miércoles, 22 de mayo de 2019

Tin Machine: cuando Bowie quiso volver a ser rockero

Defenestrado en su día, Tin Machine fue un proyecto clave en la trayectoria de David Bowie ya que le permitió librarse de la etiqueta de "pureta comercial" que le habían puesto tras la búsqueda del éxito que implicarón sus 3 discos anteriores. También fue importante el que fuera su primera colaboración con Reeves Gabrels, un guitarrista siempre dispuesto a traer algo de desequilibrio y locura adicional a las composiciones. La sección rítmica no podría ser otra que los hermanos Sales - veteranos de Iggy Pop - dos colgados que en algún momento dado parece ser que creyeron que aquello era realmente una banda democrática (HAHAHAAHAHAHA), pero que añadieron esa furia punk a unas composiciones que para muchos no pasaron de ser un AOR sucio. Hoy, la discográfica de Bowie ha subido el corto promocional del primer álbum (de los dos) de Tin Machine, con su versión hard-rockera del "Working class hero" de John Lennon. Todo este locurón dirigido por Julian Temple ¿Quién si no iba a ser el más indicado para filmar el siguiente fracaso comercial de Bowie, salvo el señor que casi hunde su carrera cinematográfica con "Principiantes" (1986). Espero que esto de lanzar cosas en formato digital no sea una nueva tendencia y que el hecho de que no haya versión en HD quiera decir que se está preparando una caja con material en vídeo de calidad. Curiosamente, en la descripción no se incluye "Under the God" (aunque la interpretan en el vídeo) un tema controvertido porque avisaba ya (¡en 1989!) del regreso de la extrema derecha, "El racismo vuelve a dominar" Dadle un play, coño, que el tiempo ha sido muy amable con Tin Machine, con Bowie y su barba, además, así me hago la ilusión de que sigue vivo, siendo ese rey de los Duendes que siempre hacía lo contrario de lo que se esperaba de él:


jueves, 9 de mayo de 2019

“IN THE PINK” un libro de Nick Sedgwick (con intrusivas aportaciones por parte de Rogelio Inodoros / Roger Waters)

Esta es la pinta que tiene, sin la absenta ni los CDs de fondo, claro


Pink Floyd, aparte de uno de los grupos más grandes de la Historia de la Música, es una organización discreta hasta llegar al más absurdo secretismo. Graban discos y preparan lujosas cajas recopilatorias (¿¡500 pavos?! Supongo que las credenciales “socialistas” de algunos de sus miembros se hundieron en la erección de un buen plan de pensiones o una suntuosa herencia que legar) sin que nadie, salvo sus fans más acerrimos, sepan de estos preparativos. 

Como muy bien dice Bob Geldof en el documental “Behind the wall”: “Durante años nadie sabia quiénes eran Pink Floyd”. De hecho, cuando empecé a interesarme por su música durante mi adolescencia, sospechaba que el nombre respondía al de un músico en solitario. Pink Floyd se daba a esas confusiones, a fin de cuentas, resultaba de la unión de otros dos nombres pertenecientes a sendos bluesmen de los que el fan medio nunca habría oído hablar de no ser porque Syd Barret - primer guitarrista y temprano líder del grupo – creyó que eran buenos candidatos para identificar a su combo. Sin olvidar el perverso parecido, en inglés, a “Fluido Rosa”, un par de palabras que seguramente tenían algún tipo de significación privada durante los lisérgicos 60. O no, pero sirve para un buen titular.




En todo caso, dicha discreción por parte de la banda – en muy pocos casos sus caras han decorado alguna parte del diseño de sus álbumes – les permitió llevar durante muchos años el tipo de vida deseable para muchos que se encuentran en su nivel: ricos y famosos pero difíciles de reconocer si te los encuentras en el súper. Esto es, si es que después del éxito de “The darkside of the moon” (1973) alguno de ellos tenía la necesidad o si acaso era capaz de imaginarse yendo a comprar algo personalmente.

Estoy exagerando, por supuesto. Pero el cuidadoso acercamiento a la fama del grupo tendría su justificación durante el vendaval de mierda que fue el cruce de denuncias judiciales entre Roger Waters – bajista, compositor principal y lider de facto del grupo tras la marcha de Barrett – y el resto de PF, durante el camino plagado de minas que fue la grabación del adecuadamente titulado “A momentary lapse of reason” (1987) y su posterior gira.



Tampoco es que hasta entonces la existencia de la banda hubiera estado libre de traumas y rumores. El deterioro mental del propio Syd Barret y su misteriosa desaparición de la primera línea en un figurado Paseo de la Fama ya había sido deliciosamente mitificado por fans de la primera etapa del grupo, incluyendo los que escribían en la prensa musical de la época.

Nick Sedgwick, el autor del libro que nos ocupa, no creía mucho en leyendas de ningún tipo. Y si algún aficionado a la música de Pink Floyd dudaba de que éstos eran más humanos y menos profetas espaciales de lo que su fama tiende a hacernos pensar, este volumen eliminará de un plumazo tal resquemor.

¿Quién era Nick Sedgwick?

Una rápida búsqueda en Google no revelará gran cosa sobre el escritor más allá de su autoría de este libro sobre Pink Floyd, y eso sorteando toda la gente con el mismo nombre cuyas ocupaciones tiene poco o nada que ver con el hecho de escribir sobre música.

Sedgwick era, tal y como él mismo explica en “In the Pink” un “townie”, esto es, un residente natural de Cambridge cuyos padres no formaban parte efectiva de ningún aspecto formal de la Ciudad Universitaria. Un término que se suele usar para aquellos relacionados con Pink Floyd es “Cambridge Mafia”, esto es, toda la gente que formaba parte de la vida en el lugar, en reflejo de la “Memphis Mafia”, los lugartenientes de Elvis Presley que mantenían al Rey del Ruack alejado (y a veces protegido) de la realidad. En el caso de Cambridge, esa mafia incluye a todo el grupo, al genial Storm Thorgerson – impertérrito diseñador de sus portadas y cofundador del estudio gráfico Hipgnosis – así como a algunos de los músicos adicionales de Pink Floyd en directo, tales como el saxofonista Dick Parry o el guitarra Tim Renwick. 

Siendo coetáneo, oriundo del mismo lugar y compartiendo algunas inquietudes artísticas amén de otras algo menos elevadas (como el consumo de buena hierba) con los Floyd, era lógico que Sedgwick acabara orbitando alrededor de las mismas esferas que la banda. Aunque Nick nunca estudiara en la Universidad bajo cuya sombra había crecido, su posición como estudiante y miembro de lo que hoy llamaríamos “Aula de Cultura” en la – entonces - nueva Universidad de Essex permitió que ejerciera como promotor de uno de los primeros bolos de la banda en aquel virgen territorio estudiantil.

El autor


Durante años, mientras intentaba encauzar su vida después de licenciarse, Nick mantuvo una cautelosa distancia con sus antiguos colegas mientras estos andaban muy ocupados con cimentar su leyenda a base de discos innovadores y canciones inolvidables. Algo tan en apariencia inconsecuente como heredar un conjunto de palos de golf motivó que Sedgwick se animara a contactar con Waters para proponerle echar una partida juntos. Como con el Overwatch o el Fortnite pero teniendo que salir de casa e interactuar cara a cara con otras personas.

Y de ese breve encuentro, este libro.

¿Qué cuenta “In the pink”?

Como buena parte del material inédito de la banda (añadamos los conciertos del montaje original de “The Wall” filmados por Alan Parker o cualquier grabación profesional de algún bolo de la gira de “Animals”), el manuscrito que nos ocupa alcanzó un estatus demítico entre los fans. Se sabía de su existencia y el batería Nick Mason, en su biografía del grupo, confirmó los motivos por los cuales dicho volumen quedó inédito. Básicamente, las horas de conversación transcritas no dibujaban a los Floyd – grupo, equipo técnico, mánager – bajo una luz especialmente favorable y la banda decidió vetar su publicación.

Por supuesto, cuando uno intenta ser tan sucinto con semejante explicación, lo único que consigue es suscitar más interés en dicho manuscrito ¿Habría para tanto? (Ya les digo que no) ¿Podríamos leerlo alguna vez? 

Desarrollaré mi respuesta a la primera pregunta en este ÉPICO (para variar) artículo. Sobre lo segundo, me refiero al prólogo del libro, escrito por el miembro de Pink Floyd más cercano a Sedgwick, esto es, Roger Waters.

Sedgwick fallece en 2011, víctima de un tumor cerebral. En 2017, cuando la nueva gira de Roger Waters está activando su maquinaria (esa gira con la que se supone que fui “tan duro” en mi reseña para This is Rock tras su paso por Madrid), el bajista decidió editar “In the Pink”, si bien sólo se podía adquirir en la tienda de la exposición londinense “Their Mortal Remains”, en la tiendaonline de Waters o en el puesto de Merchandising que se despliega en cada bolo. Llevado por su fidelidad a un viejo amigo, todos los beneficios de la venta van a parar a la familia de Sedgwick. Esa misma fidelidad es lo que provoca esta edición ya que, como el propio bajista cuenta en el prologo a la segunda parte del libro, la única persona que aparece en sus páginas cuyo privacidad debiera respetarse – su primera esposa, Judy Trim – murió en 2001 (cáncer de mama) faltándole añadir un “y al resto, que le den”.

¿Mande?


Pero, al igual que muchas cosas que rodean a Pink Floyd, esta autoedición está muy lejos del libro de tapa blanda y papel barato que se puede permitir el común de los mortales cuando encarga que le publiquen esa novelita de la que se siente tan orgulloso (es que Planeta me hace el vacío ¿Sabe usted?): aunque como muy bien señala una de las reseñas del volumen, ni siquiera luce un ISBN que llevarnos a la boca, las páginas son un un gramaje que da gusto pasarlas, las numerosas fotos tienen una calidad estupenda – no así la portada, que no es muy representativa del material gráfico -, ya sean en color o en blanco y negro, en otras palabras, físicamente, da gusto abrirlo y pasar sus páginas. Incluso a pesar de las intrusivas notas a mano (y tinta) de Roger sobre el propio texto, que a veces resultan incompresibles, dada la caligrafía del músico.

El libro se divide en 3 partes. En la primera, Sedgwick nos pone en antecedentes sobre su propia vida, sobre cómo la Universidad de Cambridge proyectaba (insisto) su alargada sombra sobre las vidas de aquellos que eran vecinos del campus, los primeros pasos con el sexo, la música y las drogas. No necesariamente en ese orden. También se nombre un breve momento en el que el autor es promocionado a letrista de un grupo que comparte oficina de representación con Floyd, son italianos y buscan romper en el mercado inglés mediante el uso de su idioma. Una estrategia que en la historia de la música sólo parece haberle funcionado a los músicos del norte de Europa, tocando el pop más accesible y edulcorado que puede imaginar una mente transalpina. De aquella aventura se nos cuenta poco y mal, esto se debe a que Sedgwick decide adoptar una visión chovinista con respecto al grupo de marras, del que no sabemos ni el nombre.

