transporte público (si estoy en una ciudad que no es la mía), lo del coche es más raro. Sobre todo cuando se juntan más de 2.000 personas (y aquí hablamos de cerca de 18.000) en un sólo lugar y las posibilidades de que al menos un 25% se traiga su vehículo. Nunca va a ser bonito.

Con todo, la salida del parking fue bastante civilizada, a diferencia del atasco mortal que sufrí (mos) una vez que estábamos en la superficie. Mi intento de pasarme de listo en una rotonda buscando una forma más rápida de salir de allí se saldó con tener que darme la vuelta tras encontrarme con un callejón sin salida. Mejor aún, en un punto de mi lento recorrido por las calles de Lisboa, puse la radio y bajé la ventanilla. Empezó a llover un poco, sonaba “I'm not in love” de los 10cc y una pareja pasó delante mía. La mujer me miró con cara de “Oh, qué bonito”. Y yo arqueé una ceja. ¿Qué se supone que era tan bonito, que estuviera escuchando una canción tan lacrimógena???



Llegado a este punto, la cuestión principal era no dejarse vencer por el cansancio, así que no paré mucho en el camino de vuelta. En un intento de no reconocer mi ignorancia del portugués, traté de no parar hasta cruzar la frontera, pero llegó un punto en el que eso ya no resultaba operativo porque mi estómago empezó a protestar más que un funcionario sin su segundo desayuno.

Al final, creo que a una hora tan buena como las dos y media de la madrugada, me tomé un croissant con crema acompañado de un café que me supieron a pura gloria. Cuando llegué a mi casa (y sobre todo a mi cama), era aún más consciente de la locura cometida, prometiéndome no hacer algo así nunca más. Ay, esas promesas que se rompen en tan sólo unos meses...

Fin del interludio

Y ahora; Las colaboraciones con la This is Rock

¡Uff! Como diría el Joker, tantas cosas que contaros y qué poco tiempo. Un segundo ¡Si este es mi blog, puedo eternizarlo cuánto quiera! No, en serio, vamos a ir resumiendo, que lo de Florence ha sido porque no tenía otra plataforma en la que contarlo.




El número 141 de la revista trajo algunas modificaciones en el diseño – en las cuales no tengo mucho que ver más allá de que me preguntaran qué formato me gustaba más -, y mi entrevista (vía mail, algo muy cómodo para las dos partes, pero menos gratificante que cualquier otro método), con Adam Wakeman, hijísimo de Rick y también teclados en el supergrupo de Progresivo Headspace. A pesar del método elegido para la entrevista, creo que quedó bastante resultona y hasta divertida en algunos momentos (más que nada por el sentido del humor de Adam).




Si bien el disco no me volvió especialmente loco, ese mes sí que salieron cosas como el álbum de Aliasing - “Spell Rising” - que me emocionaron un poco más. Aunque he de reconocer que lo estoy recordando ahora mismo que estoy repasando la revista, porque ya hace algo de tiempo y, aparte, por mis manos / oídos llegan a pesar MUCHOS discos.



También fue víctima de mi crítica el “The lay of the land / Wading the river” de Stormy Mondays y el concierto de The Aristocrats... aunque sería más correcto decir que el bolo del mágico trío instrumental fue sólo víctima de mi objetivo fotográfico, porque la reseña la escribió Javier Cosme. Hasta cierto punto lo puedo entender, lo cierto es que mi crítica era más bien demasiado concisa. Por cierto, aparte de ser un concierto brutal, creo que no hubo músico a unos 300 km a la redonda que no asistiera a la Custom aquella noche.



Para el 142, mis aportaciones se redujeron a algunas reseñas de las que os he ido dejando entre párrafos para que podáis juzgar por vosotros mismos, pero si sois tan flojos como para no “aplicar play” - qué me gusta robar términos de las webs sudamericanas de fantástico que consulto casi cada día -, baste deciros que incluyeron el “Dust” de The Enid – en este artículo Paco Fox explica lo básico que necesitáis para engancharos a la banda, como me ocurrió a mí y como envió algunas preguntas, pues firmamos el articulo a medias – y las remasterizaciones de los dos primeros álbumes de mi amado Tony Banks.



Por supuesto, el reseñar “Dust” sólo podía servir como prólogo para una larga entrevista con el hombre que lleva al frente de The Enid durante prácticamente toda su existencia: Robert John Godfrey. Aquí hubo un momento de discrepancia con el director de la revista, en un principio se nos propuso entrevistar al cantante y aparente sucesor de Godfrey, Joe Payne. El dire argumentó que tenía mucho más sentido entrevistar al líder histórico porque ya es bastante desconocido el grupo como para encima intentar resumir su trayectoria hablando con una persona que sólo ha aparecido en los últimos 3 álbumes.