Gente Floydiana


La segunda parte es la narración de un viaje en el que Nick, en calidad de amigo de la pareja Waters, los acompaña a su propiedad en las costas griegas. Uno casi diría que esta narración conforma el grueso del libro. Para el fan de Pink Floyd que busca rastros de canciones inéditas, datos de conciertos poco conocidos o colaboraciones estrambóticas, seguramente se haga interminable.

Para ser claros, esta segunda parte cuenta cómo el matrimonio de Roger se desquebraja delante de los ojos de su colega. Se nos da a entender que para Judy fue muy complicado – por no decir imposible – asumir la nueva posición económica y social que conllevaba el éxito de los Floyd. Motivos no le faltaron, en cada esquina, los supuestos “nuevos amigos” que salían al paso sólo parecían querer dicha amistad con vista a sablearles, timarles, cuando no directamente robarles.

No ayudan tampoco las repetidas (y reconocidas) infidelidades de Roger durante las giras o que su mujer decida pagarle con la misma moneda durante su estancia en una Grecia que, para terminar de redondear la jugada, se sumía en una crisis política.



Sedgwick nos traslada convenientemente a una villa de vacaciones de mediados de los 70, que como todos los sitios de vacaciones de todas las épocas, resulta espartana hasta el tedio. Los Waters tienen que guardar dinero en metálico entre los botes de especias que tienen en las estanterías – porque en aquellos años, las tarjetas de crédito y el Paypal como que no -, mientras soportan el aburrimiento o la tensión de compartir espacio a base de juegos de carta, conversaciones filosóficas y salir a navegar.

El autor lo cuenta todo desde una posición tan privilegiada como comprometida, en aquel momento, Nick también pasa por una etapa tempestuosa en su vida personal porque intenta mantener el fuego en una relación con una chica más joven con él. Con el añadido de que ésta se ha embarcado en uno de esos viajes de auto descubrimiento por el mundo. Como muchos hombres que “no lo tienen muy claro”, Sedgwick alienta ese viaje, mientras que al mismo tiempo no puede evitar maniobras tan desesperadas como intentar ponerse en contacto con su (¿ex?) pareja a través de una cabina telefónica. Desde un pueblecito de la costa griega. A mediados de los 70. (Sale mal).

También es una posición comprometida porque el autor es amigo de Waters, y aunque le ve los pies de barro a su colega, no hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de que admira a Roger. Puede que no sea una admiración del tipo “oh, se hará lo que tú digas, amo y señor”, pero desde luego se deja llevar, de otra forma no habría aceptado formar parte de una larga expedición por Europa con un matrimonio en plena crisis. Uno de los puntos álgidos de esta narración es cuando Nick visita una propiedad no muy lejos de la propia villa de Waters que casi se le antoja accesible para su bolsillo, con la idea de poder ser vecino estival del bajista, el cual incluso le propone adelantarle el dinero.



Más allá de la visita a la casa, no saldrá nada de este asunto, salvo una inesperada radiografía del carácter de Roger. Se nos da la impresión de que nos encontramos ante un hombre que necesita tener cerca a gente que le diga las verdades a la cara, no es tanto que los quiera comprarpero entendemos que la férrea seguridad que tiene en si mismo requiere de la confirmación por parte de personas cercanas que le puedan decir “no tengo muy claro si eso es buena idea”. 

No obstante, ya les digo que Nick admira lo resolutivo, lo competitivo y lo un tanto cínico (guapo ya no) que es Roger. Aunque uno viene a este libro con ambiciones “floydianas”, el escritor consigue mantener un pulso narrativo lo bastante firme como para que esta parte de la obra resulte entretenida. Pero es sobre todo el relato de cómo se desmorona una vida doméstica.

Aviones, trenes y limusinas.

La última parte puede que sea la de más interés para el fan medio de Pink Floyd. Nos situamos en 1974, durante el año anterior, “The darkside of the moon” se ha transformado en ÉL disco, ese álbum del que todo el mundo ha oído hablar o del que tiene una copia. Como el “Tubular Bells” de Mike Oldfield, se transforma en la banda sonora de la primera mitad de los 70, cuando el individualismo, el hedonismo y la sofisticación parecen haber superado ampliamente al espíritu rebelde de la década anterior.

El Rock ya se ha transformado en una forma de arte que se puede tomar en serio – tal y como confirman la prensa musical de la época, con largas parrafadas para describir el asalto sonoro de la música del momento – mientras que los chavales que lo practican se han transformado en adultos con hipotecas o divorcios (o camellos) que pagar. Algunos de ellos se pasarán con la seriedad o con las drogas, (o los divorcios) dando paso a la revolución del Punk, los cuales también se pasarán con la seriedad y las drogas, - no tanto con los divorcios - porque todo cambia para permanecer igual.



En esta época, los Floyd están intentando registrar la continuación al disco que les va a asegurar la jubilación – o se la hubiera asegurado si su buena vista para las inversiones no fuese inversamente proporcional a sus capacidades musicales – en un clima enrarecido. Están tocando algunas piezas que deberían formar parte del nuevo disco, entre ellas la magna suite que es “Shine on you crazy diamond” además de otros dos temas largos: “You gotta be crazy” y “Raving and drooling”.

Sedgwick también está viéndolas venir, como quien dice. La situación en Grecia se volvió tan insostenible que el pobre escritor se tuvo que volver al Reino Unido en uno de esos destartalados trenes que se ofertaban en la Europa del momento, sólo, y reflexionando sobre lo que acababa de ocurrir en lo que se suponía iban a ser unos placenteros días de relax. Ni siquiera presenciar la combustión espontanea del matrimonio del músico fue suficiente para que la relación entre ambos acabara por enrarecerse. Waters sigue acudiendo a su amigo, y de hecho le anima ante su siguiente idea: escribir una biografía sobre Pink Floyd.

Imprescindible


En un principio, se supone que será un trabajo conjunto entre Nick y Storm Thorgerson. Como es bien sabido, Storm poseía un carácter tan tempestuoso como su nombre, sus diseños grandilocuentes (y caros) para los vinilos de los grupos que tenían en su cartera de clientes encajaban a la perfección con su forma de encarar la vida, pasando de una explosión a la siguiente. Algo que casi consigue que su estudio de diseño gráfico se quedara sin la cuenta de Led Zeppelin tras un encontronazo con Jimmy Page. 

Por supuesto, Thorgerson se desentiende del proyecto biográfico en cuanto puede, dejando al pobre Nick, grabadora y cuaderno en mano, la difícil situación de acompañar al grupo durante su vuelta al directo en una complicada gira, primero en suelo británico y después por Estados Unidos. 

Por lo tanto, hay que dejar una cosa clara: lo que tenemos en “In the pink” no es una biografía al uso de Pink Floyd, de hecho, esa idea se abandonó muy pronto, vista la envergadura del proyecto. Lo que Sedgwick acaba entregando se acerca más a un bitácora, muy bien escrito, con el suficiente salseopara mantener entretenido al fan más casual (si es que un fan casual pudiera sentir el impulso de hacerse con este libro) pero que a la larga resulta un tanto frustrante.

Excesivamente premonitoria foto con Barret en el centro desenfocándose  durante las sesiones del segundo álbum de los Floyd


O dicho de otra forma: su gran virtud es a la vez su gran defecto. Nick tiene un acceso íntimo al núcleo Floydiano, pero su saber sobre la banda dista mucho de ser enciclopédico: en una de sus intrusivas notas escritas a mano, Waters tiene que corregir al escritor cuando afirma que “You gotta be crazy” y “Raving and drooling” acabarían formando parte de “Wish you were here” (1975) cuando en realidad aparecerían bajo otros nombres - “Dogs” y “Sheep” - en el más posterior “Animals” (1977).

Otro aspecto positivo del texto es que su autor carece de la fascinación por la música o por el ritual que es un concierto de Rock, y aún menos por el del uno de los Floyd. La actitud fanática de los seguidores del grupo se le antoja pueril, casi absurda, de hecho, en un momento dado está a punto de confesarle a Roger que si no tuviera tantas comodidades para seguir a la banda (se hospeda en los mismos lujosos hoteles que el grupo, tiene un pase que le permite acceso hasta los camerinos, bebida y comida gratis) seguramente sería incapaz de ser tan sacrificado como los fans más jóvenes, los cuales, en una Inglaterra cercada por el paro y el recuerdo de una reciente crisis petrolera, ahorran sus peniques para poder comprar las entradas de los conciertos, hacen cola para pillarlas o esperan horas en las puertas de los recintos para coger buen sitio. Y mejor no hablar de qué le parece al escritor eso de quedarse a la salida para ver si sus ídolos les pueden hacer un garabato en sus preciadas copias de los discos.

Ese distanciamiento, tan poco habitual en los libros sobre músicos resulta en el mismo problema que tienen obras con un tratamiento similar - la biografía sobre John Lennon de Albert Goldman o el propio volumen sobre el primer álbum de Mecano escrito por Grace Morales serían otros buenos ejemplos – a saber: que se acaba con algunas apreciaciones directamente crueles que al lector le hace preguntarse “¿Para qué dedicas tanto tiempo a escribir tantas palabras sobre el tema entonces?”

Tan imprescindible como falto de amor por el material analizado


Sedgwick empieza su andadura con los Floyd asistiendo a los ensayos previos a la gira por Inglaterra. Ya ahí empiezan los resquemores, según se acerca la fecha del primer concierto, Nick se sorprende lo cogido con alfileres que está todo: las suntuosas nuevas secuencias cinematográficas que Pink Floyd ha encargado para su proyección en la característica pantalla circular del grupo no acaban de funcionar, por su escasa calidad y por las dificultades para sincronizarlas con la música. Incluso una cosa tan tonta como los dígitos de una cuenta atrás que anunciará a los asistentes del concierto de cuándo va a empezar el mismo ha de desecharse en el último momento.

Además, los Floyd se han auto impuesto no poca presión con el nuevo espectáculo gracias a esa primera parte del bolo que se compone de 3 temas nuevos de considerable duración que nadie ha escuchado antes. Recordemos, se trata de una época en la que Internet era una cosa que se formulaba vagamente en la ciencia-ficción, así que ni siquiera se podía lanzar un teaserde las nuevas canciones ni había un vídeo al día siguiente para que los fans del próximo concierto se supieran hasta los acordes para cuando la gira parase en su ciudad.

Ergo, para los propios fans tampoco era fácil asistir a uno de los bolos de PF en la época. Si uno sólo tenía un interés tangencial por la música del grupo, iba a tardar más de 60 minutos en escuchar algo que le fuera mínimamente familiar, porque después de la primera hora de nuevas composiciones, había un descanso, a la vuelta el grupo toca de principio a fin “The darkside of the moon” y termina con “Echoes” (de “Meddle”, 1971). Eso sí, para los que llevaban siguiendo al grupo varios años, esos espectáculos debieron de resultar una delicia.




Y es que por mucho molestar que hubiese en el grupo, seguían siendo unos grandes profesionales exigentes con cada aspecto de su arte. Excepto, se nos da a entender en el libro, con ellos mismos.