Esta es una de esas ocasiones en las que agradeces haber cedido al razonamiento de otra persona. A pesar de estar aquejado de un principio de Alzheimer, Robert – que al final accedió a la entrevista – demostró estar alarmántemente lúcido. Y eso que me informó convenientemente de que antes de iniciar la conversación se había “fumado un buen porro”. Claro que sí, muchacho y yo preocupado.



Pero ese no es el motivo por el que estoy agradecido de ceder ante la insistencia de otra persona. Algunos de los shows de The Enid se habían tenido que transformar en espectáculos instrumentales – lo cual tampoco es un gran drama porque de hecho buena parte del repertorio de la banda es un Progresivo-Sinfónico que no cuenta con voz alguna -, debido a la baja de Joe por enfermedad. Pasado el tiempo descubrimos que Payne llevaba ya algún tiempo sufriendo episodios depresivos. Eso, sumado a la deserción de varios de los miembros de la banda en las semanas siguiente hacían peligrar la intención de Godfrey de mantener el legado de la banda a pesar de su paulatina retirada de la misma. Así que a última hora, hablar con el sempiterno guía de la banda fue de lo más acertado.



En los últimos meses parece que algo se está cociendo en las oficinas del grupo (o eso dejan caer en su perfil de Facebook), así que ya sólo nos queda esperar para que la enésima mutación de The Enid – de nuevo con Robert John al frente - tome forma. Yo no me lo pienso perder. Y eso que en un principio no me hacían nada de gracia.

Lo mejor de la entrevista, para mí, fue que me permitió atisbar un poco de la vida en la Inglaterra de las últimas décadas. Del mismo modo que hablar con el líder de Riverside me llevó a la Polonia tras el telón de acero en los 80 (a ver, de una forma muy sui generis), charlar sobre cómo era estar interno en una institución para “chicos con problemas” (en una época en la que la homosexualidad estaba dejando de ser un crimen punible en las islas británicas) me pareció tan revelador como extraño. Como si hablara de otro planeta.




Y de forma bastante marciana comenzó mi entrevista con Richard Henshall, de Haken. Se había medio acordado una hora para el phoner – ah, ya saben, argot de periodista musical subidito -, cuando digo “medio” es porque no había recibido confirmación por parte de la gente que se ocupa de la prensa en nuestro país. De forma que estaba yo tan tranquilo tomando un café con una amiga cuando sonó el teléfono con un “desconocido” llamando. Y entonces una voz con un inconfundible acento británico se presentó. Ouch.



Unas horas después me mandaron un correo diciéndome que los de Haken habían respondido positivamente a mi petición de hora para la entrevista – lunes al mediodía, que aunque resulte extraño suele ser el momento más relajado de mi semana -, por supuesto, para entonces ya había despedido a mi amiga, corrido a casa, donde, afortunadamente, tenía todo preparado para grabar y pude mantener unos razonables minutos de charla con el señor Henshall.




Recomiendo encarecidamente su último “Affinity”, y aunque después de verlos en el Be Prog no puedo decir que sean una de las bandas de mi vida, me sorprendió cómo fueron capaces de ganarse un público. Sólo puedo desearles el mejor de los futuros.




Algo que también me gustaría desearles a los Messenger, cuyo debut los transformó, para mí, en la banda revelación de 2015. Lamentablemente, tuvieron un pase un poco caótico por Barcelona – también dentro del marco del festival Be Prog -y daba la impresión de que estaban virando a un Rock más convencional. Eso se tradujo en el siempre complicado segundo disco “Threnodies”, que a mi me pareció tan bueno como el anterior, a pesar de algunos convencionalismos. Bueno, pues resulta que debió ser lo bastante difícil encaminar esa grabación porque unos meses después de girar, el grupo anuncia que se disuelve. Una verdadera lástima, tenían todo el potencial del mundo.



Ese mes también cayó en mis manos el nuevo álbum de Tony Patterson, a quien yo conocía como cantante de la banda tributo ReGenesis, la cual, como su nombre indica, hace versiones de Estopa. Nah, tocan temas de Genesis. Y, por supuesto, no podía faltar otro Genesis ese mes, Anthony Phillips en conjunción con Esoteric Records lanzó su versión “remasterizada, remezclada, recauchutada, 5.1 y con extras que te cagas” de su disco de canciones “Wise after the event”. Otra joyita de un genio desconocido.



Para terminar, un poco de nepotismo. Mis amigos de Malabriega sacaron su EP “La Duda” y, obviamente, no podía pasar sin una reseña laudatoria. Porque se lo merecen, no sólo porque sean mis colegas y hasta los haya teloenado, sino porque son la hostia.



Ya en el número 144 le tocó el turno de responder mi cuestionario a Jem Godfrey (nada que ver con el señor de The Enid), voz, teclados y prácticamente compositor de todo lo que hace Frost* (no busquen ningún tipo de nota a pie de página, es que se escribe con apostrofe, lo más gracioso es que me lo respetaran en la revista), una de las bandas más inesperadamente frescas del panorama Progresivo actual.