Buena cuenta de ello dan las grabaciones piratas que han sobrevivido de esos conciertos. Sedgwick también lo percibe: las cosas no van bien, la supuesta excelencia sonora de la que siempre se ha enorgullecido la banda no acaba de aparecer en los primeros bolos. El dedo acusador apunta a Rufus Cartwright, un bisoño ingeniero de sonido acostumbrado al trabajo en estudio, (participó en el primer álbum de Supertramp), un chaval de colegio privado al que no le gustan las jugarretas que le gastan los pipas y que encima se las tiene que ver con una nueva pero supuestamente revolucionaria mesa de mezclas.

El dramatis personaede esta gira no queda completo sin la presencia de Arthur Max. De nuevo, se trata de un nombre que sonará a los que leyeran el volumen escrito por Nick Mason: Max era el responsable del lujoso juego de luces que también había servido para cimentar la buena fama de los directos floydianos, pero su carácter, dado al abuso verbal para con el resto del equipo, lo transforman en una compañía poco agradable. Todas sus indicaciones eran ordenes que llegaban a los técnicos a un volumen desproporcionado y acompañadas de floridos adjetivos. Quizás esta descripción por parte de Nick Mason deje bastante claro el ambiente que sembraba el jefe de iluminación: “Arthur no solía quedarse después de los conciertos para realizar una autopsia del show, no fuera a acabar siendo la suya”.

No deja de ser curioso que una banda tan en apariencia tranquila como los Floyd no dejara de rodearse por personas con una personalidad tan volátil. Max está todo el rato con el miedo de ser el que pague el pato por los errores que se pueden cometer durante el espectáculo, al tiempo que no para de señalar los fallos y cagadas de aquellos que están (o no) a su cargo. Sin olvidar el mantra que se le adjudica: “no tengo un contrato”.

Ese es parte del drama recurrente de casi todo el mundo que forma parte del equipo. Ahora que la banda es mucho más grande ¿Qué va a pasar con ellos? ¿Seguirán con su existencia a salto de mata incluso ahora que el futuro de Pink Floyd parece más afianzado que nunca? 

Ese es otro detalle que Sedgwick capta a la perfección: aunque el grupo ha alcanzado unas cotas de éxito inimaginables, un resquemor recorre a toda la “empresa”, incluyendo al mánager. En una demostración de divertida (pero innecesaria) crueldad, Nick nos recuerda que Steve O’Rourke, templado representante de Pink Floyd, fue comercial de comida para perros antes de entrar en el circo del Rock. Su maniobra de ventas más espectacular era comer su propia mercancía con el eslogan de “si está lo bastante buena para mí, lo estará para tu perro”. El escritor subraya que el sabor del alimento para mascotas aún debe presentarse en la boca de Steve cada vez que ve peligrar su posición.



A decir verdad, todas las posiciones en la banda parecen estar en severo peligro. Esta es la gira en la que, a distintas alturas de la misma, cada miembro de Pink Floyd le presentó su dimisión a su representante. Pura Depresión de Nuevo Rico.

Sedgwick hace muy bien en retratar cómo las ventas de “The Darkside of the Moon” lo han cambiado todo. No se trata ya sólo del estatus social de los Floyd, también del significado o supuesta profundidad de lo que hacen. Por supuesto, si se tratara de otros individuos y no de una banda inglesa con torturadas aspiraciones intelectuales, todas estas consideraciones estarían fuera de lugar, que siga rulando la pasta, la droga y las putas.

Pero ni siquiera el hecho de que Waters muestre como una bravata que compone los temas con su particular kitde composición (guitarra, cuaderno, lápiz, diccionario de rimas), consigue retirar un poco de la mística que solemos asociar con el acto creativo. Aunque ya en el retiro griego, el bajista parece sopesar cada nueva canción como otro cero añadido a su cuenta corriente ¿Cinismo o un intento de demostrar que no tiene miedo a la presión de hacer otro disco superventas?

En este sentido, no deja de ser graciosa una de las conversaciones de camerino que recoge la obra. Los miembros de Floyd discuten cómo se deberían repartir los porcentajes de autoría sobre las canciones que están estrenando en los conciertos. Un imponente 80% queda entre Roger y David Gilmour, quedando el raquítico 20% restante para el teclista Richard Wright, no dejando ni una propina para el batería Nick Mason.

Los que viesen “Bohemian Rhapsody” (¿Bryan Singer? 2018) recordaran que Brian May se opuso bastante a la inclusión de “I’m love with my car” - tema compuesto y cantado por el batería Roger Taylor – en el álbum “A night at the opera” (1975). May debió de insistir mucho en que se incluyese esa escena en el guión, ya que dicho tema es una herida que parece aún sangrarle al guitarrista. No solo se incluyó en el disco, sino que además fue la cara B del propio single “Bohemian Rhapsody”, ergo, cuando el largo tema de los Queen fue Número 1, por fuerza, Taylor y Mercury fueron los que cobraron más por los royalties. Lo cual puede demostrar la poca fe que tenía el grupo, en el fondo, en sus Escaramouges y Figaros, al poner un tema tan chungocomo cara B.



Igualmente, a Nick Mason se le otorgó en solitario la autoría de “Speak to me”, el cúmulo de efectos sonoros que sirve como prólogo de “The darkside of the moon”. Waters se lamentaría posteriormente de esa decisión grupal. Al igual que sucede con Taylor, el tener un tema acreditado en uno de los discos más vendidos de la historia, le reportó más beneficios que a otros miembros de la banda que, a pesar de tener un mayor peso en la música, se tenían que contentar con una firma de co-compositor. 

Siendo malos, con ese dinero, Mason se pudo permitir comprar todos los coches clásicos de alta gama que colecciona, que a su vez le sirvieron años después como aval bancario para financiar la primera gira de Pink Floyd sin Roger Waters.



Teniendo todo esto en cuenta, no es extraño que a Mason no se le quisiera dar otra oportunidad para firmar un tema, fuese un cúmulo de efectos o no.

En defensa del batería, diré que él siempre ha sido muy claro con su falta de capacidad para crear música, “yo no compongo” dice en una entrevista que se incluyó en una de las primeras biografías en castellano que se publican sobre Pink Floyd. Tanto es así, que como él mismo explica en la biografía sobre la banda, su primer disco en solitario,“Fictitious Sports” (1981) fue una forma de conseguir que Carla Bley publicase sus canciones. Era más fácil que una discográfica apoyase un disco del batería de Pink Floyd que el de una pianista de jazz experimental.



Otro detalle que surge en el libro de Mason y que se ve reflejado en este “In the pink” es cuando el batería narra una ocasión en la que Arthur Max convence al grupo para “filmar” un set de la gira. Según su anécdota, el jefe de luces inundó el escenario con sus focos. Esto tiene sentido, de siempre se han tenido que poner más potencia lumínica porque la sensibilidad del celuloide – y no digamos ya de los tempranos formatos de vídeo – no es la misma que la del ojo humano. Para el avispado fan, esta historia hace que salten las alarmas ¿Existe un vídeo BIEN grabado de un show de 1974 en su totalidad?

El libro de Sedgwick destruye esas esperanzas de un plumazo: lo que usa Max es una videocámara (una vídeocamara de 1974, intentemos imaginar por unos segundos la calidad de imagen del artilugio) y su forma de grabar el show es quitando todos los filtros de colores de los focos. Los fans del concierto en cuestión se enfrentan a una primera parte del set en la que el grupo toca canciones desconocidas y a una iluminación espartana.



Los Floyd, que notan cómo los haces blancos de sus luces les hacen sudar la gota gorda al tiempo que se lleva todo el posible dramatismo de sus actuaciones, deciden que como broma ya está bien, por lo que le piden a Arthur que restituya los filtros para la segunda parte. Y ahí se acaba el sueño de un show de 1974 que, a fin de cuentas, se grabó con una sola cámara en un trípode.

Según avanza el tour por las islas británicas, se multiplican los problemas. Rufus no se hace con la mesa, con lo que el sonido se sigue resintiendo, además el pobre ingeniero (y la propia banda) carece de las habilidades sociales para aislar el problema y hablarlo con sus superiores. Tampoco ayuda cierta reseña del escritor Nick Kent.

La crítica de Kent del concierto en Wembley es un recuerdo doloroso para los Floyd, tanto es así que el escritor es una de las cabezas parlantes que aparece en el documental sobre la gestación de “Wish you were here”. Doloroso porque, por mucho que escueza, el hombre de New Musical Express dio en la diana en varias ocasiones, en otras palabras, mostró que los ropajes del emperador eran inexistentes y que éste iba arrastrando sus lorzas desnudas por toda Inglaterra.

Inevitablemente, Sedgwick toma partido en su volumen, y se explaya. Aunque es también consciente de que la banda de su colega no está en su mejor momento, tampoco asume de buena gana los ataques de Kent. Para empezar, la toma con el hecho de que el crítico es fan de Syd Barret, en otras palabras, un enamorado del “complejo James Dean”, de esos que creen que el ex-líder de los Floyd era un genio cuyo legado debiera tomarse en más consideración que las exageradas aventuras sonoras de la banda que dejó.

Sedgwick también estuvo presente en las famosas sesiones de 1975 en las que un Barret con sobrepeso, con todo el vello facial rasurado (incluyendo las cejas, recuerden cierta escena de la película “The Wall” dirigida por Alan Parker, estrenada en 1981 y basada en el álbum homónimo que los Floyd lanzan en 1979) aunque previamente ya había mantenido algunos encuentros breves con el mítico Syd. El escritor explica que, quizás debido a la mística aura que solía rodear a Barret, siempre le costó iniciar una conversación normal con el músico, desde luego, tampoco es que Nick pareciese especialmente impresionado con su persona.

En una demostración de la personalidad pasivo-agresiva del inglés medio, los Floyd acogerán el artículo de Kent con una divertida displicencia que se acaba filtrando en las conversaciones del grupo hasta desembocar en una disputa en la que, desde el punto de vista de Sedgwick, se nos muestran los roles que suelen adoptar los miembros de la banda.

Nick Mason, sardónico y hasta cierto punto despreocupado, no quiere que su (aparentemente) minúsculo papel musical se vea empequeñecido y encima tener que cargar con algo de la culpa cuando las actuaciones se resienten por alguna inconsistencia en el ritmo. Rick Wright parece estar en una continua búsqueda de atención, como si fuera consciente del hecho de que es el “más músico” de los cuatro, pero al mismo tiempo sabe que le falta el empuje de hacer cosas por su cuenta. Roger Waters es el puto amoy sus críticas siempre parecen estar justificadas porque sabe que si no es por ímpetu, el barco que es Pink Floyd acabaría por hundirse. David Gilmour intenta resumirlo todo con su “the simple fact is...”, una frase que se con los años se ha transformado en un latiguillo que el resto de la banda acoge con cachondeo, conscientes de que esa es su forma de atajar toda discusión.



Waters, cuya tendencia a chinchar parece inagotable, tituló “The simple facts” al epilogo de Preguntas y Respuestas con su coleguita Mason que sólo se pudo disfrutar en la proyección cinematográfica de su revisión de “The Wall” (estrenada en 2014) y en la edición Especial Que te Cagas de Cara del mismo. Porque por mucho que pasen los años, siempre hace bueno para chinchar a David Gilmour.