Godfrey demostró ser un tipo con el que se podía hablar de todo y acabar riéndote incluso de las cosas más serias. Aún recuerdo con algo de emoción cómo explicó la muerte de su padre: “de repente, me había quedado sólo en la habitación de aquel hospital en la que minutos antes había dos personas. Al salir del cuarto pensé ¡Joder, tengo que aprovechar cada minuto que tengo!”



Cada día lo tengo más claro, y en qué aprovecharlos. O al menos en qué no malgastarlos.



Fue uno de esos casos en los que me quedé sin tiempo para hacer más preguntas, lo cual suele ser un buen síntoma. Además, no deja de ser gracioso que unos meses antes yo hubiera hablado con Joe Satriani, que toca algunas locas líneas de guitarra loca en “Falling Satellites” (el nuevo álbum de Frost*) y no mucho después acabara en la recepción del hotel en una larga (además de terapéutica para mí) con Mike Kenneally, segundo de a bordo de Satch y artífice en cierta forma de esa colaboración.

Ah, y una pequeña tontería que no puedo evitar compartir con todos vosotros: Jem ejerce de productor Pop y tiene una relación más o menos estrecha con Gary Barlow (Take that), a quién le gusta mucho ¿Os lo imagináis? La Electric Light Orchestra. Es una gilipollez, pero me hace mucha gracia.

Pasamos al 145, con mi entrevista al buenazo de Jon Anderson que ha firmado un disco más que decente con Roine Stolt (Flower Kings, Transatlantic), “Invention of knowledge”. En realidad, entrevisté antes a Stolt, pero el director decidió que una charla, aunque fuera por email con Anderson atraería más a los lectores.



Algo parecido se puede contar mi entrevista con Anneke Van Giersbergen (algún día aprenderé a escribir sus nombres y apellidos sin tener que mirar Wikipedia o la propia revista), la cual en su versión impresa es a duras penas un tercio de la entrevista original. Es una lástima porque creo que la “versión extendida” cubría algunas cosas que no ha dicho en ninguna otra parte. En fin, en este caso el motivo para hablar con ella tendría que haber sido el disco de The Gentle Storm (“The diary”, 2015), pero como se retrasó tanto la publicación de la entrevista... pues terminó enlazada a la actuación de la banda en el Be Prog! Y a la caja “Day after yesterday” que resumía la carrera en solitario de la siempre agradable Anneke.



En lo concerniente a las reseñas, fue el turno de analizar lo nuevo de Airbag – por fin “mataron” a sus padres creativos, esto es, Pink Floyd -, y el director de la revista me mandó la agradable sorpresa de descubrir a Ali Ferguson. Y en materia concertil, pues... ¿Se acuerdan de cuando dije que no iba a repetir la locura de ir y volver de una ciudad lejana en el mismo día? Ay, Elvis Costello...



Me encanta Elvis Costello, su auto biografía es tan buena como alguna de sus mejores canciones y me hubiera encantando ir a verlo a Zaragoza, entrevistarlo, dar yo mismo un concierto allí, visitar a la familia que tengo allí... Idílico ¿Verdad? Pues nada de eso, a tomar por culo la bicicleta.



Por un lado, no hubo forma de encontrarme un hueco en la agenda cultural de la capital aragonesa (eso aún tardaría unos meses), por otro, Costello no parece haberse vuelto mucho más suave con la edad, tal y como deja patente su abreviada entrevista con Manrique. Y para terminar, la promotora sólo nos dejó la opción de hacer fotos en Madrid ¡Todo son facilidades!

Pues no se vayan todavía que aún hay más. Estuve dudando hasta última hora, con lo cual, nada de AVE, ni avión, ni siquiera un triste Socibus... De nuevo, promesa interior: si a las 12 estoy subido en mi coche con la mochila de la cámara... pues sí, a las 12 (de hecho, creo que un poco antes) estaba ya cogiendo carretera. Lo más curioso es que mi camino fue de lo más placentero hasta que tuve que dejar el coche en un parking cercano al Monumental. La cantidad de Smarts y Minis aparcados alrededor tendría que haberme hecho sospechar de que las dimensiones del sitio no eran las más apropiadas para mi vehículo.



En fin, después de firmar el dichoso documento por el cual te comprometes a utilizar las fotos que hagas en ningún otro sitio que no sea la publicación en cuyo nombre has venido - ¡Mierda, y yo que pensaba hacerme rico vendiendo copias de esto por Internet! -, nos informan de que sólo vamos a poder hacer fotos desde la mesa mezclas y únicamente durante la primera canción.

Por supuesto, y como suele pasar cuando hay tanta exigencia de por medio... te sale el tiro un poco por la culata. Durante el primer tema el escenario está prácticamente a oscuras, con lo cual, a menos que quieras ver fotos de Costello con un grano que ni las primeras fotos nocturnas de los albores del siglo XX, casi mejor que nos esperamos al segundo tema, a ver si a alguien se le ocurre hacernos la vida un poco más fácil.



Efectivamente, para el segundo tema tenemos iluminación “normal” de teatro (que para algo el monumental es donde la orquesta de RTVE ha grabado durante décadas sus recitales), y la persona que se ocupa de coordinar a la prensa nos deja hacer el trabajo sin problemas. Por lo demás, el señor Costello dio un concierto alucinante.



Algo de calma llegó con el número 146, empezando con una pequeña entrevista a los muchachos de Malabriega (yo es que busco el significado de la palabra “favoritismo” en el diccionario y es que no lo encuentro, oiga) que, obviamente, tuvo una extensión mucho más corta de lo que yo hubiera deseado.



Y de una entrevista pasamos directamente a las reseñas, empezando por un destacado del combo Lennon / Claypool. Un álbum que, tal y como comenté en mi Facebook, por poco consigue que se me derritiera el cerebro. No tanto por el contenido – que tampoco se queda atrás – sino por el hecho de tener que terminarlo un poco contrarreloj. Lo más curioso es que otra crítica que podría haber tenido una extensión “destacada” fue la del nuevo de Eric Clapton - “I still do” - pero a pesar de las excelencias de esa grabación, se quedó en una cosa más pequeña. Una lástima, porque si es cierto que va a ser lo último que grabe el de Ripley (una afección nerviosa parece ser la causa), es una despedida merecedora de más líneas.



Le pegué una pequeña hostia – tampoco es que se vaya a enterar ni a dolerle – a lo nuevo de CIRCA, el proyecto de Billy Sherwood. Yo es que sigo sin explicarme que un señor que canta y toca tantos instrumentos tan bien componga (y produzca, que esa es otra) tan mal. Terminamos con mi breve examen al “pirata oficial” de The Enid “Live at Claret Farm & Stonehenge, 1984”. Ah, y no se me puede olvidar que mi colega Oscar da pistas sobre la presencia de un tal Steven Wilson en el nuevo álbum de Ray Wilson, “Song for a friend”. Yo sé que parece que no pasa un mes sin nombrar al “Frank Zappa de nuestra generación” - como en una ocasión se le describió en una entrevista -, de una forma u otra en las webs dedicadas al progresivo, pero en este caso es que se trata de OTRO Steven Wilson. Lo que viene siendo el hermano de Ray. Y no, no es el ex-líder de Porcupine Tree.



En lo concerniente a los directos, pues se da el caso contrario a los Aristocrats, en lugar de usar mis fotos, usaron mis palabras ¿Usted lo entiende? Yo tampoco.



Ya en el número 147 empezamos fuerte con el buenazo de Devin Townsend. Siempre es un placer hablar con el canadiense, sobre todo cuando ha publicado un disco tan bueno como “Trascendence”, una enérgica colección de temas épicos que, creo, resumen lo mejor de su Project ¡Y a ver si se decide a disolverlo o no, porque me vuelve loco con el tema en cada entrevista! Como soy un fan un tanto atípico del señor Townsend, puedo decir que, con todo, lo que más me gusta de su discografía es el “Casualties of cool”. Por supuesto, despreciado por los militantes del Metal.



Al pasar las páginas nos encontramos con otra entrevista que se ha llevado no poco tiempo en el frigorífico. En este caso, Steve Hackett (¿He dicho ya que ADORO a Steve Hackett?), al cual conseguimos liar para hacer una segunda entrevista al poco de haber empezado la campaña promocional de “Wolflight”. En este caso el propósito era más que nada pegarle un repaso a su carrera individual. Lo más gracioso es que cuando se nos ocurrió la idea, todo giraba alrededor de las futuras reediciones de “Please don't touch” (1978) y “Spectral Mornings” (1979), segundo y tercer disco en solitario del ex-Genesis, además de, en mi humilde opinión, dos de las muestras más importantes de su talento.



Pues como pasa el tiempo, para cuando se publicó la entrevista, esas dos reediciones se transformaron en “Premonitions – The Charisma years”, con mucho más material extra del que me esperaba. Pero en lo concerniente a dar un repaso a su carrera y su filosofía creo que salimos bastante bien parados. Al menos tanto como para que un compañero me felicitara. Qué fácil soy de contentar.



Otra cosa que recuerdo de este phoner es que, al igual que ocurrió con Haken, me pilló fuera de casa (y no en las circunstancias más convenientes para empezar una entrevista), de nuevo gracias a un fallo de comunicación entre la gente que lleva la ídem de InsideOut en España. No problemo, al final hubo que quitar un poco de tiempo de entrevista para que a mí me diera tiempo para armar, one more time, el chiringuito.