El guitarrista del “pelo sucio” - como deja caer Kent en su artículo – quiere reconectar de alguna forma con el público, con la música, quiere algo más orgánico. Pero es una batalla perdida, un hecho del que conscientemente o no, no puede escapar. El nombre de la banda pesa demasiado y el éxito también, en entrevistas radiofónicas de la época, Gilmour apuntará el cambio en el público: cuando eran una banda con un éxito mediano, se podía escuchar “la caída de un penique” (una frase muy inglesa) durante los momentos más tranquilos de sus actuaciones, mientras que tras “The Darkside of the moon” lo que se oye es al borracho de turno clamando para que interpreten “Money”.

Todas estas dudas salen a relucir durante el periplo en territorio inglés, una gira que denota un curioso provincianismo: los miembros del equipo floydiano – con los que Sedgwick viaja en varias ocasiones – a duras penas pueden localizar algunas de las ciudades por las que va a pasar el grupo, concejales que actúan como promotores – parece que traer a los Pink Floyd a su ciudad forma parte de su campaña de reelección – y los inevitables problemas con las autoridades que se ocupan de la seguridad en los recintos.

En cierta forma, “In the pink” no engaña a nadie, ya que se anuncia como un reflejo de unas personas y una época. Es una radiografía curiosa de unos individuos que, pasado el subidón del éxito, se las tienen que ver con funcionar con algo que se parezca a la normalidad. 

Uno de los aspectos más interesantes del volumen es cómo vaticina el futuro: se menciona cómo sería más operativo para la banda actuar en un único recinto y que los fans viajaran para verlos (en cierta forma eso es lo que sucedió con los espectáculos de “The Wall” que se montaron a principios de los 80). También se habla de un nuevo contrato con Columbia – su compañía discográfica en EEUU – para grabar 7 álbumes a cambio de una millonada. Si uno hace la cuenta, descartando recopilatorios y discos en directo, podemos comprobar que hasta esa graciosa abominación que es “The endless river”, no se cumple dicho contrato que está en el aire en 1974.



De nuevo, esto nos da una curiosa perspectiva de cómo funciona internamente una organización tan hermética como son (eran) Pink Floyd. Y de por qué Waters quería zanjar toda relación con la banda cuando dijo aquello de “¡Me voy!” en 1985.

Pero de vuelta a 1974, Sedgwick señala detalles un tanto absurdos: hace un paralelismo entre lo buenos que son jugando al squash los integrantes de Pink Floyd y su papel en la música del grupo. Por si quedaba alguna duda, Mason queda el último, sin dejar de señalarnos que el físico “rechoncho” del batería no casa con la avidez de su juego.

Nuevamente, este es un hecho que el propio Nick Mason señaló en su biografía de la banda, cuando se da cuenta de que el pasar más tiempo practicando el tenis para pijos era una buena forma de ir retrasando volver al estudio para grabar un nuevo álbum.

E inevitablemente, hay drogas. Sedgwick señala que tanto el equipo que acompaña al grupo como los propios Floyd disfrutan de la cocaína, ya sea para mantenerse despierto durante las interminables jornadas de trabajo (en el caso de los primeros) o como una forma de estimular la diversión post bolo (en el caso de los segundos). 

Merece la pena por las risas y la sordidez generalizada


Nick narra cómo esnifa algunas rayas en el coche que comparte con los pipas “seguramente cortada con algún producto abrasivo” (en realidad, el escritor señala una marca comercial cuyo significado se pierde por aquello de los 45 años de distancia y por ser un texto en inglés), una frase que denota que la cacareada ignorancia sobre los efectos nocivos de la droga a largo plazo fue más una invención de los consumidores habituales que una auténtica falta de información sobre el tema. Conviene no olvidar que el grupo perdió a uno de los miembros más importantes de su equipo – Peter Watts, padre de la actriz Naomi Watts – por culpa de sus adicciones narcóticas.

De igual forma, la perspectiva sobre la droga pasa por un curioso cambio que se puede ver en… otro libro. En este “In the pink”, el escritor conoce al camello oficial del elenco, el cual le explica lo curioso de su relación: en cuanto le pase su mercancía al equipo de los Floyd – que ya irán distribuyendo el polvo blanco – será como si no existiera. Efectivamente, Nick asiste, un poco atónito, a ese cambio en el parecer social, como si el hombre hubiera pasado de ser una presencia tolerable, hasta deseada, a ser una molestia.

En su propio libro, Guy Pratt, el sustituto de Roger Waters (“sustituto” en cuanto se le contrató para tocar le bajo y cantar en directo, ya que como él mismo admite con no poca sorna, fracasó en su intento de componer discos dobles conceptuales) habla de cómo su primera gira con Pink Floyd tenían a un “coordinador de ambiente” que parecía ser amigo de todo el mundo. La frase “seguramente se lo encontraron en alguna caja de la última gira de Genesis” engancha con otra biografía, en este caso “The living years”, de Mike Rutherford. Pero esa es otra historia y en la nuestra, el narrador está viviendo la vida en el carril de alta velocidad, que dirían The Eagles.



Tanto es así que Sedgwick decide, en un momento dado, cortar parte de su periplo con esta miserable excursión para tener algo parecido a una vida normal. La gira tiene algo parecido a un final feliz: Rufus es despedido por su incapacidad para hacer que el grupo suene bien o por su incapacidad para pedirle a los Floyd que le ayuden a hacerles sonar mejor (o una combinación de ambas), entra el más resolutivo Brian Humphries, Arthur Max presenta su irrevocable dimisión (se transformará en un oscarizado colaborador de Ridley Scott) y el grupo consigue dar algunos conciertos que consiguen traer de vuelta el esplendor perdido.

Pero no se vayan que aún hay más.

América, América…



El último segmento del libro explica por qué éste se quedó durante años relegado a los archivos. Tras leer un primer manuscrito, Gilmour y Wright muestran su disconformidad con el texto: no les gusta el retrato que se hace de sus personas y acusan a Sedgwick de excesiva parcialidad para con su colega Waters. Mason, que tiene un espíritu más deportivo (o le da más igual), le da su sello de aprobación.

El escritor encaja las críticas con el apoyo del bajista, duda de acompañar a los Floyd en su siguiente gira por Estados Unidos, pero Waters señala que “no puede perder”. Si no saca nada claro del viaje, a las más malas tendrá unas semanas de vacaciones de lujo con una banda de Rock en la cresta de la ola. A cualquiera le costaría resistirse.

El propio Nick reconoce que aquello es un error, si ir armado con una grabadora, cuaderno y boli había funcionado durante la gira inglesa para cuando llegan los grandes recintos del Tío Sam, se encuentra totalmente perdido. A diferencia de los cines reformados de las tierras británicas, los polideportivos donde los Floyd tocan en esta manga, transforman a todo el mundo en inalcanzable. Física y emocionalmente. No es sólo que para llegar a algún camerino haya que recorrer absurdas distancias, es que enganchar a nadie en una conversación medio tranquila se transforma en un intento fútil.

Como muestra, un botón: Sedgwick comparte asiento con Wright durante un largo viaje en limusina. Durante el trayecto, el escritor intenta explicarle al teclista que no quiere joder a nadie, que con su futurible libro intenta hacer un retrato fidedigno de las circunstancias del grupo. Para cuando llegan a su destino, Nick cree haber convencido al músico de sus buenas intenciones, sólo para escuchar a Wright poniéndolo a caer de un burro durante la cena (y eso que lo escucha de refilón).



No es el único trauma que depara la gira y aquí entramos en pantanosos territorios personales. 

En la película “The Wall” se pone en escena algo que se podía suponer escuchando el disco: una telefonista llama desde Estados Unidos, responde una voz masculina que intenta deshacerse de la llamada internacional. En el film se nos muestra de forma más clara lo que en el vinilo uno se tenía que imaginar: el protagonista, Pink (encarnado por Bob Geldof) llama a su mujer desde un hotel en EEUU, pero ella está acompañada por un otro hombre.

En el comentario que acompaña a la edición en DVD, Roger Waters y el ilustrador Gerald Scarfe repasan el metraje de la película, cuando llegan a dicha escena, Scarfe le pregunta a Roger si aquello está basado en algún incidente real. El bajista responde “no guardo ningún recuerdo de esto”. Sí, como Gandalf cuando tiene que elegir camino en Moria.

Cuando Sedgwick describe el momento en el que su colega sabe que su matrimonio está totalmente acabado, Roger dibuja una mano (con un oportuno anillo de matrimonio) sobre toda la página. Conviene aclarar que Waters tampoco pierde el tiempo y que durante la manga estadounidense conoce a la que será la madre de sus hijos.



El músico, más allá de hablar de sus traumas a través de su arte, rara vez ha querido especificar los detalles de su vida personal. Es comprensible, pero por otro lado resulta un tanto absurdo cuando pone tanto en bandeja. Puede que forma parte de su terapia, es como cuando al final de los conciertos de la gira de su resucitado muro, se dedicó a contarle al público lo mucho que había cambiado desde los conciertos originales y lo mucho que le debía a sus compañeros de Floyd para llevar su proyecto a cabo.

Todo parece formar parte de los – por otro parte, afortunados – consejos de un psicólogo: “Sea asertivo, dígale al público que lo quiere, reconozca el apoyo de sus amigos, intente conectar”. Puede que durante mucho tiempo, parte de su forma de encajar con el trauma de una esposa infiel – algo que me parece que tiene más que ver con un orgullo masculino herido que otra cosa -, fuese enterrarlo en su memoria.



Sea como fuere, esta “intrusión” en el relato es una más de las varias que hace Roger, aunque hay que concederle que en varios pasajes se disculpa por la fría forma que tienen de despachar a Rufus – el propio técnico será entrevistado por Sedgwick semanas después de terminar la gira, reconociendo que no le guarda rencor alguno a los Floyd – y en otros celebra lo bien que se defiende Nick Mason de los posibles ataques por parte del resto del grupo.

Consecuencias

In the pink” es, al mismo tiempo, fascinante y frustrante. Fascina porque rara vez se le ha dado a nadie permiso para contar tanto desde tan cerca sobre un grupo tan misterioso como Pink Floyd. Frustra porque, en el fondo, por mucho que nos haga gracia el salseo o las dinámicas internas, al final lo que más interesa es la música, algo de lo que se habla poco, y mal.

Por otra parte, hay cosas que a lo mejor muchos fans preferirían no saber. A uno siempre le entra la duda de si los músicos disfrutan con lo que hacen o si están simplemente simulando mientras que por dentro se envenenan con el desprecio que sienten por el público, los mánagers y el negocio que les hace salir a la carretera para defender un disco en el que no creen pero que está contractualmente obligados a promocionar.



En el caso de Pink Floyd, se confirma una sospecha que algunos teníamos: que el grupo no cree que sus fans tengan mucho criterio, Roger afirma que podrían dar un show de mierda y aún así el respetable lo fliparía, mientras que el más (en apariencia) humanista Gilmour defiende que los asistentes a sus conciertos pueden notar cuando las cosas no van bien.

Por supuesto, está la cuestión de que, como cualquier banda, les cuesta juzgar las cosas por una mera cuestión tecnológica: hay conciertos en los que el grupo piensa que todo ha ido genial porque el sonido que tenían en el escenario con sus monitores era perfecto y saben que han tocado bien, pero al bajar a sus camerinos, les empiezan a llegar quejas de un sonido deficiente.