El pobre Steve tampoco estaba en la mejor circunstancia para hablar, tenía un severo resfriado encima y para colmo tenía que llamarme desde la casa de un vecino pues se encontraba en plena mudanza. Para redondear la jugada de una conversación que podía acabar como una con Elvis Costello, le mencioné (y prometo que a modo de broma) que Mike Rutherford, en su auto biografía “The living years” había contado que tanto él como Phil Collins tocaron en el primer álbum en solitario de Hackett – el gigantesco “Voyage of the Acolyte” de 1975 – cuando todos eran aún miembros de Genesis, por lo que “Steve pensaría que no tendría que pagarnos (no lo hizo)”.



Yo pensaba que Steve diría algo así como “Jaja, Mike, cabronazo” pero no, en un momento dado pensé que se estaba rebotando de verdad...¡Conmigo por haber sacado el tema! Desde luego no le hizo la gracia que yo pensaba que iba a hacer, pero como Hackett es un caballero de pies a cabeza, pues lo dejó estar y seguimos hablando como si nada.



Después de aparecer la entrevista, se la mandé a Steve. Ya sea él mismo o su esposa Jo, esos correos siempre reciben respuesta (algo de lo que podrían aprender algunos artistas) y en este caso, Hackett me añadió un “mi nuevo disco saldrá a principios de 2017”. Guiño, guiño, entonces. Tampoco es que fuera una cosa que el guitarrista llevara con un gran secretismo, pero no puedo dejar de sentirme un poquito, sólo un poquito privilegiado por momentos así.



En lo referente a las reseñas, pues puse bajo la lupa crítica – es una forma de hablar – a lo nuevo de The Dear Hunter (un destacado más que merecido), el “Dot” de Karmakanic (mucho mejor disco de lo que me esperaba, he de confesar), el que pueda ser, literalmente, el último álbum de Van der Graaf Generator – en palabras del propio Hammill, si bien por Twitter después aclaró que no lo tenía tan claro -, y la reedición del “Blues with a feeling” del propio Hackett.



Y, por supuesto, el “Transcendence” del bueno de Devin.




En la materia de música en vivo se acumularon un par de críticas en dos puntos muy distintos de la geografía. Por un lado, Iron Maiden tocaron en Sevilla durante uno de los días más tórridos del verano hispalense. Cuando tocaron AC and Roses DC les acompañó unos cuantos días de lluvia que dieron a la noche un toque mágico a pesar de las circunstancias. Ey, me pusieron en palco e invité a Mariskal Romero a un perrito caliente, puro Rock and Roll.

En el caso de la Dama de Hierro las pasamos todos un poco canutas. Yo creo que si no me llego a tirar lo que quedaba de botella de agua encima poco antes de entrar en el estadio, me hubiera derretido. Además, aquel día recuerdo andar un poco bajo de ánimos y no creo que me viniera arriba hasta llegar a casa. A pesar de las circunstancias, un gran concierto.

Lo otro fue distinto.

David Gilmour

De nuevo, David Gilmour.



Aunque “Rattle that lock” no me parece lo mejor que ha salido del cerebro del ex-guitarrista y ex-cantante de Pink Floyd, siempre he estado seguro de que sus directos no decepcionan. Cuando surgió la oportunidad de comprar entradas para su concierto en el Teatro Orange (Francia), las pude reservar durante unos minutos en la pantalla del ordenador... para después dejarlas ir



Y ustedes dirán ¡¡¿Por qué Fran, por qué?!!!! Básicamente por lo de siempre, suma de temas familiares y laborales, además de alguna reticencia con respecto al repertorio, que en aquel momento era desconocido. Pero vamos, que lo mismo me ocurrió meses antes con el concierto “de estreno” en Bristol. Aunque en mi descargo puedo decir que en aquella ocasión fue porque encontrar un hotel a un precio razonable resultó imposible imposible.



Ahora bien, cuando se anunció el nuevo tramo europeo de la gira no me lo pensé dos veces. Sobre todo después de comprobar que España (¡¡¡¡HAHAHAHAHAHAHA!!!) no estaba incluida en el mismo. Compré una entrada para Nimes porque me parecía lo más razonablemente cercano con no pocas dudas de si realmente podría acudir.

Pero al final, las estrellas se alienaron y pude llegar, junto con otros flipados de la música, en el Arénes de Nimes, un coliseo romano imponente (si bien no gigantesco, garantizando la buena visibilidad desde casi cualquier parte), al que se le había doblado o triplicado la seguridad después de los tristes acontecimientos de Niza.




Hubo un par de momentos curiosos a la hora de organizar mi llegada a la ciudad francesa. Algunos miembros del grupo español que fuimos al concierto llegó en coche, otros en avión y tren (desde dentro del país galo), pero yo no paraba de darle vueltas a una forma más segura de llegar. Cuando digo “segura” me refiero a que si se produjera una huelga de pilotos o de controladores aéreos (una posibilidad nada desdeñable en pleno julio) o incluso en el caso de que la compañía aérea quebrara inesperadamente (ídem de ídem), tuviera opción de reorganizarme y llegar el día del concierto.



Entré un poco en pánico cuando encontré un articulo según el cual, “estará genial cuando terminen la línea ferroviaria que va a unir Barcelona con el Sur de Francia”. La cosa es que no fue hasta que terminé de leer la noticia que me di cuenta de que databa de.... 2009. La línea estaba ya más que terminada y funcional. Así que nada, a Barcelona en avión (el colmo de la precaución habría sido irme en AVE hasta la ciudad condal) y desde allí un tren de alta velocidad que pasaba por Cadaqués, Lyon... (eh, Genesis tocó allí en el 92 ¿Hace una paradita?)



De nuevo, fue gracioso comprobar cómo el paisaje iban cambiando, así como los acentos de las voces que hablaban por megafonía. No tan divertido resultaba ver a los gendarmes franceses entrando a cada parada de las distintas estaciones. Ya puedo decir que he estado en un país con alerta máxima anti-terrorista, y no tiene ni puta gracia.

Lo que resultó un poco más interesante fue preguntar a la pareja revisores cómo llegar al coliseo romano, sobre todo cuando uno me confesó que después de tantos años haciendo ese trayecto NUNCA lo había visto. Pero, con todo, he de decir, como buen cateto andaluz “que lo tienen muy bien montao”. El coliseo está a una avenida de distancia con respecto a la estación de tren, y a 5 minutos más del hotel que reservamos (Serafín, nunca podré estar más agradecido por la gestión). Lamentablemente, ni siquiera en el idílico Sur de Francia me pude librar de la ola de calor. Así que mis paseos para conocer la ciudad e ir haciendo tiempo mientras llegaba el resto del destacamento se vieron frustrados.



Solución: meterme en una cafetería con el libro que me había comprado un poco antes de salir de viaje mientras degustaba una tostada pedida con mi mejor francés (el idioma, asquerosos) y un café. Mi consejo para el lector viajero es coger algo que no resulte especialmente absorbente (yo tengo muchas papeletas para quedarme leyendo en la habitación del hotel mientras en el exterior se celebra el carnaval de Rio de Janeiro, por decir algo), ni de muchas páginas – a fin de cuentas, no es lo que tendría que pesarte más en la mochila / maleta -, y en mi caso eso desembocó en... ¡Woody Allen!

Tal y como le escribí a algunos de mis amigos, me sentí “muy continental” leyendo “Cómo acabar de una vez por todas con la cultura” en un café francés. El colmo habría sido hacerlo en la terraza, pero no quería darle un nuevo significado a la palabra “torrar”.



Cosas que hice en Nimes: tocar un poco el piano de la estación de tren – cosa que dejé después de comprobar que estaba MUY desafinado -, encontrar una librería de cómics sin casi proponermelo, encontrar un bar taurino de fuerte ambientación española (esto ya era más lógico), comprobar que las visitas turísticas al coliseo romano se atajaban por “culpa” del concierto y creerme que la promoción del show había llegado a unas cotas increíbles.

Me explico, la canción-tema-título de “Rattle that rock” empieza con un soniquete que David Gilmour había escuchado en las estaciones de tren francesas, el que avisa de una llegada. Un soniquete que grabó con su Iphone para después formar la base de la composición. Por supuesto, estando en una estación francesa, era lógico que el jingle sonara cada dos por tres, pero hasta que caí en la cuenta de que no iba a sonar la batería ni una frase de guitarra seguida de “Whatever it takes to break...” me quedé un poco Katacrocker.



Cuando nuestro improvisado grupo de freaks se reunió, comprobamos que la legendaria fobia de los galos hacia el inglés es bastante real (lo siento mucho por la camarera que nos atendió) pero del mismo modo que con Portugal, a nosotros también nos valía no ser capaces de aprendernos algunas nociones básicas de francés (el idioma, asquerosos) para sobrevivir. En honor a la verdad, yo le pedí a una amiga un pequeño “breviario de frases de emergencia ligeramente ofensivas” por hacer la gracia. A Dios gracias que no lo tuve que usar en ningún momento.



Sobre el concierto no puedo contar gran cosa salvo que fue INCREIBLE, y el resto está en la revista. He de decir que hubo una posible opción de conseguir pase de fotógrafo, pero me temo que hubiera implicado quedarme en la mesa de mezclas y no disfrutar como público del concierto. Y esto es David Gilmour, copón, la voz y la guitarra de una de mis bandas favoritas, quería absorber la experiencia todo lo posible. Por eso incluso mis vídeos son tan cortos, que si no me da la impresión de que no he visto realmente el concierto.

Dos cosas que me gustaría recordar sobre el show son meras curiosidades (pero si no lo cuento en mi propio blog ¿En qué otro foro público si no?). Por un lado, que “Sorrow” (de “A momentary lapse of reason, Pink Floyd, 1987), me resultó genial en directo (la versión del “Pulse”, 1995, casi siempre me la he saltado) hasta el punto que notaba la distorsión de la guitarra en el estómago y no me importó lo más mínimo.