Sedgwick volvió de su periplo americano con un manuscrito que no verá la luz, empezará una vida nueva alejado de los Floyd, aunque su música no dejará de aparecer en distintos momentos de su vida. El grupo consiguió reorganizarse para grabar “Wish you were here” y funcionar bajo la batuta de Roger Waters durante los años posteriores… hasta que todo se vino abajo a mediados de los 80. Tanto Gilmour como Waters quisieron conectar con su público a un nivel menos descomunal al que había propiciado Pink Floyd pero ambos se dieron cuenta de que sin el nombre carecían de la suficiente atracción.

Con la ayuda de Nick Mason – que por muy colega que fuese, no disfrutaba de los continuos desprecios por parte del bajista -, Gilmour demostró que podía montar un álbum y una gira de Pink Floyd. Tanto es así que reclutó a Wright (“despedido” de la banda durante las sesiones de “The Wall”) y consiguió grabar otro disco al que acompañó la inevitable gira descomunal. Después, se dedicó a ser feliz con su segunda mujer y tardaría algunos años en volver a la carretera y encontrar, finalmente, esa conexión perdida con su público, tocando en pequeños recintos en espectáculos que fueron celebraciones de su música, con o sin Pink Floyd.



Paralelamente, Waters intentó (sin éxito) revalidar su nombre en solitario. Compuso una ópera sobre la revolución francesa y también tardó lo suyo en volver a conectar con su público. Ahí es donde termina el relato de este libro, con un Sedgwick que viaja a uno de los primeros shows del nuevo espectáculo de su viejo amigo y se encuentra compartiendo recuerdos, inevitablemente enganchados a los temas que compuso Waters.

Uno puede entender que Gilmour y Wright no quisieran que este texto viese la luz. Aunque Nick Sedgwick tenga razón y Waters fuese “el jefazo” dentro de Pink Floyd, retratar al resto de la banda como meros comparsas incapaces de hacer algo por su cuenta se antoja injusto. Puede que se deba a esta percepción en el desequilibrio de poder lo que impulsó a Gilmour a llevar las riendas de la banda, puede que el empuje de Roger sea la razón última del éxito del grupo, pero nadie debe olvidar que sin la guitarra y la voz de David o los arreglos de Wright, muchos de los pasajes clásicos de su música no existirían.



Waters no ha tenido problemas en explicar en varias entrevistas que el resto del grupo se burlaba de sus limitaciones musicales, en cierta forma su posición es muy similar a la de Jon Anderson en Yes: podía imaginar la música que el grupo debía hacer, pero para crearla requería de músicos de verdad. Pero la química (la “magia”) de los Floyd yace en la unión de estos cuatro individuos en particular, de otra forma, Roger podría haber hecho muchos álbumes con músicos de sesión y rivalizar con su gloria pasada. En lugar de eso, sus últimas giras han sido una celebración de su legado – recuerden el eslogan: “el genio detrás de Pink Floyd” - con un poquito de sus temas más recientes.

In the pink” no trata de eso. Es una historia parcial pero interesante ¿Debía contarse? Eso ya depende de la paciencia de cada uno, yo os dejo esto como aviso de lo que os vais a encontrar, yo seguiré disfrutando de la música igualmente, sólo que me reiré cuando recuerde algunas anécdotas. Cuando escucho las primeras tomas en directo de “Shine on you crazy diamond” de la gira de 1974 no puedo evitar acordarme de una respuesta de Nick Mason cuando le preguntaron cómo diferenciar las voces de Waters y Gilmour: “si canta desafinado, es Roger, si está afinado, es David”. 

Por mucho que joda, las bandas acaban siendo algo más que la suma de las partes.

domingo, 10 de febrero de 2019

YO ESTUVE CURRANDO EN LOS GOYA Y VOSOTROS NO… o puede que sí, en cuyo caso no sé qué hacéis leyendo esto.


El autor del artículo, posando con su tocayo

Lo leí con incredulidad, pensando que a lo mejor no me tocaba a mí, que la losa que sentía en la espalda cuando se anunció que la entrega de Premios de la Academia de Cine Espppppañola era tan sólo otro síntoma de los múltiples problemas de espalda que desarrollamos los cámaras a lo largo de nuestra vida. Pero no, la misma semana de los Goya me llegó el terrible mensaje de mi coordinadora: “¿Puedes trabajar el sábado por la tarde-noche?” Como si sobrentender el destino suavizara el golpe.

Ya sé que de cara al público, los cámaras parecemos unos refunfuñones que siempre buscan una excusa para no trabajar, en claro contraste con los redactores/as (“reporteros/as” para el resto de la humanidad) que, gracias sobre todo a cómo se les retrata en el propio cine, parece que siempre van detrás de esa noticia que les catapulte al estrellato, que los/as ponga a la altura de… bueno, de una estrella de cine. O de serie de Netflix.

Muy codiciadas estas cosas ¿A cuánto las podrá vender en eBay?


Pero de lo que se trata es que uno intuye (sabe) lo que se le viene encima, muchas horas de curro intercaladas con ratos de tedio, comida de Variado Origen, y la sensación de que toda la Gente Famosa de la que va a estar cerca, en realidad la estás viendo por un visor (o pantalla LCD), por lo que tampoco hay mucha diferencia con respecto a verla en la comodidad de tu casa. Pero por lo menos cobras, a diferencia de esa pobre gente que se apiñó en las inmediaciones del Palacio de Congresos de Sevilla – aka FIBES -, con la vana esperanza de ver, aunque fuese, a una Cristina Castaño de perfil saludando al respetable. 

Digo “vana esperanza” porque, tal y como se montó el tinglado, con los vehículos entrando por el patio interior, bien alejados de las vallas, los rostros más conocidos – o los menos conocidos, que también existen los sonidistas, los montadores y los maquilladores, los cuales ¡Oh sorpresa! También se llevan premios -, del cine nacional no tuvieron que estar cerca de los meros mortales desocupados (que diría Ramoncín) para firmar en algún cuaderno, hacerse fotos o grabar saludos en vídeo. Por lo visto Paz Vega se quejó de esa “falta de calor” por parte del público normal al llegar a la Alfombra Roja. No pasa nada, ya íbamos a estar los de la prensa, o al menos algunos, para “dar calor”. 

Mi redactora me dijo que ella habría trabajado gratis para cubrir los Goya – teniendo en cuenta que no vive en Sevilla y que tanto el desplazamiento como el hotel se los pagó de su bolsillo, me atrevo a insinuar que prácticamente así fue -, en un reflejo de una actitud que muchos en la profesión criticamos, esto es: la gente que se acerca a un evento “para ver qué hay”. Esto lo vivimos los cámaras con una carga ecuánime de irritación y condescendencia, no nos queda otra. Uno de los ejemplos más vergonzosos se vivió con la entrada en prisión de Isabel Pantoja. La cárcel de Alcalá de Guadaíra no tiene ningún núcleo urbano cerca, pero aún así, no pocas mujeres (“marujas atormentadas” en el argot profesional, lo siento mucho) seacercaron a sus inmediaciones MUY TEMPRANO para prestar su apoyo a I.P., censurar a la tonadillera, poner a caldo a los medios o las tres cosas dependiendo de cómo diese la brisa matutina.



Ya sé lo que algunos vais a decir, “Fran, tu prácticamente pierdes dinero entrevistando a rocosos Rockeros que no conoce ni su puta madre”. Vale, y hasta cierto punto entiendo que alguien pueda decir que curraría de gratis en los Goya, ya que, tal y como dijo mi redactora “para un evento guay que tenemos en Sevilla” (¡que no se entere nadie del We love Flamenco, el SIMOF, el SICAB, la Feria de Abril o la Semana Santa!), aunque creo que nadie la ha informado de que, de un tiempo a esta parte, el 50% del atractivo de los Goya es leer en Tuister cómo se despelleja la gala.

Antes de entrar en harina, sólo diré una cosa en mi defensa sobre mis entrevistas con prebostes del Progresivo: las más de las veces son un asunto relajado que realizo en mis ratos libres o los he conseguido cuadrar haciendo auténticos encajes de ovillo con el tiempo: os recuerdo que la entrevista con el teclista de Nightwish la hice un domingo por la mañana temprano. Puede que la música me haya trastocado los valores, pero estoy seguro de que la Humanidad necesitaba saber de su disco conceptual sobre Tío Gilito.

Seguridad

Me imagino que a la gente que coordina los medios que van a cubrir la gala le encantaría que un mes antes, todas las agencias, revistas, webs, periódicos o televisiones del Universo confirmaran asistencia, con las respectivas matrículas de coches o Unidades Móviles, así como nombres, apellidos y números de DNI de cada persona que acude a la cita. Pero también estoy bastante seguro de que viven en el mundo real, por lo que están mentalizados de que va a haber tantos cambios de última hora como milésimas de segundo tiene el día. Curiosamente, mi agencia, que me pide los datos CADA VEZ que toca un evento en el que hay que acreditarse escrupulosamente, esta vez no hizo ni el amago de respetar mi privacidad, por lo que cuando llegué al Palacio de Congresos – con un nivel entero del Parking subterráneo para la Prensa, un detalle a tener en cuenta si no fuéramos el ciento y la madre – me esperaba un brazalete y una identificación con mis datos básicos impresos.



Eso no quiere decir, por supuesto, que no hubiese que hacer confirmaciones y reconfirmaciones. Hombre, si en la misma semana de la Gala me preguntan si puedo ir yo, cómo no van a preguntarme la matricula del vehículo que vamos a llevar apenas 8 horas antes de la convocatoria y una vez en la puerta del aparcamiento, cómo no van a pedirme OTRA VEZ mis datos, incluyendo mi teléfono, para dejarlo en un papelito que tendrá que estar “bien visible” - cual ticket de zona azul – desde dentro del coche, por si la policía se tiene que “poner en contacto conmigo”. Mal día para llevar juguetes sexuales con fundas sospechosas en el maletero, supongo.

Lo bueno, a diferencia de otras convocatorias en las que nadie tiene la menor idea de dónde se dan las acreditaciones, en los Goya todo el mundo tiene pinta de saber dónde está todo. Uno podía recoger sus pases a partir de las cuatro de la tarde. Como la convocatoria para el inicio de la Alfombra Roja – esto es, que empezara a llegar gente “entrevistable” - había sido marcada para eso de las siete y cuarto, da la impresión de que un contingente importante de los medios decidió un “ni pa ti ni pa mí”, con lo que llegamos en una curiosa tromba a eso de las cinco y media. Tiempo de sobra para pasar por el control de seguridad – mucho más amable que el de un aeropuerto, todo sea dicho -, aclarar qué tipo de cobertura vamos a hacer y encontrar nuestro sitio.

¿”Tipo de cobertura”, os oigo preguntar? Veamos, los de La Española – esto es, todo el que trabaja para TVE -, se encargaban del directo oficial. Ergo, sus unidades móviles estaban aparcadas fuera, sus presentadores ensayaban entradillas con ropa de calle y tenían otra zona para hacer un pequeño clip. A los fotógrafos los dispusieron en unas tarimas niveladas. Nosotros íbamos a “canutazo”, o sea, 3 o 4 preguntas (como mucho) de pie en modo “aquí te pillo, aquí te mato” al actor/actriz/Personaje en general que se nos pusiera a tiro según iba pasando por nuestra zona.