Por otro, yo había entrevistado a Phil Manzanera unos meses antes a propósito de su nuevo álbum. Durante la coversación yo había intentado sonsacarle algo del nuevo álbum (y de la gira) de Gilmour. Pero él sólo me contestó con excusas de ser un “mero empleado” en estas cosas (¡No te lo compro para nada, Phil!), pero al menos aseguraba que iba a formar parte de la próxima tourneé.

Hagámos flashback: Gira “In the Flesh” de Roger Waters. Parada en el Palau Sant Jordi (2003 si no recuerdo mal), el ex-bajista de Pink Floyd se planta con una banda que incluye a Jon Carin (teclísta de las últimas giras de PF sin el propio Waters ya en la formación) y al guitarrista Chester Kamen sustituyendo al más guapo (y bluesero) Doyle Bramhall II.



Volvamos a Nimes: para esta segunda manga europea, el bueno de Phil decide no embarcarse por la cantidad de compromisos musicales que colman sus días. Jon Carin tampoco está porque se va a preparar los conciertos del Desert Trip (aka, el cementerio de Dinosaurios al que yo habría ido de tener mucha pasta) con Roger Waters y su puesto lo ocupa Greg Phillinganes (Toto, Eric Clapton...)

Y con esas dos tonterías, campana y se acabó Nimes. A la mañana siguiente llovió, lo cual templó un poco el clima. En el tren de vuelta a Barcelona sufrí el tener a unos estudiantes americanos sentados cerca de mí, chavales que estaban comprobando cuánto tiempo puede estar uno de viaje sin visitar la ducha. Como dice Robert Fripp, si alguien huele mal en público, yo no me lo tomo como un ataque personal. Pero me tapo la nariz.

Regresé a Barcelona, para variar, se me ocurrió visitar la calle Tallers demasiado tarde, con la consiguiente carrera posterior para llegar a tiempo al aeropuerto. Total, para nada, ya que sufrí en mis carnes (ya estaba tardando) el gran retraso aeronáutico. Con la pata en alto en una incómoda silla del Prat (había conseguido hacerme una herida en el pie a base de tanto andar con unas zapas nuevas), vi los 90 minutos pasar con exasperante lentitud. Hay veces que ni siquiera juguetear con el móvil es suficiente consuelo, directamente, lo que quieres es llegar a casa. Para cuando mi aeroplano tocó suelo andaluz, servidor había tomado algunas decisiones. Lástima que el hombre proponga y que la vida disponga.



Algo de calma llegó con el número 148, en este caso, mis aportaciones se limitaron a reseñar lo nuevo de John Wesley, “A way you'll never be”, amén del también flamante “The machine stops” de Hawkind (ay, aquella entrevista con Dave Brock que nunca se materializó) y la IMPRESCINDIBLE reedición del “1984” de Anthony Phillips.









La cosa se vuelve a animar para el 149, incluyendo mi segunda entrevista con Mariusz Duda, voz, bajo y líder de Riverside. Aunque me puedo permitir el lujo de contaros que está severamente editada (mucho me temo que la línea editorial de This is Rock parece apuntar a los reportajes), os puedo decir que cuando el bueno de Mariusz me contó que su banda se iba a quedar como trío con guitarristas invitados después de la inesperada muerte de Piotr Grudzinski era una exclusiva... que me pidió guardar en secreto. Es una tontería, incluso en este momento en el que las webs de música se mueven por titulares que tienen tanta importancia como lo que desayunó Jimmy Page hace 15 años – exagero en aras del humor -, pero cuando el bajista me preguntó si la entrevista era para un medio escrito yo me quedé un poco a cuadros al principio. Bueno, tampoco creo que todos los medios del mundo hubieran acampado en su jardín para comprobar si era cierto de haberlo contado antes de tiempo. Vamos, 4 días antes del comunicado oficial.



También os puedo contar que fue en una mesa de roble y cerca de una piscina donde transcribí las respuestas que me mandó el señor Peter Hammill por correo electrónico. No me acabo de acostumbrar a que un señor con el que fue una delicia hablar cara a cara hace unos años, se le tengan que hacer las preguntas por mail. En fin, lo más gracioso es que terminó su misiva con un “espero que no haya muchas erratas”, a lo que sólo mi dolor de córneas puede servir como respuesta.



El motivo de la conversación virtual fue el nuevo “Do not disturb” y la firmamos a medias el insigne Carlos Romeo y un servidor porque éste envió algunas preguntas que sumar a las mías propias. Y porque siempre está bien compartir crédito con un señor que ha escrito un volumen sobre King Crimson, cojones ¿Recuerdan mi post sobre UK? Pues eso.