Eso, indudablemente, fue lo mejor. Aunque el avezado lector no sea periodista, habrá reparado en alguna ocasión que en cualquier mogollón que se monta durante algún acto importante siempre hay alguien que dice (o más bien grita) “¡Dejad de aplastarme!”. Porque claro, cuando un futbolista que evade impuestos , un deportista de élite tiene que acudir a los juzgados para aclarar un malentendido fiscal, hay que saltar encima del compañero para tener un plano mejor o acercar el micro sólo UN POCO MÁS. En este caso, un folio con el logotipo de cada medio, delimitaba nuestro radio de acción. No sé cuánto habrán cobrado los múltiples diseñadores gráficos que han parido los logos, pero seguramente no esperaban que fuesen pisoteados por trípodes, monopies y zapatos de diseño vestidos por las estrellas más rutilantes de nuestro cine.

Alfombra Roja

Aún así, eso no quiere decir que no hubiera sitio para el pifostio. Después de que la redactora recogiese su bolsita con perfume de regalo – confirmando que todos los que trabajamos en estas cosas tenemos alma de tiesos, la gente parece que se siente timada si no sale de una convocatoria con un regalito, por cierto, las bebidas espirituosas suelen triunfar mucho, ahí os lo dejo, Relaciones Públicas de España -, nos pusimos en nuestra zona designada… sólo para vernos invadidos por la joven redactora de la sección de “Redes Sociales” de una revista. 

Armada con su móvil, a la pobre le habían asignado la misión de pedirle a los Personajes que fueran pasando cosas como saludos, “boomerangs” de Instagram y otras viñetas gráficas para darle vida a las RRSS de la publicación. La pusieron a nuestro lado porque nosotros íbamos sin trípode e imagino que los responsables de prensa pensaron que como íbamos, invariablemente, a traspasar las barreras invisibles entre las catenarias, tampoco nos iba a molestar mucho. Todo cierto, debo añadir.



Ahora bien, en una demostración de que en periodismo es mejor pedir perdón que pedir permiso, cuando la chica comunicó a una de las responsables de prensa que andaban por allí que su misión era, básicamente, grabar saludos con el móvil, la mujer le dijo que ni de coña.

¿Qué ocurrió? Pues lo más normal, que con el caos de personajes que empezaron a acumularse a partir de las siete y media, los que estábamos en la zona de medios teníamos barra libre para pedirle a los famosos hasta un saludo para nuestra tía Enriqueta que nos está viendo por la tele, sentada cerquita de la mesa camilla en su casa del pueblo.

Para colmo, como en nuestra profesión la tontería se pega con más facilidad que una ETS en un puticlub de carretera, en cuanto la redactora de la agencia que teníamos al lado grabó otro par de saludos para las Redes Sociales de su medio, le llegó el fatídico mensaje por parte de su coordinadora “está muy chulo, haz todos los que puedas”. Porque en periodismo, del “favor” a la “orden” hay muy poca distancia. Huelga decir que hubo televisiones que llegaron a última hora, por aquello de que al redactor le pusieron el AVE más barato para arribar a la ciudad, así que cualquier poco espacio en el que nos hubiésemos expandido se redujo según se acercaba el rato crítico. Menos mal que la Alfombra gozaba de una muy buena iluminación, así que no hubo que sumar focos a la hora de pelear por espacio.



En la Alfombra Roja también empezó el forcejeo con mi compañera: la historia de siempre, ella quiere que lo grabemos todo, incluyendo lo que haga nuestra más directa competencia – los teníamos al lado, así que difícilmente se nos iba a escapar alguna cosa -, o incluso lo que haga la no tan directa. Eso incluía la pequeña celebración alrededor de una pelota de basket que se formó con la redactora del programa de AR por parte del reparto de “Campeones” (Javier Fesser, 2018), pero tal y como le tuve que responder, no puedo predecir el futuro inmediato. Aparte – y esto es un debate para otro artículo – no tengo muy claro lo ético (lo legal en este mundillo, ya tal) de grabar un tema que, realmente se ha currado la compañera a base de su propio carisma. Que sí, que es una tontería lo que estoy diciendo y que tendríamos que haber chupado del bote, pero también estaba pendiente de que no se nos agotara la batería.

Porque ese fue otro detalle que le tuve que explicar a mi redactora: ya teníamos a otros dos cámaras grabando en otras zonas de la Alfombra, grabando posados y totales (canutazos) a la gente menos conocida, también había un fotógrafo en nuestro equipo, parapetado en su propia sección, así que lo nuestro eran básicamente los peces más gordos, las celebrities (¡Ay va qué chorrazo!) y gente de similar calado. Teníamos dos tarjetas de memoria y dos baterías, una de las tarjetas se las iba a llevar el otro cámara para ir adelantando material de modo que se minutara en la central de Madrid y las baterías… Digamos que mi corazón me dio un pequeño vuelco cuando me di cuenta de que la primera que puse estaba a medio cargar.

No daba tiempo para maldecir el nombre del cámara que había decidido no poner a cargar las dos baterías, afortunadamente, mi compañero había metido el cargador en la mochila. No sé el nombre de la colega de producción de La Española que accedió a buscarme una regleta para conectarlo entre el caos de focos y enchufes que teníamos detrás, pero gracias compañera: te pongo un piso, te como entera, te retiro de la calle o cualquier otra frase que exprese agradecimiento eterno y no parezca llevar implícito un mensaje heteropatriarcal/paternalista/manexplaining/manspreading/machirulo/manflu/dafuck.

Así quedó la Alfombra...


Y no se crean que esto fue una problemática que sólo me afecto a mí, vi a un cámara sufrir porque el micrófono inalámbrico devoraba los packs de pilas que iba reponiendo con estoica paciencia y otro me detalló su odisea para poder pedir prestada la tarjeta de memoria de otro compi para poder seguir grabando, porque no, aunque les parezca increíble, no todos usamos el formato SD.

¿Quienes me parecieron los más simpáticos, los más guapos y los más elegantes de la Alfombra? Pues, sinceramente, ni idea. Estaba concentrado en que el audio entrara bien, que mis imágenes estuvieran mínimamente encuadradas de modo que reflejasen que tengo algo de idea de grabar o en que, al llegar Penélope Cruz o Pedro Almodovar, no me taparan sus rostros el cogote de otro compañero. Estoy bastante seguro de que en mi grabación de las declaraciones de Andreu Buenafuente, hay una generosa melena rubia en lugar del rostro de Silvia Abril, que estaba a su lado.

Porque, admitámoslo, uno puede ser el favorito de la noche – como Antonio de la Torre -, o uno de los interpretes mejor considerados del momento – como Javier Gutierrez, que decidió ir de barman de “El Resplandor” (Stanley Kubrick, 1983) por motivos que sólo él sabrá -, pero te toca atender a los medios uno a uno. Si eres nuestra Penélope o nuestro ¡Pedroooooooooo! (all about my mother), nos juntamos más cámaras y micrófonos de lo que sería aconsejable para escuchar tus sabias palabras, Gran Maestro Jedi.

Sala de Prensa


Obviamente, después he sabido que en nuestra sección (o puede que en otra) le preguntaron al director manchego por Ese Partido del que Uxted Me Habla, lo cual iba a ser siempre una pregunta trampa. Porque claro, si el director dice que no reconoce su existencia, mal, porque les da munición para una pataleta (que es lo que querría cualquier ser u entidad, dar una pataleta patrocinada por nuestro director más prestigioso) y si la reconoce, peor, porque les da aún más balas para disparar.

De Penélope sólo escuché que venía sin YabierBardem porque su marido estaba grabando una peli. Estoy seguro de que a alguien le habría hecho mucho gracia que mi redactora le preguntase a la actriz si a su esposo le seguían sabiendo sus tetas a tortilla de patatas. Pero ya saben cómo son los redactores, no les gusta suicidarse profesionalmente sólo para que se ría tu colega, el que todavía pasa hachís en los institutos y vive con su madre. No obstante, en un arranque de friquismo, me imaginé preguntándole si Javier no venía por estar grabando el Frankestein del Dark Universe de Universal, pero en el fondo sabía que eso era del todo imposible, así que creo que todos ganamos con que lo dejase estar.

Va a ser que no...


Servidor hizo las fotos que jalonan este artículo en los pocos momentos de relajación que hubo entre Personaje y Personaje, las reacciones que han producido las mismas cuando las he ido colgando en las redes sociales me han dejado muy claro cómo funcionan algunas cosas.

Para empezar, la que ha cosechado más “Me gusta” en Instagram ha sido, de lejos, la de Ernesto Sevilla y Joaquín Reyes – demostrando dónde se mueven sus fans – mientras que otras como la de Tamara Falcó han suscitado que la gente me comentara “¿Qué hace ella en las Goya?” Lo cual no deja de ser una muy buena pregunta. Casi tan buena como cuando vi a Kiko Rivera acudir a los Premios Onda cuando también se celebraron en Sevilla ¿En calidad de qué vino? Aunque Tamara es conocida por ser un Personaje tremendamente aburrido por los paparazzi – hacerle guardia implica terminar en las inmediaciones de una Iglesia, por aquello de que ella sigue siendo de misa dominical, cuando no diaria -, a mí me regaló una de mis anécdotas favoritas cuando vino con su hermano a inaugurar una tienda de Porcelanosa en las poco glamurosas inmediaciones del Polígono Industrial de La Negrilla. Se acercaba la Navidad y un periodista le preguntó a Tamara si en su familia eran de cantar villancicos, a lo cual ella respondió “Oh no ¡Tenemos CDs!” Con su voz llena de pija inocencia ¿No es para darle un abrazo?



Demostrando que me rodeo de gente poco dada a seguir influencers, no pocos me preguntaron quién era Dulceida, de la cual me contaron otra historia lo bastante estúpida como para que me hiciese tanta gracia como para reproducirla aquí: Le preguntaron cuál era su grupo de música nacional favorito y ella respondió “U2”. Con un par. Ante semejante respuesta, la redactora insistió “no, digo de España”, ante lo cual Aida se giró a su novia, “U2 ¿No cari?” a lo que su pareja asintió. Sí, esta es la gente que marca tendencia. En todo caso, eso explicaba el resquemor del cámara que tenía al lado cuando su redactora anunció que iban a hacerle un total a la Domenech “no la grabamos en Madrid ¿Vamos a grabarla aquí?” Pues se ve que sí.

Dos días después de colgar la foto de Macarena Gómez y su marido, la actriz le dio un “me gusta” en Tuiti ¿Mi reacción? Que debería haberle dicho a grito pelado que “Dagon, la secta del mar” (Stuart Gordon, 2001) me parecía una obra maestra para a renglón seguido ponerme a cantar salmos de nuestro futuro Amo y Señor Cthulhu del tipo “Ph’nglui mglw nafh” pero usted no acaba de entender nada de las últimas líneas y aparte comprenderán que no quiera suicidarme profesionalmente por alegrarle la tarde al fan medio de Lovecraft que está viendo la gala y sus previos desde la tranquilidad de su hogar.