Para terminar la ronda de charlas, le toca de nuevo a John Wesley, que de nuevo fue una dulzura de hombre. Rematamos con reseñas: empezamos con el ofrecimiento instrumental de Riverside “Eye of the soudscape” (en torno al cual giró mi conversación con Duda), seguimos con un destacado para lo nuevo de Marillion, de los cuales pude disfrutar en directo este verano con una compañía... sospechosa. Había pensado ampliar mi reseña del F.E.A.R aquí pero lo mismo lo dejo para cuando me haga youtuber o algo...



Estoy bastante seguro de que me dejo cosas en este recorrido de cosas, perooooo.... Joer, según el procesador de textos llevo ya unas 21 páginas y ya es mucho que siga escribiendo ¡Tanto como que usted siga leyendo! En fin, si usted ha llegado hasta aquí le hago saber que a través de los distintos enlaces multimedia voy a intentar suplir aquellos huecos de mis colaboraciones en la TiR que se hayan quedado fuera. Pero vamos, que las redes sociales existen y me pueden seguir por ellas ¿Saben?

Un concierto por Marco.

Había pensado dedicar una entrada en exclusiva a esto, mientras que otra parte de mí prefería “enterrarlo” dentro de la presente entrada. Esta iba a ser la parte en la que iba a dar buena cuenta de los últimos conciertos de “Canciones Desnudas”, pero, de nuevo, las circunstancias imponen su ley.



Tampoco quiero ahondar en el dolor ajeno. Marco era el hijo de una buena amiga mía y su fallecimiento, por leucemia, ha sido una tragedia terrible, no sólo por su muerte en sí – ningún padre debería vivir para ver a su hijo irse -, sino también por lo temprano de su marcha. Aún no había cumplido los 20 años.

Me voy a poner un poco egoísta y (ahora sí) iluminado. Para mí fue un duro golpe, más que nada porque en los últimos 3 años había visto a Marco – ya fuera en persona o a través de su madre -, desanimarse, levantarse, hacer sus exámenes, ilusionarse con su nueva carrera... Este es uno de esos casos en los que las palabras no me llegan para explicar la gran tragedia que es que una vida se apague cuando tenía tanto por hacer.

Se suelen decir muchas cosas en estos casos “siempre se van los mejores” es una de las primeras que se me viene a la cabeza. Yo sé, por cosas que decían sus amigos, que Marco, era indudablemente de Los Mejores. Pero ese hecho no es consuelo alguno. Yo sé que era de Los Buenos, y ya con eso tendría que ser suficiente para que no se fuera de este mundo, en el que no andamos con exceso de Buenos, precisamente. Podría dedicarle párrafos y párrafos a todo esto, más que a cualquiera de mis desventuras musicales o alguna otra de las cosas de las que suelo hablar en el bitácora. Lo mucho que me extendiera no serviría de mucho. Un buen chaval se ha ido y los que le hemos sobrevivido nos preguntamos si no sería ya el momento de dejarse de gilipolleces y centrarnos en las cosas importantes. Como me dijo una persona muy cercana a mí “la vida es sólo una vez”. Hay que tener cuidado con nuestras decisiones.

Siguiendo con mi egoísmo, mi filosofía al respecto fue en cierta forma lo que me llevó a hacer “12 canciones tristes / Canciones Desnudas”. Si tanto me gusta cantar, tocar y componer ¿Qué tal si simplemente no salgo ahí fuera para ver si mis canciones sobreviven? Y por ahora han sobrevivido, no siempre ante públicos masivos, pero ahí siguen.

Dijo tito Phil en una entrevista “cuando hay una gran desgracia, dar un concierto benéfico no soluciona la desgracia”. No le faltaba razón, y mira que este es el señor que tocó en los dos conciertos de Live Aid. Pero de haber sido por mí, habría estudiado medicina, habría intentado adquirir los poderes para curar a Marco con una mera imposición de manos. Pero ni los médicos pudieron salvarlo – y me consta que hicieron todo lo posible - ni tampoco apareció ningún mago que a última hora pudiera ofrecer una cura milagrosa.

Por mi parte, lo único que me quedó fue ofrecer mi guitarra, mi teclado y mi voz para dar un concierto en el trianero local de La Tregua. Todo lo que se sacó del concierto – incluyendo la venta de tazas con diseños que nos dejó Marco antes de marcharse -, fue a parar a la asociaciónfundada por su madre. A la que os exhorto que os unáis ipso-facto.

No me queda mucho más que contar, por ahora. 2016, que está tocando a su fin mientras escribo estas líneas, ha sido un año raro de cojones. Con una concentración de altibajos que, como se suele decir, para mí se quedan. Si no tuviera ninguna vergüenza, diría aquello (parafraseando a Jimmy Page) de “2016 no existió, 2017 será mejor”. Pero aún me queda vergüenza, así que me limito a decir que, como diría la madre de Marco, vamos a construir, que es lo que quería hacer su hijo. Prometo una entrada mucho más corta la próxima vez. Con un montón de construcciones en proceso de hacerse realidad.


Os dejo una enigmáticas imagen al respecto.