En todo caso, mi reacción ante el cúmulo de súper estrellas se redujo en su mayoría a un decepcionante “pues tampoco son tan espectaculares en persona”, salvo por Manuela Velasco y Silvia Abascal, pero también es cierto que no las tuve demasiado cerca, así que lo mismo ganaron en belleza por la distancia. 

Por supuesto, a estas alturas los presentadores de La Española ya se habían cambiado a sus vestidos y traje de gala, con los que hicieron entrevistas, entradillas o dieron paso a la zona final de la pasarela en la que algunos de los asistentes grababan el pequeño clip bajo una lluvia de confeti. 



He de confesar que tuve un momento de risa cruel cuando las coordinadoras de Madrid le mandaron una captura de pantalla a mi redactora con el mensaje “¿Quién es el que está al lado de Berto Romero?” Se referían, obviamente, a David Broncano, se ve que no a todo el mundo su Facebook le recomienda un vídeo de “La Resistencia” aunque lo que acabes de ver sea un clip del directo de King Crimson.

También me vi tentado de decirle al bueno de David que cuando entrevisté a Dream Theater me pude permitir el lujo de hablar de música, pero para que me mirara con expresión de “¿Y tú quién coño eres?” Pues mira, otra cosa que era mejor dejarla estar.

Cuando llegó Rosalía también se desató un poco de locura, conseguimos no aplastar a nadie e incluso mi redactora logró que la cantante se arrancara a cantar un poco, a pesar de que la instrucción tan poco explicativa de “cántanos un poco de la guay”. Estoy seguro de que, con los nervios, “Malamente”, “Pienso en tu mirá” o “Dí mi nombre” se habían borrado totalmente del cerebro de mi compañera, así que no sean muy duros con esa exigencia. Por cierto, aún no sé con qué se arrancó, (nota: ya habrán podido comprobar que fue “Malamente”) de nuevo, la preocupación de tener un buen plano se impuso a prestar atención a lo que dice (o canta) el entrevistado. Algo que me hizo gracia fue el comentario de una de las periodistas “¡Qué guapa es en persona!” Hombre, vale que los vídeos musicales hechos a medida pueden engañar, yo mismo he comprobado el cambio de una famosa tras el antes y el después de una buena sesión de maquillaje con el adecuado estilismo (pura magia negra) pero hablamos de una mujer en la plenitud de sus 24 años a la que los primeros planos no le hacen ningún mal. Como para no ser guapa en persona.



La melodía de “Encuentros en la tercera fase” (Steven Spielberg, 1977) anunciaba que se acercaba la hora de empezar la ceremonia, y si eso no era suficiente pista, por los altavoces se podía escuchar una locución con un sucinto “señoras y señores, va a dar inicio la 33ª gala de los Goya”. O algo a tal efecto.

Lo curioso es que justo cuando estábamos recogiendo nuestros equipos para pasar a la Sala de Prensa, vimos pasar a Jorge Sanz.Lo que sucedió a continuación nos hubiera sorprendido, de haber estado presentes, pero ciertamente nos extrañó no percatarnos de su presencia antes. Aquellos fotógrafos que no tenían antena de Datos (o como se llame la cosa que sube las fotos a un servidor nada más hacerlas) instalada en la cámara o que no tuviesen que cubrir a los galardonados, adelantaron desde una pasarela que se vaciaba, para enviar imágenes desde sus portátiles. Otros se encaminaron a la sala de Prensa para hacer lo mismo mientras daba inicio la…

¿Gala? ¿Qué gala?

Me gustaría destripar la ceremonia como hicieron algunos de mis amigos vía Twitter o incluso vía Estados de Whatsapp, pero lo cierto es que pasé de la Alfombra Roja a la Sala de Prensa de forma casi seguida. Dicha Sala se dividía en, digamos, cuatro zonas; Una para los fotógrafos, una para los canutazos, una para las mesas en las que se iban a poner los portátiles dispuestos a editar/enviar imágenes y las mesitas del catering.

Lo del catering, de primeras, se acercó mucho a un grupo de zombies peleándose por el único cerebro fresco que quedaba en la zona. Rara vez he visto a la gente tirarse tan de cabeza por una serie de montaditos sin saber sus ingredientes. Sólo lo puedo comparar a la recena en la boda de unos amigos que se casaron hace poco. Aunque conviene aclarar que era una unión civil que se celebró a las dos de la tarde, ergo, la recena que llegó a las nueve de la noche era más bien “cena”, casi al final de la barra libre, lo cual explica que todos estuviéramos esmayaos de hambre.



Ni siquiera mi inteligente broma de “¡No los comáis, están envenenados!” consiguió ralentizar los avances de los compañeros. Puede que no tuviese gracia o que el hambre les superara, pero tampoco logró arrancar risa alguna.

Llegados a este punto, nos tocó calcular mentalmente el tiempo que íbamos a tener entre que a alguien le daban un Goya y lo que iba a tardar en aparecer en el photocall (acabó siendo unos 20 minutos). De mientras, se podía a escuchar claramente a uno de los responsables de tratar con los medios decir por su pinganillo “Que repongan el catering de la Sala de Prensa ¡Inmediatamente!” Porque nadie desea una sala repleta de periodistas, cámaras y fotógrafos hambrientos cual horda vikinga en el último mes de un frío invierno.

Tal y como he dicho antes, de la gala en sí pude ver más bien poco, así que no puedo juzgar si fue divertida o no, posteriormente me ha dado por examinar con algo más de calma – vía YouTube - los momentos que me llamaron más la atención, pero no se fíen mucho de mi criterio: a mí me habían hecho gracia Joaquín Reyes y Ernesto Sevilla el año anterior, así que … ¿Qué se yo?

Como cualquier hijo de vecino, me quedé ojiplático con lo de La Tuna, más que nada porque al principio pensaba que iba a ser una cosa como irónica, no una reivindicación en toda regla de esos señores que no están en absoluto en edad estudiantil a los que les da por vestirse de Góngora (¿O es Quevedo?) con coloridos pinreles. No lo pude evitar, pero ver a la tuna en los Goya me recordó a una cena que hicimos hace años cuando un amigo se nos doctoró y su novia decidió traer a estas personas que cantan “clavelitos” a poco que te despistes. Como era una sorpresa, esperaban agazapados fuera del bar, mi novia de entonces salió a fumar, los vio y cuando entró de nuevo me dijo sotto voce “es lo puto peor”.




No voy a hacer el chiste de “el tuno bueno”… porque para eso ya estaban Def Con Dos, y sinceramente, La Tuna como concepto no me parece mal, pero aún no acabo de entender su relevancia en una ceremonia de este tipo. En retrospectiva, mis sentimientos sobre mi reacción han ido mutando: al principio, cuando me di cuenta de que estaba boquiabierto en una sala llena de cámaras, pensé que ojalá nadie me hubiera grabado mientras miraba el monitor, después he recapacitado y me parece que de haber sido así, se podría haber montado un buen “reaction video” que sobrepasara a los de la Boda Roja de Juego de Tronos o el primer Trailer de “Infinity War” (Anthony y Joe Russo, 2018). Nota malvada: que una mujer apareciese haciendo la tarantella me hizo pensar en la expresión “cuota feminista”.

Pude ver que Rosalía cantaba algo pero con el barullo que teníamos en la sala, no logré identificar la canción. Más tranquilo, en casa, he podido escuchar con detenimiento su “Me quedo contigo” de Los Chunguitos acompañada del Guincho y el Cor Jove de l’Orfeó Catalá. ¿Si lo traduzco como “El Coro Joven del Orfeón Catalán" quedo como un facha, un andaluz paternalista o, teniendo en cuenta que todavía pongo los directores y la fecha de estreno de cada película que nombro en el artículo es que simplemente soy muy tiquismiquis?

No voy a decir mi opinión sobre Rosalía porque yo con esta mujer no tengo problema ninguno, me pasa como con “El principito”, lo que me pone tenso son la gente que comparte frases suyas en las Redes Sociales como si no hubiera un mañana. En lo que a mí respecta, considero un golpe de genialidad el que comparta cartel con King Crimson en el resucitado Doctor Music Festival, mi única reclamación es que sea un evento al que resulta tan jodidamente complicado (y caro) llegar desde Sevilla.



La cosa es que he escuchado a más de uno decir que Rosalía ha “dignificado” una “mierda de canción”. La joven Vila Tobella lo que ha hecho – ella y/o su equipo -, es coger una canción que siempre, SIEMPRE, estuvo de puta madre, le ha bajado las revoluciones y ha sustituido los acordes por las notas individuales que producen las angelicales gargantas del Orfeón.

Muy bien Fran, pues que se te ocurra a ti”. Ok, encajo la crítica, conceptualmente es un toque magistral, pero lo que me jode es que el público considere que con esta interpretación, al tema se le da una pátina de respetabilidad o de ambición artística que “Si me das a elegir” (el nombre con el que la mayoría la habéis buscado en Google, no mintáis), nunca había requerido ni necesitado.

Como a Camilo Sesto y a otro buen número de cantantes cuyos temas cantáis en saraos sociales sin rechistar, hay una serie de artistas a los que nombrar de seguido en un texto parecen producir vergüenza ajena, vamos a comprobarlo: Parrita,JuncoLos ChichosCamela, La Húngara… Cierto es que yo tampoco tengo ningún disco de estos artistas, pero si conectan con un público que se siente identificado con sus canciones ¿Cuál es el puto problema? ¿Por qué tiene que venir Rosalía para “dignificar” nada de cara al público que mira con condescendencia? Y lo de nombrar el llamado “Cine Quinqui”, que usaba esta música para sus films, pues ya para otro día... Por cierto, que aplaudo abiertamente que los Chunguitos se hayan querido sumar vía Twitter al tren de Rosalía ofreciéndose para una colaboración, qué menos.



Yo soy el primero que bromea con que Peter Gabriel (o más bien Robert Lepage) le robó la escenografía a Ricardo Gabarre para su “Come talk to me”, como si “Hola mi amor” no fuese un TEMAZO. Pero por mucho que me gusten más los gorgoritos del ex-cantante de Genesis, no tengo por qué defenestrar a Junco. Todo esto me lleva – como no podría ser de otra manera – a David Bowie, a quien le horrorizaba los premios para la música, aduciendo que los músicos no son atletas olímpicos, por mucho que haya gente empeñada en decir lo contrario. Los artistas trafican con emociones, eso no se puede cuantificar.

No obstante, eso entronca con uno de los galardones más celebrados de la velada. Jesús Vidal se llevó el Goya al Mejor Actor Revelación por su participación en “Campeones”, dando un discurso que recogió aplausos en la ceremonia e incluso en la Sala de Prensa. Digo “incluso” porque ya saben que los periodistas estamos curtidos con una piel de hierro a base de ver noticias chungas día sí, día también, como la mayor parte de la humanidad, claro.

Como no podía ser de otra forma, el galardón tuvo que generar su propia oleada de reacciones: que si el premio se le daba más a un mensaje de superación que al buen hacer en sí del actor, que si era una demostración del rollo “buenista” que a todos nos invade para evitar la ofensa generalizada, por no olvidar a los cronistas que, con mejor o peor gusto, se han hecho con frases de la película para argumentar que tampoco se debe poner en un pedestal a personas que, en la vida diaria, lo tiene bien jodido.

Internet no es más que una serie de selfies


Para mi vergüenza, he de decir que no he visto ni “Campeones” ni la mayoría de los films que se premiaban en esta edición, pero me imagino de dónde viene todo esto, de que tenemos que rellenar páginas y espacios en nuestros medios y del hecho de que nos sabemos conscientes de que, en el fondo, a todo futuro padre (o madre) se le encoge el corazón cuando piensa que su hijo no se pueda valer por sí solo en el futuro por culpa de una minusvalía (¿Carencia? ¿Habilidad alternativa? ¿Está bien dicho así?) física y/o mental. Dicho de otra forma, por cada historia de superación como la de Jesús Vidal, hay unas cien mil que lo tienen mucho más complicado, que nunca ocuparán minutos en televisión.

No pude escuchar claramente el discurso del actor, soy consciente de que dijo cosas como “inclusión” y “diversidad”. Palabras de las que no pocos colectivos podrían hacer causa común o directamente apropiarse – sí, como Rosalía con la estética gitana, qué pesados sois -, pero que tampoco veo mal que se digan en una gala como esta. Mi única pega es la misma que con las frases de “El Principito”, sí, soy consciente de que Jesús Vidal dio un discurso emocionante, en serio no hace falta que todos mis conocidos – o incluso desconocidos – me lo compartáis por todas las Redes Sociales, en serio, no vivo debajo de una piedra, por mucho que de la impresión de lo contrario a veces.



Cuando el interprete llegó a la sala de Prensa para posar con su Goya, noté algunas reacciones de la calaña de “mira, al mongolito le han dado un premio” ¿Cómo? ¿Que en los medios trabaja gente execrable? ¡He perdido mi fe en la humanidad! Pero incluso yo, que tengo mi buena capa de rampante cinismo que me protege de los sentimentalismos baratos, no pude evitar emocionarme cuando le hicimos el total a Jesús y notaba toda la ilusión que ese hombre ponía en su parlamento.

Desde mi punto de vista, lo que mejor zanja esta cuestión es una respuesta que dio el cantante Nik Kershaw hace años en su página web cuando un fan le preguntó si era cierta que uno de sus hijos era (¿Tiene?) Síndrome de Down, a lo cual el músico respondió: “Sí, tengo la bendición y la maldición de un hijo con Síndrome de Down”. One more time, todos los padres quieren que sus hijos lo tengan lo más fácil – o lo menos difícil – que sea posible.



Me dio un poco de pena cuando me percaté de que no iba a haber lugar de ver en persona a Narciso Ibañez Serrador. No lo habíamos visto en la Alfombra Roja, y cuando se usaron imágenes grabadas en la pre-entrega de Premios en Madrid para ilustrar el momento en el que recogió su premio, mis sospechas se confirmaron: no iba a tener oportunidad de hacerme una foto – la única que me hacía auténtica ilusión y por la que habría dejado la cámara – con el hombre que siempre me llenaba de resquemor cuando aparecía en los finales de temporada del “Un, dos tres...” o el que terminó de insuflarme terror cuando, a mediados de los 90 reestrenaron “¿Quién puede matar a un niño?” (1976). Recuerdo el impacto de la cinta, recuerdo que fue en el cine “El Mirador de Santa Justa” (que ahora es un Media Markt), y digo todo esto para que no me acusen de “fan de nuevo cuño”. Es una faena que no pudiera venir a Sevilla, casi tan faena como que le diesen el Goya de Honor cuando el hombre no está para muchos trotes.

Otra cosa a destacar de la llegada de los galardonados a la Sala de Prensa es que no era en orden, esto es, si eres elegida la mejor actriz de reparto te retrasas – comprensiblemente, creo yo – más que Mejor Vestuario, aunque el premio se lo hayan entregado después. Lo estoy diciendo al boleo, por si alguien me viene a corregir con un “de hecho, llegaron antes los de Efectos Especiales”. Por cierto, sí que había visto “Superlópez” (Javier Ruiz Caldera, 2018) y su Goya me parece más que justificado.



Mientras llegaban más premiados, los de los medios nos entreteníamos en conversaciones la mar de normalítas. Yo me podría haber ofuscado en saber cotilleos de la industria, pero la mayor parte del tiempo estuve hablando de el fastidio que supone compartir habitación cuando el trabajo te manda a otra ciudad, las horas de los AVE para volver y de el poco ánimo que había de ir a la fiesta post-Goya (para los que estaban invitados otros periodistas, no era nuestro caso y eso desembocó en un pequeño drama después). Las charletas se veían intercaladas por discretos viajes a la zona del catering, a dónde seguían llegando montaditos con regularidad, las coca-colas desaparecían y las botellas de agua a temperatura ambiente –la calefacción a todo trapo -, seguían perennes en sus bandejas.

Como no podía ser de otra forma, hacia el final de la Gala, la zona del catering era un cuadro cuyo nombre era “y de mientras los niños de África se mueren de hambre”. Aunque lo mismo, más que las sobras de Europa o alguna canción interpretada por algún famoso sin voz, lo que el continente africano necesita es que las Grandes Potencias les condonen la brutal deuda exterior para así poder montar las infraestructuras que les permita algo de independencia. Tampoco estaría mal que ciertos países dejaran de apoyar algunos conflictos internos del continente en clara muestra de que el colonialismo puede que haya salido de África, pero no de los países colonizadores. En tu puta cara.



A cada premiado, un miembro de la Prensa – creo que era siempre el mismo – le pedía que besara el Goya. En momentos así, hecho de menos a una estrella realmente destroyer en nuestra galaxia cinematográfica, algún Keith Moon o Sid Vicious – sin el detalle de maltratar o matar a sus parejas, claro está -, que ante una petición de ese tipo respondiera pasándose el Goya por la entrepierna como si la efigie del mítico pintor le hiciera una simulada – siempre simulada – pero vigorosa felación, o una no menos placentera comedura de coño de ser mujer. Por aquello del lenguaje inclusivo. Pero entiendo que ningún actor de éxito quiera suicidarse profesionalmente por hacerle gracia a un cámara agotado.

Tuve otro momento de forcejeo con mi redactora cuando insistió en que grabara a TODOS los galardonados. Por mi parte, me habría encantado hacerle unas buenas y profundas entrevistas a los de Mejor Sonido u Efectos Especiales – la cabra tira al monte -, pero tenía muy claro que: A) Ya teníamos compañeros de la misma empresa grabando esas cosas B) No trabajamos para una publicación técnica y C) Yo estaba con sólo una batería y una tarjeta de memoria. Desde mi punto de vista, nos teníamos que concentrar en “los gordos” (de cara al Gran Público, al menos), o sea: Mejores actores, mejor película y mejor Director. Lo habría estirado hasta Mejor Canción pero extrañamente, mi compañera ni hizo el amago de entrevistar a Coque Malla.



Antonio de la Torre recogió su (creo que merecido) Goya a la mejor interpretación masculina. Uno de los responsable de prensa dijo con orgullo “esto es Sevilla” (cuyo corolario es “y aquí hay que mamar”, aunque el actor es malagueño). A estas alturas, todos estábamos cansados. Creo que hasta el propio Antonio lo estaba, porque sino, no habría contado su anécdota sobre José María Garcia de forma tan desorganizada. Eso me hizo mucha gracia porque no hace mucho me había leído la biografía del locutor, “Buenas noches y saludos cordiales”, de Vicente Ferrer Molina. Un rato antes del momento estelar para el actor de “El reino” (Rodrigo Sorogoyen, 2018), recuerdo ir al servicio, mirarme en el espejo y verme con los típicos ojos rojos que reflejan agotamiento. Nos pusimos de acuerdo en que, a los que quedaban los íbamos a entrevistar en grupo. A tomar por culo las exclusivas, hombre, que son ya casi la una de la madrugada y yo no me he sentado más de 10 minutos en total. 

Un cámara de Madrid, más experimentado en estas lides, me comentó que nos esperaba un buen rato entre el final de la Gala y que llegasen todos los Premiados para la Foto de Familia. Y de hecho, fue un rato largo, lo bastante como para que hablara con un par de fotógrafos durante la espera. Me había llegado el rumor de que el año que viene repetía la Ciudad Hispalense para los Goya y creo que uno de los compañeros resumió el sentir general cuando dijo “si los hacen aquí de nuevo, espero que no me toquen a mí”.




Hicimos la foto de familia, se sucedieron los totales a los premiados y decidimos levantar el campamento sin despedirnos de casi nadie. Coincidí con premiados en el ascensor, aguanté la tentación de pedirles el Goya para hacerme una foto con él, se abrió la puerta en la planta dónde empezaba la barra libre, previo paso a la más exclusiva fiesta que se iba a dar después en Villa Luisa, lugar dónde yo he fotografiado (o grabado) más de una boda. Y más de dos.

Yo sabía del lugar de la fiesta, a base de conversaciones intrascendentes con los compañeros. Mi redactora se enteró cuando, en un fallo táctico, se lo comenté camino de su hotel. Le entró un pequeño ataque de pánico ante la perspectiva de que “la competencia seguro que va y graban algo que nosotros no vamos a tener”. Reconozco que a estas alturas, yo estaba ya en las últimas y respondí con un hastío con el que intentaba hacerle llegar que nuestra competencia tenía un tren de vuelta temprano al día siguiente y por lo tanto, seguramente entre sus planes no entraba prolongar la jornada laboral. Vamos, que si iban a la fiesta de los cojones era para emborracharse. Es una lástima que no me invitasen, podría haber generado mucha vicisitud al explicarle a todo el que pudiera divertidas formas de suicidarse profesionalmente. Que es el chiste recurrente de este artículo, POR SI NO LO HAN NOTADO.

Yo tuve mi particular momento de desesperación cuando la carpeta que tenía que enviar con todos mis clips desapareció misteriosamente del escritorio del ordenador de la agencia. Vuelve a volcarlo todo, con lo cual, terminé derrumbándome en mi cama a eso de las 4 de la madrugada. Y no vivo precisamente lejos del curro. Sé de una amiga que estuvo con la producción de la Gala y no llegó a la suya hasta las 8 de la mañana, dolorosamente sobria, debo añadir.

¿Balance final? Pues está muy entretenido currar en los Goya, desde luego más que hacer guardias en las puertas de domicilios absurdos. O como lo expresó mi redactora en lo que podría ser un plano de una película sobre este mundillo. De noche, mirando por la ventana de nuestro vehículo espetó un lacónico “Y la semana que viene, de vuelta a casa de Kiko Rivera”. Música melancólica, fundido a negro.

Por mi parte, sólo puedo concluir que lo que realmente debe molar es ir a estas cosas de invitado, qué coño, yo quiero ir de nominado.

Los Cojones, yo quiero que me den un Goya, o una Copa de Europa, o un Óscar. No sólo por el orgullo del trabajo bien hecho, sino por restregarle a los demás nominados un “¡Perdedores!” a grito pelao desde el escenario ¿No es esa la gracia de todo esto, a fin de cuentas?